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Relatos Ardientes

Me vestí de mujer para el albañil y su aprendiz

La obra de la casa vecina llevaba semanas y yo me había acostumbrado al ruido de los martillos por la mañana. Lo que no esperaba era a Rosendo, el maestro de obra, un hombre ya entrado en años que un día me tocó el timbre con la excusa de pedir agua y se quedó hasta el atardecer. Esa tarde, después de una larga sesión en la cama, me hablaba de su vida mientras me acariciaba el cuerpo con una calma que no pegaba con sus manos ásperas de albañil.

Me tenía boca arriba, jugando con dos dedos dentro de mí mientras con la otra mano me recorría despacio. Me confesó, casi al oído, lo mucho que le gustaba tener a una chica travestida como yo. Yo me dejaba hacer, derretida, sin ropa interior debajo del camisón que me había puesto solo para él.

Olía a cemento y a sudor, a trabajo de sol entero, y por alguna razón ese olor me ponía más que cualquier perfume caro. Sus dedos gruesos se movían dentro de mí con una paciencia que contrastaba con todo lo que yo imaginaba de un hombre así. Cada vez que curvaba la mano, yo arqueaba la espalda sin querer y él sonreía, satisfecho de saber dónde tocar.

—Eres distinta a todo lo que he probado —murmuró—. Tienes algo que las otras no tienen.

Y a mí me encantaba que un hombre tan mayor me dijera eso.

Estábamos en lo mejor cuando se oyeron unos golpes secos en la puerta del cuarto. Rosendo se incorporó sin alarmarse, como si lo hubiera estado esperando. Era su ayudante, un muchacho de poco más de veinte años que, según me dijo en voz baja, también quería su parte. Sentí un escalofrío entre los muslos. No sabía si por miedo o por ganas.

—¿Lo dejo pasar? —me preguntó, y en su tono ya estaba la respuesta que él quería.

—Déjalo —dije, y la palabra me salió más ronca de lo que pensaba.

El maestro se vistió sin prisa, me dio un beso largo en la boca y salió del cuarto. Yo me acomodé el camisón, me solté el pelo y me senté en el borde de la cama, esperando. El corazón me latía contra las costillas. Me preguntaba cómo sería el muchacho: si me trataría con la ternura de Rosendo o si tendría otra forma de hacer las cosas.

Me miré un momento en el espejo del armario. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto beso y las mejillas encendidas. Me acomodé el escote del camisón, crucé y descrucé las piernas, nerviosa como en una primera cita. Saber que un desconocido estaba a punto de entrar y tomarme sin más, solo porque su maestro me había dejado de herencia para la tarde, me humedecía las manos y me aceleraba el pulso.

No tuve que esperar mucho para averiguarlo.

***

Entró, cerró la puerta con el pie y me miró de arriba abajo como quien evalúa una compra. Era alto, de hombros anchos, con esa firmeza que solo tiene el cuerpo de un hombre muy joven. Se llamaba Dimas, aunque eso lo supe después.

—Ahora sí —dijo, y la sonrisa que puso no tenía nada de tímida—. Vamos a pasarla rico tú y yo.

Se desabrochó el pantalón ahí mismo, de pie, y se lo bajó junto con el calzón. Ya la tenía dura cuando se acercó a mi cara, sin pedir permiso, dejándola a la altura de mis labios. Quería empezar por ahí. Yo entreabrí la boca y lo recibí despacio, primero la punta, después un poco más, mirándolo hacia arriba mientras él soltaba un suspiro largo.

Era distinto a su maestro. Rosendo susurraba sus obscenidades como un secreto; este, en cambio, las decía en voz alta, sin pudor, como si quisiera que toda la casa lo escuchara.

—Qué rica boquita tienes —jadeó, hundiendo los dedos en mi pelo—. Me la chupas mejor que mi mujer.

Me quité su miembro de la boca apenas un segundo para hablar.

—¿Tu mujer no te complace? —pregunté, lamiéndolo despacio por un costado.

—No como tú —contestó, agarrándome de la barbilla—. Tú sí que sabes. Tú sí me vas a hacer gozar.

Hubo algo en esa confesión que nos prendió a los dos. Saber que en su casa había una esposa que no se enteraba de nada, que él estaba ahí, conmigo, faltando a su palabra sin el menor remordimiento, me encendió de una forma que no esperaba. Seguí con la boca un rato más, hasta que él decidió que ya era suficiente.

Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón tirado en el suelo y se lo puso de pie, mirándome. Después me empujó con suavidad para que me tendiera de espaldas. Prácticamente me levantó las piernas él mismo, me alzó la cadera lo justo para tener una buena vista y, sujetándome los tobillos en el aire, empezó a entrar.

—Aprietas un montón —gruñó, empujando con un ritmo firme y parejo—. ¿Te gusta cómo te lo hago?

—Sí —jadeé—. Me encanta.

—Dilo más fuerte. Quiero oírte.

—Me encanta —repetí, y la voz se me quebró—. Me encanta tu verga, papi. La tienes bien dura.

Le gustó oírlo. Empujó más hondo, sosteniéndome las piernas contra su pecho, y por un rato largo lo único que se escuchó en el cuarto fue el choque de su cuerpo contra el mío y mi respiración entrecortada. Yo tenía las manos aferradas a las sábanas, sin saber dónde ponerlas, perdida en la sensación de tenerlo dentro.

