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Relatos Ardientes

Mi primo me convirtió en su travesti favorita

Mateo nunca imaginó que la llegada de su primo Damián iba a partir su vida en dos.

Cuando la tía Beatriz enviudó y decidió que su hijo mayor tenía que dejar de holgazanear y ponerse a trabajar, su madre Marta se peleó con ella a los gritos durante días. Al final ganó la culpa: Damián vendría a vivir con ellos. «Es como tu hermano mayor ahora», le soltó Marta una tarde, con una voz dura que no dejaba lugar a réplica. «Le haces caso en todo. Él es el hombre de la casa». Y así, sin más, Damián ocupó el cuarto de Mateo, y a él lo mandaron al cuartito de servicio del fondo.

Los primeros días fueron raros. Mateo volvía de la facultad y un olor dulce y espeso a marihuana se colaba por debajo de la puerta de lo que había sido su dormitorio. Una tarde, Damián lo llamó con un gesto perezoso de la mano.

—Vení, pibe. Entrá.

En la pantalla, un video porno a todo volumen: dos mujeres gemían mientras un tipo las penetraba al mismo tiempo. Mateo se quedó con la boca entreabierta, sin saber dónde poner los ojos. Damián, recostado contra el respaldo, le echó el humo directo a la cara y sonrió con pereza.

—Probá. Te va a aflojar la cabeza.

Mateo tosió en la primera pitada, pero el humo denso y la curiosidad lo envolvieron rápido. A los pocos días ya estaba ahí casi todas las tardes, igual de desnudo que su primo, con la mano cerrada alrededor de la verga gruesa y venosa de Damián mientras la pantalla mostraba cuerpos abiertos y brillantes.

—Ayudame a pajearme —le ordenó Damián una tarde, agarrándole la muñeca y poniéndole la mano encima.

Mateo obedeció casi sin pensarlo, con los ojos clavados en el televisor. El glande de su primo latía caliente y húmedo contra su palma, y el aire olía a sudor mezclado con humo. De golpe, Damián apagó la tele.

—Si querés seguir mirando cómo las usan a esas, abrí la boca.

Mateo se rio, nervioso, pero la verga ya estaba ahí, tiesa, con una gota transparente colgando de la punta. Se inclinó. El sabor salado y fuerte le invadió la lengua cuando el glande le rozó los labios. Chupó torpe al principio, todo más lento y más caliente por el humo. Damián le hundió los dedos en el pelo y empujó más adentro.

—Así. Tragala entera, putita.

Esa tarde Damián se vino dentro de su boca con un gruñido ronco, chorros espesos que Mateo tragó entre arcadas. Salió del cuarto furioso y, al mismo tiempo, más excitado de lo que jamás había estado.

Al día siguiente volvió. Y al siguiente también.

***

Damián dejó de pedir. Empezó a tomar. Una tarde lo puso en cuatro sobre la cama, le escupió en el agujero y le metió la verga de un solo empujón. Mateo gritó, el dolor lo atravesó como una corriente, pero su primo lo sujetó fuerte por las caderas y siguió, primero lento, después cada vez más rápido y más bruto.

—Mirá cómo se te abre… está chupando mi verga sola, boludo.

Mateo temblaba entero. El dolor fue cambiando, transformándose en otra cosa que lo hacía apretar los dientes y empujar las caderas hacia atrás por puro instinto. Sus nalgas chocaban contra el pubis de Damián con un sonido húmedo y obsceno. Cuando su primo se vino dentro, llenándolo de líquido caliente, Mateo ya se movía solo, gimiendo bajito.

—Te gusta, ¿no? Decilo.

—Me… me gusta… dame más…

Desde esa tarde, Damián empezó a vestirlo con la ropa que sacaba del canasto sucio de Marta: medias finas que le apretaban las piernas, un vestido ajustado que apenas le cubría las nalgas, unos tacones que le quedaban grandes. Le gustaba mirarlo caminar por el cuarto, tambaleándose sobre los tacos, mientras él fumaba recostado contra el respaldo y le daba indicaciones con la voz pastosa. «Más despacio. Movete como una mujer».

Lo besaba con lengua mientras lo penetraba contra la pared y le susurraba al oído «mi favorita» antes de descargarse adentro. Mateo ya no protestaba. Al contrario: empezó a dejarse crecer el pelo, a depilarse las piernas en la ducha, a guardar un lápiz labial robado en el cajón del cuartito del fondo. Aprendió a maquillarse mirando tutoriales con el volumen bajo, y descubrió que le gustaba la persona que aparecía en el espejo cuando terminaba. Antes de arrodillarse frente a su primo, se pintaba los labios despacio, como un ritual.

