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Relatos Ardientes

La vecina que quería probarse toda mi ropa

Me llamo Selena. No es el nombre con el que nací, sino el que elegí cuando decidí dejar de fingir y empezar a vivir como lo que siempre fui. Sé que suena un poco cursi, pero me gusta y me representa. Conservo entre las piernas lo que vine de fábrica, pero el resto de mi cuerpo es de mujer: joven, curvilíneo y siempre dispuesto.

Me visto provocativa pero también con cuidado, sexi sin perder la dulzura. Sé que gusto a hombres y a mujeres, y casi siempre consigo a quien me apetece sin demasiado esfuerzo. Una cosa es la persona que quiero ser y otra muy distinta con quién quiero acostarme. Soy bisexual, y nunca he visto eso como un problema.

No es que vaya repartiendo mi cuerpo por la calle al primero que aparece. Bueno, si paga bien hago alguna excepción, ese es mi oficio. Pero tampoco me hago de rogar cuando alguien me atrae de verdad. Y la hija de mis vecinos de enfrente me atraía como pocas: diecinueve años de fuego en un cuerpo de pecado, puro vicio repartido en metro setenta de carne firme y bien puesta.

Daniela vestía todavía más descarada que yo, y con bastante menos criterio. Iba de barriobajera calientapollas, de choni de manual. Provocaba y se exhibía, enseñando sus curvas y mucha más piel de la que a sus padres les habría gustado ver salir por el portal.

A través de las paredes finas del edificio había oído más de una bronca por ese motivo. Por la ropa, por las salidas, por alguna borrachera de las que dejan huella. Supongo que a esa edad se discute por todo. A mí me pasaba con mi padre, aunque con mi madre siempre tuve mejor suerte.

No creía que ella fuera bisexual. La había visto enrollarse con varios chicos en el portal a horas más bien tardías. Aunque, como casi todas, seguro que en alguna noche de copas se había morreado con una amiga, o se había dejado tocar por alguna mujer cachonda en un rato de calentura.

Descubrí que admiraba mi estilo el día que la vi con un vestido idéntico a uno que yo había comprado la semana anterior. No le quedaba nada mal. Con él ganaba algo de elegancia y se veía menos vulgar, igual de apetecible pero con otro porte.

Le sonreí de oreja a oreja y la halagué.

—Bonito vestido. ¡Qué bien te queda!

Ella me devolvió el cumplido y reconoció que ya me lo había visto puesto.

—A ti te sienta mejor.

—Seguro que te quedarían bien algunas prendas mías. Podríamos montar una tarde de chicas y probarnos cosas.

—¿Me las dejarías? ¿De verdad lo harías conmigo?

—Claro. ¿Por qué no?

Dejamos la conversación ahí, pero la semilla ya estaba plantada. Solo de imaginarla en mi dormitorio enfundándose mi ropa y desnudándose para cambiar de prenda, se me ponía dura.

Días después la vi con una falda parecida a una de las mías, de esas que dibujan los muslos sin necesidad de enseñar el tanga. Aproveché para repetirle la invitación. Ella se rió.

—A mi padre le encantaría que me tapara un poco más. O puede que no, por cómo me mira las piernas.

Todavía no sé si lo decía en broma. Cada vez que me cruzaba con su padre en la escalera, el hombre solo tenía ojos para mis pechos, así que nunca se fijaba en mi nuez. Si supiera que yo podía dejar embarazada a su niña, dudo que viera nuestra amistad con tan buenos ojos. Yo, por mi parte, solo pensaba en lo apetecible que era su culo, duro y respingón, y en las ganas que tenía de estrenarlo.

***

Por fin, una tarde calurosa, no mucho después de aquellos coqueteos en el ascensor, sonó el timbre. Al abrir, allí estaba ella, con un short de licra tan corto y ajustado que le marcaba los labios del sexo y le dejaba más de medio culo al aire. La camiseta apenas le contenía los pechos y, recortada en el vientre, enseñaba el piercing del ombligo.

Llevaba la melena rubia echada sobre un hombro, enmarcando una cara de niña traviesa: los ojos azules, la nariz respingona, los labios pintados de rojo intenso. La imagen perfecta de la tentación.

La invité a pasar con mi mejor sonrisa, cerré la puerta y me apoyé un segundo en la madera para disfrutar del espectáculo de aquel culo casi desnudo recorriendo mi pasillo.

Le ofrecí un refresco, pero pidió algo más fuerte. No me parecía buena idea empezar a beber tan temprano, aunque pensé que una o dos copas de vino ayudarían a soltar amarras. Ella ya parecía bastante suelta de por sí, y yo no iba a quedarme atrás. Al fin y al cabo, estábamos en mi casa.

