Volví a engañar a mi novia con una mujer trans
Lo he vuelto a hacer. He vuelto a engañar a Carla, y mientras escribo esto todavía me dura el ardor entre las piernas y el sabor de otra persona en la boca. Soy despreciable, lo sé. Hace apenas dos meses empecé algo con una chica que me quiere de verdad, que me escribe «buenos días» antes de que yo abra los ojos, que se preocupa por si he comido. Y yo le pago así: con mentiras y con tardes que ella ni siquiera imagina.
El problema, o mi perdición, es siempre el mismo. Me gustan las mujeres, sí, pero lo que de verdad me enciende es tener una buena polla en la boca o sentirla abriéndose paso dentro de mí. Si me preguntaran cuál sería mi pareja ideal, no dudaría: una mujer trans. Esa mezcla exacta de feminidad y de algo más que ninguna otra cosa me da.
Este fin de semana Carla se fue con su hermana y un grupo de amigas a las fiestas de un pueblo de la sierra. Tres días enteros para mí solo. Debería haber aprovechado para descansar, para echar de menos a mi novia como hace cualquier persona decente. En lugar de eso, esa misma tarde ya estaba con el móvil en la mano, recorriendo un portal de contactos, mirando quién se anunciaba en la ciudad.
Pasé un rato largo deslizando perfiles, comparando, descartando. Algunos anuncios eran demasiado genéricos, otros mentían con fotos viejas que se notaban a kilómetros. Y entonces apareció ella.
Una mujer negra, preciosa, con una sonrisa que parecía burlarse de mi escasa fuerza de voluntad. En las fotos se le adivinaban unos pechos generosos y unas piernas que daban ganas de morder. Me llamó la atención de una forma que no pude ignorar. Estuve un rato peleando con la culpa, mirando una foto de Carla en mi galería y luego volviendo al anuncio. Me dije que no, dejé el móvil boca abajo sobre la mesa, me serví agua, di una vuelta por el salón. Diez minutos después ya estaba escribiéndole. Ganó la debilidad, como siempre.
Acordamos hora y dirección. Me duché, me puse algo decente, y salí de casa con el corazón a mil y el estómago revuelto de vergüenza. Durante todo el trayecto en metro me prometí que sería la última vez. Es una promesa que ya me he hecho otras tantas, y nunca la he cumplido.
***
Se hacía llamar Naima. Cuando me abrió la puerta entendí que las fotos se quedaban cortas. Era más alta de lo que esperaba, con un vestido corto que se le ajustaba a las caderas, y desprendía un perfume cálido, dulce, que me golpeó nada más entrar. Nos saludamos con cierta torpeza educada.
—¿Y qué te apetece hacer? —preguntó, cerrando la puerta detrás de mí.
No contesté con palabras. La abracé por la cintura y la besé. Tenía los labios carnosos y sabía tan bien como olía. Mientras nos besábamos, sus pechos se apretaban contra mi pecho y aquello me ponía cada vez más nervioso, más impaciente. Habría estado besándola toda la tarde, pero el cuerpo me pedía otra cosa: tomarla y dejarme tomar por ella.
No exagero si digo que recorrí cada centímetro de su piel con las manos y con la boca. Acaricié, besé y lamí cada rincón. Le hice cosquillas sin querer cuando le pasé la lengua por las axilas —una costumbre mía que a algunas mujeres les da risa y a otras las enloquece—, y ella soltó una carcajada que rompió toda la solemnidad del momento. Me reí con ella. Disfrutaba como un crío comiéndose una tarta, y su piel oscura, suave, tibia, era exactamente eso: algo dulce que no quería terminar.
Cuando llegué a sus pechos ya estaba durísimo. Los chupé despacio, con cuidado, dibujando círculos con la lengua sobre los pezones, conteniéndome para no morder. Ella me acariciaba el pelo y me hablaba bajito, con cariño, casi como si me conociera de antes.
Esto es lo que me falta. Esto es lo que ninguna relación normal me da.
Tenía las piernas y los glúteos firmes, de alguien que pisa el gimnasio en serio. Bajé por sus muslos besando, mordisqueando, hasta los tobillos, y volví a subir. Cuando le di la vuelta y la recorrí por detrás, supe que ya no podía seguir aplazando lo que de verdad había ido a buscar.