***

Hasta que una mañana Damián no volvió. Lo detuvieron por vender marihuana a unos chicos de la facultad. Cinco años, dijeron. Marta lloró como si se hubiera muerto alguien en la familia. Mateo, en cambio, escondió todo: las revistas, los videos, las bolsas que su primo guardaba en el fondo del patio. Y siguió fumando. Y siguió necesitando que lo dieran vuelta y lo usaran.

En la facultad conoció a Nicolás, un compañero que también fumaba. Una tarde lo invitó a casa. Fumaron fuerte, varias pitadas profundas, hasta que el cuarto giró un poco. Mateo desapareció un rato y volvió vestido: una pollera cortísima que no tapaba nada, una blusa transparente, una tanga negra que dejaba las nalgas completamente al aire.

—Hola… soy la hermana melliza de tu amigo —dijo, con una voz suave y afeminada que ni él se reconoció.

Nicolás se quedó duro, con la verga en la mano, pajeándose despacio. Mateo se arrodilló, le besó el glande hinchado, le pasó la lengua de arriba abajo y se lo tragó entero hasta que le lloraron los ojos. Después se puso en cuatro sobre la cama, se levantó la pollera y se abrió las nalgas con las manos.

—Metémela… por favor…

Nicolás lo penetró de un empujón hondo. Mateo gimió fuerte, moviendo el culo con el mismo ritmo que Damián le había enseñado: lento y profundo al principio, después rápido y sin piedad. El golpe de piel contra piel llenaba el cuarto junto con sus gemidos. Nicolás le clavaba los dedos en las caderas y gruñía mientras se vaciaba adentro.

Se hicieron amantes. Dos o tres veces por semana. Nicolás lo besaba, lo acariciaba, lo hacía sentir deseado de verdad. Pero más adelante en la carrera conoció a una chica y todo terminó.

***

Mateo no se quedó solo mucho tiempo. Encontró un grupo de chicos y un par de profesores que compartían sus mismos gustos. Se pasaban direcciones por mensaje, departamentos prestados a los que llegaba ya cambiado, con la peluca en la cartera y la cara lista. Fiestas privadas donde todos se vestían de mujer, se maquillaban cargado y se dejaban usar sin límites.

Mateo se convirtió en una de las favoritas. Le gustaba quedar arrodillado en el centro de la sala, con las rodillas marcadas contra la alfombra, mamando una verga tras otra mientras otro lo montaba por detrás y le tiraba del pelo. El aire era denso de humo y sudor, y el sonido de los cuerpos no paraba nunca. Cuando terminaban con él, lo dejaban tirado en un sillón, sonriente y agotado, y él se quedaba ahí escuchando cómo seguía la noche, sintiéndose por fin parte de algo.

Una noche, Marta lo descubrió. Entró sin avisar y lo encontró con una peluca rubia, los tacones puestos y la cara manchada.

—¿Qué es esto, Mateo?

Él la miró a los ojos y se lo contó todo, sin filtros. Le dijo que era travesti, que le gustaban los hombres, que vivía para arrodillarse y que se dejaba coger sin vueltas. Que fumaba todos los días. Y que todo había empezado con Damián. Que su querido sobrino lo había iniciado, lo había chantajeado, lo había forzado y después lo había convertido en su muñeca personal usando la ropa interior de ella.

Marta se puso pálida. Esa misma noche hizo una valija y se fue de la casa. Nunca más volvió a hablarle. Mateo se enteró tiempo después, por uno de los hombres de las fiestas, que su madre pasaba los días encerrada en una iglesia, confesándose como si hubiera cometido el peor de los pecados.

***

Mateo se quedó solo en la casa grande y vacía. Pero, por primera vez, no se sentía vacío.

Una mañana, después de una noche en la que varios tipos lo habían usado hasta dejarlo dolorido y abierto, se quedó mucho rato frente al espejo. El pelo largo, las cejas finas, los labios todavía hinchados. Se estudió como quien mira a una persona nueva.

Y tomó una decisión.

Esa misma tarde fue a una clínica discreta del centro. Firmó los papeles sin dudar y empezó el tratamiento hormonal. Quería pechos que se le notaran bajo la ropa. Quería caderas más anchas, más redondas. Quería que su cuerpo terminara de transformarse en lo que ya sentía que era por dentro.

Se aplicó la primera dosis esa noche, parado frente al espejo del baño. Sintió el pinchazo frío y sonrió con los ojos entrecerrados.

Ahora sí voy a ser la mujer que siempre quise ser.

Se acarició las caderas, todavía sensibles, y por primera vez en mucho tiempo, Mateo se sintió completo.

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Comentarios (5)

NocheCandela

increible, de los mejores relatos que lei en esta pagina!!!

DiegoLect2

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

LectorSensible

Me dejo pensando bastante rato. Que manera de contar esto, se siente muy real y autentico. Sigue escribiendo

Andresito_BA

excelente!!! seguilo escribiendo

TransFan_ok

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor escrito. Mas directo y sincero

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