La cita en el hotel con el hombre que me sometió
Soy una travesti de clóset, muy discreta. De día vivo como cualquier hombre común que trabaja en una oficina y nadie sospecharía nada. Pero, de vez en cuando, tengo la oportunidad de vestirme como una mujer, escribir historias, tomarme fotos y compartirlas por correo. Con eso me excito tanto que termino con las pantis empapadas.
En esa rutina, de tanto en tanto, encontraba personas con las que cruzaba algunos correos hasta conocer sus gustos y sus fantasías. Uno de ellos fue Damián, un hombre mayor que yo que deseaba dominar y castigar a una travesti. Le encantaba escribirme correos en los que me humillaba y me ordenaba cómo debía vestirme, cómo posar y qué fotos tomarme para enviárselas después.
Me encantaba recibir esos correos y responderlos con las imágenes que él quería, usando justo las pantis que me ordenaba, en la pose que me pedía. A cambio, él me mandaba fotos de su verga y algunos premios que consistían en instrucciones precisas para tocarme entera, hasta mojar por completo mi ropa interior femenina.
Tras unos meses de intercambiar mensajes, me escribió que iba a estar de visita en mi ciudad. Venía a una feria de textiles por unos días y me dijo que tendría algunas horas para estar conmigo y darme gusto. Yo sospeché y pregunté un poco más sobre la invitación.
—Por tus relatos sé en qué país y en qué ciudad vives —me respondió—. Vivo en la capital, pero cada año viajo a este evento por negocios. Estoy muy ocupado, aunque por la tarde puedo escaparme. Pasaremos un rato solos en mi habitación.
—¿Y qué harías conmigo? —me atreví a preguntar.
—Te daría gusto sometiéndote como una hembra y castigándote como la putita sucia que eres —escribió, y solo de leerlo se me erizó la piel.
Acepté la invitación, pero le advertí que, por la hora, no podría llevar ninguna de mis prendas femeninas. Saldría directo de la oficina, así que apenas llevaría unas pantis debajo de mi ropa de siempre. Él aceptó y me prometió que llevaría todo lo que íbamos a necesitar. Así concertamos nuestro primer encuentro.
***
Llegué justo a tiempo y lo encontré sentado en un café cercano al recinto del evento. Cuando me vio, no me reconoció hasta que lo saludé. Entonces se puso de pie y corrió una silla para que me sentara. Noté de inmediato que no solo era más alto que yo: también mucho más fornido.
Me trató como a una dama. Pidió un granizado con licor para espantar a la mesera y, en cuanto nos quedamos solos, me confesó que ya quería irse de ahí. Yo asentí con un gesto lo más femenino que pude. Pagó la cuenta y, en la calle, buscamos un taxi que nos llevó a un hotel conocido de la ciudad.
Él pagó la carrera y entramos juntos. Mientras pedía la llave en recepción, alcancé a escuchar a la mujer del mostrador advertirle que las visitas solo se admitían hasta las nueve de la noche. Damián respondió que era un asunto de negocios y, de paso, encargó algo de comer: dos pizzas y un par de botellas de vino.
Subimos a la habitación. En cuanto cerró la puerta, su actitud cambió por completo.
—Quítate la ropa. Quédate solo en pantis —me ordenó con voz firme.
Lo obedecí, excitada, y me desnudé rápido hasta quedar como me había pedido. Él me miró y notó que llevaba puesta una toalla higiénica femenina, ese detalle que tanto le gustaba. Me entregó una bolsa negra y me señaló el baño.
—Ve a cambiarte.
***
Caminé hacia el baño del modo más femenino que supe y, una vez dentro, me cambié lo más rápido que pude. En la bolsa venía un vestido rosado de falda hasta las rodillas, unas pantis de encaje a juego con un sostén relleno, pantimedias, zapatos de tacón rosados de mi talla, un paquete de toallas femeninas y algo de maquillaje.
Me arreglé lo mejor que pude y salí vestida como una princesa, con las pantis que él me había comprado y la toalla puesta tal como me lo había exigido. Lo encontré sentado en la cama, ya sin camisa, revisando cosas en una maleta. Cuando me vio así, se levantó, me abrazó y me besó.
—Estás preciosa. Pareces una hembra de verdad —murmuró contra mi cuello.
—Todo es para darte gusto —respondí, forzando mi voz hasta volverla suave.
