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Relatos Ardientes

Me hice pasar por mujer en mi turno de 14 días

Esto me pasó a finales del año pasado. Trabajo en una planta cementera levantada en mitad de la nada y mi tarea consiste, básicamente, en recorrer las instalaciones comprobando que todo funcione. Calculo que paso unas siete horas caminando entre las naves y otras tres encerrado en la oficina redactando informes. Son turnos de catorce días seguidos con catorce días de descanso. El ambiente es bueno, pero machista a más no poder.

Casi todos son hombres casados y se pasan el día hablando de prostitutas y burlándose de los problemas sexuales del de al lado. No todos entran en esas conversaciones, claro: los que lo hacen son los más populares, y gracias a ellos uno termina sabiendo quién tiene eyaculación precoz, quién la tiene grande, quién la tiene chica, quién no se le para. Aunque todo es en clave de humor, algunos casos se han confirmado con el tiempo. Admito que más de una vez me he reído a carcajadas con esos chismes.

En diciembre le tocó a un compañero al que llamaré Bruno. El rumor decía que sufría de eyaculación precoz. Él lo negaba, pero las burlas no paraban, porque la información venía de las prostitutas del pueblo más cercano. En esas vísperas de fin de año a un grupo se le ocurrió que el día treinta trabajáramos todos vestidos de mujer. Hasta algunos jefes se sumaron, medio en broma medio en serio, amenazando con no renovarle el contrato al que no participara.

La planta está muy lejos de la ciudad, así que el veintinueve un grupo se acercó al pueblo a comprar pelucas, faldas, maquillaje, lencería, todo barato. Al volver pasaron por cada oficina con una bolsa, metían la mano y sacaban prendas al azar para repartirlas.

Revisé lo que me había tocado: una lencería blanca de novia recién casada. Tanga, top, mangas para los antebrazos, un velo y ligas para los muslos. Se me encendió la sangre. Cerré la puerta de mi oficina y me metí al baño a probármela.

Me quedó preciosa. Tengo el cuerpo delgado, siempre depilado, y las nalgas redondas y paradas. El velo apenas me cubría el trasero y media cara. Me puse labial, un poco de sombra en los ojos, las botas industriales y el casco. Me miré al espejo y vi a una mujer de piernas firmes y aspecto muy sexy.

No puedo salir así. ¿En serio la gente va a hacer esto?, pensé. Salí del baño, espié por la ventana y noté que mis compañeros se habían puesto la ropa por encima del uniforme. Yo, en cambio, prácticamente me había travestido.

Iba de vuelta al baño cuando vi a Bruno en la puerta con la boca abierta.

—Qué rico culo, desgraciado —me soltó.

—Bruno, cierra la puerta —le dije.

Se rio y avisó que el jefe estaba llegando. Corrí al baño, me quité las botas, me subí el pantalón por encima de la lencería y me las volví a poner. Escuché la voz del jefe desde afuera.

—Andrés, rápido, que vamos a elegir a la reina —dijo, muerto de risa.

No alcancé a hacer nada más y salí. En el patio estaban todos riéndose; los más graciosos eran los barrigones con barba. Un compañero se me acercó.

—Con esa cinturita vas a ganar el reinado —me dijo.

Me ruboricé, porque me sentí halagado. Desfilamos todos de forma payasa y quedó como reina un tipo enorme con peluca roja y traje de mucama francesa. Fue divertidísimo. Antes de volver a las oficinas, el jefe levantó la voz.

—¡Todos a trabajar como están! Mañana se cambian.

***

Yo quería volver a la oficina a quitarme la tanga, me daba miedo que me descubrieran, pero la puerta había quedado cerrada, así que empecé el recorrido por las instalaciones. Al rato apareció Bruno. Se acercó, deslizó la mano por mi espalda y me manoseó las nalgas.

—Oye, ¿estás borracho? —le dije, apartándome.

—Qué rico que sigues con esa lencería —respondió.

—Es que entendí mal las instrucciones, Bruno. No digas nada, por favor.

Me dijo que no me preocupara. Se plantó frente a mí.

—De verdad pareces una mujer delgada y nalgona. Y tienes facciones tiernas, los labios carnosos.

Sentí una avalancha de emociones. Me puse nervioso y solo atiné a reírme. Iba a seguir mi ronda, pero me tomó de la mano.

—Escúchame —dijo—. La verdad es que sí tengo eyaculación precoz, y eso no me ha dejado tener una vida amorosa normal. Déjame practicar con tu cuerpo. Siento que eres mi único amigo acá.

