Lo que descubrí vestida de mujer en aquel hotel
Me llamo Matías, aunque cuando me visto de mujer prefiero que me digan Lucía. Soy un chico de mente abierta, de los que se ríen fácil y no le tienen miedo a casi nada. Hace ya un par de años empecé a ponerme lencería por las noches, primero un poco por curiosidad y después porque la idea de estar así, vestidita y suave, en la cama de algún hombre, me ponía a temblar de pura anticipación.
Durante mucho tiempo fue solo eso: una fantasía que se quedaba entre las sábanas de mi propio cuarto. Me probaba las medias, me miraba al espejo, imaginaba unas manos que no eran las mías y me dormía con el corazón acelerado y la polla dura apretada contra el encaje de una tanga que me quedaba chica. Pero nunca había dado el paso. Tenía veintiséis años y seguía siendo virgen de la única manera que de verdad me importaba: nadie me había follado el culo todavía.
Eso cambió en Lisboa.
Estaba pasando unas vacaciones solo, lejos de cualquiera que me conociera, y esa distancia me dio un valor que en casa nunca tuve. La primera noche en el hotel descargué una de esas aplicaciones para encontrar compañía ocasional. No esperaba gran cosa. A los pocos minutos ya tenía la pantalla llena de mensajes.
Había de todo: señores maduros, chicos de mi edad, otros bastante más jóvenes. Entre tantas caras, dos me llamaron la atención de verdad. Una era la de un hombre de unos cuarenta y cinco años, de mirada tranquila y un cuerpo que se cuidaba; en las fotos llevaba camisa y sonreía con la seguridad de quien ya no tiene nada que demostrar. La otra era la de Darío, un chico moreno, de hombros anchos y una sonrisa que parecía un desafío.
No supe elegir, así que hice algo que jamás me habría atrevido a hacer en mi ciudad: quedé con los dos. Estaba de vacaciones. Podía probar un poquito de cada cosa.
***
Con el mayor, que se presentó como Esteban, quedé esa misma tarde. Caía el sol cuando salí a caminar y terminamos en un café pequeño, de esos con sillas de mimbre en la vereda. Hablamos mucho más de lo que esperaba. Tenía una voz pausada y una manera de mirarme que me hacía bajar los ojos.
—Estás nerviosa —me dijo, y no era una pregunta.
—Un poco —admití—. No suelo hacer esto.
—Entonces lo hacemos a tu ritmo.
Nos besamos al despedirnos, y ese beso se alargó más de lo que ninguno de los dos había planeado. Sus manos se metieron debajo de mi abrigo, recorriéndome despacio, y una de ellas encontró enseguida mi entrepierna, apretándome por encima del pantalón hasta arrancarme un gemido corto en su boca. Yo dejé de pensar. Terminamos en el asiento trasero de su auto, en una calle lateral donde solo nos veía la luz anaranjada de una farola.
Se bajó el pantalón hasta las rodillas y liberó una polla gruesa, ya durísima, con la cabeza brillante y una vena marcada en todo el largo. Se me hizo agua la boca solo de verla. Yo me arrodillé en el poco espacio que había, con las rodillas dobladas contra la puerta, y empecé con calma, sin prisa, pasando la lengua por los huevos primero, chupándoselos uno a uno, subiendo después por el tronco con un lametón largo que le sacó un jadeo. Le besé el glande, jugué con la punta de la lengua en el frenillo, y solo entonces me la metí entera en la boca, muy despacio, hasta sentirla golpear el fondo de la garganta.
Él respiraba hondo, con una mano apoyada apenas en mi nuca, sin empujar, dejándome a mí marcar el tiempo. Yo cerraba los labios bien apretados alrededor de su verga y subía y bajaba, dejando un hilo de saliva que le corría por los huevos y le manchaba el pantalón caído. Cada vez que sacaba la polla para respirar la sostenía contra mi mejilla y le sonreía sucio, sabiendo que él me estaba mirando desde arriba con los ojos entornados.
Esto es lo que tantas noches imaginé.
