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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camioneta del turno nocturno

Aquel jueves de mediados de marzo me tocó quedarme hasta tarde. Tenía un par de reportes que entregar al día siguiente y, como toda mi información estaba en la máquina de escritorio de la oficina, no había forma de llevarme el trabajo a casa. Terminé pasadas las nueve y media de la noche, con la planta casi vacía y el zumbido de los aires acondicionados como única compañía.

La empresa donde trabajo ofrece transporte para el personal en tres horarios distintos. El de las diez estaba por salir y me dejaría a un par de cuadras de mi departamento, así que tenía que apurarme si no quería esperar al siguiente.

Como quedaba poca gente, esa mañana me había atrevido a ponerme un leggin push up que me ajustaba completamente sobre las nalgas. Era de un blanco que me encantaba: con la luz correcta, a través de la tela se alcanzaba a adivinar la tanga que llevaba debajo. Por eso mismo me había llevado una sudadera larga que me cubría bien, y solo si me agachaba se me marcaba todo. De pie, el secreto quedaba oculto.

Guardé mis cosas en el bolso de mano —que en realidad eran pocas, porque todo lo dejaba en el cajón del escritorio— y caminé hasta donde se estacionaban los vehículos. Subí al que me correspondía y me senté justo detrás del lugar del copiloto.

Reconocí al chófer de inmediato. Se llamaba Rubén, o al menos así lo había escuchado nombrar otras veces. En cuanto me vio subir, me sonrió y me saludó con una cortesía que rozaba lo coqueto.

—Buenas noches, señorita. Hoy le tocó salir más tarde, ¿eh? —dijo, observándome por el espejo retrovisor.

—Tenía unos reportes que terminar —contesté—. Ya quedaron listos, por suerte.

Encendió el motor y nos pusimos en marcha. Desde hacía semanas me había dado cuenta de que le gustaba: cada vez que me acercaba o me alejaba de su camioneta, sentía sus ojos recorrerme con una mezcla de descaro y deseo que no se molestaba en disimular. Esa noche, además, íbamos solos él y yo. Nadie más había tomado ese horario. La idea me pareció inquietante y excitante a partes iguales.

Las calles estaban casi desiertas. Las luces de los postes entraban y salían por las ventanillas, dibujando franjas de luz que cruzaban el interior de la camioneta. Yo iba mirando el reflejo de Rubén en el vidrio, fingiendo que observaba la ciudad, mientras él me lanzaba miradas rápidas cada vez que el semáforo lo obligaba a frenar. Había una tensión espesa en el aire, de esas que no necesitan palabras para entenderse.

Me acomodé la sudadera, más por nervios que por frío, y crucé las piernas. Sentía el roce del leggin contra la piel y, sin proponérmelo, empecé a imaginar lo que pasaría si por una vez dejaba que ocurriera lo que ambos veníamos rodeando hacía tanto. Estoy loca, pensé. Pero la idea, lejos de asustarme, me apretó algo por dentro.

A mitad del trayecto empezó a sonar el timbre de un celular. Ni él ni yo contestamos, porque ninguno de los dos lo tenía en la mano. Al poco rato volvió a sonar, insistente, y Rubén se orilló en el acotamiento para ubicar de dónde venía. El sonido salía justo detrás de mí, del asiento de atrás.

Me di la vuelta. Para alcanzar el teléfono tuve que apoyar las rodillas en mi asiento y estirarme hacia atrás, con todo el cuerpo inclinado. Sentí, antes de verlo, que él encendía la luz interior de la camioneta. La encendió a propósito, para verme las nalgas en todo su esplendor.

Me di cuenta perfectamente. Y, en lugar de apurarme, tardé un poco más de lo necesario en alcanzar el aparato. Dejé que mirara. Por el rabillo del ojo lo vi pasarse la lengua por el labio, lento, como quien se relame frente a algo que va a comerse. Lo quiere ahora mismo, pensé. Y yo también.

Me senté de nuevo con el celular en la mano y fingí sorpresa.

—Aquí estaba el bendito teléfono —dije, mostrándoselo.

***

Rubén no contestó. Apagó el motor, se bajó, rodeó la camioneta y abrió mi puerta. Antes de que yo entendiera bien qué hacía, ya se estaba sentando a mi lado, obligándome a correrme un poco para hacerle espacio. Su cercanía me golpeó de inmediato: el calor de su cuerpo, el olor a sudor de hombre que llevaba todo el turno encima. Sentí que me mojaba sin haberlo tocado todavía.

—A ver, deme el teléfono —dijo—. Quizás reconozco de quién es.

Se lo entregué. En vez de tomarlo, me agarró la mano y no me la soltó. Tiró de mí hacia él y me besó con una brusquedad que me cortó la respiración. Le devolví el beso con todo, hambrienta, y bajé la mano libre hasta su entrepierna. Ahí estaba: dura, hinchada, apretada contra la tela del pantalón.

No paraba de tocarme. Me recorría los muslos, me apretaba las nalgas, me jalaba contra él. Tenía unos brazos trabajados, de los que se hacen cargando o levantando peso, y unas manos grandes, ásperas, con callos. Siempre me han gustado los hombres así, de manos que se notan.

