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Relatos Ardientes

Esa noche entendí que los quería a los dos

Sebastián llegaba tarde esa noche. Avisó por mensaje que tenía algo pendiente, que no lo esperaran. Valeria y Mateo cenaron solos, los dos en la mesa pequeña con la televisión de fondo que ninguno seguía. Cuando terminaron, Mateo recogió los platos y Valeria se quedó con el vino, mirándolo moverse por la cocina con esa familiaridad de dos años que no se parecía a nada más que ella hubiera tenido.

—Mateo.

—¿Qué.

—Siéntate un momento.

Él se secó las manos y se sentó frente a ella. Valeria giró el vaso entre los dedos, buscando por dónde empezar.

—¿Estás bien con todo lo que está pasando?

—Sí —dijo él.

—No te lo pregunto por compromiso. Te lo pregunto de verdad.

Mateo la miró. Conocía esa expresión suya, esa manera de preguntar que no admitía respuestas de cortesía.

—Sí —repitió—. Estoy bien. Más que bien, la verdad. Aunque no sé exactamente cómo llamarle a lo que estamos viviendo.

—Yo tampoco —dijo Valeria—. Pero le he dado vueltas últimamente. A cómo se llama.

—¿Y?

—Creo que todavía no tiene nombre. O tiene muchos y ninguno le queda bien del todo.

Mateo esperó. Valeria tomó un sorbo de vino.

—Toda la vida me enseñaron que una persona tiene que ser todo para otra —dijo—. Tu mejor amigo, tu amante, tu compañero, tu confidente, el que te hace reír, el que te desafía, el que te desea, el que te conoce. Todo en uno. Y si no lo es, algo está mal: en él, en ti o en los dos.

—Es demasiado para una sola persona —dijo Mateo.

—Es injusto para los dos —dijo Valeria—. Para el que necesita y para el que tiene que ser todo. Nadie puede serlo. Es una expectativa que aplasta las relaciones antes de que puedan ser lo que podrían ser.

Mateo la miraba en silencio. Sabía que lo que ella decía era verdad porque lo había pensado también, desde otro ángulo, con otras palabras, en las últimas semanas.

—Yo no podría imaginar mi vida sin ti —dijo Valeria—. Eso no ha cambiado. Lo que tenemos tú y yo no se toca. Pero Sebastián llegó y hay algo que… se añade. No reemplaza nada. No compite con nada. Es otra cosa que no sabía que podía existir.

—¿Como qué cosa?

—No sé. Una amistad que también es deseo. Una complicidad que antes no tenía. Los tres juntos somos algo distinto a lo que somos cada uno por separado, y eso me parece… extraordinario. No lo tenía en ningún mapa.

Mateo asintió despacio. Giró su propio vaso.

—A mí también —dijo.

Valeria lo miró.

—¿También cómo?

Mateo tardó. No porque no supiera, sino porque estaba eligiendo las palabras con el cuidado que se les da a las cosas frágiles.

—Sebastián no solo llegó a complementarte a ti —dijo al fin.

Valeria no dijo nada. Esperó.

—Hay algo que me está pasando a mí también —dijo Mateo—. Que todavía no sé cómo nombrar. No lo había sentido antes. No con un hombre.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era el silencio de alguien que está recibiendo algo y quiere recibirlo bien.

—¿Qué tipo de algo? —preguntó Valeria, en voz baja.

—No lo sé del todo todavía —dijo Mateo—. Pero es algo. Y me pareció que tú debías saberlo antes que nadie.

Valeria lo miró un momento largo. Luego extendió la mano sobre la mesa y la puso encima de la de él.

—Gracias por decírmelo —dijo.

—Eres mi mejor amiga —dijo Mateo—. Eres mi todo. ¿A quién más se lo iba a decir?

Valeria apretó su mano. Afuera, la noche medellinense con su ruido constante. Adentro, los dos solos con todo lo que acababan de decir y todo lo que todavía faltaba por entender.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Valeria después de un rato.

—¿Qué.