Disfruté cada segundo de tenerlo así, entregado y callado, mientras afuera pasaba algún coche que ni siquiera nos miraba. Había algo en la diferencia de edad que me gustaba: la calma con la que él lo vivía todo, sin apuro, como si tuviéramos la noche entera. Me la volví a meter, esta vez más honda, dejándome atragantar a propósito, con lágrimas asomándome a los ojos y un hilo espeso de baba cayéndome por la barbilla. Subí y bajé el ritmo a propósito, alargándolo, chupándosela con la boca muy abierta, escuchando cómo se le quebraba la respiración cada vez que pensaba que estaba por terminar y yo me detenía en seco, apretándole la base con dos dedos para que no se corriera todavía.
—Joder, tía, así… no pares —murmuraba, y cada palabra me ponía más cachonda.
Le mamé los huevos otra vez, uno adentro de la boca y después el otro, mientras le hacía una paja lenta con la mano llena de saliva. La polla le latía sola contra mi cara. Lo llevé al borde despacio y, cuando le pedí en un murmullo que me lo diera en la boca, no se contuvo. Un chorro tibio me golpeó la lengua, y después otro, y otro más, hasta llenarme entera. Tragué casi todo, dejé caer un poco a propósito por la comisura y le limpié la punta con la lengua, sin soltarla hasta que se le fue la última gota. Después me besó en la frente, casi con ternura, todavía sintiendo el sabor de su corrida en mi boca, y me ayudó a acomodarme la ropa.
—Avísame si quieres repetir —dijo.
Volví al hotel todavía encendida, con el semen todavía tibio en el paladar y la sensación de lo que acababa de pasar metida en la piel. No me había desnudado, no había llegado a más, pero algo se había abierto dentro de mí. Y esa misma noche tenía otra cita.
***
Con Darío quedé más tarde. Antes de salir doblé con cuidado mi mejor conjunto de lencería —uno negro, con medias que se sujetaban al muslo— y lo guardé en una bolsa. No iba a estrenarlo en cualquier parte.
Empezamos en un billar del centro. Él jugaba bien y yo fingía que sabía, riéndome cada vez que fallaba un tiro a propósito. Tenía una energía distinta a la de Esteban: más directa, más impaciente, como si ya supiera cómo iba a terminar la noche y solo estuviera esperando que yo lo dijera primero.
Cada vez que me agachaba sobre la mesa para apuntar, sentía sus ojos clavados en mi culo. No disimulaba. Se acercaba con la excusa de corregirme el tiro, me apoyaba la mano en la cadera, y en una ocasión me la bajó descaradamente entre las nalgas por encima del pantalón, apretando lo justo para que se me escapara un suspiro. Yo dejaba que lo hiciera. Toda la tensión que había guardado durante años se me concentró esa noche en la nuca, en la garganta, en las ganas de que aquello dejara de ser un juego y me follara de una vez.
Fui yo la que lo dijo.
—¿Y si buscamos un hotel? —solté, mientras él alineaba la próxima bola—. Uno con jacuzzi. Me gustaría ponerme algo bonito para ti.
Levantó la vista y la sonrisa se le ensanchó.
—¿Algo bonito? —repitió.
—Algo que nunca le mostré a nadie.
No volvió a tocar la mesa. Dejó el taco y pagó la cuenta sin esperar la vuelta. En el taxi me apretó la mano contra su bulto todo el camino, y yo sentía debajo de la tela una polla dura, larga, que ya se marcaba en diagonal contra el muslo. Le apreté por encima del pantalón y él soltó una risa ronca. Le había contado, mensajes atrás, que nunca me habían penetrado, que esta sería mi primera vez de verdad. Lejos de asustarlo, eso pareció encenderlo más.
—Te voy a romper ese culito virgen —me susurró al oído—. Llevo todo el día pensando en cómo te va a apretar la verga.
Me mordí el labio y apreté los muslos.
***
La habitación tenía una luz cálida y una bañera grande junto a la ventana. Lo primero que hice fue encerrarme en el baño a cambiarme. Me puse el conjunto negro, las medias hasta medio muslo con la costura recta, la tanguita de encaje que apenas me contenía la polla apretada hacia arriba, y me pinté los labios de rojo. Cuando salí, él ya estaba en la cama, recostado, solo en bóxer, y se notaba lo excitado que estaba con solo mirarlo: la tela levantada como una carpa y una mancha oscura de líquido preseminal marcada en la punta.
Me recorrió de arriba abajo con los ojos y se quedó callado un segundo entero.
—Ven aquí —dijo por fin, con la voz más baja—. Ven aquí, princesita.