Se descalzó y se sentó en el sofá doblando las piernas bajo el cuerpo. Una visión preciosa. Adopté su misma postura, pero como yo solo llevaba puesta una de mis viejas camisas de hombre con apenas dos botones abrochados, se me veía mucho más. Los pechos me asomaban por la tela entreabierta, y una braguita minúscula apenas sujetaba aquello que prefería mantener escondido.

Copa en mano, llegó el momento de las confidencias. Me contó algunas de sus aventuras más picantes, yo le devolví otras tantas de las mías. Aquello me calentó tanto que, en un descuido suyo, tuve que recolocarme bajo el faldón de la camisa.

***

De ahí pasamos a mi dormitorio en busca de algo que pudiera ponerse sin parecer que salía a trabajar la esquina. Por fin vi su cuerpo entero cuando se quitó lo poco que llevaba para empezar a probarse mis vestidos.

Despacio, mucho más sensual de lo que yo habría imaginado, se subió la camiseta por encima de los pechos. No llevaba sujetador, eso ya lo sabía. Pero verlos al fin al natural me la puso todavía más dura.

Meneando la cadera, se bajó el short arrastrando el tanga con la tela. Aún no sé si fue un descuido o lo hizo a propósito, pero quedó desnuda del todo ante mí. Su sexo depilado estaba a la vista, y yo me moría por poner allí la lengua. Empezó a desenredar el tanga de la licra para volver a ponérselo.

—Déjalo. En ese cajón tienes algunos míos. Coge el que te guste.

Sabía que iría a por el rojo de encaje, el más pequeño y transparente. Me acerqué rozándole el brazo con el pecho y le ofrecí uno negro, más discreto y elegante. No es que tapara mucho más, pero tenía otra clase.

Con una sonrisa me hizo caso. Lo cogió de entre mis dedos, acariciándomelos con su manita de dedos finos y largos, y se lo puso con un movimiento ondulante que terminó en un giro de caderas.

Fuimos eligiendo lo que más la favorecía: un vestido de tirantes entallado en la cintura y con vuelo, pantalones ajustados que marcaban sin enseñar, tops con el escote justo. Cada vez que tenía que ajustarle una prenda, aprovechaba para acariciarle la piel. Ella me echaba miradas a la entrepierna, nada tonta, sabiendo desde mucho antes lo que escondía. Y estaba claro que no le importaba. Es más, casi seguro que le ponía.

Mis pantalones le quedaban como pintados sobre la piel. Mis faldas, cuatro dedos más largas que las suyas, insinuaban sin enseñar. Hasta mis blusas se le veían más serias que a mí. Aun así, estaba preciosa, y así se lo dije frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación.

***

Me coloqué a su espalda, pegué mi cuerpo al suyo y le rodeé la cintura con las manos. Apoyé los pechos en su espalda y la barbilla en su hombro, rozándole el cuello con los labios.

No rechazó la caricia. Al contrario, se echó hacia atrás hasta que su culo hizo contacto con mi dureza, que la braga ya casi no podía contener. Cuando notó mi lengua en la nuca, se le escapó un gemido. Era hora de dejar los preliminares y pasar a lo importante.

Le serví otra copa, pero esta vez le hice beber de mi boca, pasándole el vino entre besos mientras jugaba con su lengua. No me apartó. Su lengua buscaba la mía con la misma ansia.

Entonces fue ella quien metió la mano dentro de mi braga y me agarró. No hubo sorpresa, ni un titubeo: confirmaba que se había fijado en mis particularidades desde el principio. Me acariciaba con la suavidad de quien sabe lo que hace, y con la otra mano terminó de abrirme la camisa para dejar mis pechos al aire.

Se apoderó de ellos con la boca, lamiéndome los pezones. La condenada sabía dar placer, pero yo no me quedo corta. Empecé a sacarle el vestido de tubo, que le quedaba incluso mejor que a mí, y bajé la mano hasta su sexo, húmedo desde hacía rato bajo el tanga negro que le había prestado.

***

Mis dedos exploraron su interior, separaron sus labios, jugaron con su clítoris. Necesitaba probarlo. La empujé hasta la cama, la tumbé boca arriba y le separé las piernas todo lo que daban sus caderas.

Acerqué la boca y soplé suave sobre su piel. Ella se estremeció, y más todavía cuando pasé la lengua de abajo arriba. Saboreé cada rincón que pude alcanzar mientras ella gemía a cada movimiento, con los muslos levantados por encima de mi cabeza. Le subí las manos hasta los pechos y le pellizqué los pezones con cuidado.