—A ver, date la vuelta —dijo de pronto, soltándome—. Ponte de rodillas.

Obedecí sin pensarlo. Me puse en cuatro patas y levanté las caderas para que el muchacho me viera bien. Entonces, de reojo, lo vi quitarse el preservativo.

—Así, al natural, lo voy a disfrutar mejor —dijo.

Acomodó la punta y empezó a entrar de nuevo, esta vez más lento, centímetro a centímetro, hasta que lo sentí entero. En cuanto estuvo bien adentro, arrancó otra vez con fuerza, agarrándome de la cintura, de las nalgas, apretándolas mientras me embestía.

—Qué culo más sabroso —jadeaba—. Aprietas riquísimo.

Me dio una nalgada que sonó en todo el cuarto, y luego otra. El ardor se mezclaba con el placer de tenerlo dentro, y yo apretaba la cara contra la almohada para no gritar demasiado fuerte. Él se inclinó sobre mi espalda, su pecho contra mis hombros, y me habló al oído sin dejar de empujar, diciéndome cosas que me daban vergüenza y me encendían a partes iguales.

—Te estoy cogiendo bien rico, ¿verdad?

—Sí —apenas pude decir—. Riquísimo.

***

Estábamos así, en plena faena, cuando la puerta volvió a abrirse. Era Rosendo, que asomó la cabeza con una sonrisa pícara y se quedó mirando la escena apoyado en el marco.

—¿Qué le haces a mi muñequita, muchacho? —preguntó, medio en broma.

—¿Su muñequita? —se rió Dimas sin dejar de moverse—. Esto es una putita de las buenas.

—¿Ah, sí? —el maestro ya se estaba bajando el pantalón otra vez mientras caminaba hacia la cama—. A ver, ¿me la quieres chupar?

—Sí —dije, con la voz entrecortada por el vaivén del muchacho a mi espalda.

—Pues no te hagas de rogar —dijo Rosendo, y me puso su miembro contra los labios.

Lo recibí en la boca y empecé a chuparlo, aunque me duró poco la concentración. Con Dimas embistiéndome por detrás, terminé solo dejando la boca abierta para que el maestro entrara y saliera a su antojo, con un ritmo parecido al de su ayudante. Me estaban tomando dos hombres a la vez, uno por delante y otro por detrás, y yo lo único que podía hacer era dejarme llevar y disfrutarlo.

—Le encanta la verga a esta, ¿no? —dijo Dimas.

—No le preguntes nada —contestó Rosendo, riéndose—. ¿No ves que tiene la boca ocupada?

El muchacho aceleró el ritmo. Lo sentí tensarse, clavarme los dedos en las caderas, y con un par de estocadas finales se vino dentro de mí con un gemido grave. Se quedó quieto un momento, respirando hondo, y después salió y se dejó caer en la cama, a mi lado, con el pecho subiendo y bajando.

Rosendo me sacó entonces su miembro de la boca, rodeó la cama y se colocó detrás de mí. Empezó a tomarme como antes: duro pero con esa ternura suya, como si le importara que yo también lo pasara bien. No tardó mucho. Con un resoplido largo se vino, sujetándome contra él, y se quedó así, abrazado a mi espalda.

***

Nos quedamos los tres tirados en la cama un buen rato, exhaustos. El maestro ejercía su dominio a su manera: me tenía abrazada y me acariciaba sin prisa, mientras el muchacho descansaba un poco más allá, mirando el techo. Ellos hablaban de sus cosas, de la obra, de un cliente que no quería pagar, y de vez en cuando me incluían en la charla solo para que yo siguiera el hilo. La verdad es que yo podría no haber estado ahí y ellos habrían seguido igual.

Entonces pasó algo que no esperaba.

—Oye —le dijo Rosendo a su ayudante, con una sonrisa torcida—, tú también estás bien formado de atrás. Si te vistieras de mujer, te verías rico.

—No diga eso, maestro —respondió Dimas, riéndose nervioso.

El maestro insistió y hasta me pidió mi opinión. Y la verdad era que el muchacho tenía unas nalgas firmes, bien formadas, de las que dan ganas de morder. Rosendo se acercó a él y le puso la mano encima, una vez, dos. A la tercera ya no la quitó. Empezó a acariciarle el culo despacio, después se inclinó y se lo besó, lo lamió, mientras el otro ponía una cara entre la sorpresa y el placer y dejaba escapar un suspiro que lo delataba.

La escena me tenía hipnotizada. Ver a ese hombre mayor, tan dueño de todo, rendirse ante las ganas de probar a su propio aprendiz me pareció lo más morboso de la tarde. Pero Rosendo no se animó a más ese día. Se quedó en las caricias, en los besos, y al final los dos se incorporaron entre risas, medio avergonzados.

Nos vestimos. Me dieron sus números de teléfono y se fueron, dejándome sola en el cuarto todavía con el cuerpo tibio.

Pasaron algunos meses antes de que Rosendo y yo volviéramos a vernos. En aquel reencuentro, mientras me tomaba con la misma calma de siempre, me confesó al oído que al fin se había animado con el muchacho.

—Su culo aprieta más que el de su esposa —me dijo el muy descarado, y los dos nos reímos sin dejar de movernos.

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