Vestida y atada en la camilla de la clínica
Siempre me había excitado la idea de una camilla. No la del médico de toda la vida, sino esas con estribos y correas que veía en revistas y que me hacían imaginar lo que se sentiría estar ahí, abierta, sin poder moverme, a merced de alguien que supiera exactamente lo que quería de mí. Por eso, cuando Adrián me dijo que conocía una clínica vacía a la que podíamos entrar de noche, no lo dudé ni un segundo.
Llegamos pasada la medianoche. La sala de fisioterapia olía a desinfectante y tenía las luces a media intensidad, como si el edificio entero estuviera durmiendo. En el centro había una estructura metálica que no era una camilla cualquiera: una barra cruzada a la altura de mis caderas, soportes a los lados, un sistema de poleas que colgaba del techo.
—Desnúdate y ponte lo que hay en la bolsa —me dijo Adrián, sin mirarme apenas.
Obedecer era lo único que sabía hacer cuando él hablaba así.
Dentro de la bolsa estaba todo lo que me convertía en otra persona: medias de rejilla, una falda corta, un sostén con relleno, lencería de encaje negro y unos tacones que me costó atarme con las manos temblando. Me vestí despacio, sintiendo cómo cada prenda me iba borrando y dejaba en mi lugar a la mujer que él quería ver. Cuando me miré en el espejo de la pared, ya no me reconocí. Y eso me encendió más que cualquier otra cosa.
—Ven aquí —ordenó.
Caminé hacia él lo más femenina que pude, todavía aprendiendo a moverme sobre los tacones. Me puso un collar fino alrededor del cuello, de esos que parecen un adorno hasta que tiran de la correa enganchada delante. Tiró un poco, lo justo para que entendiera quién mandaba.
***
Me colocó sobre la estructura con una calma que me ponía nerviosa. Primero las muñecas, sujetas a los lados con unas correas acolchadas. Después los tobillos, separados por la barra inferior. Probé a cerrar las piernas y no pude: el metal me lo impedía. Estaba expuesta, con la falda apenas cubriéndome, y él lo sabía.
—¿Cómoda? —preguntó, aunque la respuesta no le importaba.
—Sí —murmuré.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señor.
Sonrió. Fue entonces cuando escuché un interruptor y un motor que se ponía en marcha. No me asusté. Al contrario: sentí una corriente recorrerme la espalda cuando el arnés de la barra empezó a tensarse y mis piernas comenzaron a elevarse hacia arriba. Adrián guiaba el movimiento con la mano, ayudándome a quedar suspendida en el aire, atada, con las piernas abiertas justo a la altura de su cintura.
Quedé colgando de cabeza ligeramente inclinada, la falda resbalándome por los muslos hasta dejarme las pantis a la vista. Él se acercó y pasó dos dedos por encima del encaje.
—Mírate. Mojada y ni te he tocado todavía.
No podía responder. Tenía la cara a la altura perfecta para lo que él quería, y lo que él quería era que abriera la boca. Lo hice. Me llenó despacio, sin prisa, sujetándome la nuca con una mano mientras con la otra me sostenía la correa del collar.
—Así. Como la primera vez que aprendiste.
Lo chupé obediente, sintiendo el sabor, el peso, la manera en que me empujaba un poco más en cada movimiento. Acariciaba sus testículos con las manos atadas a la correa, haciendo lo que podía dentro de mis límites. Cada vez que me escuchaba tragar saliva, él tiraba un poco de la correa y yo gemía con la boca llena.
***
Cuando se cansó de mi boca, se separó y trajo una silla de la esquina. Se subió a ella para alcanzar la mitad de la varilla y movió algo: un mecanismo que la alargaba. Sentí cómo mis piernas se abrían todavía más, hasta que la falda no pudo más y terminó de subírseme hasta la cintura.
—Mucho mejor —dijo, bajándose de la silla.
Tomó una bolsa pequeña de la mesa y empezó a sacar juguetes. Un vibrador pequeño con control, un dildo, y otro vibrador más fino. Los encendió uno a uno para que escuchara el zumbido antes de usarlos. Me rompió las medias de un tirón seco, apartó las pantis a un lado y empezó a jugar conmigo despacio, recorriéndome con el vibrador, observando cada reacción de mi cuerpo suspendido.
—Tienes las pantis empapadas —me reprochó, como si fuera una falta grave—. Eso hay que castigarlo.
La primera nalgada me sorprendió. La segunda la esperaba. A partir de ahí perdí la cuenta. Me pegaba con la mano abierta mientras me sostenía con la otra, y entre golpe y golpe me deslizaba el dildo, sin prisa, abriéndome despacio. Yo gemía colgada del techo, sin poder cerrar las piernas, sin poder hacer nada más que recibir lo que él decidiera darme.