Me acosté a su lado. Empezó a besarme despacio, deteniéndose en el cuello, mientras una de sus manos bajaba por mi espalda hasta posarse en mis nalgas por encima de la tanga. Me dio una palmada suave, después otra más fuerte, y cada una me arrancaba un suspiro que no podía controlar. La mano libre me apretó el bulto por encima del encaje, sintiendo lo dura que la tenía yo también, y sonrió contra mi cuello.
—Mira cómo estás, empapada ya —murmuró, y me pasó el pulgar por la mancha húmeda que había dejado mi propia polla en la tela.
Yo ya estaba caliente antes de tocarlo; ahora estaba al borde de rogar. Le bajé el bóxer de un tirón y le salió la verga de golpe, gruesa, con una curva marcada hacia arriba y los huevos pesados colgándole abajo. Me quedé mirándola un segundo antes de abalanzarme.
—Date la vuelta —me pidió después, cuando ya le había pasado la lengua entera dos veces—. Quiero verte de espaldas.
Le obedecí. Me puse de rodillas con la cara contra el colchón y el culo levantado, y él me bajó la tanguita despacio, dejándomela enredada a mitad de muslo, encima de las medias. Sentí primero sus manos abriéndome las nalgas y después su boca directamente ahí, la lengua caliente y ancha lamiéndome de arriba abajo, dando vueltas alrededor de mi entrada, apretando y hundiéndose. Tuve que morder la almohada para no gritar. Me comió el culo con una paciencia obscena, ensalivándome entero, metiéndome la lengua dura, intercalando con lametones largos que me subían por el perineo hasta los huevos.
Nunca me había imaginado que algo así pudiera sentirse de esa manera, esa mezcla de vergüenza y placer que me hacía arquearme buscando más, empujando el culo contra su cara. Un dedo suyo se metió con toda la saliva y me abrió despacito, moviéndose en círculos, buscando por dentro. Después fueron dos.
—Qué apretado estás, joder —dijo, y me dio otro azote que me hizo temblar.
Después se acomodó y me ofreció su verga en la boca. Yo la recibí con ganas, girada de costado, dejando que él marcara el ritmo, follándome la garganta despacio al principio y después más hondo, sujetándome del pelo. Me la sacaba, me daba con ella en la cara, me la restregaba por los labios y volvía a metérmela. Se la chupé hasta que se le pusieron los huevos duros y tirantes contra el cuerpo. En un momento me avisó que estaba cerca y me pidió que no me apartara. No lo hice. Me quedé con él hasta el final, con la boca abierta y la lengua fuera, sintiendo cómo se le corría a chorros dentro, caliente y espeso, tragando y volviendo a tragar. Después lo limpié, despacio, con la lengua, recogiendo cada gota que le había quedado brillando en la punta, mientras él me miraba con una sonrisa de incredulidad.
Lo más sorprendente fue que no se detuvo ahí. Lejos de bajar, la polla se le mantuvo dura, roja, palpitándole contra el vientre. Parecía más excitado que antes.
—¿Lista? —preguntó, y supe a qué se refería.
Asentí, aunque el corazón se me salía del pecho.
***
Me puso a cuatro patas sobre la cama. Sacó un botecito de lubricante de la mesilla y se echó un buen chorro en los dedos. Tomó su tiempo, preparándome con paciencia, con saliva y con dedos cuidadosos, uno primero, después dos, después tres, abriéndomelos en tijera dentro, hasta que dejé de tensarme y empecé a mover el culo yo sola buscando más. Se puso un condón, se untó de lubricante toda la verga hasta que le brillaba, y me apoyó la cabeza del glande en la entrada.
—Respira —me dijo, y empujó.
Cuando por fin empezó a entrar, lo hizo tan despacio que casi no me di cuenta del momento exacto en que dejé de ser virgen. Sentí la presión, después el ardor breve, y después la cabeza gruesa pasando el anillo y hundiéndose dentro. Un gemido largo se me escapó contra la sábana. Él siguió metiéndola centímetro a centímetro, deteniéndose cada tanto, hasta que noté sus huevos apoyados contra los míos.
Se detuvo a fondo unos segundos, dándome tiempo a acostumbrarme. Yo respiraba entrecortado, agarrada a las sábanas, sintiendo cada centímetro como algo completamente nuevo, un lleno caliente que me palpitaba por dentro.
—¿Bien? —susurró.
—No pares —fue lo único que pude decir—. Fóllame.
