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Relatos Ardientes

Acepté ayudar a mi cuñado, pero con mis reglas

Pasaron dos semanas exactas en las que el silencio se instaló entre nosotros como un muro de hormigón. No hubo llamadas, ni mensajes, ni un solo intento de acercamiento por ninguna de las dos partes. El mutismo de mi cuñado era la prueba más evidente de su culpa y de la vergüenza que le producía haber traicionado la confianza de toda la familia.

Bruno, mi marido, arrastraba una tristeza palpable, una decepción que le pesaba en los hombros y que yo fingía consolar. Mientras le acariciaba la espalda por las noches para reconfortarlo, mi mente no dejaba de maquinar. En más de una ocasión, para calmarlo, dejé que se hundiera entre mis muslos abiertos y me lamiera el coño hasta correrme, o bajé yo entre sus piernas y le mamé la polla despacio, dejando que se derramara en mi boca sin apartar los labios, tragándome cada gota de su semen mientras él suspiraba mi nombre. Aquellos polvos consoladores le devolvían un poco de calor, pero a mí solo me servían para seguir buscando la forma de sacarle provecho a aquella situación que yo misma había provocado.

La sorpresa llegó la noche antes de que se cumpliera la quincena. Estábamos terminando de cenar cuando Bruno, revolviendo su infusión con el ceño fruncido, rompió el hielo de muy mala gana.

—Mañana no voy a ir a trabajar —soltó de repente, sin levantar la vista de la taza.

—¿Cómo que no? ¿Te encuentras mal? —pregunté, pillada a contrapié.

—No. Hace un mes pedí el día libre para ayudar a Adrián con la mudanza. Se me había olvidado por completo, pero me acaba de escribir preguntando si seguía en pie.

—Es verdad, yo tampoco me acordaba. ¿Y qué le has dicho? —quise saber, sintiendo cómo los engranajes de mi cabeza empezaban a girar a toda velocidad.

—Nada. No le he contestado. No me apetece verle la cara.

Aquella era la oportunidad perfecta. La lógica dictaba que, siendo tres adultos, lo más sensato habría sido sentarnos frente a frente y mantener una conversación seria para afrontar el problema. Pero eso habría arruinado mi juego de indignación impostada. Necesitaba que Bruno fuera allí a solas, que presionara a su hermano, así que opté por una diplomacia envenenada.

—Bruno… creo que deberías ir —le sugerí con voz suave, posando mi mano sobre la suya.

Él levantó la cabeza, mirándome con incredulidad.

—¿Hablas en serio? Después de lo que te hizo…

—Precisamente por eso —lo interrumpí con delicadeza—. A lo mejor no es mala idea que lo ayudes con las cajas. Así podréis estar a solas, tranquilos, y ver si después de tanto tiempo es capaz de darte alguna explicación razonable. Necesitáis hablar. Es tu hermano.

—¿Y tú? ¿No crees que deberíamos hablar los tres para aclararlo todo? —planteó él, buscando siempre hacer lo correcto.

—Yo no puedo —suspiré—. Ahora mismo soy incapaz de tenerlo delante. Saber lo que vio… saber que rebuscó en nuestra intimidad de esa manera… me hace sentir que ya nunca volverá a mirarme con los mismos ojos.

Bruno apretó los labios, derrotado por mi fragilidad fingida. Me rodeó con los brazos, pegándome a su pecho en un gesto protector, y exhaló un suspiro pesado que confirmaba mi victoria.

—Está bien —cedió por fin, con la voz ronca—. Iré yo. Le ayudaré y, cuando terminemos, lo sentaré y le exigiré que me lo cuente todo. Necesito llegar al fondo de esto.

***

Al día siguiente, en cuanto escuché el clic de la cerradura tras su marcha, la máscara de esposa herida se deslizó de mi rostro para dar paso a una sonrisa afilada. Las horas que siguieron fueron una tortura exquisita. Me pasé la mañana entera deambulando por la casa, incapaz de concentrarme en nada que no fuera la colisión que yo misma había orquestado.

Sentía un cosquilleo eléctrico en el bajo vientre, una mezcla embriagadora de nervios, ansiedad y pura adrenalina. Había encendido la mecha y ahora los dos hermanos estaban encerrados en un piso vacío, rodeados de cajas, a punto de saltar por los aires. Me imaginaba a mi marido arrinconando a Adrián, y a mi cuñado sudando, tragando saliva, intentando justificar lo injustificable.