—Repítelo —me ordenó.
—Soy tuya —dije con la voz quebrada.
—Otra vez.
—Soy tuya, señor. Hago lo que usted quiera.
Frente a mí había un espejo grande apoyado contra la pared, de los que usan para corregir posturas. Desde mi posición me veía entera: maquillada, atada, con las piernas abiertas y la cara roja del esfuerzo y el calor. Verme así, convertida en otra, sometida y disponible, fue lo que terminó de romperme. Gemí más fuerte y él lo notó.
—Eso es. Ahora sí estás lista.
***
Tomó el control de la polea y me bajó lentamente, lo justo para que mis caderas quedaran a la altura de sus manos. Apartó los juguetes, me sujetó por la cintura y me penetró de una sola vez, hasta el fondo, arrancándome un gemido largo que rebotó en las paredes vacías de la sala.
—Mírate en el espejo —me dijo entre embestidas—. Mira lo que eres.
Lo miré. Me vi a mí, colgando, abierta, recibiéndolo entero, con la lencería corrida y los tacones todavía puestos. Él me embestía duro, sin tregua, sosteniéndome de las caderas para que no me balanceara, y cada golpe me hacía olvidar quién era fuera de esa habitación. No existía nada más que su voz ordenándome y mi cuerpo obedeciendo.
—Dime que lo deseabas —jadeó.
—Lo deseaba —repetí—. Lo deseaba desde hace tiempo.
Siguió así un buen rato, fuerte, hondo, haciéndome sentir como nunca me había permitido sentir delante de nadie. Cuando estuvo a punto, se detuvo de golpe, salió de mí y volvió a sentarse en la silla. Me acomodó la cabeza entre sus piernas y me dejó terminar el trabajo con la boca, despacio, hasta que se vino sobre mi cara con un gruñido contenido.
Después me guió de nuevo hacia él para que lo limpiara, para que recogiera con la lengua hasta la última gota, y con esa misma boca me hizo recoger también lo que me había caído en la mejilla. Lo hice extasiada, sin asco, disfrutando de cada instante de esa entrega absoluta.
***
Me soltó las muñecas primero, después los tobillos, y me ayudó a bajar al suelo. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la camilla para no caer. Me quitó la correa pero me dejó el collar puesto.
—Recoge todo —me dijo, ya con otro tono, más tranquilo.
Obedecí, juntando los juguetes y la ropa rota mientras él ordenaba la sala para que nadie notara que habíamos estado allí. Cuando terminé, me entregó una sudadera negra y me pidió que me la pusiera. No me dejó cambiarme nada más. Salimos hacia su coche con mis cosas en una mochila: lencería nueva, un par de juguetes, las medias destrozadas que él insistió en que guardara.
—Son regalos —dijo mientras arrancaba—. Para que practiques.
El camino de vuelta lo hice con la cabeza apoyada en su pierna, callada, todavía con el cuerpo vibrando por todo lo que había pasado. Cuando llegamos a mi edificio, me dio un beso en la frente y me ordenó que subiera directa a la cama, tal y como estaba. Bajé del coche caminando lo más femenina que pude, lo cual fue fácil porque seguía con los tacones puestos, y subí las escaleras rápido, agradecida de no cruzarme con nadie a esas horas.
***
En casa solo me lavé los dientes y me dejé caer en la cama vestida, con la sudadera, el sostén, las pantis y las medias rotas. No supe hacer otra cosa. Me dormí al instante, agotada, con el olor de la noche todavía pegado a la piel.
Desperté tarde a la mañana siguiente. Frente al espejo del baño descubrí que la sudadera tenía algo escrito en la espalda, una palabra que él me había puesto y que yo no había visto: una marca suya, su manera de recordarme lo que era para él. Me quedé mirándola un rato largo. Tenía restos de maquillaje corrido por la cara, el pelo revuelto, la lencería todavía puesta del día anterior.
Me excitó verme así, deshecha y suya incluso de mañana. Empecé a tocarme por encima de la ropa, sintiendo el encaje contra la piel, recordando cada orden, cada nalgada, cada vez que me había mirado en aquel espejo de la clínica. No me quité nada. Me dejé llevar despacio, vestida como él me había dejado, hasta que volví a temblar entera repitiendo en voz baja las mismas palabras que me había enseñado a decir.
Cuando terminé, me quedé tumbada mirando el techo, ya pensando en cuándo volvería a llamarme. Porque algo había quedado claro esa noche en la clínica: ya no sabía estar de otra manera que no fuera esperando su próxima orden.