—¿Practicar? —pregunté.

—Sí. Tú eres de mente abierta, lo noto. Míralo como un trato: te pago lo mismo que le pagaría a una prostituta, solo déjame agarrar confianza.

El corazón se me aceleró y no pude disimular la sonrisa.

—Veo que te gusta la idea —dijo.

Me reí.

—Bruno, me da risa lo que me pides. No sé a qué te refieres con usar mi cuerpo. ¿Me quieres coger?

La situación me tenía calientísimo, pero me daba vergüenza admitirlo. De cara a todos soy un joven profesional hetero, introvertido, de los que prefieren pasar desapercibidos.

—No creo que necesite eso —explicó—. Mira: cuando empiezo a manosear a una mujer y mi verga la roza, me da tanto morbo que se me sale toda la leche. Ni siquiera alcanzo a meterla. Quiero superar esa barrera.

—Ay, amigo... —dije, cruzándome de brazos.

—Esto queda entre los dos, te lo juro.

Cerré los ojos y le dije que sí con la cabeza. Me tomó la mano.

—Empecemos. Espérame detrás del tanque diecisiete en media hora.

Y se fue.

***

Caminé muy lento hacia el tanque diecisiete. Tenía las emociones revueltas. Por un lado, estaba excitado de haber encontrado a un hombre discreto que se había fijado en mí como si fuera una mujer. Por otro, me carcomían los nervios de que todo fuese una broma y, al llegar, me sorprendieran.

Si pasa eso, les digo que ya sabía que era broma, que les seguía la corriente para reírnos todos.

Pero, si era de verdad... Bruno es guapo, de mi edad, varonil, alto, siempre pulcro y perfumado. Me imaginé sentado en sus piernas, dándole besitos. Sacudí la cabeza y seguí caminando, tratando de no pensar en nada.

Llegué al tanque y él ya estaba ahí. Era una zona poco iluminada y casi nunca transitada por los otros departamentos. Me acercó diez dólares a la mano.

—Te pago por adelantado para que te motives —dijo.

No supe qué hacer y me los guardé. Enseguida me pidió que me quitara el pantalón y quedara como cuando me había visto en la oficina. Me lo bajé y me volví a calzar las botas. Estaba nerviosísimo, mirando para todos lados, porque iba prácticamente desnudo: una tanga que se me perdía entre las nalgas, las ligas en los muslos, las mangas y un top transparente a la altura de los pezones. Bruno se acercó y empezó a acariciarme los brazos y la cintura.

Me decía cosas con esa voz grave que me prendían, pero su tono también era alto y yo temía que alguien nos escuchara. Me sujetó la cintura con una mano y con la otra me recorrió el cuello y el pecho.

—Qué piel tan suave. Estás hermosa.

Me giró, me puso las manos en la cintura y las deslizó hacia abajo, por las caderas, hasta los muslos.

—Qué sexy. Toda una hembra. Estás para preñarte.

Quise responderle algo bonito para corresponderle, pero apenas abrí la boca me hizo callar.

—Shhh. Me gustan calladitas.

Me quedé en silencio. Empezó a manosearme las nalgas y yo no paraba de temblar. La mezcla de morbo y nervios me tenía ardiendo. Después me pasó los labios por el cuello y me fue dejando besos por la espalda hasta llegar a las nalgas. Las besó, bajó a los muslos, al hueco detrás de la rodilla.

Para entonces ya había perdido el miedo a que nos descubrieran. Tenía los ojos cerrados, entregado al manoseo de ese hombre. Se alejó un poco y lo escuché desabrocharse el pantalón. Volvió a acercarse hasta que sentí su verga entre mis nalgas.

Yo estaba con las manos apoyadas en el tanque y la espalda arqueada, ofreciéndome. Corrió la tanga a un lado.

—Ábrete las nalgas —ordenó.

Eso me prendió todavía más. Apoyé el pecho en el metal y me abrí.

—Uff, qué delicioso. Depiladito. Qué rico tu culito.

Se acercó con la verga en la mano y presionó suave contra mi entrada. Me pasaba el glande de arriba abajo, como si me pintara con el líquido preseminal, hasta dejarme todo resbaladizo. Después me tomó de la cintura y empezó a puntear.

—Ten cuidado, despacio —alcancé a decir.

—Shhh, calladita.

Punteaba con suavidad, presionando hasta que la cabeza entraba un poco y me dilataba, y luego aflojaba para que el ano se cerrara de nuevo. No habían pasado ni dos minutos cuando empezó a gemir.

