Mi falda de cuero y el desconocido del andén
Tengo la mejilla pegada al azulejo frío de los baños de la estación. El olor a alcanfor se mezcla con el de los orines y se convierte en algo espeso, dulzón, una mezcla rara de limpieza y podredumbre que me entra por la nariz y no me suelta. La pared, en cambio, parece recién fregada. Me pregunto si quedará en ella el rastro de mi maquillaje cuando termine lo que estoy haciendo.
La piel de mi cara sigue fija contra el muro, pero el resto de mi cabeza se mece. Se mece al ritmo de la polla que entra y sale de mi culo, una y otra vez, sin tregua. No sé cuánto llevamos así. Lo suficiente para que se me hayan doblado las piernas dos veces.
El tipo me penetra con prisa y apenas ha dicho una palabra. Mueve las caderas rápido, ansioso, como un perro que no aguanta más. Y sin embargo sus manos me sujetan la cintura con una delicadeza que no encaja con todo lo demás. Me fascina eso. Me reconforta, me da seguridad, mientras me rellena las entrañas con esa polla gorda que parece no tener fin.
Giro la cabeza porque ya no me acuerdo de su cara, y él me sonríe. Moreno, feúcho, un poco gordito, sin afeitar desde hace días. Tiene pinta de buen padre de familia que acaba de salir de un turno de noche. Ahora ya no se me olvidarán sus rasgos. Se le cambió la cara cuando entró a mear y me encontró aquí, plantada junto al lavabo, como si yo le hubiese curado de golpe todo el cansancio que arrastraba.
Me pone cachonda que esa cara bonachona, casi infantil, se esté follando con tantas ganas el culo de una travesti de estación.
Joder, el hombre folla bien. Vuelvo a sentir que las rodillas me fallan, pero respiro hondo y consigo recomponerme antes de venirme abajo.
Detrás de él, junto a la puerta del cubículo, hay un anciano que nos observa. Se manosea un pene que no quiere enderezarse, con la boca entreabierta y los ojos muy fijos en nosotros. No me molesta. Al contrario.
—Sigue —le digo a mi hombre, intentando no levantar la voz, poniendo el timbre lo más femenino que me sale.
Él sube las manos y me palpa el sujetador. Sus dedos buscan, encuentran mis pezones a través del relleno y gruñe de pura excitación. Yo intento aguantarme el gemido, pero cedo. Me vuelve loca que me toquen las tetas de silicona, aunque los dos sepamos que solo son fantasía pura. Y me vuelve más loca todavía que lo haga mientras me taladra el culo con embestidas secas, animales, que me empujan contra la pared.
De repente me acuerdo de la falda. Es de cuero, mini, y se me está bajando con cada golpe de caderas. Si sigue así, su polla va a acabar manchándomela, o me la va a pringar al terminar si se quita el condón de cualquier manera. Me la subo de un tirón hasta la cintura.
El tipo lo malinterpreta. Me aprieta las nalgas, me las abre con rudeza, dejándose llevar por lo que cree que es una invitación. Y yo se lo dejo creer. Al placer inmenso de su polla incansable se le suma otro subidón distinto: saber que esos dedos gruesos me van a dejar marcas en el culo durante los próximos días. Marcas que veré en el espejo y que me harán recordar este momento exacto. Me anoto el truco de la falda para la próxima vez que lo necesite.
El tanga rosa que llevo me aprieta la polla húmeda. Cada embestida suya repercute en ella, la sacude, la frota contra la tela. Creo que parte del hilo se me ha metido en el culo junto con él, y empiezo a temer que me corra en cualquier momento sin tocarme siquiera.
***
Jadeo un poco más alto, a propósito, para que acelere. Funciona. Él se deja ir y empieza a gemir sin parar, así que yo me uno del todo a la fiesta de suspiros. Se lo ha ganado a base de pollazos. Le hago ese homenaje de gemidos como quien aplaude un buen trabajo.
El hombre tiembla. En su última arremetida me deja empotrada entre su barriga blanda y los azulejos, con las manos clavadas en mis caderas. Creo que se está asegurando de no dejarse ni una sola gota dentro. Mi esfínter, sin que yo se lo pida, decide ayudarlo con una coreografía de pequeños espasmos que lo aprietan, lo ordeñan, lo certifican.