—Que no tengo miedo. Debería tenerlo, supongo. Según todas las reglas que me enseñaron, debería estar aterrada. Y no lo estoy.

—Yo tampoco —dijo Mateo.

—¿Crees que Sebastián sabe lo que está pasando entre los tres?

Mateo pensó en el último domingo en la cocina. En la conversación. En lo que Sebastián había dicho sobre ir despacio.

—Creo que sí —dijo—. Creo que Sebastián sabe muchas cosas antes de que uno se las cuente.

Valeria sonrió. Era la sonrisa de alguien que está exactamente donde quiere estar, aunque ese lugar no se parezca a nada de lo que había planeado.

—Qué bueno que llegó —dijo.

—Sí —dijo Mateo—. Qué bueno.

Se quedaron así un rato más, la mano de ella sobre la de él, el vino casi terminado, el apartamento respirando con ellos.

***

Sebastián llegó a las diez con una botella de vino que nadie le había pedido y esa manera suya de entrar a un espacio y leerlo de inmediato. Los miró a los dos, vio algo en sus caras que no preguntó y dejó la botella en la mesa.

—¿Abrimos? —preguntó.

—Abrimos —dijo Valeria.

Bebieron los tres con música de fondo que puso Mateo, y la conversación fluyó con esa facilidad que ya era la de siempre. Pero había algo distinto esa noche, una ligereza nueva, como si la charla que Valeria y Mateo habían tenido antes hubiera despejado algo en el aire del apartamento. Sebastián lo notó sin decirlo.

Fue Valeria quien empezó. Se levantó del suelo y se acomodó en el sofá entre los dos, un hombro contra Mateo, una mano en el muslo de Sebastián. Besó a Mateo primero, despacio, con esa intimidad que no se parecía a nada más. Luego giró y besó a Sebastián, distinto, con otra textura. Después se recostó entre los dos y los miró al mismo tiempo.

—Los quiero a los dos —dijo, simplemente.

Ninguno respondió con palabras.

Lo que siguió fue lento y sin instrucciones. Sebastián le quitó la blusa, Mateo el pantalón, y entre los dos la desnudaron con esa coordinación que ya no era nueva pero que esa noche tenía algo más adentro. Valeria quedó desnuda entre ellos y los miró quitarse la ropa: los dos distintos, los dos presentes, los dos suyos de maneras diferentes.

Sebastián se arrodilló frente a ella y la lamió despacio mientras Mateo la besaba desde arriba, con las manos en sus pechos y la boca en su cuello. Valeria tenía los ojos entreabiertos y una mano en el cabello de cada uno.

Cuando Sebastián se incorporó, Valeria lo tomó en la mano. Lo acarició despacio, sintiendo el peso y las venas, y luego miró a Mateo. Extendió la otra mano y lo tomó a él también. Los dos al mismo tiempo, uno en cada mano. Mateo miró su propia mano y luego la de Valeria sobre la verga de Sebastián. Puso su mano sobre la de ella, cubriéndola apenas, y los dos lo acariciaron juntos un momento.

Valeria los miró a ambos. A Mateo especialmente, a esa expresión suya nueva, más abierta y más segura que cualquier versión anterior de él que hubiera conocido. Nunca lo había visto así. Lo amó de una manera nueva en ese momento.

Se arrodilló frente a Sebastián y lo tomó en la boca. Mateo se arrodilló a su lado. La miró hacer lo que sabía hacer y luego, con una naturalidad que sorprendió a los tres, inclinó la cabeza y puso la lengua en la base de la verga de Sebastián mientras Valeria lo tenía en la boca. Los dos al mismo tiempo, desde ángulos distintos, y Sebastián tuvo que apoyar una mano en el espaldar del sofá.

Valeria apartó la boca y miró a Mateo. Luego tomó la verga de Sebastián y la dirigió hacia la boca de Mateo, y él la recibió despacio, con más soltura que la primera vez. Valeria lo miraba y sentía algo sin nombre: verlo así, seguro, presente, completamente él mismo en algo nuevo, le producía un deseo que era también ternura y también orgullo.

