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Relatos Ardientes

Mi debut como la trans más deseada de la fiesta

Había pasado un mes desde la operación de pecho. La hinchazón ya casi había bajado del todo y mis tetas se veían como yo siempre las había soñado: redondas, firmes, de un tamaño que combinaba perfecto con mi cuerpo delgado. Los pezones seguían tan sensibles que se marcaban con cualquier roce de la tela. Roxana las miraba con un orgullo casi de autora, como si fueran obra suya, y de algún modo lo eran.

Una noche, mientras me secaba el pelo frente al tocador, se sentó en el borde de la cama y me observó largo rato antes de hablar.

—Antonella, ya estás lista —dijo por fin—. Hoy te llevo a una fiesta privada, en uno de esos pisos con vista al río, en la zona más cara de la ciudad. Hay hombres con mucha plata a los que les gustan las chicas como nosotras. Esta noche tenés tu primer cliente.

Se me secó la boca. Una parte de mí se puso nerviosa, pero otra, más profunda y más nueva, se encendió de golpe. Llevaba meses imaginando ese momento sin atreverme a decirlo en voz alta.

—¿Y si no sé qué hacer? —pregunté.

—Sabés más de lo que creés —respondió ella, levantándose—. Yo te preparo. Lo único que tenés que hacer es dejarte llevar.

Roxana me arregló con la paciencia de quien arma una obra de arte. Primero el vestido: uno negro, cortísimo, de un género brillante que se pegaba a cada curva como una segunda piel. El escote en forma de corazón dejaba casi todas mis tetas nuevas a la vista, y el ruedo apenas me cubría el comienzo de las nalgas. Debajo me ajustó un corpiño con push-up que las juntaba y las levantaba todavía más, hasta que el escote parecía una invitación que no admitía dudas.

Después vinieron las medias negras transparentes, con liga, sujetas a media altura del muslo. Los tacos de aguja eran negros, de doce centímetros, y me transformaban las piernas en algo interminable. La tanga, mínima, casi desaparecía entre mis nalgas. Sentí el frío de la lycra y el calor de mi propia piel al mismo tiempo.

El maquillaje fue lo último y lo más demoledor. Roxana me pintó los labios de un rojo cereza brillante, me difuminó una sombra ahumada en los párpados, me pegó pestañas largas y me marcó la mirada con un delineador grueso. Encima de todo, acomodó la peluca negra, larga y ondulada, dejándola caer sobre mis hombros y mis tetas. Terminó perfumándome el cuello, el nacimiento del pecho y, con una sonrisa pícara, también entre las piernas.

—Listo —murmuró—. Mirate.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero y casi no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada era alta, curvilínea, con tetas grandes, un culo redondo y una cara que mezclaba inocencia y descaro en la misma proporción. No vi al chico tímido de un año atrás. Vi a una mujer que sabía exactamente el efecto que provocaba.

Soy yo. Por fin soy yo.

—Estás perfecta, mi amor —dijo Roxana, besándome el cuello con cuidado de no correrme el maquillaje—. Esta noche vas a ganar tu primer dinero como mujer.

***

Llegamos al piso cerca de las once. Era un departamento enorme, con terraza, luces bajas en tonos ámbar y una música electrónica suave que parecía latir en las paredes. Había unos quince hombres, casi todos de entre cuarenta y cincuenta y cinco años, bien vestidos, con relojes caros y esa seguridad tranquila que da el dinero. También había otras dos chicas trans y una cis, todas espectaculares, repartidas entre los sillones como si fueran parte de la decoración más codiciada del lugar.

Roxana me llevó de la mano y me presentó a varios. Yo sonreía, asentía, dejaba que me miraran. Sentía cómo los ojos bajaban por mi escote y subían de nuevo, y cada recorrido me hacía sentir más poderosa y más expuesta a la vez.

En un momento se acercó un hombre de unos cincuenta años, alto, de barba corta y canosa, con un traje oscuro que le quedaba como hecho a medida. Tenía la mirada de alguien acostumbrado a conseguir lo que quería. Roxana lo saludó con dos besos antes de presentármelo.

—Esteban, te presento a Antonella. Es mi chica nueva. Recién operada… mirá qué lindas le quedaron.

Esteban me recorrió de arriba abajo sin disimular nada. Sus ojos se clavaron en mi escote y una sonrisa lenta le cruzó la cara.

—Estás preciosa, Antonella —dijo, con la voz grave—. ¿Puedo?

Miré a Roxana de reojo. Ella asintió apenas. Esteban apoyó una mano sobre mi pecho derecho y lo apretó con suavidad por encima del vestido. Mis tetas, todavía tan sensibles, reaccionaron al instante, y se me escapó un suspiro corto que no pude contener.

—Qué firmes —murmuró—. ¿Nuevas?

—Hace un mes —contesté en voz baja, casi tímida.

Roxana se acercó a mi oído y me susurró las instrucciones como quien pasa un secreto.

—Conquistalo, mi amor. Seducilo. Decile que querés que sea tu primer cliente. Cobrale mil dólares por una hora completa. Si quiere más tiempo, subís el precio.

Tragué saliva. Pero entre las hormonas, la adrenalina y la forma en que ese hombre me miraba, encontré un valor que no sabía que tenía. Di un paso hacia Esteban, apoyé una mano en su pecho y le hablé bajito, sin despegar los ojos de los suyos.

