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Relatos Ardientes

La noche que por fin conocí a mi amiga trans

Para ponerles un poco de contexto antes de empezar: soy una mujer trans de 38 años, inter, pero activa solo con mujeres cis y con chicas trans como yo. Hace tiempo que uso las redes para conocer personas con las que haya algo real, no el típico intercambio de fotos que dura tres días y no lleva a nada. Fue así como, hace casi un año, le di «me gusta» a una publicación de una chica que no conocía, y ella me respondió con un mensaje. Desde esa primera conversación supe que había algo diferente. Por cuestiones de discreción, aquí la voy a llamar «la señorita V».

La señorita V estaba en proceso. Llevaba un tiempo trabajando en su identidad, todavía con algunos pasos que dar, pero con una claridad sobre sí misma que me llamó la atención de inmediato. Sus mensajes no eran los de siempre: preguntas superficiales, fotos sin contexto, ese coqueteo vacío que se siente a kilómetros de distancia. Ella escribía largo. Preguntaba cosas de verdad. Y tenía esa manera de expresarse, directa sin ser brusca, que me resultó mucho más atractiva que cualquier fotografía.

Pasaron los meses. Muchos. Más de los que pensaba que iban a pasar cuando empezamos a hablar.

Y entonces, por fin, llegó la noche en que nos vimos en persona.

***

Estaba nerviosa. No voy a mentirles al respecto. Me la había imaginado tantas veces, había construido tantas versiones de ese primer encuentro en mi cabeza, que llegó un punto en que temí que la realidad no pudiera competir con lo que yo había inventado. O peor todavía: que yo no estuviera a la altura de lo que ella esperaba.

Me metí a la ducha con tiempo. Me depilé sin apuros, todo el cuerpo, sin dejarme nada. Me sequé con calma, me senté frente al espejo con la luz buena encendida y me maquillé despacio: sombra oscura en los párpados, labios en burdeos, un poco de brillo encima. Elegí un vestido negro ajustado que me favorece y que me hace sentir cómoda en mi propio cuerpo. Quería verme bien esa noche, no para impresionarla, sino porque el deseo, al menos para mí, empieza desde adentro.

Me avisó a las nueve y media que ya estaba saliendo. A las diez menos cuarto me dijo que estaba en el estacionamiento. Conté los minutos. Cuando llamó al timbre, tardé unos segundos de más antes de abrir.

Cuando la vi, me quedé quieta un momento.

Era exactamente como en las fotos, pero diferente. Las fotos no capturan la manera en que una persona llena un espacio, el modo en que se mueve, la temperatura que tiene el ambiente cuando alguien que te gusta entra a tu casa. Llevaba una falda gris a medio muslo, una blusa blanca de manga larga ligeramente ajustada y unos botines negros con plataforma que le daban varios centímetros más de altura. Se había recogido el pelo en una coleta suelta que le dejaba la nuca al descubierto. Me dio un beso en la mejilla y entró como si ya nos conociéramos de toda la vida.

***

Nos sentamos en el sofá y hablamos de todo. De la ciudad, de las aplicaciones de citas que las dos odiábamos, de una serie que las dos estábamos viendo, de lo mucho que cambia noviembre cuando cae la noche y el frío se instala de golpe. Abrimos dos cervezas frías. El ambiente fue calentando solo, sin que ninguna de las dos hiciera nada en particular para que eso ocurriera. Eso también tiene su propia forma de tensión.

En algún momento, la conversación viró. Ella me preguntó cuántos encuentros había tenido en el último año. Yo le pregunté lo mismo. Nos contamos cosas que normalmente no se le cuentan a cualquiera, cosas que quedan entre personas que comparten un mundo parecido y que no necesitan explicarse demasiado. La tensión que se fue acumulando en ese intercambio era de ese tipo que se siente primero en el pecho, antes de bajar.

Me levanté a buscar otra cerveza. Crucé la sala, abrí el refrigerador, y fue entonces cuando ocurrió lo que más temía y más deseaba al mismo tiempo: el vestido me traicionó. El bulto que normalmente disimulo entre las caderas, con cuidado y práctica, quedó visible durante un segundo antes de que yo pudiera acomodarme. Me puse colorada. Saqué la botella sin mirarla y la abrí despacio, ganando tiempo.

Pero cuando me giré, la señorita V estaba sonriendo. No era una sonrisa de burla, ni de sorpresa. Era esa sonrisa que dice que ya sabe, que le parece bien, que estaba esperando que esto ocurriera. Volví al sofá. Me senté más cerca que antes. Ella subió una mano a mi rodilla sin decir nada, y yo me incliné hacia ella, y nos besamos.

***

Hacía frío. Le pregunté si quería pasar al cuarto, donde tenía un calefactor encendido desde antes. Me dio la mano sin responder y nos levantamos juntas.

La habitación estaba en penumbras. Solo entraba la luz del baño, difusa y suave, la justa para ver sin perder nada en la oscuridad. Nos sentamos en la orilla de la cama y retomamos el beso donde lo habíamos dejado, pero más despacio, con más manos, con más atención.

Le levanté la falda. Llevaba medias negras hasta el muslo y una tanga de encaje oscuro. Me detuve a mirar un momento. Tenía unas piernas largas y bien formadas, y la lencería le quedaba como si fuera hecha a medida.

—Te gusta —dijo. No era una pregunta.

—Me encanta —respondí, y no exageraba.

Nos pusimos de pie sin dejar de tocarnos. Le bajé el cierre de la falda, que cayó al suelo formando un círculo gris a sus pies. Ella me quitó el vestido con cuidado, pasándolo por encima de mi cabeza y dejándome en sujetador y calzón. Nos miramos un segundo antes de volver a la cama.