Se alternaron. Valeria, Mateo, los dos juntos, la verga de Sebastián pasando de una boca a la otra con una generosidad que él recibía con los ojos cerrados y las manos en el cabello de ambos.

Luego Sebastián se arrodilló frente a Mateo. Valeria se quedó quieta, mirando. Sebastián lo tomó en la boca con esa facilidad suya y Mateo cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Valeria los miró y sintió algo que le llegó al pecho antes que a ningún otro lugar. No eran celos. Era amor. El amor de ver a alguien que quieres recibir algo que necesitaba sin saber que lo necesitaba. Mateo la buscó con los ojos. Ella le sostuvo la mirada. Los dos conectados mientras Sebastián seguía.

Después Sebastián la recostó en el sofá y entró en ella despacio, en misionero. Valeria lo recibió con los ojos cerrados y las manos en su espalda, esa apertura de siempre que llenaba todo el espacio disponible. Mateo estaba a su lado, besándola, sus manos recorriéndola mientras Sebastián empujaba con un ritmo pausado y profundo.

Sebastián fue aumentando el ritmo gradualmente. Valeria tenía una mano en el cabello de Mateo y la otra en la espalda de Sebastián, y el cuerpo entregado por completo a ese movimiento constante y preciso. Cambiaron de posición: Valeria encima de Sebastián, cabalgando, las manos de él en sus caderas guiándola. Mateo detrás de ella, besándole el cuello, los hombros, las manos recorriéndole los pechos mientras se movía. Los tres encontrando un ritmo compartido que fue creciendo solo.

Luego en cuatro, Sebastián detrás empujando con fuerza, Valeria con la cara enterrada en el cojín dejando salir todos los sonidos sin contener ninguno. Mateo frente a ella, su verga en la boca de Valeria, que la tomaba con esa hambre nueva que él ya conocía. Sebastián empujaba profundo y constante, las manos firmes en sus caderas, y Mateo la miraba desde arriba con los ojos oscuros.

El orgasmo de Valeria llegó construyéndose despacio desde adentro, acumulándose con cada embestida de Sebastián, con cada movimiento de su propia boca alrededor de Mateo, hasta que rompió largo y completo con un sonido que llenó el apartamento entero.

Cuando terminó de temblar, Sebastián se retiró. Se reposicionó despacio, y Valeria sintió adónde iba antes de que llegara: la punta de su verga presionando contra su ano.

—No —dijo. Suave, pero completamente clara.

Sebastián se detuvo sin preguntar.

Valeria giró la cabeza hacia Mateo. Lo miró directamente, con esa manera suya de decir las cosas sin palabras. Mateo la leyó de inmediato.

Sebastián entendió también. Se corrió hacia el lado sin drama, sin comentario. Le dejó el espacio a Mateo.

Mateo la miró un momento, verificando, y ella asintió despacio.

Fue lento. Más lento que cualquier cosa que hubieran hecho antes. Mateo fue por el aceite sin que nadie se lo pidiera, lo puso en sus dedos y empezó por el borde del ano de Valeria con círculos lentos y pacientes, leyendo cada reacción de su cuerpo. Ella tenía la cara contra el cojín y respiraba hondo, dejando que la tensión cediera por capas. Un dedo entró despacio y lo recibió sin pedirle que parara. Mateo esperó, sin moverse, hasta que la sintió aflojar. Luego un poco más. Más aceite. Dos dedos, separados con paciencia, estirando despacio.

—¿Bien? —dijo Mateo, en voz baja.

—Sí —dijo ella—. Sigue.

Cuando Mateo retiró los dedos y se posicionó detrás, Valeria sintió la diferencia de inmediato: él era distinto a Sebastián en tamaño, pero no menor, y la entrada fue su propio proceso, su propia negociación entre lo que el cuerpo conocía y lo que estaba aprendiendo. Mateo presionó despacio y el ano de Valeria cedió, abriéndose alrededor de él milímetro a milímetro, y los dos se quedaron quietos cuando estuvo completamente adentro.