—Oh, oh... ¡uff, Dios!

Yo solo sentí una palpitación y una oleada de calor ahí abajo. Se separó. Giré la cabeza y vi su verga todavía dura, goteando semen sobre el suelo.

—Volvamos al trabajo —dijo, y se alejó.

***

Más tarde, al llegar a la oficina, lo encontré cantando frente a la computadora. Parecía que se había ganado la lotería.

—¿Todo bien? —le pregunté, sonriendo con intriga.

—Más que bien, compañero. Conocí a una chica y rompí mi récord: pasé del minuto —me guiñó el ojo y se rio.

Yo también me reí y entré al baño. Me quité la ropa y me miré la cola en el espejo: estaba toda babosa, chorreada de semen hasta los muslos. Me limpié con papel y me vestí con el uniforme normal.

—Bruno, me voy a dormir. ¿Me cubres la media hora que me falta?

Me dijo que sí con la cabeza y siguió cantando.

En la planta cada trabajador tiene su propia habitación, diminuta pero con lo justo para dormir y asearse. Entré, me bañé y me tiré en la cama.

¡Tuve sexo con alguien de mi trabajo!, pensé, tapándome la cara con las manos.

Ya sin la calentura encima, empezó la vergüenza. Repasé todo y me felicité por no haber dicho nada comprometedor en el momento caliente. Suspiré y me quedé dormido. Los días siguientes pasaron como si nada.

***

Cuatro días después, Bruno me propuso repetir. Me entregó una bolsa.

—Rescaté varias prendas del evento de fin de año. Ponte la rosada y nos vemos en el mismo lugar.

Cuando salió, abrí la bolsa y busqué la prenda rosada. Era un body de malla que solo dejaba descubierto adelante y atrás; lo recordaba puesto en un compañero barrigón al que le quedaba ridículo. Entré al baño y me lo probé. Me quedó precioso. Me sentí muy sexy al ver que de mi piel blanca solo asomaban las nalgas y unos cinco dedos de muslo. Me puse el uniforme encima y esperé la hora.

Esta vez llegué primero. Me quité todo y quedé solo en malla, con una peluca rubia de pelo corto y ondulado y los ojos maquillados con sombra. Bruno llegó con una cara de pervertido que me derritió. Traía una colchoneta inflable y se puso a prepararla mientras yo lo miraba.

—Oye, si nos acostamos va a ser más difícil escapar si alguien viene —dije.

Me aseguró que no aparecería nadie, que confiara. Quería hacerlo en misionero. Me acosté, abrí las piernas y me cubrí el frente con las manos.

—Qué rico, así pareces más hembra. Estás riquísima. Me encantan tus muslos y tu carita.

Sonreí mordiéndome los labios. Se desnudó por completo y se acomodó sobre mí. Me besó el cuello, los hombros, los pezones por encima de la malla. Sentía su verga buscando mi entrada, así que abrí más las piernas y lo abracé por la cintura con los muslos. Esta vez me llevé un poco de saliva al ano. Bruno respiraba fuerte y me miraba con deseo.

Presionó y de pronto se deslizó adentro. Solté un grito ahogado.

—Uy, perdón, se me metió —dijo.

—Está bien... no te muevas, deja que se me pase el dolor —le susurré.

Pasaron un par de minutos y empezó a bombear sin meterla más; calculo que me había entrado un tercio. Diez minutos de vaivén y manoseo me tenían encendido, sintiéndome del todo mujer.

—Imagina que soy una chica que te gusta —le dije.

Cerró los ojos y yo empecé a besarlo despacio en los labios. El beso se iba poniendo apasionado cuando noté las palpitaciones de su verga corriéndose dentro de mí. Nos quedamos así un minuto más y se levantó.

—Los besos me quitaron la concentración y me vine, pero estuvo riquísimo. Nunca había durado tanto.

Sonreí y estiré la mano reclamando mis diez dólares.

—Verdad, perdón, fue la emoción.

Me pagó, me pidió que recogiera la colchoneta y se fue.

***

Esa vez me quedé un rato más en la zona. Caminé un poco, me sentía sexy, disfrutaba de mi feminidad y de la brisa de la noche. Volví hacia la colchoneta para desinflarla y vi a alguien de pie frente a mis cosas, con las manos en la cintura. Era mi jefe.

Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, tapándome las partes.

—Diez dólares te escuché que te dio Bruno. ¿Qué le hiciste? —preguntó.

