Lorena planeó el trío perfecto junto a la piscina
Llegaron a la piscina pasadas las siete de la tarde. El sol ya bajaba, pero todavía calentaba lo suficiente como para que el agua fuera una invitación. Había sido un día largo y soleado, de esos que terminan despacio, y Lorena tenía la sensación de que ese atardecer, sin que nadie lo dijera en voz alta, iba a cambiarles la vida a los tres.
El jardín gozaba de una discreción absoluta. Nadie podía verlas desde fuera, solo desde el balcón de la planta superior o desde la propia hierba. Noelia se quitó la bata con un gesto despreocupado y se zambulló con soltura, nadando de un extremo al otro. Lorena la observaba desde el borde, calculando.
Hasta ahora todo va saliendo como lo pensé, se dijo mientras la veía cortar el agua. Llevaba semanas dándole vueltas a ese plan: conseguir que la pelirroja se soltara lo suficiente, que el vino hiciera su parte, que Adrián entrara en la escena sin que pareciera forzado. Lo deseaba de un modo casi doloroso, y ya no se molestaba en disimularlo ante sí misma.
—¿No te vas a bañar? El agua está buenísima, ven —la llamó Noelia con esa voz suya, dulce y un poco aniñada.
No terminó la frase. Lorena ya se había lanzado de cabeza y nadaba hacia ella. Llegó a su lado y empezó a hacerle cosquillas en las costillas, fingiendo un juego de niñas. La pelirroja contraatacó, pero sus manos resultaron mucho menos inocentes: se demoraban en sus caderas, le rozaban el pecho, bajaban por el vientre. Cuando comprobó que Lorena no protestaba, que al contrario, se le endurecían los pezones bajo el bañador diminuto, se atrevió a pasarle el dorso de la mano por el sexo.
Ni en sueños imaginé esto, pensaba Noelia mientras tanto. Daría lo que fuera por probarla ahora mismo.
La voz de Adrián las interrumpió desde el borde.
—Da gusto veros disfrutar, parecéis dos crías —dijo, secándose las manos en un trapo—. Pero salid, abrimos una botella de vino y preparamos algo para picar. Terminé el trabajo y se me ha despertado el apetito.
—Salimos ahora mismo —respondió Lorena. Y luego, en voz baja, solo para Noelia—: Vamos a preparar unas tostadas con el jamón que compramos esta tarde. A ver si así le quitamos a Adrián el apetito, pero solo el del estómago.
***
Cuando las dos mujeres salieron del agua, Adrián abrió los ojos como platos. Aquellos bañadores minúsculos, en lugar de tapar, parecían pensados para provocar.
—Por Dios —murmuró—. ¿Queréis matarme de un infarto? Si esto sigue así, voy a tener que sentarme.
—Tranquilo —le dijo Lorena con una sonrisa de medio lado—. Comemos algo y después me encargo de que te relajes. Si Noelia se anima, dejaré que me ayude.
No le hizo falta mirar dos veces para darse cuenta de que sus artimañas estaban dando fruto: Adrián tenía una erección imposible de esconder bajo el pantalón de lino, y Noelia la miraba de reojo con una curiosidad que ya no era del todo inocente.
Lorena se anudó la bata, se quitó la braguita del bañador con un movimiento limpio y la dejó caer sobre el césped. Con un gesto le indicó a la pelirroja que la siguiera a la cocina. Noelia, intimidada pero incapaz de resistirse, la imitó: primero se quitó la braguita, después se puso la bata. Adrián soltó un resoplido que las hizo reír a las dos.
Ya dentro, mientras cortaba el pan, Noelia se atrevió a preguntar con cautela:
—¿Todo eso… te cabe?
—Hasta el fondo —contestó Lorena, divertida—. ¿Te parece demasiado?
—No, solo me da curiosidad. —La pelirroja se había sonrojado hasta la raíz del pelo—. Es más grande que el mayor de mis juguetes. Incluso que el arnés que tengo en casa.
—¿Ese del cajón? —Lorena se rió—. ¿El que va sujeto con correas?
—No son correas cualquiera, es un arnés en condiciones, y le puedes poner penes de distintos tamaños —aclaró Noelia, recuperando algo de su descaro habitual—. Y que sepas que soy toda una experta manejándolo.
Lorena la miró un segundo de más. Aquella respuesta le confirmó lo que sospechaba desde hacía semanas.
—Voy a montar la mesa fuera con Adrián. Cenamos junto a la piscina —dijo—. ¿Sigues con el vino o prefieres otra cosa?
—Vino está bien.
Cuando Lorena salió, Noelia se quedó sola con las tostadas y susurró, casi para sí misma:
—Voy a necesitar tres copas, por lo menos, para atreverme a hacer lo que llevo toda la tarde deseando.
No sabía que Lorena se había quedado en el umbral. La oyó perfectamente, y una sonrisa de triunfo le cruzó la cara.
***
En el jardín, Adrián seguía de pie, incapaz de bajar la guardia ni la erección. Cuando vio aparecer a su mujer con aquella alegría desbordante, entornó los ojos.
