La travesti del piso de abajo me llamó otra vez
Tres días habían pasado desde la primera noche, y todavía no podía pensar en otra cosa. Cada vez que cruzaba el palier y veía la puerta del piso de abajo, el estómago se me cerraba con una mezcla de vergüenza y deseo. Sabrina lo sabía. Lo notaba en cómo me miraba cuando coincidíamos en el ascensor, esa media sonrisa que prometía y amenazaba al mismo tiempo.
El mensaje llegó un martes, a las ocho de la noche. Mi teléfono vibró sobre la mesa y supe, antes de mirarlo, que era ella.
«Bajá a las nueve en punto. Vení bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos, putito.»
Leí el mensaje tres veces. Entre los dos. Así que Bruno también iba a estar. Sentí cómo se me secaba la boca y, al mismo tiempo, cómo se me endurecía todo de solo imaginarlo. Apagué la pantalla, me metí en la ducha y me afeité con un cuidado casi religioso, repasando cada centímetro como si me preparara para una ceremonia.
***
Bajé las escaleras con las piernas temblando. Toqué el timbre a las nueve y un minuto, y los segundos que tardó en abrir me parecieron eternos. Cuando la puerta se abrió, el living estaba a media luz, apenas iluminado por una lámpara de pie en el rincón.
Sabrina llevaba un body negro de encaje casi transparente que le apretaba el pecho y dejaba todo su culo al aire. Su piel morena brillaba bajo la luz tibia. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa lo que compró.
—Llegaste tarde —dijo, aunque sonreía.
—Un minuto… —murmuré.
—Un minuto es tarde. Pero hoy estoy de buen humor.
Detrás de ella, en el sillón grande, estaba Bruno. Tenía el torso desnudo y un pantalón de gimnasia que marcaba claramente lo que había debajo. Me saludó con un gesto de la cabeza, sin levantarse, con la tranquilidad de quien ya sabe cómo va a terminar la noche.
—Pasá y cerrá —ordenó Sabrina—. Y desvestite. Despacio. Quiero verte.
Cerré la puerta con el corazón golpeándome el pecho. Empecé a sacarme la ropa en el medio del living, prenda por prenda, con los dedos torpes. La remera, el pantalón, las medias. Cuando quedé completamente desnudo, ya estaba duro de los nervios y de la expectativa. Ninguno de los dos dijo nada por un momento. Solo me miraban.
—Mirá cómo viene de obediente —le dijo Sabrina a Bruno, divertida—. Si hasta se depiló como le pedí.
Bruno se levantó del sillón y caminó hasta ponerse detrás de mí. Sus manos eran grandes y calientes. Me agarró las nalgas y las separó sin prisa, examinándome.
—Qué culo más lindo y lampiño tenés —murmuró cerca de mi oído—. Lástima que no vas a poder sentarte cómodo mañana.
Un escalofrío me recorrió entero. Sabrina se sentó en el centro del sillón y abrió las piernas con una lentitud calculada.
—Vení. Arrodillate acá primero. Empecemos como corresponde.
***
Me puse de rodillas entre sus piernas. Su verga, gruesa y morena, ya estaba medio dura, descansando contra su muslo. La tomé con las dos manos y la acerqué a mi boca. La primera lamida fue lenta, de la base hasta la punta, y la sentí endurecerse contra mi lengua.
—Así, bebé —susurró ella, acariciándome el pelo—. Metétela toda. Babeala bien.
Obedecí. Abrí la boca y la fui tragando de a poco, hasta donde podía, haciendo ruidos húmedos de succión que llenaban el silencio del living. Sabrina gemía bajito, con la cabeza echada hacia atrás, guiándome con la mano en mi nuca para marcarme el ritmo que quería.
—Eso es —decía entre suspiros—. Despacio, sin dientes. Aprendés rápido cuando querés, ¿no?
No podía contestarle, y ella lo sabía. Esa era parte del juego: tenerme callado, ocupado, entregado. Cada vez que aflojaba el ritmo, me empujaba un poco más hacia adentro, midiendo cuánto aguantaba antes de tener que separarme para tomar aire.
Mientras yo chupaba, sentí a Bruno arrodillarse detrás de mí. Me escupió directamente en el agujero, sin aviso, y después apoyó la lengua plana y caliente contra él. Solté un gemido ahogado con la boca todavía llena.
—Ahhh… —fue todo lo que pude decir.
Bruno me comía el culo con un hambre que me desarmaba. Chupaba, presionaba la lengua adentro, babeaba todo. El sonido era obsceno: succiones largas, lengüetazos húmedos, y mis propios gemidos amortiguados contra la verga de Sabrina. Yo no sabía dónde concentrar el placer, si en lo que tenía en la boca o en lo que sentía atrás.
—Lo tenés bien empapado —dijo Bruno después de varios minutos, poniéndose de pie—. Ya está listo.
Lo escuché bajarse el pantalón. Sentí la cabeza de su verga, gruesa y venosa, apoyarse contra mi entrada todavía húmeda de saliva.
—Respirá hondo —dijo con voz ronca—. Y aflojate.
