Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El motoquero que despertó mi transformación

Selena se enderezó apoyándose en el tanque tibio de la moto, todavía recuperando el aliento en el aire frío del callejón. La música del salón llegaba amortiguada por la pared, un latido grave que sentía más en el pecho que en los oídos. Se acomodó la falda plisada con manos que aún temblaban, y el roce de la tela contra la piel le arrancó un escalofrío que recorrió toda la espalda.

Las hormonas hacían que todo se sintiera distinto en las últimas semanas. Más cerca de la superficie, más fácil de encender. Un simple roce de tela bastaba para ponerla en alerta, como si su cuerpo entero estuviera aprendiendo un idioma nuevo.

Iván la miraba desde medio metro, con esa sonrisa ladeada que le había arruinado la noche desde que lo vio entrar. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la campera de cuero, fingiendo una calma que no le creía.

—Pensé que ibas a salir corriendo —dijo él.

—Lo pensé —admitió ella—. Pero no lo hice.

—No. No lo hiciste.

Se acercó sin apuro y le pasó el pulgar por el labio inferior, donde el carmín se había corrido. No dijo nada más. Le bastó con sostenerle la mirada hasta que Selena tuvo que bajar los ojos, porque mirarlo de frente era demasiado.

No deberíamos volver a entrar. Deberíamos quedarnos acá, en lo oscuro, donde nadie nos vea.

—Volvamos adentro —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento y quisiera contradecirlo—. Quiero verte bailar.

***

El salón era un caos de cuerpos y luz. Las estroboscópicas partían el movimiento en fotogramas: un brazo en alto, una cadera girando, una boca abierta riendo, todo congelado un instante y borrado al siguiente. El reggaetón hacía vibrar el piso. Olía a sudor, a perfume barato y a esa electricidad particular que solo tienen las fiestas donde nadie se conoce del todo.

Iván la llevaba de la mano, abriéndose paso entre la gente. No la soltó en ningún momento, y ese detalle —el de no soltarla— le hacía más cosas a Selena que cualquier caricia.

Cerca de la barra, un grupo de chicas bailaba en ronda, disfrazadas de guerreras de animé: faldas cortas, lazos al pecho, pelucas brillantes, botas altas hasta la rodilla. Se movían entre ellas con una complicidad que Selena conocía bien, esa forma de cuidarse y exhibirse al mismo tiempo. Las miró más de lo que debía.

De chica, encerrada en una habitación que no se parecía a ella, había soñado mil veces con ser una de esas. No el disfraz: la transformación. El instante exacto en que la heroína común se convertía en otra cosa, en una versión luminosa y poderosa de sí misma. Ahora, con el cuerpo cambiándole mes a mes, sentía que ese sueño infantil había sido en realidad una promesa.

—Te gustan —observó Iván al oído. No era una pregunta.

—Me gusta lo que son —respondió ella, girando apenas la cabeza—. Lo que pueden volverse.

Él entendió, o quiso entender, y eso fue suficiente. La tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo, y empezaron a moverse al ritmo lento que la canción no tenía pero que ellos se inventaron igual. Las manos de Iván le subían por la espalda, le bajaban hasta la cadera, la guiaban contra él sin disimulo. Selena cerró los ojos y se dejó llevar.

Cada vez que la apretaba contra él podía sentir cuánto la deseaba, y esa certeza la encendía más que cualquier palabra. Bailaron así un tema entero, después otro, hasta que el roce dejó de ser baile y se volvió otra cosa, urgente, imposible de seguir fingiendo en medio de la pista.

—No aguanto más acá —murmuró ella contra su cuello.

—Lo sé —dijo Iván.

***

La arrastró hacia el fondo, a un rincón que el dueño del lugar había improvisado con unas cortinas pesadas para tapar un depósito viejo. Atrás de la tela, el ruido se hacía hueco y lejano, como si vinieran de bucear. Olía a humedad y a polvo, pero a ninguno de los dos le importó.

Iván la giró con suavidad y la apoyó contra la pared. El cemento estaba helado y áspero, y el contraste con su piel caliente la hizo arquearse contra él. La besó por fin como había querido besarla toda la noche: despacio primero, midiéndola, y después hondo, hasta dejarla sin aire. Selena le hundió los dedos en el pelo y respondió con la misma desesperación.

—Mirate —dijo él, separándose apenas para verla a la luz partida que se colaba por el borde de la cortina—. Mirá cómo estás.

Le subió la mano por debajo de la falda, despacio, dándole tiempo a frenarlo si quería. Selena no quiso. Le buscó la boca otra vez y le dejó hacer, sintiendo cómo los dedos de él la recorrían con una mezcla de firmeza y cuidado que no se esperaba de alguien que parecía tan duro.

—Decime qué querés —le pidió Iván, la voz ronca contra su oreja.

—A vos —dijo ella, sin pensarlo—. Así. Acá. Con toda esa gente ahí afuera sin saber.

