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Relatos Ardientes

Lo que escondía mi profesora trans esa noche de lluvia

Me llamo Marina y tengo veinte años. Soy pelirroja, de piel muy clara, con pecas que odiaba de adolescente y que ahora me da igual mostrar. Tengo el pecho grande, las caderas anchas y una boca que, según me dicen, siempre parece estar a punto de decir algo que no debería. Y durante todo ese semestre estuve enamorada de mi profesora.

Se llamaba Valeria. Daba Literatura en la facultad y tendría unos treinta años. Era morena, de melena castaña hasta los hombros, con un cuerpo que parecía diseñado para distraer a media clase: pechos que siempre llevaba cubiertos hasta el cuello, una cintura estrecha y unas caderas que se movían cuando caminaba entre las mesas como si supiera exactamente lo que provocaba.

Esto pasó hace unos meses, un viernes que me quedé sola en el aula terminando un trabajo. Cuando salí, ya casi de noche, la vi en el estacionamiento peleándose con una pila de carpetas que se le escurría de los brazos.

—Profesora, ¿la ayudo? —le dije, acercándome antes de pensarlo.

—Por favor —respondió, soltando media sonrisa de alivio—. Y dime Valeria, fuera del aula me suena raro lo de profesora.

—¿Qué es todo esto? —pregunté, cargando la mitad del montón.

—Exámenes. De tres grupos. Tengo que corregirlos para el lunes y todavía no empecé.

—¿Usted sola con todos? —se me escapó el «usted» otra vez y ella se rió.

—Yo sola. Bienvenida a la vida académica.

Fue ahí cuando lo vi claro. La oportunidad que llevaba meses esperando sin atreverme a buscar.

—Si quiere le echo una mano. No tengo nada que hacer este finde y corregir no es tan difícil.

Me miró un segundo, como midiendo si lo decía en serio.

—¿De verdad? Te juro que si me ayudas te debo la vida. Subí, te llevo.

***

Me senté en el asiento del copiloto con el corazón golpeándome las costillas. De cerca pude mirarla mejor de lo que nunca me había permitido en clase. Llevaba un vestido azul ajustado que le llegaba a la rodilla, medias finas y unos tacones que no entendía cómo aguantaba después de todo el día. Olía a algo cálido, a vainilla y a algo más que no supe nombrar. Yo iba con un vestido negro suelto de flores, demasiado simple a su lado, y de pronto fui consciente de cada centímetro de mi cuerpo.

Su departamento estaba a quince minutos. Subimos las carpetas, las dejamos sobre la mesa del comedor y nos pusimos a trabajar enseguida. Ella me explicó el criterio, me pasó un bolígrafo rojo y nos repartimos las pilas. Yo estaba tan nerviosa que corregí los tres primeros exámenes sin entender nada de lo que leía.

Pero poco a poco me solté. Cada tanto parábamos a estirar la espalda, a comentar las respuestas más ridículas, a reírnos de la letra imposible de algún alumno. Me preguntó por mí, por lo que quería estudiar, por qué siempre me sentaba al fondo. Le mentí en lo último. No le dije que me sentaba al fondo para poder mirarla sin que se notara.

Tardamos horas. Tenía más exámenes de los que pensaba, y aunque una parte de mí quería terminar rápido para no hacerle perder la noche, otra parte rezaba para que no se acabaran nunca. Cuando corregimos el último, me di cuenta de que afuera había empezado a llover con fuerza. No una llovizna: una tormenta de las que vacían las calles.

—Vaya —dije, mirando por la ventana.

—No pensarás irte con esto, ¿verdad?

—¿A dónde más voy a ir? —me reí, encogiéndome de hombros.

—Quédate. En serio. Tengo cuarto de invitados, y mañana temprano te llevo a tu casa. No te voy a dejar caminar bajo este diluvio.

Asentí intentando parecer tranquila, como si me invitaran a quedarme a dormir todos los días. Por dentro estaba a punto de saltar. Le escribí a mis padres que me quedaba en casa de una amiga y guardé el teléfono antes de que me temblaran las manos.

