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Relatos Ardientes

La travesti madura del hotel donde todo está permitido

Me llamo Sabrina, aunque casi nadie lo sabe. De lunes a sábado soy un hombre correcto, de oficina y corbata, que paga sus cuentas a tiempo y saluda a los vecinos por su nombre. Pero hay un costado mío que vive escondido en el fondo del armario, detrás de las camisas planchadas, y que de vez en cuando exige salir a respirar.

Esa mañana de domingo me desperté con el cuerpo encendido. Me pasa seguido, no lo voy a negar, pero esa vez era distinto: era un hambre antigua, de esas que no se calman con las manos.

Mis amantes habituales son hombres casados. Los domingos pertenecen a sus familias, a los asados y a las misas, jamás a mí. Así que estaba sola, aburrida y húmeda, una combinación peligrosa.

Para entretenerme empecé a revisar algunos foros, esos donde la gente como yo comparte direcciones y advertencias. Fue ahí donde leí sobre un lugar al que llamaban simplemente el hotel «L». No daré el nombre completo, por las dudas. La publicación prometía algo que me cortó la respiración: en ese hotel, una podía dejar la puerta de la habitación entreabierta y dejar entrar a quien quisiera.

No puede ser verdad, pensé. Pero la sola idea ya me había mojado la ropa interior.

A quien me conoce no le sorprende lo que más me gusta: ser la única «chica» rodeada de varios machos, el centro absoluto de la escena. Y eso era justo lo que el anuncio prometía.

Me bañé despacio, me afeité con cuidado cada centímetro, me perfumé. Debajo de mi ropa de hombre me puse lo que había guardado para una ocasión así: medias de red blancas, una tanga de encaje transparente y un corpiño a juego que dejaba adivinar mis pezones oscuros. En el bolso metí los tacones, altos y descubiertos, con una sola tira cruzándome el empeine.

***

El hotel quedaba en una calle del centro, solitaria un domingo a media tarde. La entrada era una puerta angosta, sin cartel, sin nada que delatara lo que pasaba adentro. Por un segundo me dio miedo y casi me vuelvo. Pero el calor entre las piernas pesó más que la prudencia, y entré.

Un hombre aburrido detrás de un mostrador me cobró sin mirarme a los ojos. Le pedí el tercer piso, porque el foro decía que ahí ocurrían las cosas más interesantes. Me señaló la escalera con un gesto de fastidio, como si ya hubiera visto pasar a mil como yo.

Subí los escalones con el corazón golpeándome la garganta. Antes de llegar al rellano ya escuchaba el murmullo. Y al asomarme al pasillo, entendí que el anuncio no había exagerado nada.

Varios hombres deambulaban de un lado a otro, asomándose a las puertas entreabiertas de las habitaciones. Tenían esa mirada que yo adoro, la del lobo frente a Caperucita, la del hambre que no se disimula. Por las rendijas se filtraban gemidos, gritos ahogados y ese sonido inconfundible de una verga entrando y saliendo con violencia de un cuerpo dispuesto.

Llegué al paraíso, me dije, y casi me río de la felicidad.

Caminé entre ellos sin apurarme, sintiendo cómo me recorrían con los ojos. Encontré una habitación libre y entré para cambiarme. Me quité la ropa de hombre, la doblé y la guardé en el bolso. Frente al espejo manchado quedé yo, la de verdad: las medias entalladas en mis piernas, la tanga ya húmeda, el corpiño en su sitio.

Soy madura, mi cuerpo ya no es el de los veinte, pero me cuido y me gusta lo que veo. Me calcé los tacones, respiré hondo y volví a ser Sabrina, la que solo existe en lugares como este.

***

Caminé hasta la puerta y la dejé entreabierta. No tuve que hacer nada más: el tacón sobre el piso sin alfombra hizo todo el trabajo. Ese repiqueteo seco funcionó como un anzuelo. En segundos sentí pasos acercándose, sombras moviéndose del otro lado de la rendija.

Fingí no darme cuenta. Volví a la cama caminando despacio, moviendo las caderas, dejando que el camisón de encaje subiera apenas con cada paso. Me acosté boca arriba, separé las piernas hacia la puerta y empecé a acariciarme, regalándoles un espectáculo. Solté gemidos suaves, lo bastante altos para que llegaran al pasillo.

No esperé mucho. Una voz ronca preguntó desde la puerta:

—¿Se puede?

Era un hombre de estatura media, de panza blanda y camisa azul, que ya traía el miembro afuera del pantalón. No era ningún galán, pero a mí eso nunca me importó. Amo a los hombres por lo que son: su olor, su peso, su fuerza.

—Pasá, cariño —le dije con la voz más dulce que tengo.

Llegó hasta la cama casi corriendo y me acarició las piernas por encima de las medias.

—Qué rica estás —murmuró, con la respiración entrecortada.

