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Relatos Ardientes

Su secreto trans para pagar la universidad

La pensión olía a humedad vieja y a guiso recalentado. Camila cerró la puerta del baño con el hombro, el frasco en una mano y la jeringa en la otra. Era su rito de las nueve de la noche: diez miligramos de valerato de estradiol, intramuscular, lento, profundo, como si cada gota fuera una promesa que se hacía a sí misma.

Se bajó los jeans de tiro alto hasta los tobillos, se inclinó sobre el lavabo y hundió la aguja en la cadera. El pinchazo fue un fuego breve que se apagó enseguida. Mientras contaba los treinta segundos de rigor, se miró al espejo: ojos color miel, demasiado grandes para esa cara; labios llenos brillando de protector barato; el pelo recogido en una coleta que le caía sobre la espalda.

A los veinte años, con tres de hormonas corriéndole por dentro, su cuerpo ya no era una espera. Era un hecho. La cintura se le marcaba contra unas caderas suaves, la piel le brillaba lisa y casi sin vello. Lo que quedaba de su antigua anatomía descansaba pequeño y dormido bajo el encaje del bralette que usaba como ropa interior, un detalle que solo ella conocía y que el resto del mundo nunca veía bajo la ropa ancha.

—Otra noche más, Lucero —se susurró, usando el nombre que su abuela le había regalado antes de morir—. Otro tramo hacia la maldita facultad.

La abuela había sido la única en llamarla así desde chica, mucho antes de que ella supiera ponerle palabras a lo que sentía. «Mi lucero», le decía, peinándole el flequillo en la cocina. Camila se aferraba a ese nombre como a un cabo en el agua. Todo lo demás —la pensión, los volantes, los exámenes, las noches en el auto— era ruido alrededor de ese único punto de luz.

Guardó la jeringa en su estuche, se subió los jeans y salió a la calle. El frío de Rosario en otoño le mordió la cara. Caminó encorvada, la mochila de libros apretada contra el pecho, la campera cerrada hasta el cuello. La escuela nocturna quedaba a diez cuadras, en un edificio gris que olía a tiza y a cigarrillo apagado. Allí era solo Camila, la alumna que sacaba dieces en Literatura e Historia. Nadie sabía del arreglo.

Adentro, el aula vacía la recibió con su olor de siempre. Dejó la mochila sobre un pupitre, sacó las carpetas y las ordenó con cuidado: cada apunte numerado, cada práctico con la letra prolija que tanto le envidiaban. Hacer los trabajos era la parte fácil. La que le gustaba, en realidad. Escribir le salía solo, como respirar.

Bruno y Diego ya la esperaban en el pasillo, apoyados contra la pared como si la noche les debiera algo. Veintiuno y veintidós años. Pibes del centro, con plata de los padres y cero ganas de abrir un libro. Bruno era el más grande: morocho, fornido, con una barba de tres días y una sonrisa que prometía más de lo que daba. Diego, flaco pero con brazos de gimnasio, llevaba el pelo rapado y unos ojos que la desnudaban antes de que ella abriera la boca.

—¿Trajiste los apuntes de Historia Contemporánea? —preguntó Bruno, en voz baja, acercándose tanto que Camila sintió el calor de su aliento en la oreja.

—Cien páginas. Y el práctico de Literatura, listo para entregar mañana —respondió ella, con esa voz tranquila y melódica que tanto le había costado encontrar—. Pero el precio sube. Necesito el doble esta semana. El examen de ingreso es en dos meses.

Diego soltó una risa corta.

—Sabés que pagamos bien, Lucero. Pero el pago completo incluye lo otro. En el auto. Ahora.

Camila no contestó. Solo asintió una vez. Ese era el trato: ella les hacía los trabajos, ellos le pagaban el triple de lo que ganaba repartiendo volantes o levantando mesas. Y a cambio, el cuerpo. Su cuerpo, convertido en moneda. No le gustaba ni le disgustaba. Era un trámite, como inyectarse la hormona: un paso necesario para llegar a donde quería llegar.

***

Salieron por la puerta de atrás. El auto de Bruno —un coche viejo de chapa abollada— esperaba en la calle lateral, bajo un farol roto que parpadeaba sin decidirse. Vidrios polarizados. Asientos gastados. Adentro olía a cigarrillo, a colonia barata y a piel joven. Apenas cerraron las puertas, Bruno ya tenía la mano en su nuca, tirándole de la coleta para que echara la cabeza hacia atrás.

—Sacate la campera. Quiero verte.

Camila obedeció sin prisa. Se sacó la campera, después el buzo, y quedó en el bralette negro de encaje. Sus pezones se endurecieron de golpe con el aire frío que entraba por la ventanilla entreabierta. Bruno gruñó algo, bajo y ronco, y le bajó la copa con dos dedos.

—Mirá cómo se te ponen.

Cerró la boca sobre un pezón y chupó con fuerza. La lengua caliente trazó círculos lentos alrededor de la areola. Un escalofrío le bajó a Camila por la columna. No era placer, todavía no; era solo la piel respondiendo por su cuenta, sin pedirle permiso. Sintió, traidor, el primer tirón de calor entre las piernas.