La espera me resultó tan asfixiante que las manecillas del reloj de la pared parecían haberse congelado. En algún momento me metí en el dormitorio, saqué del cajón mi vibrador más grueso y me tumbé desnuda sobre la cama para descargar la tensión. Con dos dedos abrí los labios de mi coño empapado y me hundí el juguete de un solo golpe, arqueando la espalda al sentirlo llenarme entera. Pensaba en Adrián arrodillado, con los ojos hinchados de haber llorado, obligado a confesarle a su hermano hasta el último detalle de cómo se había hecho pajas mirándome. Me embestí con el vibrador hasta que la polla artificial me sacaba flujo espeso, jugando con mi clítoris con la yema del pulgar hasta que me corrí gritando contra la almohada, con las piernas temblando y el vientre contraído en espasmos que no cesaban. Ni con esa corrida bajó del todo el fuego que me quemaba entre los muslos.

Pasadas las seis de la tarde, el sonido de las llaves rompió el silencio. Bruno cruzó la puerta con los hombros caídos, cercos de sudor en la camiseta y el inconfundible olor a polvo y cartón que deja cualquier mudanza. Pero, por encima del cansancio físico, lo que le pesaba en el rostro era un agotamiento emocional devastador.

Le preparé un café en silencio mientras se duchaba y nos sentamos frente a frente en la mesa de la cocina. Él envolvió la taza con ambas manos, mirando el líquido oscuro durante un largo rato antes de atreverse a hablar.

—No le he dado ni un abrazo al llegar —empezó, con la voz apagada—. Me fue a saludar como siempre y lo esquivé. Le dejé un simple «hola» flotando en el aire.

—Es normal. Estás dolido —lo reconforté, acariciándole el brazo.

—Me preguntó enseguida si quería que habláramos, pero le dije que no. Que prefería cargar cajas y no dejarlo colgado, pero que a eso habíamos ido. Si le llego a dar cuerda en ese momento, me doy la vuelta y lo dejo allí tirado.

Lo dejé hablar, dándole el espacio que necesitaba. Me contó cómo vaciaron la furgoneta a contrarreloj y cómo, pasadas las cuatro, se sentaron por fin en el suelo del que sería el nuevo salón, abriendo un par de cervezas.

—Fui yo el primero en disparar —continuó, levantando por fin la mirada—. Le pregunté directamente por qué lo había hecho. Se quedó mudo. Así que aproveché para hacerle una pregunta que me llevaba comiendo por dentro: si se había guardado algo. Si se había copiado algún archivo, si se lo había mandado por correo o si le había hecho fotos a la pantalla con el móvil.

Aquel detalle, lo admito, no se me había pasado por la cabeza. Agradecí enormemente que Bruno hubiera tenido esa lucidez. Mi juego de dominación funcionaba porque yo tenía el control, y la idea de que aquel material —vídeos míos abriéndome de piernas para la cámara, primeros planos de mi coño empapado, fotos de mi culo con la polla de Bruno hasta el fondo, secuencias enteras de corridas en mi cara y en mis tetas— estuviera fuera de mis dominios me resultaba inaceptable.

—¿Y qué te dijo? —pregunté, conteniendo el aliento.

—Se le saltaron las lágrimas de golpe. Me juró y me perjuró que no. Que ni siquiera se le había ocurrido. Y, sinceramente, Vera… le creí.

Asentí despacio. Si mi marido, en ese estado de alerta, se había convencido de su sinceridad, yo no tenía motivos para dudar. Por esa parte, estábamos a salvo.

—Lo siguiente que le pregunté fue cuánto había visto.

Fruncí el ceño, adoptando de inmediato una pose defensiva. Aquel era el momento perfecto para añadir otra capa a mi actuación: fingir enfado con mi propio marido para hacerme aún más la víctima.

—¿Por qué le preguntaste eso? —le reproché, negando con la cabeza—. Yo jamás le habría hecho esa pregunta. ¿No te das cuenta de que, diga lo que diga, solo sirve para torturarte más?

Bruno agachó la cabeza, dándome la razón, completamente ciego ante la realidad. Por dentro, a mí no me importaba en absoluto mi supuesta vergüenza. Estaba muerta de curiosidad. Necesitaba saber hasta qué punto Adrián se había empapado de mí.