***
Le quité la última prenda y ahí estaba. Una polla que parecía de chocolate, gruesa incluso en reposo. Empecé por la base, recorriendo cada milímetro con los labios, y subí despacio hasta meterme el glande en la boca. Cerré los ojos. Succioné, lento al principio, saboreando cada matiz, y luego con más ganas. En un momento dado no pude evitar agarrarla y restregármela por la cara, por las mejillas, por la barbilla. Quería sentirla en todas partes.
Cuando se puso completamente dura, relajé la garganta y dejé que se fuera abriendo camino dentro de mí, poco a poco. No sé cuánto tiempo estuve así. Demasiado, seguramente. Era de esas que uno chuparía hasta que la mandíbula no aguantara más. Larga, gruesa sin pasarse; me resultaba imposible tragármela entera, pero la mayor parte cabía y la disfrutaba como un manjar.
Después fui a por su culo. Aquel agujero parecía pedirme a gritos que metiera la lengua hasta el fondo, y eso hice, hasta que lamenté no tener la lengua más larga del mundo. Ella respiraba fuerte, gemía, movía las caderas buscando mi boca. Los dos trabajos le gustaron, eso estaba claro.
Paré un momento para beber agua —de tanto chupar tenía la boca seca— y entonces fue ella quien tomó el control. Me agarró, se arrodilló y de golpe se metió mi polla entera hasta que su nariz me rozó el vientre. Me sorprendió; la mía no es enorme, pero aun así. Se notaba la experiencia. Me hizo una mamada tan buena que tuve que apartarla con suavidad antes de correrme allí mismo.
—Fóllame —le pedí, casi sin voz.
***
Mientras ella preparaba el lubricante y me lamía para relajarme, yo recurrí al popper. No me gusta demasiado, me deja dolor de cabeza y a veces algo de mareo, pero para una polla así quería estar entregado del todo, sin tensión. Inhalé. Noté su dedo entrando primero, repartiendo el lubricante, y luego el glande, despacio, con una paciencia que le agradecí en silencio.
Solté un resoplido largo y puse esa cara de dolor que en realidad es placer. Hizo una pausa, esperó a que me acostumbrara y siguió. Centímetro a centímetro, aquella polla entraba y salía, primero suave, después más fuerte, más rápido. Al principio fue presión y un poco de molestia. Después, un placer enorme que me hacía gemir como un loco. Mi cuerpo entero parecía gritarle «más».
Me empaló un buen rato con un movimiento de caderas que me subía al cielo y me bajaba de golpe. Me cambió de postura un par de veces, me levantó una pierna, me sujetó por la cintura con una mano mientras con la otra me obligaba a arquear la espalda. Sabía exactamente lo que hacía, y yo me dejaba llevar como quien se rinde sin condiciones.
En un momento tuve que pedirle que parara, porque no quería terminar todavía y porque yo también quería ese culo precioso que con tanto cuidado me había comido antes.
La puse a cuatro patas y la penetré. Cada gemido suyo era un paso más hacia el final, así que la giré boca arriba para verle la cara mientras los dos gozábamos. Cuando estuve a punto, hice algo que ni yo entendí del todo: me senté sobre ella, me metí su polla dentro otra vez, y bastaron unos segundos. Me corrí con un gemido que debió de oírse en el pasillo.
Ella sonrió, agitada, y me preguntó si quería que se corriera en mi boca. Asentí sin dudar. Me arrodillé delante de ella y esperé a que sus gemidos se volvieran más intensos. Cuando vi que llegaba, me la metí entera y chupé hasta que los espasmos llenaron mi boca. Lo tragué todo, sin asco, y seguí chupando hasta dejarla seca, hasta que su polla volvió a la calma. Después nos abrazamos, nos dimos un beso largo y nos fuimos a duchar juntos, riéndonos de algo tonto, como dos personas que se conocen de toda la vida.
***
Salí de allí con el culo ardiendo y el sabor del semen todavía en la boca. Y entonces, puntuales como siempre, llegaron los remordimientos.
Volvió la imagen de Carla. Su sonrisa, su «buenos días», su forma de preocuparse por si he comido. Me sentí miserable, porque ella no se merece nada de esto. La quiero, de verdad que la quiero. Pero las mujeres trans y una buena polla son mi perdición, y no sé cuánto tiempo más voy a poder sostener esta doble vida sin que se derrumbe todo.
Quizá lo correcto sería confesárselo. Quizá lo correcto sería dejarla libre para que encuentre a alguien entero, alguien que no abra un portal de contactos en cuanto ella cierra la puerta. Pero soy un cobarde, y mientras lo escribo ya estoy pensando en la próxima vez.