Con un solo movimiento me bajó el leggin y la tanga de un tirón, las dos prendas juntas. Yo me dejé llevar y le desabroché el pantalón. Su verga saltó casi sola, como invitándome. Era grande, gruesa, recorrida de venas, con la cabeza enorme. Cuando me la metí en la boca apenas cabía.

La chupé despacio. Quería disfrutarla, porque no todos los días se topa una con algo así. Lo hice durante un buen rato, sintiendo cómo se tensaba más con cada pasada de mi lengua. En un momento le pedí, sin sacármela del todo, que aguantara.

—Todavía no —murmuré—. Antes quiero que me lo metas por detrás.

Apenas terminé la frase, él reaccionó.

—Híncate ahí, en el asiento —ordenó, con la voz ronca.

***

Me acomodé como me pidió: de rodillas sobre el sillón, las piernas dobladas, el culo expuesto hacia él. Rubén se arrodilló en el piso de la camioneta y empezó a comérmelo. Me metía la lengua tratando de llegar bien adentro, y yo gemía cada vez más fuerte, agarrándome del respaldo.

Con una mano me alcanzaba mi pequeño miembro, que ya estaba erecto y goteando. De vez en cuando dejaba de lamerme el ano para chuparme a mí, recogiendo con la boca el líquido que escurría. Eso me prendía todavía más, me hacía retorcerme contra su cara.

En cuestión de minutos me dejó bien lubricada, lista para recibirlo. Me bajó un poco las caderas para alinear mi entrada con su verga y empezó a empujar, lento, con la calma de alguien que sabe lo que hace. Apenas sentí entrar la cabeza me retorcí, entre el dolor y el placer.

—Espera, espera —jadeé—. No la saques, pero tampoco la metas más. Dame un segundo.

Necesitaba acostumbrarme a esa cosa enorme que se abría paso entre mis nalgas. Él se detuvo, paciente, una mano firme en mi cadera.

Cuando notó que mi respiración se calmaba, aunque seguía agitada, comenzó a empujar de nuevo, milímetro a milímetro. Sentía cómo me abría con cada avance. Cuando llevaba más de la mitad adentro, me sujetó por los hombros y dio un empujón seco. Sentí que me la clavaba hasta el fondo. Abrí los ojos de golpe y ahogué un grito; solo me salió un gemido largo, entrecortado.

Ya con la verga entera dentro, ni siquiera intentó sacarla. Me tenía ensartada hasta el fondo, podía sentir sus testículos contra mis nalgas. Después de unos segundos empezó a frotarse contra mí, despacio, y noté el roce de su vello en la parte de atrás de mis piernas.

***

Poco a poco la fue sacando para volver a metérmela hasta el final, todo muy lento al principio. Después subió el ritmo. Cada vez más rápido, cada vez más duro. Se escuchaba el sonido húmedo del mete y saca dentro de la camioneta cerrada, mezclado con mis gemidos y su respiración pesada.

Supe que no iba a aguantar mucho más. Entonces levanté más las nalgas, ofreciéndome, buscando que entrara aún más profundo y que sus embestidas fueran más fuertes. Yo estaba al borde, gimiendo sin contenerme.

—Vente adentro —le pedí, casi suplicando—. Adentro.

No tardó. Lo sentí vaciarse en mí, sentí cómo bombeaba su verga una y otra vez, y la cantidad de leche que soltó me sorprendió. En su casa no lo ordeñan como lo hice yo esta noche, pensé, con una sonrisa que él no podía ver.

Se dejó caer sobre mi espalda, agotado, pero seguía duro dentro de mí.

—No la saques —le dije—. Déjala hasta que se salga sola.

Nos quedamos así, en silencio, alrededor de cinco minutos. Nadie habló. Cuando por fin la sentí deslizarse fuera, un hilo tibio empezó a escurrirme por las nalgas y los muslos.

***

Lo que vino después me terminó de encantar. Rubén, muy caballeroso, sacó papel y unas toallitas húmedas de la guantera y me limpió con cuidado, parte por parte, sin prisa. Ese detalle, después de algo tan animal, me derritió más que cualquier otra cosa.

Me volví a poner la tanga y el leggin. Pasaron unos diez minutos antes de que arrancara de nuevo, solo para confirmarme, con una media sonrisa, que me llevaría a casa como cada noche.

Yo seguía en una especie de limbo, repasando con lujuria todo lo que acababa de pasar, cuando su voz me sacó de mis pensamientos para avisarme que ya habíamos llegado. Bajó, me abrió la puerta y se despidió con un beso largo y un apretón firme en una de mis nalgas.

Mientras subía las escaleras de mi edificio, con las piernas todavía temblando, tuve una sola certeza: esta no iba a ser la última vez que el turno nocturno me dejara así.

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Comentarios (5)

Rulo_Baires

tremendo relato, me dejo sin palabras

NightReader33

La tension que se va armando desde el principio... increible. Hay segunda parte?

Gema77

que bien narrado, se siente todo muy real y cercano. felicitaciones!!

ChevroMarcos

jaja me recordo a un turno nocturno que yo hize hace tiempo, aunque el mio termino muy diferente. Buen relato!

Fiamma_sf

Esperando con ansias el proximo!!

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