—Me dijo que no sabría calcularlo —tragó saliva y se le humedecieron los ojos—. Pero me confesó que, desde que encontró las carpetas hasta que yo entré y lo interrumpí, pasó alrededor de una hora y media.

El corazón me dio un vuelco. Una hora y media. Tiempo más que suficiente para habérsela cascado hasta correrse dos o tres veces mirándome. Le había dado tiempo no solo a ver absolutamente todo lo que habíamos fotografiado o grabado desde el inicio de nuestra relación —cada polvo casero, cada mamada, cada corrida en el coño, en el culo o en la boca—, sino hasta a decidir con qué imagen quedarse mientras se apretaba la polla con la mano libre.

Aquella confirmación me sacudió por dentro, pero utilicé esa descarga para ejecutar mi mejor actuación. Empecé a llorar. Me encogí en la silla, proyectando la imagen de una mujer vulnerable y expuesta.

—Es tu hermano… —sollocé, cubriéndome el rostro con las manos para ocultar el brillo de triunfo que pugnaba por salir—. Si me hubieran reventado el ordenador unos desconocidos, me dolería menos. Pero ha sido él. Una persona a la que conozco desde hace dos décadas. ¡Con lo celosa que he sido siempre de mi intimidad! Me ha visto como nadie de nuestra familia debería verme jamás. Me ha visto follar. Me ha visto tragarme tu semen. Me ha visto abierta de piernas con la corrida chorreándome por los muslos.

—Yo le dije exactamente lo mismo —me apoyó él, con la voz temblorosa de pura impotencia—. Y ahí fue cuando se derrumbó del todo. Lloró desconsolado, pidiéndote perdón aunque no estuvieras delante. Y apretándole un poco… salió todo.

Dejé de llorar, secándome las mejillas con el dorso de la mano, pero manteniendo la expresión de fragilidad.

—Me confesó que lleva años viéndote con otros ojos. Desde poco después de casarse. Dice que no es amor, que es algo puramente físico, una tensión que se le enquistó porque nunca fue correspondida.

Por dentro, estuve a punto de sonreír. Adrián podía intentar convencer a su hermano de que aquello venía de muy atrás para suavizar el golpe, pero yo sabía exactamente cuándo esa supuesta tensión latente se había convertido en un fuego incontrolable. No nació en ninguna comida familiar; nació la tarde en que lo dejé a medias, jugando con él en mi propio terreno. Fui yo quien encendió la mecha de su obsesión. Pero mi marido era ciego a todo aquello, y mi papel exigía fingir su misma ingenuidad.

—Es increíble… —murmuré, negando con la cabeza con fingida estupefacción—. Yo jamás detecté la más mínima señal. ¿Tú notaste algo raro alguna vez?

—Nada. Te juro que nada —corroboró, frustrado por su propia ceguera—. Y lo peor de todo es que Marta lo sabía.

Sentí que el mundo se detenía por un segundo.

—Me contó que llegaron a usarlo como fantasía en la cama —prosiguió, aún incrédulo—. Fantaseaban contigo. Adrián le pedía a Marta que se pusiera a cuatro patas, cerraba los ojos y se imaginaba que estaba metiéndomela a mí por detrás. A veces le decía en voz alta que era yo la que se lo estaba comiendo, y a Marta al principio la ponía cachonda. Llegaron a plantearse proponernos un intercambio, o un trío, o algo parecido. Marta aceptaba la idea, pero a fuerza de no hablarlo, aquello se pudrió.

Bruno hizo una pausa, pasándose las manos por la cara, abrumado por lo que iba a decir.

—Adrián empezó a insistir demasiado. Llegó un punto en que era incapaz de acostarse con su propia mujer sin pensar en ti. Se le iba la polla en cuanto ella le lamía los huevos porque estaba imaginando que era tu boca. Y claro, los celos de Marta al ver que su marido te necesitaba a ti para excitarse se comieron la confianza del matrimonio. Llevaban un año y medio sin follar, Vera. Un año y medio sin tocarse. Por eso se han divorciado.

La información me golpeó como un jarro de agua fría. Jamás había pretendido llegar tan lejos. Jugar con él, someterlo, saberme deseada en la sombra… todo eso formaba parte de un morbo exquisito, pero dinamitar su matrimonio nunca entró en mis planes.

