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Relatos Ardientes

Lo que mi vecina de abajo me hizo cumplir esa noche

Habían pasado cuatro días desde la última vez, y todavía sentía el eco de esa noche cada vez que bajaba la escalera del edificio. Brisa vivía justo debajo de mi departamento, y desde que me había metido en su cama por primera vez, el simple sonido de sus tacones contra el parqué me ponía nervioso. Esa tarde, a eso de las cinco, su mensaje me encontró tirado en el sillón.

«Esta noche a las nueve. Vení preparado. Hoy cumplís lo que prometiste. Mateo y yo te vamos a llenar entero.»

Leí el mensaje tres veces seguidas y se me hizo un nudo en el estómago. Era una mezcla rara: miedo, un poco de culpa y una excitación tan fuerte que me costaba quedarme quieto. Le había prometido a Brisa que algún día los dejaría a ella y a Mateo hacer eso. Lo había dicho una noche, entre suspiros, sin pensar que lo iba a cumplir tan pronto.

La primera vez con Brisa había sido casi un accidente. Coincidimos en el ascensor una noche de tormenta, ella volvía de trabajar y yo de cenar solo, y algo en su manera de mirarme hizo que terminara entrando a su departamento «solo a tomar una copa». No salí hasta la mañana siguiente. Desde entonces, cada encuentro había ido un poco más lejos que el anterior, como si los dos estuviéramos probando cuánto aguantaba yo antes de pedir más.

A Mateo lo conocí en el tercer encuentro. Brisa lo presentó como un amigo, aunque enseguida quedó claro que era algo más que eso. La idea de los tres juntos había aparecido esa misma noche, entre risas y susurros, y yo había dicho que sí sin terminar de creer que algún día pasaría de verdad.

Pasé las horas siguientes sin poder concentrarme en nada. Di vueltas por el departamento, encendí la tele sin mirarla, revisé el teléfono cada cinco minutos. Me duché despacio, me preparé con cuidado, y a las nueve en punto bajé el tramo de escaleras que separaba mi puerta de la suya. Toqué el timbre con la mano temblando.

***

Cuando Brisa abrió, el living estaba en penumbra, iluminado apenas por una lámpara de pie en el rincón. Ella y Mateo me esperaban de pie en el centro de la sala. Brisa llevaba puesta una tanga negra de encaje que apenas contenía lo suyo, y la melena le caía suelta sobre los hombros morenos. Mateo estaba desnudo, recostado contra el respaldo del sofá, y ya se notaba que la espera lo había puesto duro.

—Llegaste puntual —dijo Brisa con una sonrisa lenta—. Me gusta eso. Desvestite.

Me quité la ropa en segundos, sin atreverme a decir nada. Ella se acercó, me tomó la cara con las dos manos y me besó profundo, mordiéndome el labio al final. Después me habló al oído, en voz muy baja:

—Hoy te vamos a abrir de verdad, bebé. Vas a sentirnos a los dos al mismo tiempo. ¿Estás listo?

Asentí. No me salía la voz.

No hay vuelta atrás, pensé, y la idea, en vez de asustarme, me prendió todavía más.

***

Me llevaron hasta la alfombra gruesa del centro del living y me hicieron poner en cuatro. Brisa no tenía apuro. Pasaron casi veinte minutos preparándome antes de cualquier otra cosa. Mateo se arrodilló detrás de mí y empezó a usar la lengua, despacio, abriéndome con paciencia mientras me sujetaba de las caderas. Yo apretaba la alfombra con los dedos y soltaba el aire de a poco.

Brisa se puso de frente, se bajó la tanga y me ofreció su miembro. La tomé en la boca sin que me lo pidiera. Ella me sujetó la nuca con suavidad y marcó el ritmo, entrando y saliendo despacio, dejándome sin aire por momentos.

—Así, despacito —murmuraba—. No tengas apuro. Tenemos toda la noche.

Lo único que se escuchaba en la sala era mi respiración entrecortada y los ruidos húmedos de las dos bocas trabajándome a la vez. Cada tanto Brisa me sacaba el miembro de la boca, me miraba a los ojos y volvía a metérmelo, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí, entregado.

Después empezaron a dilatarme en serio. Mateo metió un dedo, luego dos, girándolos con cuidado. Brisa le alcanzaba el lubricante tibio de un frasco que tenía a mano y de a ratos me acariciaba la espalda para que me relajara. Cuando entre los dos llegaron a abrirme con varios dedos a la vez, no pude evitar gemir.

—Ay… es demasiado… me están abriendo demasiado…

—Relajate —dijo Brisa, besándome el hombro—. Tu cuerpo tiene que estar bien suelto para lo que viene. Respirá hondo y dejate llevar.

***

El tiempo se volvió elástico. Perdí la noción de cuánto llevábamos así, con ellos turnándose para abrirme y Brisa ocupándome la boca, alternando entre la ternura y la firmeza. Cada vez que pensaba que ya no aguantaba más, ella me hablaba al oído y me hacía respirar de nuevo, y mi cuerpo cedía un poco más. Cuando por fin me sentí lo suficientemente abierto, casi se lo pedí yo mismo.

Después de mucho lubricante y mucha paciencia, cambiaron la posición. Me acostaron de costado sobre la alfombra, con una pierna levantada. Mateo se recostó detrás de mí, pegado a mi espalda, y Brisa se ubicó de frente, mirándome a los ojos todo el tiempo.

—Primero entra Mateo —dijo ella, acariciándome la mejilla—. Vos solo respirá.