Estuve callado varios segundos, hasta que levantó las cejas exigiendo respuesta.

—Hacerlo en misionero —dije con un hilo de voz.

—Muy bien.

Me puso veinte dólares en la mano.

—Quiero mamada y después te pones en cuatro.

Otra vez me quedé sin palabras. Solo vi cómo se desabrochaba el pantalón y se sacaba la verga, semi erecta.

Me arrodillé en la colchoneta y empecé a mamársela. Sentía la cara ardiendo de vergüenza, pero poco a poco me fui calentando y chupando con más confianza. Solo escuchaba sus gemidos y su respiración profunda.

—Para, que me vas a hacer terminar.

Me detuve y me señaló la colchoneta. Me puse en cuatro y él se acomodó detrás. Pasaron unos segundos hasta que me escupió en el ano y empezó a penetrarme. La tenía más gruesa que Bruno, pero como la cola me había quedado lubricada con el semen del primero, casi no me dolió. Me agarró de las caderas y bombeó metiéndola entera en cada estocada. La sensación era demasiado: algo de dolor, pero mucho placer.

Se me escaparon unos gemidos y mi jefe se detuvo. Miré hacia atrás y recibí una bofetada que me devolvió la mirada al suelo.

—Compórtate, puta. Quédate callada —dijo, molesto.

—Perdón —murmuré.

Poco a poco recuperó el ritmo de las embestidas y me hacía soltar gritos ahogados de placer. Cuando empezó a gemir, entendí que estaba por terminar. De repente se iluminó todo.

No puede ser, alguien nos vio.

Mientras lo pensaba, él fue sacando la verga y sentí el frío de la brisa en el ano. La luz se apagó y mi jefe me mostró el celular.

—Saqué un video con flash, de recuerdo. Mira: solo se ve tu culo abierto y mi verga, no se nota que eres tú.

Asentí. Vi cómo se acomodaba la ropa y se iba como si nada. Apenas lo perdí de vista, me cambié y recogí todo. En el suelo había un condón usado. Debe ser del jefe, pensé. Lo recogí también y me marché.

***

Al día siguiente, Bruno me preguntó si podíamos repetir, pero le dije que no, que me dolía la cola.

—Eres bien delicada, y eso que no te la metí toda —se burló.

Sentí la tentación de contarle, pero me aguanté: esa mañana tenía un mensaje del jefe que decía «ni una palabra». Como Bruno insistía, le propuse practicar solo con sexo oral. Quedamos en dos mamadas por quince dólares. Así estuvimos el resto del turno; le habré hecho unas doce mamadas en total y me penetró cuatro veces más. Siempre usé tanga, para sostener la fantasía de que yo era una mujer.

En el turno siguiente noté que no me pedía nada. A los dos días se acercó.

—Te cuento que me comí a la panadera del pueblo, ahí mismo en su negocio. Algo loco, pero quiero seguir con ella. Gracias por tu ayuda: la hice gemir como cinco minutos.

Lo felicité, aunque por dentro me sentí mal, porque el turno anterior lo había disfrutado muchísimo. Quise decirle que cuando quisiera podíamos repetir, pero se me adelantó.

—Te suplico que nunca hables de esto con nadie. Además, lo nuestro se estaba volviendo casi una relación, y nosotros no somos gays.

Me reí y le dije que se quedara tranquilo, que sería nuestro secreto.

***

Al jefe lo trasladaron a otra ciudad, así que quedé como al principio del año. Siento que tuve mucha suerte de probar a dos machos en una misma noche. Hasta hoy, que escribo este relato (dos de marzo de este año), no he vuelto a tener sexo. La verdad es que cuesta encontrar gente de confianza siendo travesti de clóset. En fin, subiré algunas experiencias más de las que he vivido, porque lo bailado nadie nos lo quita. ¿Sí o no, mis colegas travestis de clóset?

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Comentarios (5)

ValentinaR

Que relato mas atrapante!! no podia dejar de leer, de verdad. Espero que haya continuacion

NostalgicoPas

Increible, se siente muy autentico todo. Gracias por animarte a contarlo

CharlasNocturnas

Me dejo pensando un buen rato jaja, ese final es tremendo. Muy buen relato

TomSur87

Me recuerda a un turno largo que hice yo lejos de casa, aunque mi historia fue mucho mas aburrida. Muy bueno este!

ElenaOscura

Como fueron los dias despues de eso? porque me parece lo mas interesante de todo, lo que viene despues

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