Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Dos tangas, una piscina y la mujer que ambos deseaban

Lorena llegó a casa unos minutos antes de las cinco. Dejó el coche en la cochera del sótano y subió sin prisa, aunque por dentro iba inquieta. Encontró a Adrián sentado a la mesa de la cocina, más serio de lo que acostumbraba, y la recibió con un escueto:

—Hola, cariño. Hoy vienes pronto, ¿no?

Ella se acercó, le dio un beso en la comisura de la boca y le preguntó con cierta cautela:

—¿Qué tal la entrevista con Candela? ¿Te ha gustado? ¿Qué opinas?

—Mira, te reconozco que la chica es lista, simpática y cocina mejor que bien —dijo él, midiendo cada palabra—. Pero no me parece prudente meter en casa a una muchacha que está locamente enamorada de ti. Y no la culpo, ¿eh? Hasta la entiendo. Tienes ese efecto en la gente.

—Vas a conseguir que me ponga colorada —respondió Lorena, halagada—. Pero estás siendo injusto con ella. Es sincera, nunca me ha escondido lo que siente y acepta que yo no la corresponda igual. Es honesta, trabajadora, ordenada y una cocinera extraordinaria. Si encima es capaz de querernos a los dos y de no mentirnos, ¿qué más podemos pedir?

—No lo sé —contestó él, disimulando la satisfacción de verla esforzarse por convencerlo—. Es demasiado guapa. Tarde o temprano podría conquistarte de verdad, y más viviendo bajo el mismo techo.

—¿En serio estás celoso de Candela? —Lorena se sintió poderosa de nuevo—. Es guapa, no lo discuto. Pero de ahí a que tú te líes con ella hay un trecho.

—Si ella misma me ha dicho que conmigo se llevaría bien, mejor que contigo —se regodeó Adrián—. Porque yo no le gusto, claro. Dice que me vería como un hermano mayor. A lo mejor solo lo soltó para que no me opusiera a contratarla. ¿No la habrás aleccionado tú?

—Para nada —se defendió ella—. Pero sigo pensando que no es mala idea. ¿Por qué no cedes un poco y la probamos un mes?

—Eso sería injusto para ella —la cortó él—. ¿Que deje su trabajo y luego la echemos a la calle? No. Si cedo, será con un contrato de al menos un año. Y tú me prometes que no vas a gritar tus orgasmos por toda la casa con ella durmiendo en la habitación de al lado.

—Trato hecho —dijo Lorena, abrazándolo de golpe—. Eres el mejor marido del mundo. Hasta te preocupas por el bienestar de la que crees tu rival.

Lo tomó de la mano y tiró de él hacia el dormitorio. Esa tarde fue una de las más intensas que Adrián recordaba, y por la noche, después de cenar, volvieron a buscarse en la oscuridad como si el día no hubiera sido suficiente.

***

A la mañana siguiente, nada más llegar al bufete, Lorena le escribió a Candela para que pasara por su despacho antes de su turno. Poco antes de las once, la pelirroja entró, y ella la recibió con dos besos.

—He hablado con Adrián. Te ofrecemos un contrato por un año, prorrogable. ¿Qué dices?

—Me siento halagada, pero también triste —contestó Candela, con un punto de cálculo en la voz—. No quiero ser la causa de un conflicto en tu matrimonio. Te quiero demasiado para eso. Y, mira, tu marido ayer me miraba como un pervertido. Tengo miedo de que, estando solos en casa, intente algo.

Lorena se la quedó mirando, atónita, y de pronto soltó una carcajada que tardó varios segundos en controlar.

—Pues claro que estás buenísima, no me extraña que te mirara. Pero lo que intentó fue asustarte. ¿Y sabes por qué? Porque tiene celos de ti.

—¿De mí? —preguntó Candela, con cara de no haber roto un plato—. ¿Cree que tengo alguna posibilidad contigo?

—Eso parece, y es culpa tuya por sincera —le reprochó Lorena, divertida—. ¿A quién se le ocurre confesarle a mi marido que estás enamorada de mí?

—¿Y seguro que no intentará meterme mano cuando tú no estés? —insistió la joven, ya mucho más animada.