***

Valeria preparó dos tés y nos sentamos en el sofá a hablar. La conversación fue cambiando sola, volviéndose más lenta, más cercana. Me contó cosas de ella que no contaba en clase: que se había mudado sola a la ciudad, que le costaba confiar en la gente, que a veces se sentía más cómoda con sus libros que con las personas. Yo la escuchaba y pensaba que daría cualquier cosa por que me siguiera hablando así, en voz baja, con las rodillas casi rozando las mías.

Cuando ya era tarde, me prestó una camiseta para dormir y me dijo que el cuarto de invitados tenía una cama dura, que mejor durmiera con ella, que la suya era enorme. Lo dijo como si nada, pero algo en su tono me hizo entender que no era solo cuestión de comodidad.

Nos metimos en su cama y quedamos frente a frente, casi por accidente. Seguimos hablando en susurros, cada vez con menos palabras y más silencios. En uno de esos silencios, ella levantó la mano y me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Su dedo se quedó un instante de más en mi mejilla.

Y entonces me besó.

Fue un beso suave, de los que no avisan, de los que parecen una pregunta. Le respondí enseguida, tomándole la cara con las dos manos para que no se arrepintiera, para que no parara. El beso se hizo más hondo, su lengua buscando la mía, y sentí cómo su mano bajaba por mi costado hasta el borde de la camiseta.

Me la quitó despacio, y yo le bajé el cierre del camisón que se había puesto, hasta que las dos quedamos en ropa interior. Ella llevaba un conjunto de encaje negro: sujetador, bragas y unas medias que le llegaban a medio muslo. Yo tenía un sujetador rosa y unas bragas a juego, y de pronto me sentí desnuda mucho antes de estarlo.

Su boca bajó por mi cuello, por mi clavícula, mientras su mano me recorría la cintura. Yo le acariciaba la espalda, la curva de la cadera, ese cuerpo que había imaginado tantas veces en clase sin atreverme ni a pensarlo del todo. Cuando su mano se metió dentro de mis bragas y empezó a frotarme, ya estaba mojada, y se me escapó un gemido contra su hombro.

Hice lo mismo. Deslicé la mano por su vientre, bajé hacia el encaje negro esperando encontrar lo que daba por sentado, lo que tantas noches había fantaseado con probar. Pero mis dedos se toparon con algo distinto. Algo duro, tenso bajo la tela. Abrí los ojos.

—¿Qué…? —solté, sin querer.

Valeria se quedó muy quieta. La luz que entraba de la calle le iluminaba solo media cara.

—Perdón —murmuró, y por primera vez la vi insegura—. Pensé que… debí decírtelo antes. Soy trans, Marina.

***

Me quedé sin palabras unos segundos. No por asco, ni por miedo. Era simplemente que había imaginado ese momento de mil maneras y ninguna era esta. La vi empezar a incorporarse, a buscar el camisón en el borde de la cama, lista para vestirse y dar la noche por terminada con esa cara de quien está acostumbrada a que la rechacen.

No la dejé. Le puse la mano en el pecho y la empujé de vuelta contra la almohada.

—Sos hermosa —le dije—. Me gustás. Me gustás desde el primer día. No te vistas.

Algo se aflojó en su mirada. Me sonrió con una mezcla de alivio y deseo que no le había visto nunca, y volvió a besarme, esta vez sin contención.

Bajé por su cuerpo, besándole el cuello, el pecho, el estómago, hasta llegar al encaje negro. Le quité las bragas despacio y la vi entera: dura, palpitando, esperándome. Estaba nerviosa, y ella me miraba conteniendo el aire, así que la tomé con la mano y me la llevé a la boca con toda la suavidad de la que fui capaz.

Su gemido fue lo más excitante que había oído en mi vida. Grave, contenido, escapándosele entre los dientes. Empecé despacio, atenta a cómo respiraba, a cómo se le tensaban los muslos. Una de sus manos se enredó en mi pelo, no para forzarme, sino para acariciarme, para guiarme apenas hacia donde más le gustaba. Yo levantaba las caderas sin darme cuenta, y con su otra mano ella me buscaba por encima de las bragas, frotándome justo donde lo necesitaba.

Estuve un buen rato así, escuchándola gemir cada vez más fuerte, sintiéndome poderosa por ser yo quien la ponía así. Hasta que me detuvo con suavidad, me hizo subir y me recostó de espaldas. Me abrió las piernas, me quitó las bragas y bajó entre mis muslos.