Las dos de rodillas, frente a frente, en lencería. Las dos excitadas. Las dos completamente conscientes de lo que éramos y de lo que íbamos a hacer, sin que ninguna de las dos necesitara disimular nada.

Ella era considerable. Bastante más grande que yo: mis dieciséis centímetros quedan en evidencia fácilmente en este tipo de comparación, y eso solo aumentó mi curiosidad.

***

Se colocó sobre mí, apoyando el peso en los brazos, con las rodillas a cada lado de mis muslos. Empezó a moverse despacio. Su cuerpo contra el mío, el calor de su piel, el roce de su ropa interior contra la mía. Podía sentir todo su deseo presionando contra mi perineo, deslizándose entre mis piernas, rozando la punta de mi sexo con el suyo. Las dos nos mojamos antes de quitarnos nada más, y esa humedad compartida tenía algo de promesa que me puso los nervios de punta, de la mejor manera posible.

La empujé con suavidad para que se acostara boca arriba. Recorrí su cuerpo con los labios, despacio y con intención: el cuello, la clavícula, los pezones, el vientre plano, la línea de la cadera, la cara interna del muslo. Cuando llegué a donde iba, le bajé la tanga con los dedos y me quedé un momento mirando lo que tenía frente a mí.

Era perfecta.

Le di un beso en la punta, luego la tomé con la mano y la metí en la boca despacio, con la lengua activa, jugando especialmente en la base del glande donde sé que se siente más. Me la fui metiendo toda, poco a poco, hasta llegar al fondo y dejar que la saliva fluyera sola. Me gustaba esa sensación. Me gustaba lo que le provocaba a ella, que apretaba la sábana con los puños y respiraba por la boca, en silencio, con los ojos cerrados.

Le puse el condón con los labios, sin usar las manos, generando tanta saliva como pude para que quedara bien lubricado. Ella me acarició el pelo mientras lo hacía, con una calma que me pareció bonita.

***

Me monté encima de ella de frente, con las manos apoyadas en su pecho. Tardé un momento en ajustarme: era bastante más de lo que estaba acostumbrada, y mi cuerpo necesitó su tiempo para acomodarse. Pero cuando por fin la tuve toda adentro, cerré los ojos y me quedé quieta un par de segundos, solo para sentir.

Luego empecé a moverme.

No tardé mucho en llegar. El orgasmo me cayó encima sin avisar, rápido y concreto, y terminé doblada sobre su pecho con la frente apoyada en su hombro, recuperando el aliento.

—Bonito —dijo ella, acariciándome la espalda.

Me incorporé, me miré las manos y me eché a reír sin poder evitarlo.

***

Se dio vuelta conmigo, me puso a cuatro patas con cuidado y colocó una mano grande en mi cadera. Sentí la punta de su sexo en la entrada de mi cuerpo, presionando apenas, sin entrar todavía, esperando que yo diera la señal. Me moví hacia atrás un poco, despacio, para decirle con el cuerpo que sí, que quería todo, que estaba lista.

Entró despacio. Completamente. Cuando estuvo toda adentro, hizo una pausa.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —respondí, y no mentía.

Le pedí que se quedara quieta un momento. Empecé a contraer los músculos, lenta y rítmicamente, los mismos que entreno en las mañanas porque el placer también se trabaja. Ella lanzó un sonido breve, entre sorpresa y aprobación.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso? —preguntó con la voz un poco ronca.

—El suficiente —dije.

La reté a que se saliera. Apreté todo lo que pude. Casi lo logra. Pero las dos sabíamos que ninguna de las dos quería que eso ocurriera de verdad.

***

Me puso una almohada bajo el vientre y se acomodó encima de mí, con todo su peso apoyado en mi espalda. Las embestidas que siguieron eran lentas al principio, medidas, como si estuviera tanteando el ritmo; luego se volvieron más profundas, más constantes. Me besaba la nuca entre golpe y golpe, ese detalle pequeño y concreto, y fue eso, más que cualquier otra cosa, lo que me pareció más íntimo de toda la noche.

Empezó a decirme que estaba llegando. Lo noté antes de que lo dijera: algo cambió en la manera en que se movía, en la presión, en el ritmo. Sentí cómo todo en ella se tensaba y luego se soltaba de golpe, con un sonido grave y honesto. El condón hizo su trabajo. Se quedó adentro un momento sin moverse, con el pecho apoyado en mi espalda y la boca contra mi nuca.

Cuando se bajó de mí, nos acostamos de lado. Sus brazos rodearon mi cintura desde atrás, mi espalda contra su pecho, la respiración de las dos todavía un poco acelerada. No dijimos mucho. No hacía falta. El sueño nos fue ganando a las dos, piel con piel, y así nos quedamos hasta que la luz de la mañana entró por entre las persianas.

Por la mañana me tocó a mí ser la activa. Pero eso es otra historia.

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Comentarios (9)

Lautaro_89

Increible!!! me engancho desde el principio, de lo mejor que leí acá en mucho tiempo

CarlosV_Mza

Muy bien narrado, se siente autentico sin pasarse de la raya. Seguí escribiendo!!

Romina_MdP

Me encanto como describís las emociones, eso es lo que lo hace diferente a otros relatos. Ojalá haya segunda parte.

DiegoCba

buenisimo!! quede con ganas de mas jaja

Trafilus

Lo de abrir la puerta y quedarse sin palabras... me identifico demasiado jaja. Muy buen relato

fer_noche

Pocas veces una historia te hace sentir tan dentro de lo que pasa. Felicitaciones en serio, esperando el proximo.

NocheVieja22

se hizo muy corto, cuando sube la continuación??

MauroV88

Muy bueno. Me recuerda a algo que me paso hace unos años, aunque no salio tan bien como a vos jaja

SebaMdz

excelente relato, ojalá todos fueran así de bien escritos

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