No paró. Empezó a moverse, primero lento, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio, mirándome desaparecer la verga dentro cada vez, y después con más decisión, agarrado a mis caderas, embistiendo con un golpe seco que me hacía chocar los dientes. Yo descubrí que aquello superaba cualquier cosa que hubiera fantaseado en la soledad de mi cuarto. Mi propia polla estaba durísima, goteando sola sobre la sábana sin necesidad de que nadie me la tocara.
—Mírate, se te cae el chorro solo —se rio detrás de mí, y me dio otro azote en la nalga—. Te está gustando que te folle, ¿eh, guarra?
—Sí… sí, más fuerte —le rogué.
Y me lo dio más fuerte. Tenía una manera de hacerlo que me volvía loca: a veces se retiraba entero, me hacía girar la cabeza y me metía la verga en la boca para que me probara a mí misma, y un instante después volvía a rodearme y a hundírmela por detrás de un solo empujón. Esa alternancia, ese ir y venir del culo a la boca, me tenía completamente a su merced, babeando, con el rímel corrido y el lápiz labial embarrado por toda su polla.
Me probó en varias posiciones. Me puso de espaldas, con las piernas dobladas contra el pecho y las medias marcándose en los muslos, y me folló mirándome a los ojos, viéndome cómo se me escapaban los gemidos y cómo mi verga rebotaba contra mi propio vientre a cada embestida. Después me sentó encima suyo y me hizo cabalgarlo, apoyando las manos en su pecho, subiendo y bajando yo sola, empalándome entera cada vez, mientras él me manoseaba las nalgas y me daba palmadas para marcarme el ritmo.
La última fue de pie, junto a la pared, yo separándome las nalgas con mis propias manos para que llegara hasta el fondo. Me la metía toda de una y se quedaba adentro moviendo las caderas en círculo, restregándome por dentro, sacándome jadeos entrecortados. No quería que terminara nunca. Sentía que toda esa fantasía guardada durante años se estaba haciendo realidad de golpe, en una habitación de hotel de una ciudad que no era la mía, con un hombre que el lunes ni siquiera conocía.
—¿Quieres más en la boca? —me preguntó después de un buen rato, con la respiración agitada y sacando la verga lentamente, brillante hasta la raíz.
—Cuando estés listo, avísame —contesté.
Se quitó el condón. Me arrodillé frente a él con la lengua fuera, agarrándole los huevos con una mano y ofreciéndole la cara como una copa. Se masturbó despacio, con la polla a un dedo de mis labios, rozándome la mejilla, dándome cachetaditas con ella, jugando conmigo, hasta que sentí las primeras gotas tibias caerme en la lengua. Después el chorro, largo, potente, que me pintó los labios, la nariz, el mentón. Me tragué lo que me cabía dentro de la boca y lo recibí entero, sin apartarme, hasta la última. Le chupé la punta para no perder nada y me quedé mirándolo desde abajo con la cara embarrada de semen y una sonrisa. Después me senté a su lado, los dos sin aliento, riéndonos como dos personas que acaban de compartir un secreto enorme.
***
Dormimos juntos esa noche. A la mañana siguiente, antes de que cada uno tomara su camino, todavía hubo tiempo para una despedida lenta bajo las sábanas: me despertó pasándome la polla por entre las nalgas, ya lubricada, y se me metió por detrás de costado, con mi pierna levantada sobre la suya, follándome despacio, casi con pereza, hasta correrse dentro del condón con la boca pegada a mi nuca.
Nos bañamos en aquella bañera enorme junto a la ventana, con la ciudad despertando afuera. Me sentó a horcajadas sobre él dentro del agua y me la volvió a meter una vez más, moviéndome yo apenas, mientras él me acariciaba la polla debajo de la espuma hasta que me corrí encima de su vientre. Hablamos poco. No hacía falta.
Darío y yo seguimos en contacto un tiempo, mensajes cada tanto, fotos, alguna promesa que ninguno de los dos cumplió. Nunca volvimos a vernos. Pero a veces, cuando vuelvo a ponerme la lencería frente al espejo de mi cuarto y me bajo la tanga para hacerme una paja lenta, ya no imagino unas manos cualquiera. Imagino esa noche en Lisboa, la polla de Darío hundiéndose en mí por primera vez, y la de Esteban corriéndose en mi boca en el asiento de aquel auto, la primera vez que dejé de soñarlo y por fin lo viví.
