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Relatos Ardientes

El contrato que firmó sin leer una sola línea

Mateo se enteró del casting de pura casualidad, por un cartel pegado en la puerta de un local de fotocopias. «Buscamos talento nuevo para producción audiovisual para adultos. Buen pago.» Tenía veintidós años, dos meses de alquiler atrasado y ninguna vergüenza que le alcanzara para seguir pasando hambre. Anotó el número en la palma de la mano y llamó esa misma tarde.

Entró al estudio con esa mezcla de nervios y necesidad que, como supo después, Daniel reconocía de memoria. Era un chico delgado, no muy alto, de hombros estrechos y una cara que parecía sacada de un anuncio de colonia barata: pómulos suaves, labios carnosos y ojos grandes que se abrían como platos bajo las luces calientes. Daniel y Esteban lo miraron de arriba abajo mientras él firmaba los papeles básicos sobre una mesa pegajosa.

—Desnúdate —ordenó Esteban, sin rodeos.

Mateo no dudó. Se quitó la remera, los vaqueros, la ropa interior. Todo en menos de veinte segundos. Quedó parado bajo la luz blanca, con la verga pequeña colgando entre las piernas flacas y el culo redondo y pálido como dos melocotones que nadie había tocado todavía. Daniel arqueó una ceja. No servía para protagonista: demasiado pequeño todo él. Pero había algo que sí les interesaba.

—Date la vuelta. Abre las piernas —dijo Daniel.

Mateo obedeció. Apoyó las manos contra la pared y separó los pies. Las nalgas se abrieron apenas, lo justo para dejar ver el agujero rosado, apretado, virgen. Esteban acercó la cámara hasta que el chico sintió el calor del foco en la piel.

—No es fotogénico el pito, Daniel. Demasiado chico —dijo—. Pero mirá ese culo. Parece hecho para romperse.

Mateo se tensó al oírlo, aunque no se movió. Daniel sonrió como quien acaba de encontrar lo que andaba buscando.

—Tenemos otro proyecto. Travesti. Vestido, peluca, maquillaje. Te comen el culo y te ponen a chupar. ¿Te interesa?

Mateo tragó saliva. Miró la cifra escrita en el contrato que le pusieron delante, y la cifra le devolvió la mirada. Firmó sin leer el guion. A cada rato aparece un pendejo desesperado, debió pensar Daniel.

***

Lo acostaron boca abajo en un sofá negro de cuero gastado. Daniel se bajó los pantalones. Su verga, gruesa y venosa, saltó pesada y caliente, más grande que cualquiera que Mateo hubiera visto de cerca. Untó vaselina en el agujero del chico con dos dedos, abriéndolo despacio, y Mateo jadeó contra el cuero.

—Ah… duele…

—Callate y relajate —gruñó Daniel, y empujó.

La cabeza entró con un sonido húmedo. Mateo apretó los dientes y clavó las manos en el sofá hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Mgh… ¡joder! Es demasiado grande…

Pero Daniel no se detuvo. Empujó hasta que sus bolas golpearon contra las nalgas flacas. Empezó lento, sacando casi todo y volviendo a clavarlo entero. El culo de Mateo se abría más con cada embestida, ardiendo, resbaladizo de vaselina. Y entonces el dolor empezó a transformarse en otra cosa: en gemidos más graves, más largos, que ya no salían de la garganta sino de algún lugar más abajo.

—Ahh… ahh… más adentro…

Mateo empezó a mover el culo él solo, empujando hacia atrás, buscándolo. Esteban llevó la cámara a su cara: ojos vidriosos, boca abierta, un hilo de saliva en la barbilla. Después puso la otra cámara entre sus piernas. La verga de Daniel entraba y salía brillante, y el agujero del chico la tragaba entera como si llevara haciéndolo toda la vida.

Cambiaron de posición varias veces. De lado, con una pierna levantada. Boca arriba, las rodillas contra el pecho, el culo expuesto y abierto de par en par. Y al final lo dejaron apoyado sobre los hombros, con el culo en el aire, mientras Daniel lo follaba desde arriba como si quisiera partirlo en dos.

—Te gusta, ¿no? Decilo —exigió.

—Me… me gusta… ¡joder, me encanta! —gimió Mateo, con la voz quebrada, y por primera vez no estaba fingiendo.

Esteban se acercó con la verga dura frente a la boca del chico. Mateo no esperó órdenes. Abrió los labios y la chupó con un hambre que lo sorprendió a él mismo. La lengua alrededor del glande, la garganta tragando hasta la base. Esteban gruñó y se corrió primero: chorros espesos directo en la garganta, y luego sacó y le pintó la cara de semen caliente. Mateo tragó lo que pudo; el resto le resbaló por las mejillas.

Daniel siguió hasta que no aguantó más. Sacó la verga, se la metió en la boca al chico y descargó todo adentro. Mateo tragó, tosió, pero no escupió ni una gota.

***

Esa misma tarde le pusieron una peluca rubia, maquillaje, una tanga negra y un vestido tan corto que apenas le tapaba el culo. Mateo se miró al espejo y, por primera vez en su vida, no dijo nada. Solo se tocó las nalgas, todavía abiertas y sensibles, y se quedó observando a esa chica desconocida que le devolvía la mirada.