Algo en él reaccionó a esas palabras. La tomó de las caderas y la giró de cara a la pared, pegándose a su espalda, y Selena apoyó las palmas contra el cemento frío y empujó hacia atrás, ofreciéndose. El gesto le salió tan natural que la sorprendió. Esto soy. Esto es lo que quiero ser.

Iván se tomó su tiempo. Le besó la nuca, le corrió el pelo hacia un lado, le bajó los labios por la columna hasta que ella sintió que las rodillas le fallaban. Cuando finalmente la preparó, lo hizo despacio, atento a cada respiración, esperando a que su cuerpo se abriera por sí solo en vez de forzarlo.

—Tranquila —murmuró—. Tenemos toda la noche.

Entró en ella centímetro a centímetro, y Selena contuvo el aire en el punto exacto donde el dolor se transformaba en otra cosa, en una plenitud caliente que le subió por la espalda hasta nublarle la cabeza. Mordió su propio antebrazo para no gritar. Del otro lado de la cortina, la fiesta seguía, ajena, y esa cercanía del peligro lo hacía todo más intenso.

—¿Estás bien? —preguntó él, quieto, dándole tiempo.

—Sí —jadeó ella—. No pares. Por favor.

Entonces Iván empezó a moverse. Lento al principio, marcando un ritmo que ella podía seguir, y después con más hambre, cuando sintió que el cuerpo de Selena le pedía exactamente eso. Una mano la sostenía de la cadera; la otra le subió por el pecho, por debajo de la blusa empapada, y la sintió arquearse y temblar bajo sus dedos.

—Así, justo así —gimió ella, la frente apoyada en el cemento, las palabras saliéndole entrecortadas entre embestida y embestida—. No sabés cuánto soñé con esto.

—Contame —pidió él, sin frenar.

—Con sentirme así —dijo Selena, y la voz le salió quebrada, sincera, despojada de toda pose—. Con que alguien me viera de verdad. Con transformarme.

Iván le respondió pegando la boca a su nuca y embistiéndola más hondo, como si esa confesión hubiera roto la última distancia entre los dos. El rincón se llenó del sonido de sus cuerpos, de la respiración entrecortada de ella, de los gruñidos contenidos de él, todo tapado a medias por el bajo que retumbaba al otro lado de la tela.

Selena bajó una mano y se tocó a sí misma al compás de él, y la doble sensación la empujó al borde más rápido de lo que esperaba. Sentía el cuerpo entero como un cable tenso, vibrando, a punto de soltarse.

—Me vengo —avisó, apenas un hilo de voz—. Iván, me vengo.

—Vení —dijo él contra su oído—. Quiero sentirlo.

El orgasmo la atravesó como una ola que la dobló contra la pared, largo y violento, mientras el nombre de él se le escapaba entre los dientes. Iván la siguió un instante después, sosteniéndola con fuerza, enterrándose hondo con un gemido grave que ella sintió retumbar en su propia espalda. Por un momento quedaron así, encastrados, temblando, recuperando el aliento juntos.

***

Después se quedaron quietos, él todavía pegado a su espalda, los dos respirando agitados. Iván le besó el hombro, la nuca, le acomodó el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Selena cerró los ojos y se dejó sostener.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar él, y esta vez la pregunta tenía otro peso.

—Mejor que bien —respondió ella, girándose entre sus brazos para mirarlo de frente.

Tenía el carmín otra vez corrido, el pelo revuelto, la blusa pegada al cuerpo. Iván la miró como si fuera lo más interesante de toda la fiesta, y eso —más que nada de lo que había pasado tras la cortina— la hizo sentir hermosa.

—¿Sabés esas guerreras de la pista? —dijo él, acomodándose la campera—. La próxima quiero verte así. Con la falda corta, los lazos, toda transformada.

Selena se rió, baja, todavía vibrando con los últimos coletazos del placer.

—¿Te gustaría?

—Me gustaría verte convertirte en lo que quieras ser —dijo Iván, y por una vez no había nada de cálculo en su voz—. Una y otra vez.

Ella le sostuvo la mirada y, por primera vez en mucho tiempo, no bajó los ojos. Del otro lado de la cortina la fiesta seguía, las luces partían el aire, y la noche estaba lejos de terminar. Pero algo, ya, había empezado a cambiar para siempre.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (6)

motero1978

El titulo me llamo la atencion y no me decepcionó para nada. Muy recomendable

Tuli_Lectora

Que relato tan bien escrito! Me atrapó desde el primer párrafo, seguí así!!

NadiaN

Va a haber continuación? quede con muchas ganas de saber qué pasó después

curiosaBA

Me encantó la ambientacion del carnaval, le da una magia especial a todo. Tremendo

SilverK_22

Que manera de escribir, lo lei dos veces seguidas. Ojala hagas una segunda parte pronto

KarinaMgz

No esperaba que me gustara tanto, quede sin palabras. Gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.