—Esteban… sos muy atractivo. Me gustás de verdad —dije—. Esta es mi primera noche. Me gustaría que vos seas mi primer cliente. Quiero que me conozcas entera. Por una hora te cobro mil dólares. Y si querés quedarte más tiempo conmigo… lo arreglamos.

Él sonrió, claramente encendido por esa mezcla de inocencia recién estrenada y descaro calculado. Me tomó de la cintura y deslizó la mano hasta apretarme una nalga por encima del vestido.

—Me encanta que seas nueva —dijo contra mi oreja—. Las chicas frescas son mi debilidad. Mil dólares por una hora me parece justo. Pero quiero todo, Antonella. Quiero besarte, que me uses la boca, comerte entera y terminar adentro tuyo. ¿Estamos?

Asentí mordiéndome el labio inferior.

—Sí… todo lo que quieras.

***

Roxana sonrió satisfecha y nos dejó solos. Esteban contó mil dólares en efectivo ahí mismo, sin apuro, y los dejó sobre una mesa antes de guiarme por un pasillo hasta una de las habitaciones privadas del piso.

Apenas cerró la puerta, me empujó con suavidad contra la pared y me besó. Fue un beso largo, hambriento, de los que no piden permiso. Sus manos subieron directo a mis tetas y las liberaron del escote con una destreza que me hizo temblar. Las acarició, las apretó con cuidado, y bajó la boca hasta cerrarla sobre uno de mis pezones.

—Ahh… despacio, todavía están sensibles —gemí, agarrándome de sus hombros.

—Por eso mismo —respondió, y volvió a lamerlas, esta vez más despacio, atento a cada reacción de mi cuerpo.

Me deslizó el vestido hasta la cintura. Me dio vuelta con firmeza, apoyó una mano en mi espalda y me inclinó sobre la cama. Sentí cómo me corría la tanga hacia un costado y cómo su respiración se acercaba a mi piel. Lo que vino después me arrancó un quejido largo y completamente femenino, un sonido que ni yo sabía que podía hacer.

—Qué rico tenés todo —murmuró, antes de seguir con la lengua y con las manos, sin apuro, hasta que mis piernas empezaron a temblar.

Me hizo girar de nuevo y, con una mano firme en mi hombro, me pidió que me arrodillara. Lo tomé con las dos manos y lo recibí en la boca mientras él me sostenía la peluca y marcaba el ritmo. Yo lo miraba desde abajo, con los labios rojos brillando, sintiéndome más mujer y más deseada que en toda mi vida.

—Así, exacto —dijo entre dientes—. Sos perfecta.

Cuando ya no aguantaba más las ganas, me levantó, me puso en cuatro sobre la cama y se colocó un preservativo. Me sostuvo de las caderas y entró despacio, midiendo cada centímetro, atento a mi respiración. Aun así, el gemido que solté llenó la habitación entera.

—Ahh… qué bien… —alcancé a decir, hundiendo la cara en la sábana.

Esteban marcó un ritmo cada vez más intenso, agarrándome con fuerza, y mis tetas nuevas rebotaban con cada movimiento. El golpe de su cuerpo contra mis nalgas era lo único que se oía por encima de la música amortiguada que llegaba desde el otro lado de la puerta. Yo me agarraba de las sábanas, arqueaba la espalda y me ofrecía sin la menor vergüenza.

—Sí… así… soy toda tuya esta noche —gemí, perdida entre el placer y la sensación de estar cumpliendo algo que había deseado por años.

Estuvimos así casi veinte minutos, cambiando de posición, él guiando y yo dejándome llevar. Cuando finalmente terminó, se quedó un momento sobre mí, recuperando el aliento, con la mano todavía apoyada en mi cadera como si no quisiera soltarme.

Después se vistió despacio, sacó dos billetes más de su bolsillo y los dejó sobre la mesa de luz.

—Una propina —dijo, acomodándose el saco—. Y quiero repetir pronto. Decile a Roxana que la próxima vez te pido toda la noche.

***

Salí de la habitación con las piernas todavía temblando, el maquillaje un poco corrido y una sensación cálida instalada en el pecho que no tenía nada que ver con la cirugía. Roxana me esperaba apoyada contra la pared del pasillo, con una copa en la mano y una sonrisa de orgullo.

—¿Cómo te sentiste, mi amor? —preguntó, acomodándome un mechón de la peluca.

Me acerqué, la besé apenas en la comisura de los labios y le respondí con total sinceridad.

—Me sentí mujer. Me sentí deseada. Y me encantó.

Ella me abrazó y me habló bajito al oído, mientras del otro lado de la fiesta seguían sonando la música y las risas.

—Esto es apenas la primera noche, Antonella. Pronto vas a tener muchos más, y vas a aprender a elegir. Vas a ser una de las chicas más buscadas de toda la ciudad.

Yo solo sonreí. Me miré de reojo en un espejo del pasillo: la mujer que me devolvía la mirada seguía ahí, despeinada, brillante, real. Por primera vez en mi vida, no quise mirar para otro lado.

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Comentarios (5)

Julietax_rd

increible!!! una de las mejores historias que lei en mucho tiempo. espero mas!!

CuriosaFiel

por favor tiene que haber una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues

Carlota_BA

Se nota que escribis con mucha naturalidad, sin forzar nada. Muy bueno el relato.

ElMorbosoK

la descripcion del espejo al principio fue lo que mas me engancho. tremendo arranque

LauraVera_76

me recordo un poco a algo que vivi en una fiesta hace años, aunque nada tan intenso jaja. muy bien escrito, se siente autentico.

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