Sentí una punzada de culpa genuina. Y, sin embargo, debajo de ese vértigo moral, mi cuerpo reaccionó a una verdad innegable: saber que Adrián necesitaba invocarme para poder tocar a su propia esposa, que mi fantasma se había vuelto un requisito en su cama, que mi coño imaginado era la única llave que abría su polla, encerraba un poder oscuro y absolutamente embriagador. Sentí cómo se me humedecían las bragas bajo la falda mientras fingía compasión.

—Esa noche, la del temporal… —continuó mi marido, sacándome de mi trance—. Se suponía que iba a soltarnos la bomba del divorcio y a marcharse. Pero al verse atrapado por la lluvia, se acobardó. Y al quedarse encerrado en la misma habitación que el ordenador, la tentación fue demasiado fuerte. Dio por hecho que habría fotos. Lo que no se esperaba era encontrar lo que encontró.

—Es imperdonable —sentencié en un susurro afilado, manteniendo el papel.

—Lo es. Y se lo dejé clarísimo —afirmó con dureza—. Le dije que si hubiera sido un amigo, lo habría puesto en la calle esa misma madrugada. Lloró como un crío, diciendo que nos quiere, que nos necesita y que no sabe cómo reparar el daño.

—¿Y en qué habéis quedado? —pregunté.

—Le dije que yo iba a poner de mi parte para intentar perdonarlo, porque es mi sangre. Pero que lo que hicieras tú dependía solo de ti. Que yo te trasladaría el mensaje sin condicionar tu decisión.

Bruno se quedó callado, rascándose la nuca, como si las palabras que faltaban le quemaran en la lengua.

—Pero después me hizo una última pregunta —murmuró, clavando sus ojos en los míos—. Me preguntó qué habríamos dicho si aquella noche nos hubiera puesto las cartas sobre la mesa.

—¿Y qué le contestaste? —indagué, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba.

—Le dije que no lo sabía.

El silencio cayó a plomo sobre la cocina. Una chispa letal se encendió en mi interior, pero mi reacción exterior fue pura dinamita. Necesitaba arrinconarlo.

—¿Cómo que no lo sabías? —estallé, poniéndome en pie de un salto. Las patas de la silla chirriaron contra las baldosas—. ¿Me estás tomando el pelo? ¡Me acabas de decir que tu hermano quería proponernos un trío! ¿Qué clase de mujer te crees que soy?

—Vera, por favor, baja la voz y tranquilízate… —pidió, levantando las manos en un gesto apaciguador.

—No lo enfoques así —replicó, levantándose también, visiblemente alterado—. Trata de no verlo solo como mi hermano. Míralo como a un hombre al que es evidente que atraes a un nivel brutal. Un hombre que lleva fantaseando contigo muchísimo tiempo y que, por ese mismo hecho, lleva un año y medio sin tocar a nadie.

Lo miré con los ojos muy abiertos, fingiendo un horror absoluto.

—¿Me estás justificando que lleve año y medio sin follar y que la solución pase por mí? —le espeté—. Te lo pregunto en serio: ¿qué pensarías tú si hubiera sido yo quien te hubiera propuesto meter a tu hermano en nuestra cama?

Bruno se quedó paralizado. Tragó saliva, apartó la mirada hacia la ventana y se frotó la cara con ambas manos, buscando las palabras en medio de aquella tormenta.

—¡Pues no lo sé, Vera! —alzó la voz por fin, rindiéndose—. No lo sé. Pero… te mentiría si te dijera que no he sentido cierta excitación imaginando la situación.

El corazón me dio un vuelco, aunque me obligué a mantener el rictus de indignación. Ahí estaba. El pequeño y sucio secreto de mi marido, expuesto bajo la luz blanca de la cocina. El morbo de imaginarme con su hermano lo excitaba tanto como a mí.

—Escúchame, por favor —suplicó él, acortando la distancia y cogiéndome de los brazos con suavidad, con los ojos brillantes por la tensión—. A lo mejor no follar con él. No digo llegar a eso. Pero sí algo a medio camino. Que le dejes verte, tocarte por encima si acaso, que la use para hacerse una paja delante y se corra de una vez con la imagen real y no con la imaginada. Una jornada para hacer borrón y cuenta nueva. Una forma de resolver las tensiones de una vez por todas, para que se le cure la obsesión y pueda rehacer su vida.