Mateo se apoyó contra mí y empujó. Después de tanta preparación, entró sin demasiada resistencia. Solté un gemido largo que no pude controlar.

—Uf… ya está toda adentro…

Empezó a moverse despacio, con embestidas cortas y profundas. Sentía el calor de su pecho contra mi espalda y su aliento en mi cuello. El sonido húmedo de su cuerpo chocando contra el mío llenaba el silencio de la sala.

Brisa se acercó más. Untó su miembro con una cantidad generosa de lubricante y lo apoyó justo al lado del de Mateo, sin entrar todavía. La sentí ahí, caliente, esperando.

—Ahora viene lo fuerte —me avisó, con la voz más ronca—. Respirá profundo y soltá todo el cuerpo. Confiá en mí.

Sentí la punta de Brisa presionando despacio, abriéndose paso al lado de Mateo. Empujó lento pero firme, sin parar.

—Ah… ¡ah! —arqueé la espalda y se me escapó un grito—. Es demasiado… no entra… ¡no entra!

—Shhh… sí entra —susurró ella, besándome el cuello—. Dejá que entre. Despacito.

Un ardor brutal me recorrió entero mientras mi cuerpo se estiraba al límite. Centímetro a centímetro, Brisa fue entrando junto con Mateo. Los dos respiraban fuerte, sintiendo cómo los apretaba a la vez. Yo tenía los ojos cerrados y los dientes apretados, perdido entre el dolor y algo más profundo que no tenía nombre.

—Qué apretado estás —gruñó Mateo contra mi oreja.

—¡Están los dos! —gemí, con la voz quebrada—. ¡Los siento a los dos!

***

Cuando los dos estuvieron completamente dentro, se quedaron quietos un momento, dejándome acostumbrar. Mi cuerpo palpitaba alrededor de ellos. Nunca en mi vida me había sentido tan lleno, tan abierto, tan a merced de otras dos personas. Brisa me limpió una lágrima con el pulgar y me sonrió.

—Mirá cómo temblás —dijo, casi con ternura—. Sos nuestro, ahora mismo.

Empezaron a moverse. Al principio muy despacio, coordinados, saliendo y entrando juntos. Yo gemía sin poder parar, con la voz cada vez más aguda. El sonido era obsceno: el lubricante chapoteando, la piel contra la piel, mi respiración entrecortada.

—Ah… ah… más despacio… me van a partir…

De a poco fueron acelerando. Las dos caderas chocaban contra mí al mismo tiempo, en un ritmo que me sacudía entero. Sentía cómo se rozaban dentro de mí, estirándome al máximo, llenándome de una manera que jamás había imaginado posible.

—¡Sí! —grité, ya sin vergüenza—. ¡Así! ¡No paren! ¡Los dos!

Brisa me sujetaba de la cintura y Mateo me tenía agarrado de la pierna levantada. Me embestían con fuerza, profundo, una y otra vez. El placer era tan intenso que empecé a babear sobre la alfombra y a llorar sin darme cuenta, sin poder distinguir ya el dolor del placer.

***

Llegué al borde sin que nadie me tocara. Lo sentí venir desde adentro, una ola que me subió por la columna y me dejó sin aire.

—Me vengo… ¡me vengo otra vez! —alcancé a decir.

Me corrí con violencia, en chorros espesos sobre la alfombra, mientras mi cuerpo se contraía con fuerza alrededor de los dos. El espasmo los apretó tanto que los dos gimieron a la vez.

Eso los enloqueció. Empezaron a moverse más rápido, más duro, sin contemplaciones. El sonido de los golpes llenaba todo el departamento, rápido y húmedo, y yo solo podía gemir y suplicar entre jadeos.

—Así… por favor… —repetía, ronco.

Mateo fue el primero. Soltó un gruñido grave y lo sentí tensarse detrás de mí, vaciándose con un temblor que me recorrió la espalda. Unos segundos después Brisa se quedó rígida, salió de golpe y terminó con un gemido largo sobre mi espalda y mis nalgas, dejándome marcado de arriba abajo.

***

Quedé tirado en la alfombra, jadeando, con el cuerpo destruido y temblando entero. No podía moverme. No quería moverme. Brisa se acostó a mi lado, me apartó el pelo sudado de la frente y me besó despacio, sin la urgencia de antes.

—Mirá cómo quedaste —dijo en voz baja, casi un susurro—. Cumpliste tu promesa, bebé. Sos nuestro.

Mateo se acercó por el otro lado y me pasó un brazo por encima, agotado.

—La próxima vez lo hacemos con más calma —dijo, medio en broma—. Hay tiempo de sobra.

Yo no contesté. Solo me quedé ahí, entre los dos, con el cuerpo todavía latiendo y una sensación extraña instalada en el pecho: la certeza de que acababa de cruzar un límite del que no iba a querer volver. Afuera, el edificio dormía. Abajo, en el piso de Brisa, yo recién empezaba a entender hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

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Comentarios (6)

MarceloBA

excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

LectorNocturno22

Me llevo de principio a fin sin darme cuenta. Hay relatos que te atrapan desde la primera linea y este es uno de ellos. Muy bien logrado.

NachoRiver88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas...

Romi_GBA

me encanto!!! sigan subiendo cosas asi

AlbertoCdmx

esto les paso de verdad? porque se siente muy real como esta narrado, demasiado detallado para ser inventado jaja

ElPibe_leo

ese mensaje inicial me mato, tremendo arranque

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