—Tú estás tramando algo. Te conozco. Esa cara la pones cuando ya tienes una idea metida en la cabeza, y suele ser una idea peligrosa.
—Pues fíjate que la cocinera tampoco está de mal humor —respondió Lorena, agarrándole el bulto por encima de la tela y dándole un apretón cariñoso—. Te ha puesto a mil, ¿a que sí?
—No lo voy a negar. Pero no es solo ella. Tú, con ese bañador que ni sabía que tenías, estás imposible. —Adrián tragó saliva—. ¿Qué pretendes, dejarnos a los dos con una calentura que no haya quien la aguante?
Lorena miró hacia la cocina antes de bajar la voz.
—¿Te apetece un trío con ella y conmigo?
Adrián la miró como si no la hubiera entendido bien.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente. La tengo a punto de caramelo. Y deberías saber una cosa: si aceptas, vas a ser el primer hombre que esté con ella.
—Lorena, esto puede estallarnos en la cara.
—No tengas miedo. Lo tengo todo pensado, absolutamente todo. —La sonrisa no se le borraba—. Después de cenar y de tres copas de vino, la pelirroja nos va a hacer muy felices a los dos. Y cuando estemos relajados, os explico el resto del plan. Confía en mí. Puede que hoy sea el mejor día de tu vida.
No pudieron seguir. Noelia salió con una bandeja: las tostadas untadas con tomate y aceite, el jamón cortado con cuidado, unos trozos de queso. Lo dejó todo sobre la mesa con manos algo temblorosas, robándole miradas furtivas a la entrepierna de Adrián, todavía sin creerse lo que veía.
***
La cena empezó tensa. Adrián y Noelia apenas conseguían hilar dos frases, pero Lorena, con su labia de abogada y su alegría natural, fue desarmándolos poco a poco. El tono de la conversación se volvió pícaro, luego abiertamente obsceno, y para la tercera copa de vino los tres reían como si se conocieran de toda la vida.
Fue entonces cuando Lorena se puso seria un momento.
—Quiero contaros algo. Y quiero que Noelia sepa con quiénes se está metiendo. —Miró al cielo, ordenando las palabras—. Adrián y yo nos casamos hace casi un año, mañana es nuestro aniversario. No me casé enamorada de la idea de casarme: fue mi padre quien nos empujó. Nos pilló juntos en el salón de casa, la primera vez que estuvimos juntos, y no nos dejó otra salida.
Adrián bajó la mirada, incómodo, pero no la interrumpió.
—Yo era virgen. Él fue el primero. Y antes de aquello los dos éramos un par de inadaptados: él se había pasado la juventud entrenando atletismo hasta que una lesión lo apartó, y yo, estudiando Derecho y cuidando a mi madre, que estaba enferma. La conocimos a su madre en el hospital, era enfermera. El día que perdí a la mía, gané una suegra y un marido. —Acarició la cara de Adrián con una ternura que no fingía—. Lo quiero, que quede claro. Me colma. Pero estos últimos años siempre tuve la sensación de haberme perdido algo en la juventud, algo que no sabía nombrar.
Noelia escuchaba con los ojos húmedos y la copa entre las manos.
—Hasta que apareciste tú —siguió Lorena, y le dio un beso suave en la boca que dejó a la pelirroja sin aliento—. Al principio me ganaste por el estómago, lo reconozco. Después me di cuenta de lo que me faltaba: sentirme deseada, el juego de la seducción, algo que nunca había vivido, y menos con otra mujer. Estos meses descubrí que soy bisexual. Que estoy enamorada de un hombre maravilloso y, a la vez, de la cocinera que me ronda sin tregua.
Durante unos segundos nadie habló.
—¿Y qué nos propones exactamente? —preguntó al fin Adrián—. Porque nos has contado tu vida, pero no nos has dicho nada concreto.
—Eso —apoyó Noelia—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Tengo redactado un borrador. Un contrato entre los tres. —Lorena sonrió ante sus caras de asombro—. Una familia de tres. Noelia no sería nuestra empleada, eso lo dejo claro: seguiríamos con la empresa de limpieza. Sería nuestra mujer. La mía y la de Adrián. Y si alguno quiere ser madre o padre algún día, lo seremos los tres.
—¿Pero qué dices? —rió Adrián, entre el susto y la ilusión—. Yo firmo ahora mismo.
—Yo aún tengo diecinueve años —dijo Noelia, sonrojada pero sonriendo—. Tendría que hacerme a la idea. Aunque, te seré sincera, ya no me parece tan descabellado.
***
Cuando cayó del todo la tarde y la tercera copa hizo su efecto, Lorena se volvió hacia su marido con falsa inocencia.
—Cielo, ¿te molesta que Noelia y yo sigamos jugando un rato en el agua?
—Al contrario —respondió él, ya entregado del todo a las ideas de su esposa—. Disfrutaré viéndoos. Y si os aburrís, no me importaría acompañaros.