Bajé la mirada hacia su pecho. Acababa de ponerme la coartada perfecta en bandeja de plata. Me estaba pidiendo, por el bien de la familia, que hiciera exactamente lo que yo llevaba meses deseando hacer.

—No sé… Es una locura —suspiré, apoyando la frente contra su hombro, preparando el terreno para mi falsa rendición—. Voy a necesitar unos días para pensarlo. Ahora me voy a la cama, estoy agotada.

***

Dejé pasar casi una semana en la que no ocurrió nada reseñable. La rutina volvió a instaurarse, pero el silencio sobre el tema de Adrián era denso, casi palpable. Bruno no volvió a presionar, dándome mi espacio, mientras yo calculaba milimétricamente el momento exacto para soltar la cuerda. Necesitaba que pareciera una decisión agónica y dolorosa.

Fue una noche, después de cenar, mientras recogíamos. Apoyé el trapo sobre la mesa, solté un suspiro largo y lo miré.

—Bruno… He estado dándole muchas vueltas a lo de tu hermano. He decidido que voy a hacerlo.

Él dejó el último plato en el lavavajillas y se irguió de inmediato, conteniendo el aliento.

—Lo hago por ti —añadí en voz baja, bajando la mirada hacia mis manos para fingir vulnerabilidad—. Porque sé lo mucho que te duele ver a tu familia rota. Ojalá esto le sirva para vaciarse, para librarse de esa maldita obsesión. Pero no voy a hacerlo a lo loco. Tengo mis condiciones. Y quiero que seas tú quien se las traslade.

—Claro. Lo que tú digas.

Me solté de su agarre con suavidad, crucé los brazos y adopté un tono firme, el de una mujer dispuesta a ceder, pero solo bajo sus propias reglas.

—Escríbele y dile que le doy dos opciones. La primera, a distancia: una videollamada. Él, desde su casa, podrá pedirme que haga lo que quiera —que me abra de piernas, que me meta los dedos, que me chupe las tetas para él, lo que se le antoje— y le daré el control de uno de mis juguetes desde su móvil para que me masturbe si quiere. Que decida él el ritmo, la intensidad, cuándo dejarme correr y cuándo dejarme al borde. Y que, si quiere, se corra en directo mirándome mientras yo me humillo delante de la pantalla.

Bruno tragó saliva y asintió lentamente, procesando la imagen.

—¿Y la segunda?

—Un encuentro en persona —sentencié, clavando mis ojos en los suyos—. Pero con una línea roja innegociable. Aquí yo decido qué se hace, cómo se hace y hasta dónde se llega. Puede que solo se le permita mirar mientras se la casca a un metro de mí. Puede que le deje lamerme los pies como a un perro. Puede que llegue a follármelo hasta partirlo en dos. O puede que no toque absolutamente nada. Él no tendrá voz ni voto, se limitará a obedecer. Que elija él la vía que prefiera.

Mi marido hizo ademán de sacar el teléfono, pero antes de que lo hiciera le puse una mano sobre el pecho para detenerlo.

—Ahora no. Escríbele mañana. Y déjale una cosa muy clara: que no se haga ilusiones. Que, aunque haya llegado hasta este punto, sigo teniendo dudas.

***

Al mediodía del día siguiente, Bruno llegó a casa con una energía diferente. Ya no había rastro de la pesadumbre; caminaba con una tensión nerviosa, casi eléctrica. Me encontró leyendo en el sofá. Se acercó en silencio, sacó el móvil del bolsillo, lo desbloqueó y me lo tendió sin decir palabra.

—Lo ha leído —fue lo único que susurró.

Cogí el aparato. La pantalla mostraba el chat con su hermano. Respiré hondo y empecé a leer el intercambio de mensajes de arriba abajo. Bruno le había planteado las dos opciones tal cual yo se las había dictado, aunque mi marido, el hombre supuestamente herido por la traición, había añadido sus propios matices. En la primera opción había escrito que Adrián podría pedirme cosas «a solas o con él». En la segunda, había deslizado que aún no había decidido si estaría presente, «aunque me gustaría».

Me detuve un segundo en esos detalles. Bruno estaba introduciendo sutilmente su propio morbo en las condiciones. Quería estar ahí. Quería verlo. Aquello me produjo un escalofrío de excitación tan potente que tuve que apretar los muslos bajo el pantalón para contener la humedad que ya me chorreaba entre los labios.