Toda suya. Hasta la última gota.
Va sacando la polla despacio, milímetro a milímetro, y el vacío que deja me arranca otro gemido largo. Por suerte yo no he llegado a mojar del todo las bragas. Me quedo al borde, temblando, con la respiración rota contra la pared.
Me doy la vuelta y le doy las gracias. Le quito yo misma el condón, con cuidado, como un gesto de cortesía. Él está satisfecho, relajado de golpe, con esa cara de hombre que ha soltado un peso enorme. Acerco la mía por si quiere darme un beso, sin presionar, y se anima a rozar sus labios con los míos. Es un beso torpe, breve, casi tímido para alguien que acaba de follarme el culo en un baño público.
Me pone un billete doblado en la mano y se coloca a mi lado a orinar, como si fuéramos amigos de toda la vida. Hay algo en esa naturalidad que me gusta más que el propio polvo.
***
Miro al anciano, que sigue ahí, paciente, con su pene a medio camino entre la pereza y el deseo. Me acerco y se lo meneo. Él se deja hacer, pero no hay gran reacción. Vuelve la cara hacia mí, junta los labios, y le doy un beso con lengua, lento, generoso. La polla se le endurece un poco en mi mano, lo justo para que la mía vuelva a despertar dentro del tanga, pero sé que el hombre no dará más de sí esta noche.
Sigo masturbándolo igualmente, porque me pone cachonda y porque algo me dice que puede ser un buen cliente más adelante. Hay que cuidar a los que vuelven. Le aprieto suave, le susurro algo al oído, y él cierra los ojos como si esto fuera lo más cerca del cielo que va a estar en mucho tiempo.
El primer hombre termina de mearse, se sube la cremallera y abre la puerta para salir. En ese instante, por el hueco, me llega el sonido inconfundible de unas botas pesadas en el pasillo. El vigilante.
Suelto al anciano, me bajo la falda de golpe y salgo del baño con paso rápido pero sin correr, que correr es lo que delata. Me cruzo con el de seguridad en el umbral. Es joven, espalda ancha, gorra calada. Me saluda con un gesto seco de cabeza y yo le respondo igual, evitando mirarlo a los ojos. No quiero líos. No esta noche.
Salgo por la puerta lateral de la estación, la que da directamente al aparcamiento. El aire frío de la madrugada me golpea la cara y me espabila de golpe. Camino entre los coches hasta el mío, busco las llaves en el bolso a tientas, con las manos todavía temblorosas, y me meto dentro.
***
Al sentarme, la falda de cuero se me sube tanto que veo el tanga de encaje asomar entre mis muslos. Cierro la puerta y el silencio del coche me cae encima como una manta. El olor fuerte del baño se va apagando en mi nariz y lo sustituye otro más íntimo, suave, un olor a culo y a sexo reciente que me pertenece solo a mí.
No puedo evitar sonreír. Me siento viva, eléctrica, despierta de una manera que no consigo en ningún otro sitio. Me miro en el retrovisor: el rímel un poco corrido, el labial casi borrado, la cara de una mujer que acaba de hacer exactamente lo que quería.
Sin pensarlo demasiado, me saco la polla por debajo de la falda y empiezo a menearla. Me gusta hacerlo así, vestida y en público, con el riesgo de que alguien pase y me vea. Es ese riesgo justamente el que me empuja. Cierro los ojos y vuelvo al azulejo frío, a las manos en mi cintura, a la barriga blanda apretándome contra la pared.
Pero entonces oigo el traqueteo de unas maletas arrastrándose por el pavimento. Abro los ojos y veo a un grupo de viajeros que se acerca por el aparcamiento, somnolientos, ajenos a todo. Maldigo entre dientes y me reacomodo a medias.
Arranco el coche con la polla brillante asomando tímida por debajo de la falda de cuero. El motor ruge y los faros barren la fila de vehículos. Tengo todo el camino a casa por delante, una ducha caliente esperándome y la promesa de terminar lo que aquí no he podido.
Salgo del aparcamiento sonriendo, con el corazón aún acelerado y el sabor del desconocido todavía en los labios. Mañana, cuando me mire las marcas de sus dedos en las nalgas, sabré que no me lo he inventado. Y eso, por ahora, me basta.