Lorena se quitó la bata y se quedó completamente desnuda. Noelia, animada por el vino y por la certeza de que su deseo era correspondido, la imitó. Cogidas de la mano, bajaron despacio por la zona en pendiente de la piscina, donde el agua apenas cubría.
Adrián las miraba sin pestañear. Nunca había sospechado que a su mujer pudiera gustarle otra mujer, y por un instante el miedo le encogió el pecho: ¿y si lo que Lorena sentía por la pelirroja terminaba apartándolo a él? Esa sombra le rondó hasta que vio que las dos, en el agua, habían dejado de fingir cualquier juego. Se acariciaban abiertamente, con una calma cada vez más cargada.
Salieron por fin del agua, todavía de la mano. Lorena tumbó a Noelia boca arriba sobre el césped, se arrodilló entre sus piernas y bajó la cabeza sin pensárselo dos veces. La pelirroja arqueó la espalda, se pellizcó los pezones y empezó a gemir palabras inconexas. Adrián, encandilado, se acercó. Ya no había rastro de su tristeza: solo la imagen de su esposa devorando a aquella muchacha le había devuelto la dureza por completo.
Lorena levantó la cabeza un instante y, sin soltar las caderas de Noelia, le ordenó:
—¿A qué esperas? Méteme ya, como la primera vez. Quiero cumplir mi fantasía entera: comérmela a ella mientras tú me embistes.
Y volvió a su tarea con más ímpetu, levantando las caderas para él. Adrián la sujetó por la cintura y entró de una sola vez, sin resistencia, porque Lorena estaba más excitada que nunca. Permanecieron así un tiempo que ninguno supo medir, sobre la hierba, mientras Adrián y Noelia se sostenían la mirada por encima del cuerpo de Lorena. Cuando ella sintió llegar el orgasmo, gimió con la boca pegada al sexo de la pelirroja, y esa vibración arrastró a Noelia a un clímax largo, distinto a todo lo que había conocido.
Lorena se derrumbó sobre el césped, la respiración rota.
—Madre mía —jadeó Noelia—. Nunca me habían hecho algo así. Y creo que saberme observada también ha tenido que ver.
—Eso ha sido por el escándalo que monta esta cuando se corre —rió Adrián, todavía de rodillas—. Sus gritos te han llegado por dentro. Menos mal que el seto nos tapa de los vecinos.
Noelia abrió los ojos, lo vio en cuclillas con los pantalones en los tobillos, todavía a medias, y le entró la risa.
—Deberías atender a tu marido, que se ha quedado a mitad de camino.
—Tienes razón —dijo Lorena, recuperándose de golpe—. Voy a aliviarlo. Y tú, niña, hazme lo mismo a mí. A ver si le mando a él las vibraciones que él te mandó a ti.
Se puso a cuatro patas y se llevó a Adrián a la boca. Noelia no necesitó que se lo repitieran: enterró la cara entre los muslos de Lorena y empezó a moverse con una destreza que arrancó a la mujer gemidos cada vez menos contenidos. Adrián, sintiendo esas vibraciones a través de su esposa, no aguantó mucho.
—Está claro que compartirte con Noelia ha sido la mejor idea que has tenido —alcanzó a decir antes de correrse, sujetándola por la nuca.
Las dos mujeres llegaron casi a la vez, una detrás de otra, y se dejaron caer sobre la hierba.
***
Los tres quedaron tumbados, exhaustos, mirando el cielo que empezaba a llenarse de estrellas. Lorena, en medio, tomó la palabra.
—Ha salido infinitamente mejor de lo que había planeado. Y aún me queda una cláusula del contrato por proponeros: quiero que durmamos los tres juntos esta noche. ¿Qué me decís?
—Por mí, como si me hubiera tocado la lotería —dijo Adrián.
—Por mí tampoco hay problema —añadió Noelia—. La cama es grande. Eso sí, Adrián, espero que conmigo tengas la misma paciencia que tuviste con ella.
—Perfecto —exclamó Lorena, radiante—. Mañana celebramos el aniversario firmando el contrato y sumando un tercer nombre a esta familia. Me hacéis muy feliz.
—Bueno —dijo Adrián, fingiendo seriedad—, ya tenemos a la morena y a la pelirroja. Solo nos faltaría una rubia para completar el cuadro.
—¿Pero tú qué te has creído, que esto es un harén? —saltó Noelia, mirándolo con falsa desconfianza—. ¿No tienes bastante con las dos?
—Me refería a la hija que podríais tener algún día —se defendió él, muerto de risa—. Con tus genes y los míos, igual sale pelirroja o rubia. Que conste que la tercera mujer, si llega, la elegís vosotras. Tenéis muy buen gusto.
—Serás sinvergüenza…
Lo dijeron las dos a la vez, riendo, las que a partir de esa noche iban a ser sus esposas. Pero la idea quedó flotando en el aire tibio del jardín, como una promesa: que algún día, si ellas querían y la encontraban, quizá habría que ampliar el contrato.