La respuesta de Adrián era casi una súplica. «No me creo que me estés diciendo esto, ¿de verdad Vera quiere? No quiero cagarla más y perderos también a vosotros». Y, justo debajo: «Si es de verdad, elijo la dos. Me da igual si solo quiere que mire o no me deja tocarla. Aunque solo pueda pajearme mirándola de lejos, elijo la dos. Aunque me obligue a lamerle los zapatos, la dos. Aunque me tenga toda la tarde con la polla dura sin dejarme correrme, la dos».

Le devolví el teléfono rápidamente, como si quemara. Por dentro, mi ego estaba por las nubes. Mi cuñado acababa de firmar un cheque en blanco. Estaba tan desesperado, tan rendido a mis pies, que había aceptado someterse por completo a mi voluntad a ciegas.

—Bueno —murmuró mi marido, sentándose a mi lado con cierta ansiedad—. Ya has visto lo que ha contestado.

—Sí. Se ha tirado a la piscina sin pensárselo dos veces —respondí en tono neutro, frotándome las sienes—. De momento no le contestes. Cuando yo decida, fijaremos el día.

Él asintió, cautivado por mi firmeza.

—Una cosa —añadí, señalando el teléfono con la barbilla—. He leído tus mensajes. ¿De verdad te gustaría estar presente?

Mi esposo tragó saliva, acorralado por su propia confesión escrita. Bajó la mirada al tapizado del sofá, pero al final levantó el rostro y clavó sus ojos en los míos con una honestidad brutal.

—Sabes perfectamente que sí —murmuró, con la voz enronquecida por una excitación que ya no se molestaba en ocultar—. Me vuelve loco verte con otros hombres. Siempre lo ha hecho.

Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada, disfrutando de cómo se desnudaba ante mí.

—Disfruté muchísimo organizando aquella tarde de playa con Hugo —continuó, acortando la distancia para coger mis manos—. Ver cómo te desean otros hombres, ver cómo los vuelves locos y cómo tomas el control… es mi mayor fantasía. Lo ha sido siempre. La imagen de Hugo con la polla fuera, de rodillas mientras tú le escupías en la boca, no se me borra de la cabeza. Y aún me la pelo pensando en cómo le dejaste correrse en tus tetas y me hiciste lamerte a mí la mezcla de su semen y tu sudor.

—Pero esto es distinto. Estamos hablando de Adrián. De tu propio hermano —le recordé, en tono falsamente escandalizado, para obligarlo a cruzar la última línea moral que le quedaba.

—Lo sé. Sé que es una locura y que está mal —admitió, apretando mis dedos—. Pero cuando me imaginé la escena, contigo dictando las normas, con tu coño empapado a la altura de su cara y él sin permiso para tocarte, sometiéndolo, y yo en una esquina de la habitación mirando cómo le curas la obsesión a base de controlarlo… se me nubló la razón. Necesitaba que él supiera que yo también quiero estar ahí. Necesito ver la cara que pone cuando le dejes por fin correrse, aunque sea encima de una toalla. Necesito escuchar cómo gime tu nombre delante de mí.

El nivel de triunfo que sentí en aquel instante es indescriptible. No solo había destrozado la cordura de mi cuñado hasta hacerlo suplicar por las sobras de mi atención, sino que tenía a mi propio marido rogándome presenciar el espectáculo, entregándome las riendas absolutas de los dos.

—Estáis los dos enfermos —susurré, esbozando por fin una sonrisa lenta y cargada de promesas, mientras le acariciaba la mejilla—. Sois un par de morbosos sin remedio. Un par de perros calientes rogándole a la misma mujer.

Bruno soltó una risa nerviosa, mezcla de alivio y deseo, y se inclinó para besarme el cuello, rendido a mis pies. Sus labios ardían y noté cómo la lengua le temblaba contra mi piel, ansiosa, hambrienta.

—Entonces… ¿me dejarás quedarme? —suplicó contra mi piel.

—Ya veremos —susurré.

Para comprobar hasta qué punto le había afectado la sola idea de presenciarlo, deslicé la mano derecha por debajo de la cinturilla de su pantalón, colando los dedos directamente bajo la tela del bóxer. Estaba ardiendo, duro como el mármol y temblando de pura anticipación. Su polla latía contra mis dedos como si tuviera un pulso propio, y noté enseguida la humedad viscosa del líquido preseminal empapándole el glande y encharcándole la punta.