Cuando su lengua me tocó, gemí de inmediato. No pude evitarlo. Llevaba meses imaginando su boca y la realidad era mejor que cualquier fantasía. Ella me lamía despacio, mirándome desde abajo con esos ojos que me desarmaban en clase, y yo apenas podía sostenerle la mirada. Le hundí los dedos en el pelo y arqueé la espalda. Estaba a punto de terminar cuando se separó, dejándome al borde, temblando.

—Todavía no —susurró, subiendo a besarme.

Me besó con el sabor de los dos mezclado, y la sentí rozarse contra mi entrada.

—No tengo preservativos —dijo, con la voz ronca.

—Tomo pastillas —respondí, abrazándola con las piernas—. Está bien. Quiero.

***

Empezó a entrar despacio, y yo le desabroché el sujetador al mismo tiempo que ella me soltaba el mío. Cuando por fin vi sus pechos, esos que había deseado todo el semestre, no me contuve: la atraje hacia mí y se los besé, le mordí suave los pezones, y la sentí estremecerse encima de mí.

No podía dejar de notar cómo se abría paso dentro de mí, centímetro a centímetro, llenándome de una forma que me hizo soltar el aire de golpe. Le solté el pecho para poder gemir mientras ella me recorría el cuerpo a besos, deteniéndose en los míos, hasta que la tuvo entera adentro.

Entonces empezó a moverse. Embestidas largas y firmes que me arrancaban gemidos que no sabía que tenía. A veces me callaba con un beso, y mientras nos besábamos nuestros pechos se rozaban y nuestras manos no paraban de recorrernos. Cada tanto se incorporaba un poco para mirarme, para ver cómo mi cuerpo respondía a cada empujón, y entonces aceleraba solo para verme deshacerme.

—¿Estás bien? —le pregunté en un momento, al notarla agitada.

—Sí, nena —jadeó—. Solo que las piernas me están matando.

—¿Querés que me mueva yo?

—Por favor.

Me abrazó y rodamos hasta que quedé sentada sobre ella. Empecé despacio, acostumbrándome al ritmo, y después fui más rápido, marcando yo el compás. Verla debajo de mí, gimiendo, con el pelo desparramado en la almohada y los ojos clavados en mi cuerpo, me encendía más que nada. En esa posición la sentía todavía más adentro, y cada vez que bajaba se me escapaba un sonido nuevo.

Era increíble: la mujer que había deseado en silencio durante meses ahora me miraba desde abajo, seduciéndome con los ojos, mientras yo decidía qué tan profundo entraba. La idea de todo eso, de lo prohibido que era, de cuánto lo había soñado, me llevó al límite antes de lo que esperaba. El orgasmo me sacudió entera y me dejó sin fuerzas sobre su pecho.

—Valeria… —susurré contra su cuello—. Gracias. Me gustás tanto.

—Vos también, Marina —respondió, acariciándome la espalda—. Desde hace rato.

La besé despacio, todavía temblando, y la sentí tensarse debajo de mí.

—Me voy a correr —murmuró, agarrándome de las caderas.

—Dentro —le dije al oído—. Quiero sentirlo. Por esta primera vez.

Algo en esa palabra, «primera», la hizo terminar. La sentí latir dentro de mí, derramarse, mientras me apretaba contra ella y nuestros cuerpos quedaban pegados por el sudor. La besé durante todo su orgasmo, sin separarme, hasta que los dos nos quedamos quietos, sin aire.

***

Después nos quedamos abrazadas en la cama revuelta, recuperando el aliento. Ella me hacía caricias lentas en el brazo y yo le seguía el dibujo de las clavículas con la punta del dedo. No hizo falta decir mucho. A veces el silencio después es más honesto que cualquier palabra.

Me quedé dormida sin darme cuenta, con la cabeza apoyada en su pecho y la lluvia todavía golpeando la ventana.

Esa fue nuestra primera noche, y no fue la última. Hoy somos pareja, y a veces, cuando corrige exámenes en la mesa del comedor, levanta la vista y me sonríe como esa noche. Yo todavía me siento al fondo de la sala cuando me toca alguna de sus clases. Pero ya no para mirarla a escondidas.

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