Empujó. La cabeza entró despacio, abriéndome de a poco, y yo apreté los dientes con la frente apoyada en el muslo de Sabrina.
—Uuufff… está muy gruesa… —gemí—. Despacio… despacio…
—Tranquilo —dijo él—. Dejá que entre solita.
Centímetro a centímetro fue metiéndomela toda. Cuando sentí sus caderas chocar contra mí, supe que la tenía entera adentro. Solté un gemido largo, profundo, que me salió del fondo del pecho.
—Fuuuck… está tan adentro…
***
Bruno empezó a moverse con embestidas lentas pero profundas. El sonido de su verga entrando y saliendo de mi culo lubricado llenaba el living, un ritmo húmedo y constante. Cada empujón me arrancaba un jadeo que yo trataba de contener y no podía.
—Ah… ah… sí… así… —murmuraba sin control.
Sabrina me tomó la cabeza con las dos manos y volvió a guiarme a su verga. Me empezó a coger la boca al mismo ritmo que Bruno me cogía por detrás, los dos coordinados, como si lo hubieran ensayado.
—Mirá cómo gemís —dijo ella, mirándome con los ojos brillantes—. Te encanta que te usemos los dos, ¿verdad? Decilo.
No podía hablar con la boca llena, así que solo gemí más fuerte. Eso pareció gustarle.
Bruno aceleró de golpe. Sus caderas empezaron a chocar contra mí con fuerza, un golpeteo seco y rítmico que resonaba en toda la sala. El sudor empezó a correrme por la espalda.
—Aaahhh… más fuerte… —grité cuando Sabrina sacó su verga de mi boca para dejarme respirar—. Me estás partiendo…
—Eso quiero —respondió Bruno, agarrándome de las caderas—. Que te acuerdes de esto toda la semana.
Mi culo hacía ruidos húmedos y obscenos con cada metida. Yo estaba perdido, entregado, con la cara apoyada en el cuero del sillón y los dedos clavados en la tela.
***
Entonces Sabrina se levantó.
—Ahora me toca a mí —dijo—. Hacete a un lado, Bruno. Pero no del todo.
Bruno salió despacio y se corrió un paso, dejándome el culo abierto y palpitando. Sentí a Sabrina ponerse detrás de mí, y su verga era todavía más gruesa, más caliente. La apoyó contra mi entrada ya dilatada y empujó con fuerza, de una sola vez, hasta el fondo.
—¡Aaaahhh! —grité, arqueando la espalda—. ¡Sabrina! ¡Qué gruesa! ¡Me partís!
Ella no me dio tregua. Empezó a cogerme con un ritmo duro y profundo, sus caderas chocando contra mis nalgas con un golpeteo cada vez más rápido. Yo gemía sin control, con la voz entrecortada y desesperada.
—¡Ahh! ¡Ahh! ¡No pares! ¡Sí! ¡Más adentro!
Me agarró fuerte de las caderas y me dio embestidas largas y potentes. Sentía cómo me abría por completo, cómo rozaba ese punto adentro que me hacía ver luces detrás de los párpados.
—Gemí más fuerte —me ordenó, jadeando—. Quiero oír cuánto te gusta.
—¡Me encanta! ¡Cogeme! ¡Más fuerte! —respondí entre gritos.
Bruno se puso a mi lado y me metió la verga en la boca otra vez. Ahora me estaban usando por todos lados al mismo tiempo. Yo babeaba, gemía ahogado, temblaba entero. El placer era tan intenso que sentí los ojos llenárseme de lágrimas, no de dolor, sino de pura sobrecarga.
—Me vengo… —logré decir cuando Bruno me dejó la boca libre—. Me vengo sin tocarme… ¡Aaaahhh!
Mi culo se contrajo con fuerza alrededor de la verga de Sabrina mientras me corría, soltando chorros espesos sobre la alfombra debajo de mí. Las piernas me temblaban y apenas podía sostenerme.
***
Sabrina gruñó, aceleró todavía más y salió de golpe. La escuché sacarse el preservativo y, un segundo después, sentí su corrida caliente y espesa caer sobre mi culo abierto, abundante, marcándome. Bruno terminó casi al mismo tiempo, sobre mi espalda y mis nalgas, con un gemido ronco.
Quedé tirado boca abajo sobre la alfombra, jadeando como un animal, con el culo palpitando, abierto, chorreando. El olor a sexo llenaba todo el living y yo no tenía fuerzas ni para moverme.
Sabrina se agachó a mi lado. Me acarició el pelo sudoroso y me besó en la nuca con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—Mirá cómo temblás todavía —dijo en voz baja—. Buen putito. Te portaste bien.
Yo solo pude soltar un gemido apenas audible.
—La próxima vez —susurró, todavía acariciándome— te vamos a preparar para que te metamos las dos vergas juntas en este culito. ¿Te gustaría?
No contesté con palabras. No hacía falta. Mi cuerpo, exhausto y adolorido, ya había contestado por mí. Y mientras subía las escaleras un rato después, con las piernas todavía flojas, supe una sola cosa con certeza: iba a estar contando los días hasta el próximo mensaje.