Bajé un poco más, buscándole el ano, y noté cómo se tensaba cuando rocé aquel punto apretado. La llevé al borde una y otra vez, sin soltarle el culo, hasta que la supe rendida por completo. Pero ella quería algo más, lo notaba en cómo movía las caderas buscándome.

Se escurrió de mis manos lo justo para deslizarse bajo mi cuerpo y agarrarme de nuevo. Ahora fui yo la que se estremeció cuando su lengua me alcanzó, cuando se metió todo en la boca y lo trabajó como una experta. La garganta profunda no parecía tener secretos para ella. Yo no dejaba de hundir la lengua en su sexo, de acariciarle el clítoris, de rozarle el ano con la yema mojada del dedo.

Pero ella también sabe jugar sucio. Cuando sentí sus dedos explorando mi entrada, no aguanté más y me corrí en su boca. Retuvo todo para compartirlo en un beso largo y húmedo, dulce venganza por el vino que yo le había pasado antes. Sabíamos que solo era deseo, solo sexo, pero seguíamos enredadas en aquel beso.

***

Mientras me recuperaba, seguimos jugando con mi ropa más atrevida sin dejar de acariciarnos. Quería verla con mis bodis de encaje, mis corsés, mis ligueros. No eran imaginaciones mías: con ese cuerpo podría llevarla a mi club y los clientes babearían por ella.

Cuando empecé a endurecerme otra vez, subí la apuesta. Abrí el cajón de mis juguetes: vibradores, consoladores, bolas, y hasta un arnés con su accesorio, copia del de un actor conocido, que por dentro llevaba un estimulador de clítoris para que ella disfrutara también.

Me había preparado a conciencia esa tarde, limpia por dentro. Le pedí que me penetrara a mí primero. Fue tierna: me puso a cuatro patas y pasó un buen rato preparándome con la lengua y los dedos antes de empezar despacio, con firmeza, sintiendo en su propio clítoris las caricias del juguete. Se corrió antes que yo, e incluso me giró boca arriba para seguir mientras me lamía los pechos. Pero no me dejó terminar. Quería darme una última sorpresa.

Con una sonrisa tímida, extraña en ella, me pidió:

—Desvírgame.

Me quedé de piedra. Después de toda la experiencia que me había demostrado, nadie había entrado nunca en aquel sexo que yo acababa de saborear.

—Tengo que confesártelo —dijo—. Me encanta el sexo, dar placer con la boca y con las manos, que me lo den. Pero nunca he dejado que me penetren. Es una tontería, pero nunca encontré a nadie tan especial. A nadie a quien quisiera entregarme. Hasta que me di cuenta de que esa persona eras tú.

—Si vamos a hacerlo —le dije—, quiero que seas tú quien lleve el control.

No quería hacerle daño por nada del mundo. Le quité el arnés y comprobé que estaba más que mojada. Me tumbé boca arriba y le indiqué que se subiera encima.

***

No se hizo de rogar. Apoyó los pies a los lados de mis caderas y fue bajando despacio, dejándome ver cómo se acercaba. Se abrió con dos dedos para guiarme. No se dejó caer de golpe: se sostuvo sobre las rodillas y descendió poco a poco, hasta que cedió la última barrera.

Apenas pareció dolerle. Un hilo fino se mezcló con su humedad, una manchita pálida sobre mi piel. Un gemido largo se le escapó mientras miraba al techo. Después sus muslos empezaron a moverse, levantándola y dejándola caer, montándome ella sola a su ritmo. La sentía apretada, tan excitada como yo. Le agarré los pechos mientras se mecía sobre mí.

La avisé de que estaba a punto, pero ella me puso un dedo en los labios. Lo chupé como si fuera otra cosa.

—Shhh. ¿Recuerdas el día que me compré un vestido igual al tuyo? Ese mismo día empecé a tomar la píldora, esperando que algún día me llevaras a la cama. He esperado a que hiciera efecto para venir a buscarte.

Ya no hubo más palabras. Me derramé dentro de ella mientras la sujetaba de las caderas para ayudarla a moverse, y ella se corrió una vez más. Después se desplomó sobre mi pecho buscando mi boca, y nos besamos largo, intercambiando saliva, abrazadas con una ternura que no esperábamos.

A pesar de aquel vínculo, de haber sido yo su primera vez, los dos sabíamos que seguía siendo solo sexo envuelto en una amistad tierna. Aunque, viéndola actuar aquella tarde, pensé que tal vez algún día encajaría bien en mi mundo, si alguna vez llegaba a necesitarlo.

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Comentarios (2)

EnzoNoche

Dios mio que bueno!! Me engancho desde la primera linea y no pude parar.

PaulaV91

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. La situacion inicial me parecio muy creible y bien armada.

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