Valeria tenía los puños cerrados en el cojín y la respiración corta pero entera.

Es él. Lo pensó en voz muy baja, casi para sí misma, como confirmando algo.

Mateo le pasó la mano por la espalda en círculos lentos.

—Sí —dijo, como si la hubiera oído—. Soy yo.

Empezó a moverse despacio, casi sin retirarse, solo el movimiento mínimo que le permitía a Valeria sentir cada centímetro. Ella llevó la mano hacia abajo y empezó a tocarse, y la combinación fue inmediata: sus propios dedos en el clítoris y el ano completamente lleno de Mateo crearon juntos algo que no tenía equivalente en nada anterior. Valeria soltó el cojín, abrió las palmas contra la sábana y dejó que su cuerpo aprendiera ese lenguaje nuevo.

Mateo fue aumentando el ritmo gradualmente. Sus caderas golpeaban contra ella con una firmeza que fue creciendo sola, sus manos sosteniéndola por la cintura, los ojos cerrados y la respiración cada vez más comprometida. Valeria tenía el ano completamente abierto alrededor de él, y cada embestida llegaba más profundo y producía sensaciones que irradiaban desde adentro hacia afuera de una manera que no sabía cómo describir, salvo que no quería que parara.

Sebastián los miraba desde el lado. Tenía la verga en la mano y se tocaba despacio, los ojos fijos en los dos, en la espalda de Valeria arqueándose con cada embestida de Mateo, en las manos de Mateo aferradas a sus caderas con una firmeza que Sebastián reconocía como nueva en él. Mateo era otro ahí: más presente, más adentro de sí mismo que en cualquier momento anterior. Sebastián aceleró la mano al ritmo de los dos.

El orgasmo de Valeria llegó desde adentro, largo y profundo, irradiándose en oleadas que la hicieron apretar el ano alrededor de Mateo con una fuerza involuntaria. Dejó salir todo el sonido sin guardarse nada, la mano todavía moviéndose entre sus piernas mientras las oleadas se espaciaban.

Mateo la sintió contraerse alrededor de él y perdió el ritmo controlado que había mantenido. Empujó tres veces más, profundo y sin cálculo, y se vino adentro con un sonido grave que Valeria sintió vibrar contra su espalda. Los pulsos calientes la llenaron desde adentro, uno a uno, hasta que él quedó quieto, con las manos aferradas a sus caderas y la frente apoyada entre sus hombros.

Sebastián terminó casi al mismo tiempo, derramándose sobre su propio vientre en pulsos largos mientras los ojos seguían fijos en los dos, en ese momento que era completamente de ellos y del que él era testigo privilegiado.

Los tres quedaron quietos. Valeria sintió el ano abierto y a Mateo todavía adentro y el apartamento en silencio absoluto. Mateo se retiró despacio. Se tumbó a su lado. Sebastián se limpió en silencio y se acomodó al otro lado de Valeria.

Nadie habló por un rato largo.

Valeria tenía una mano sobre el vientre de Mateo, la cabeza en su pecho y los ojos cerrados. Sentía lo que él había dejado todavía adentro, y en algún lugar, al borde de la conciencia, pensó que eso también era una elección, que había elegido que fuera él, y que eso no necesitaba más explicación que la que ya tenía.

—Los quiero —dijo, en voz muy baja. Para los dos. Para lo que los tres eran juntos.

Ninguno respondió. No hacía falta.

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Comentarios (5)

Marito_lector

Que buen relato, me atrapó desde el primer párrafo. Se nota que tiene corazon.

NachoBsAs

tremendo!!! espero la continuacion, no me podes dejar asi

SolDeMayo_3

Me encantó como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

LectorNocturno_BA

Me recordó a una situacion que viví hace años, esa mezcla de tension y vino... je. Muy bueno.

CarlosV_77

Buenisimo. Pocas veces un relato de esta categoría tiene tanta carga emocional. Eso lo hace diferente.

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