Entonces sacó de la maleta unas cuerdas. Mientras me ataba las manos y los pies, me fue diciendo que era su sumisa, que quería jugar conmigo un rato, hasta que le rogara por sentir su verga en el culito. Yo me dejaba hacer, temblando. Una vez amarrada, me arrodillé.
Él se sentó al borde de la cama y extrajo de la maleta un collar de perra con su cadena. Me lo colocó al cuello.
—Mira qué perrita obediente —dijo, y tiró de la correa hasta dejarme de rodillas entre sus piernas, con la cara frente a su entrepierna.
Todavía llevaba el pantalón y los bóxer. Con los labios podía sentir el bulto caliente debajo de la tela. Me apartó un instante, se puso de pie y se quitó solo el pantalón. Volvió a sentarse y me llevó de nuevo la cabeza contra él.
—Lame —ordenó.
Saqué la lengua y empecé a lamer el bóxer, sobre todo donde sentía su verga dura y caliente. Lamía y besaba como una hembra hambrienta, con las manos todavía atadas. Me tuvo así un rato largo, disfrutando de mi obediencia.
***
Luego tiró de la correa y me hizo acostarme boca abajo en la cama. Yo ardía. Me acomodó para que levantara el culito y, atándome también las rodillas y los codos, me dejó completamente inmovilizada y ofrecida.
Lo primero que hizo fue levantarme la falda para tomarme fotos en pantis. Después las corrió a un lado, me llenó de crema y empezó a meterme los dedos. Más tarde me bajó las pantis del todo y jugó con varios juguetes a la vez.
Sentía cómo algunos vibraban y se movían dentro de mí, cómo otros se inflaban, y había uno más grueso y duro que me arrancaba gemidos cada vez que entraba y salía. Estuvo así hasta que sonó la puerta: era la comida.
Se quitó los bóxer, me los metió en la boca y me subió las pantis para que el dildo vibrador no se saliera. Se puso una bata y fue a recibir el carrito. Cuando volvió, me encontró mojándolo todo, empapando las pantis sin poder evitarlo.
Estaba tan caliente con aquel dildo vibrando dentro que no pude contenerme. Entre espasmos sentí cómo me venía, cómo explotaba y me mojaba entera mientras él me miraba complacido, incapaz yo de parar.
Apagó el vibrador y me inspeccionó las pantis, comentando lo empapada que estaba. Me las bajó, sacó el dildo, y al hacerlo me mojé un poco más y volví a mover el culito casi por instinto. Eso lo encendió. Abrió la bata y me penetró directo, hasta el fondo, arrancándome un gemido aún con los bóxer en la boca.
Empezó a embestir cada vez más fuerte.
—Eres una puta sucia, una perra en celo que solo quiere verga —repetía, hundiéndose más hondo a cada golpe.
Me sentía como una muñeca de trapo, babeando, sin poder moverme. En un momento me tomó de las caderas, me hizo levantar más el culito y aflojó las cuerdas de los brazos y las piernas.
***
En cuanto quedé libre, me giró boca arriba. Me abrió las piernas, deslizó una almohada bajo mi espalda y me ató cada mano a la rodilla correspondiente, dejándome con las piernas abiertas, levantadas y el culito muy dispuesto. Así volvió a penetrarme, sin dejar de humillarme.
Me quitó el bóxer de la boca y, sin parar de embestir, me obligó a hablar.
—Dime lo que eres —exigió.
—Soy una puta, una perra barata y sucia —obedecí, ardiendo de excitación al ser tratada así—. Tengo el culito caliente como una hembra en celo.
—Ahora ruégame.
—Dámelo más duro, métemelo bien adentro, déjame llena de leche —supliqué, repitiendo cada palabra que él me dictaba.
Sentía su verga dura y cada vez más caliente entrar hasta lo más hondo. Mientras yo seguía rogando que me llenara, empezó a venirse dentro de mí. Noté cómo explotaba, cómo un líquido caliente me inundaba por completo. Se dejó caer sobre mi cuerpo un instante, sin sacarla, apretándose contra mis nalgas para que su leche llegara más adentro.
Cuando se recuperó, la sacó despacio y enseguida volvió a meterme el primer plug.
—No quiero que mi leche se salga de ti —dijo.
Yo solo recibí el juguete, agradecida y coqueta. Me soltó, me entregó otra bolsa negra y me mandó al baño a vestirme para comer algo antes de terminar.