—Mírate —susurré, envolviéndosela con toda la mano y apretando la base—. Estás chorreando y ni siquiera te he tocado bien. Solo con hablar de tu hermano se te ha puesto como una piedra.

Bruno gimió bajito contra mi cuello, incapaz de responder. Empecé a masturbarlo despacio, con muñeca firme, arrastrando la humedad de la punta hacia el tronco para que el deslizamiento fuera más obsceno, más mojado. Le apreté los cojones con la otra mano, rodándolos entre mis dedos, y noté cómo se le contraían pegándose contra su cuerpo, señal inequívoca de que estaba a un pelo de romperse.

—¿En qué estás pensando ahora? —le exigí al oído, mordiéndole el lóbulo—. ¿En tu hermano de rodillas mirándome? ¿En verlo cascársela mientras yo me abro de piernas delante de él? Dímelo. Quiero oírtelo decir.

—En los dos —jadeó, con la voz rota—. En verlo llorar mientras tú le dices lo pequeña que tiene la polla comparada con la mía. En que le hagas suplicar. En que yo le folle a él la mirada mientras tú te corres de verdad delante de sus narices sin dejarle tocarte.

—Eso es —le premié, acelerando el ritmo de mi puño sobre su polla—. Ese es mi marido cerdo. Vas a mirarlo mientras se muere de ganas de tenerme y no vas a mover un dedo para ayudarlo. Y cuando yo decida que se ha ganado correrse, se correrá donde yo diga, cuando yo diga y sobre lo que yo diga.

Apenas tuve que rodear su erección con más fuerza y aplicar un par de fricciones firmes, girando la muñeca al llegar al glande, para que su respiración se quebrara del todo. Bruno ahogó un gemido lastimero contra mi cuello, aferrándose a mi hombro con los dedos clavados, y sentí el primer latigazo caliente golpearme la palma antes de que soltara un gruñido roto contra mi piel. Se derramó sin control, chorro tras chorro, empapando la tela de su ropa interior y la palma de mi mano con una corrida espesa y abundante que le seguía saliendo cuando yo ya había dejado de moverme. La cantidad era obscena; nunca en años lo había visto vaciarse así solo con una paja. Hacía años que no lo veía en semejante estado.

Saqué la mano de su pantalón despacio, con los dedos brillantes y pringados de su semen tibio, y se la puse justo delante de la boca. Bruno abrió los labios sin que se lo pidiera, dócil, obediente, sacando la lengua para que se la limpiara. Le froté los dedos empapados contra los labios, dejándole rastros de su propia corrida en la barbilla, y él se los chupó uno a uno con los ojos cerrados, tragándose todo lo que se había corrido en mi mano.

—Estás a mi completa merced —le susurré al oído, implacable, retirando la mano y dejándolo allí, jadeante, sumiso y con la miel en los labios—. Y esto no es nada comparado con lo que voy a hacerte pasar cuando tu hermano esté delante.

El escenario está preparado. Adrián cruzará la puerta dispuesto a obedecer cualquier orden, y Bruno observará desde la primera fila cómo su mujer somete al hombre que lleva años obsesionado con ella. Solo falta que yo decida la fecha, y que ninguno de los dos sospeche que el encuentro que tanto ansían lo diseñé hasta el último detalle mucho antes de fingir que dudaba.

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Comentarios(8)

Romina_84

increible como lo narraste, me tuve que releer el final dos veces para creerlo jajaja

Gustavo_BA

Necesito la segunda parte ya! Esto no puede quedar asi, que pasó despues??

Diego_noche

que forma de dejar al lector con ganas de mas, lo tuyo es talento puro

Sebas_lector

Hay algo en el manejo de los personajes que se siente muy real. El marido pidiendo presenciar fue lo que mas me sorprendio. Excelente relato.

Turista_PY

jaja el cuñado firmando en blanco sin saber lo que le espera... tremenda situacion

LuciaEnBA

Por favor continualo, quede con tantas dudas! De los mejores que lei ultimamente en esta categoria

Maite_Sur

Me recordó algo que viví hace un tiempo, aunque sin tanta dramatica de por medio jajaja. Muy bueno!

Kike_Nqn

excelente!!! seguí así

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