Durante una semana entera practicaron todos los días. Dos, tres hombres a la vez. Uno le daba por detrás mientras él le chupaba la verga a otro, y a veces un tercero esperaba su turno mirando, con la cámara temblándole en la mano. Gemidos, golpes de carne, olor a sexo y a sudor llenaban el estudio de la mañana a la noche.

Mateo aprendió rápido. Aprendió a respirar cuando lo penetraban, a relajar el cuerpo en lugar de tensarlo, a usar la lengua de las maneras que los hacían gruñir. Gemía como una puta, pedía más, movía las caderas como si hubiera nacido para esto. Esteban le decía que tenía un don, que pocos chicos se entregaban así delante de una cámara. Y lo peor, o lo mejor, fue darse cuenta de que ya no lo hacía solo por la plata. Esperaba la hora del rodaje. Se maquillaba con cuidado frente al espejo y sentía algo parecido a la ilusión.

Entonces llegó la noticia. La película se canceló. Mateo se presentó en la oficina con los ojos hinchados de tanto llorar.

—¿Y todo lo que hice? ¿El culo, las mamadas, vestirme de mujer? ¿Para nada?

Esteban se encogió de hombros con una calma que le dio rabia al chico.

—¿No te gustó nada de todo eso?

Mateo bajó la mirada, rojo hasta las orejas.

—Sí… pero era por la plata —mintió a medias.

Daniel sonrió y le pasó una tarjeta de cartón gastado.

—Mi socia tiene un bar. Clientela que paga muy bien por exactamente lo que vos das ahora. Pasá a verlo. Sin compromiso.

Mateo pasó.

***

Vanessa, la dueña —una travesti alta, de voz suave y manos expertas—, lo recibió con una sonrisa que lo desarmó.

—Daniel me habló de vos, preciosa. Vení, cambiate.

En el vestuario había otras chicas como él, pintándose los labios, ajustándose las medias, riéndose de cosas que Mateo todavía no entendía. Se puso un vestido negro con una falda tan corta que las nalgas asomaban al caminar. Tacones, tanga rosa, labios rojos. Cuando se miró al espejo esta vez, casi se reconoció.

Aquella primera noche su cliente fue un hombre mayor, moreno, alto, de manos grandes y verga gruesa. Lo llevó al reservado del fondo. Lo besó despacio, le levantó el vestido y le acarició el culo todavía sensible de la semana anterior.

—Qué culo más rico —murmuró contra su cuello.

Lo puso de rodillas. Mateo abrió la boca y lo chupó con ganas, sintiendo cómo la verga le llenaba la garganta hasta hacerlo lagrimear. Después el hombre lo apoyó contra la pared, le bajó la tanga y se metió entero de un solo empujón.

—¡Ahhh, sí! —chilló Mateo, las uñas clavadas en el yeso.

Lo folló duro, agarrándolo de las caderas, embistiéndolo contra la pared del reservado, llamándolo «putita», «travesti rica». Cada empujón le arrancaba un gemido que ya no le molestaba reconocer como suyo. Gemía sin control, la verga pequeña chorreando contra el yeso, el culo tragándolo todo. Se corrió sin tocarse, salpicando el suelo, mientras el hombre lo llenaba por dentro de semen caliente y él pensaba, con la mejilla aplastada contra la pared, que jamás en su vida había estado tan vivo. Cuando el cliente terminó, le dejó un fajo de billetes sobre la mesa y un beso en la nuca, y le dijo que volvería el viernes a preguntar por ella.

***

Han pasado meses. Mateo ya toma hormonas: los pechos le crecieron, redondos y sensibles; el pelo le cae largo y sedoso sobre los hombros; la voz le salió más fina, casi de mujer. La verga se le encogió todavía más, hasta volverse un botón inútil que ni mira. Vive en un departamento con otras chicas del bar, y por las mañanas toman café en bata mientras se cuentan las locuras de la noche anterior.

Tiene un novio veterano que le pasa plata todos los meses y le paga las operaciones que quiere: tetas grandes, labios más carnosos. La trata como a una reina y ella le da lo que ninguna otra le da.

Daniel la vio la semana pasada en el bar. Mateo le sonrió, se le acercó contoneando las caderas y le susurró al oído, rozándole la mejilla con los labios:

—Cuando quieras, productor… mi culo sigue abierto para vos. Gratis. Ya no necesito ninguna película.

Y se levantó un poco la falda para que Daniel viera la tanga rosa hundida entre dos nalgas perfectas, listas para que alguien las abriera otra vez.

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Comentarios (5)

KronosLex

tremendo relato!!! no me lo esperaba para nada

Fernanda_ok

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto. Se hizo cortisimo

NocheYLetras

Me gusto mucho como lo contaste. Tiene algo que te atrapa desde la primera linea y no te suelta. Sigue publicando, de verdad

RobertoGDL

jajaja me recordo a una situacion parecida que conoci hace años, siempre hay letra chica en esos contratos. Muy bueno el relato

Rulo45

demasiado corto para lo bueno que es :)

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