Detrás de él entraron otros. No los conté. Cuando volví a abrir los ojos, eran muchos, demasiados, todos pendientes de mí. Al ver que no me oponía, que más bien lo disfrutaba, se acercaron en silencio y empezaron a tocarme entera. Unos sacaron sus vergas y se masturbaron mirándome, como si yo fuera un altar.

El primero se arrodilló al pie de la cama, me abrió las piernas todo lo que pudo y hundió la lengua entre mis nalgas. Lo hacía con una paciencia que no esperaba, lamiendo, presionando, abriéndome. Yo le respondía apretando el músculo contra su lengua, y eso lo volvía loco.

Los demás no se quedaban quietos. Dos me ofrecían sus miembros alternándolos en mi boca, y yo pasaba de uno al otro mientras con las manos atendía a los que alcanzaba. Otros se ocupaban de mis pies, frotaban sus vergas contra mis tacones, entre mis dedos, sobre el empeine cruzado por la tira. Era una sinfonía de manos y bocas, y yo en el centro.

—Ahora sí te voy a coger en serio —dijo el de la camisa azul, incorporándose.

Levanté las caderas y arqueé la espalda, ofreciéndome.

—Hasta el fondo, papito —le pedí, casi gritando.

No me hizo esperar. No usamos lubricante; nunca lo necesito, su lengua me había dejado abierta y empapada. Sentí el glande presionar y supe que iba a doler: era grueso, mucho. Empujó de una sola vez. Un grito me subió del pecho, pero se ahogó contra la verga que en ese mismo instante me llenaba la boca.

Quise apartarme por el dolor, por instinto, pero el que me tenía de la cabeza me sostuvo firme y se hundió hasta provocarme arcadas. No me quedó más que aguantar. Se me llenaron los ojos de lágrimas, y eso, lejos de detenerlos, los enloqueció a todos.

—Eso querías, ¿no? —me dijo uno.

—Aguantá, que faltamos todos —se rió otro.

El llanto fue la chispa. Empezaron las primeras descargas. Los que me cogían la boca terminaron casi a la vez, inundándome la lengua, llenándome la garganta. Los que se masturbaban frente a mí me pintaron las mejillas, se limpiaron contra mi pelo, enredaron sus vergas entre mis rizos.

Y a mí me fascinaba. Me sentía el centro absoluto del mundo, la más deseada, la más usada.

—¡Cójanme fuerte, no se detengan! —les grité, perdida en el deseo.

El que me tenía por detrás llegó al orgasmo con un gruñido y me llenó por dentro. Yo movía las caderas sola, por puro instinto, como una hembra en celo que ya no piensa.

***

Después del primero vinieron otros, uno tras otro, tomando su turno con la misma hambre. Yo perdí la cuenta del tiempo y de los hombres. Solo existían las manos, las bocas y el calor.

Cuando el último salió, quedé tendida sobre la cama, sola, marcada de semen en la cara, el pelo, los pies, las piernas. Temblaba, pero era el temblor delicioso de quien acaba de cumplir una fantasía entera.

Me arrastré hasta la ducha. El agua tibia me devolvía al cuerpo de a poco. Estaba tan absorta que olvidé cerrar la puerta del baño. Cuando me di cuenta, ya había tres hombres mirándome. Uno tenía mis medias en la mano y se acariciaba con ellas; otro sostenía mis tacones contra su cara.

No los eché. Me arrodillé frente a ellos, todavía mojada, y los tomé de a uno con la boca hasta que terminaron. Tragué cada gota, despacio, mirándolos a los ojos.

Vieron que seguía encendida, que no tenía suficiente, y entonces hicieron algo que nunca había probado: empezaron a orinarme encima, ahí en la ducha, entre risas y jadeos. Confieso que me sorprendió, pero más confieso que me gustó. El agua se lo llevó todo enseguida, y yo me quedé ahí, de rodillas, sintiéndome la mujer más libre del planeta.

Se fueron sin decir mucho. Cerré la puerta, terminé de bañarme y me vestí de nuevo como el hombre correcto que el mundo conoce. Guardé los tacones en el bolso, junto con el secreto.

Bajé las escaleras del hotel «L» con las piernas todavía flojas y una sonrisa que no podía esconder. Juro que voy a volver. Porque ahí, aun madura, aun escondida el resto de la semana, puedo ser Sabrina, la de siempre, la que no le teme a su deseo.

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Comentarios (5)

MarcoV_78

Que relato mas intenso!! me tuve que sentar a respirar un momento jajaja. Muy bien escrito.

Nocturno_47

Segunda parte por favor!!! dejo todo en suspenso justo en el momento mas interesante, quede con ganas de saber que paso despues.

CristalBA

Me recordo a una noche que pase en un hotel de mala muerte, obvio que no fue ni remotamente tan interesante como esto jaja. Excelente prosa, muy entretenido.

Trafilus

increible!!

FedeLector

Me gusto mucho la ambientacion del hotel, eso de los pasillos y los pasos en los tacones tiene algo cinematografico. Se siente que la protagonista conoce bien ese mundo. Ojalá sigan los relatos en este universo.

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