***
Me puse de pie con las piernas temblando y caminé hasta el baño cuidando que el plug no se saliera. Cerré la puerta, me desnudé con cuidado y saqué la ropa de la bolsa: esta vez un vestido de flores con falda, pantis de encaje rosadas y sostén a juego, pantimedias blancas y un labial rojo.
Me vestí rápido empezando por las pantis, para no perder el plug, y antes de subirlas me puse una toalla higiénica, ese capricho suyo en el que tanto había insistido. Me pinté los labios y salí. Damián me esperaba con la comida servida y una copa de vino.
Comimos deprisa, porque ya se hacía tarde. Cuando terminamos, me ordenó que bailara para él. Obedecí, ya relajada por el vino, moviéndome sin sentido hasta que puso música. Entonces sacó la cámara y empezó a dirigirme: primero cómo moverme, luego cómo bailar de forma cada vez más sensual.
—Tráeme el cinturón —ordenó.
Se lo entregué y me mandó ponerme en cuatro. Empezó a castigarme las nalgas con él mientras yo gemía y, siguiendo sus órdenes, le agradecía cada golpe. Después me hizo posar, así vestida, y me fotografió desde todos los ángulos, incluso tendido en el piso mientras yo abría las piernas para él.
Me entregó un dildo y me ordenó chuparlo frente a la cámara. Eso lo excitó muchísimo. Luego me puso en cuatro, sacó el plug y tomó fotos de cómo su leche escurría de mi culito. Cuando terminó, soltó la cámara, me tendió boca arriba y me ató de manos y pies. Se colocó encima, sentándose sobre mi cara, y me ordenó lamer. Obedecí: primero suave, después con más ganas, hasta hundir la lengua mientras él se tocaba.
***
Después me soltó y me ordenó arrodillarme en el piso. Me ató las piernas juntas, me llevó las manos entre ellas y, pasando la cuerda por la espalda hasta el collar, me dejó inmóvil. Fue por un plug vibrador con control remoto y me lo metió bien adentro.
Me tomó algunas fotos mientras me humillaba y me hacía rogar, apoyando la cabeza de su verga en mis labios. Yo la besaba entre súplicas para que me dejara chuparla. Entonces empezó a metérmela en la boca, cada vez más rápido, más hondo. Sentía que me ahogaba, pero lo disfrutaba. Me encantaba sentirme usada, sometida, feminizada.
—Tócate —ordenó.
Llevé las manos entre las piernas, aunque atada como estaba no podía bajarme las pantis ni la toalla, ya empapada. Él alcanzó el cinturón y empezó a golpearme las nalgas y la espalda, llamándome puta, perra, esclava. Sentí su verga ponerse más dura en mi boca hasta que se vino: parte fue directo a mi garganta, otra quedó en mi boca y lo último en mi cara.
Cayó sentado en la cama, mirándome fijo.
—Ahora mójate toda en las pantis —dijo, y encendió el control remoto del plug.
Empecé a tocarme mientras el juguete vibraba dentro de mí, arrancándome gemidos. Él metía un dildo en mi boca para que lo chupara y, a ratos, lo cambiaba por su verga, jugando con la velocidad del vibrador. Me tuvo así, frente a él, hasta que me derramé sin quitarme las pantis, como una señorita.
Lo notó. Metió las manos bajo mi falda, me sacó la toalla empapada y me la puso en la boca. Tomó la cámara y disparó algunas fotos más. Después me soltó, me dejó el plug puesto y me dijo que era hora de vestirme para marcharme.
***
Todavía mareada por el vino, obedecí sin sacarme la toalla de la boca. Me puse la ropa encima sin quitarme el vestido y fui al baño mientras él guardaba en una bolsa todo lo que quería regalarme. Me quité el maquillaje, me arreglé lo mejor que pude y salí.
Damián me entregó la bolsa y me abrió la puerta. Salí deprisa y, ya en el pasillo, me quité el collar de perra que todavía llevaba puesto. Caminé como pude hasta el ascensor. Eran apenas las diez de la noche, pero yo estaba lista para dormir como una hembra satisfecha.
Anduve un par de cuadras hasta encontrar un taxi. Llegué a casa, me quité la ropa y me quedé solo en pantis y sostén. Ya en la cama, saqué el plug y sentí cómo todavía escurría su leche entre mis piernas, mojándome entera. Así me quedé dormida, como una princesa.
Espero que les haya gustado mi relato. Me encanta escribirlos y compartir, a través de ellos, mis fantasías y mis pocas experiencias como travesti.