Diego ya se había bajado el pantalón.

—Abrí la boca —dijo, agarrándose con una mano—. Hoy empiezo yo.

Camila se acomodó como pudo entre los asientos, las rodillas torcidas contra el plástico. El olor del encierro la envolvió: sudor, cuero, el aliento dulzón del cigarrillo. Abrió los labios y dejó que Diego entrara. Él gimió enseguida, fuerte, con las dos manos cerradas sobre su cabeza, marcándole el ritmo sin la menor cortesía.

—Despacio que me arruinás… así, así —jadeó—. Qué boca.

Bruno, por detrás, le bajó los jeans de un tirón. Le abrió las nalgas con las manos grandes y escupió. Un dedo, después dos, entraron sin aviso, abriéndose paso, y Camila sintió la presión subir desde adentro como una marea.

—Ahh… —jadeó contra Diego, sin poder evitarlo. No era dolor. Era presión, calor, una fricción cruda que su cuerpo recibía con una humedad que ella no había decidido.

—Mirá cómo se entrega —se rió Bruno, la voz espesa—. Está pidiendo más.

Se acomodó detrás de ella, apoyó la punta contra la entrada y empujó de una sola vez, hasta el fondo. Camila apretó los dientes. El ardor llegó primero, y detrás de él un placer denso, animal, que no quería sentir pero que el cuerpo le servía igual, sin consultarla.

—Seguís igual de apretada —gruñó Bruno, empezando a moverse. Despacio al principio, profundo, cada empuje haciendo que sus caderas chocaran contra ella con un golpe sordo y húmedo.

Diego le tiró del pelo y aceleró.

—No pares… me voy a ir —murmuró.

Camila cerró los ojos. Buscó el techo del auto, las luces de la calle filtrándose por las rendijas del polarizado, y empezó a recitar por dentro, como siempre hacía para no estar del todo ahí.

Mil setecientos ochenta y nueve, la Bastilla. Mil ochocientos dieciséis, la independencia. Mil novecientos diecisiete, la revolución.

Pero el cuerpo no la escuchaba. Lo que llevaba escondido bajo el encaje se había puesto duro contra el asiento, y cada embestida de Bruno lo arrastraba contra la tela, sumando una corriente que ella no pedía. El placer trepaba, traicionero. El sudor. El calor. El olor de tres cuerpos trabajando juntos en un espacio demasiado chico.

—Más fuerte, carajo —dijo Camila, y la voz le salió ronca, ajena, una voz que casi no reconoció como suya.

Bruno aceleró, frenético ahora. El auto entero se mecía sobre sus amortiguadores cansados. El golpeteo de piel contra piel llenó el habitáculo, mezclado con los gemidos cortos de los tres.

—Te lo voy a dejar todo adentro, Lucero —jadeó Bruno.

Diego fue el primero. Se vino con un gruñido largo, hundido hasta la garganta de Camila, y ella tragó como pudo, tosiendo apenas, un hilo brillante escapándosele por la comisura.

—Buena chica —murmuró él, todavía sin salir.

Bruno no tardó. Dos embestidas más, brutales, y se enterró hasta el fondo con un temblor. Camila sintió el pulso caliente expandirse dentro de su vientre, una oleada que la llenó por completo. Su propio orgasmo llegó sin que nadie lo buscara: un temblor breve, unos hilos finos derramándose contra el asiento, sin una sola mano de por medio.

Los tres se quedaron quietos un momento, las respiraciones desordenadas, el auto oliendo a sexo crudo y a una victoria barata que solo ellos celebraban.

***

Bruno se retiró despacio. Un hilo tibio le resbaló a Camila por el muslo. Él sacó el fajo del bolsillo de la campera y separó unos billetes de más.

—Extra esta vez —dijo—. Por lo bien que te portaste.

Camila se limpió la boca con el dorso de la mano. Se subió los jeans sin apuro, la tela rozándole la piel todavía sensible. El cuerpo le latía, lleno, caliente, pero la cabeza ya estaba en otro lado.

—Los apuntes están en la mochila —dijo, recuperada la voz tranquila—. Mañana entrego el de Literatura. Y empiezo el de Matemática.

Diego se rió, acomodándose el pantalón.

—Sos una máquina, Lucero.

Ella no contestó. Se puso la campera, agarró la mochila y abrió la puerta. El frío de la calle la golpeó de nuevo, un contraste limpio contra el calor pegajoso que le quedaba entre las piernas.

Caminó hacia la pensión con la coleta a medio deshacer y el paso firme. En el bolsillo, los billetes. En la cabeza, fechas, batallas, tratados, y la voz de su abuela llamándola Lucero por última vez desde una cama de hospital.

Otro tramo. Otro pago. Otro paso más cerca de la facultad.

Y mañana, otra vez el rito de la hormona. Otra vez el espejo, los ojos color miel, los labios brillantes. Otra vez ella, entera, aunque el mundo se empeñara en usarla a pedazos.

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