—Adrián es tímido. Sería incapaz, a menos que tú le cogieras la mano y la pusieras en tu culo. Bastante me costó a mí que se lanzara. Venga, vamos a cerrar el contrato. Sueldo, días libres, vacaciones y tu propia habitación. ¿Cuándo empiezas?

—Por mí, hoy mismo —respondió la pelirroja, radiante—. Con mi jefe actual no tengo nada firmado, puedo irme cuando quiera. ¿Me mudo esta tarde?

—Cuando quieras. ¿Te ayudamos con tus cosas?

—Solo tengo ropa, tres maletas y un par de bolsos. Si me llevas las maletas en tu coche, yo voy en la moto.

***

Pasaron antes por un supermercado, donde Candela compró lo justo para una comida decente con la que celebrar su primer día. Mientras la pelirroja recorría las estanterías ensimismada, Lorena la seguía con el carro y pensaba: Esta chiquilla está coladita por mí. Llegará un día en que, mientras Adrián y yo lo hagamos, ella estará al otro lado de la pared. Eso me pone. Y me pondría más todavía si supiera que nos mira.

La voz de Candela la sacó de la ensoñación y le encendió las mejillas, como si la otra hubiera leído sus pensamientos.

—¿Qué estabas pensando, que te has sobresaltado? Espero que no te arrepientas de haberme contratado.

—No, qué va. Pensaba en qué dormitorio instalarte —mintió—. Pero mejor elige tú.

—Eso es imposible —rio la joven, cargando las bolsas en el maletero—. Si yo pudiera elegir dónde dormir, sería en tu habitación, y a Adrián lo mandaría a otra. Tranquila, es una de mis bromas.

***

Adrián las esperaba en lo alto de la escalera cuando llegaron. Subieron las maletas entre los tres y Candela se metió directa en la cocina, anunciando unos espaguetis y un lomo rebozado. Se había puesto un top que apenas le cubría el pecho —evidentemente sin nada debajo— y unos shorts diminutos. Lorena la miraba con admiración no disimulada: por el descaro, por la soltura, y sobre todo por aquel atuendo provocador.

—Oye, preciosa, una duda —dijo Lorena durante la comida—. ¿Ayer ibas vestida así de cómoda?

—Sí, ¿no te parece bien? Fuera del restaurante me gusta ir ligera. Si os incomoda, busco algo más decoroso.

—No nos incomoda en absoluto. Y ahora entiendo que Adrián te mirara como un pervertido. Si ibas igual que hoy, hasta yo te miro así.

Candela y Adrián cruzaron una mirada de complicidad y escondieron la sonrisa tras los tenedores. La comida transcurrió distendida, animada por la conversación fluida de aquella pelirroja pecosa de ojos enormes que, minuto a minuto, cautivaba más a sus nuevos jefes.

***

Después del café, subieron a colocar la ropa. Adrián se retiró a su despacho. Lorena entró con la joven al dormitorio que le habían asignado, al lado del suyo, y abrió una de las maletas sin pedir permiso, dispuesta a ayudar.

Se quedó sin palabras. Junto a una serie de prendas íntimas colocadas con pulcritud —camisones, tangas de formas inequívocas— había un neceser transparente. Dentro, ordenados con el mismo cuidado, se distinguían varios consoladores de distintos tamaños y colores.

Lorena se sonrojó violentamente cuando Candela entró y la sorprendió contemplando aquello, fascinada.

—Perdón, perdón, no quería husmear —balbuceó—. Solo pretendía ayudarte a guardar la ropa.

—No pasa nada —dijo la pelirroja con una calma desarmante—. En esa maleta llevo lo que usaba para mis fiestas con una amiga. Bueno, con mi amante. Hace tiempo que no le doy uso.

Guardó los juguetes en un cajón con sumo cuidado y se volvió con una sonrisa cargada de intención.

—Ya sabes dónde están. Si algún día necesitas alguno, no dudes en cogerlo. Los tengo siempre limpios y listos.

—Deja, deja, con Adrián tengo más que suficiente —respondió Lorena, turbada—. Pero algún día tendrás que explicarme cómo los usas tú.

Abrió otra maleta. Estaba llena de shorts, leggings y tops, todos del mismo estilo provocador. Cogió uno de los pantaloncitos y lo levantó ante sus ojos.

—Si vas a ir todos los días con esto por la casa, Adrián va a estar permanentemente empalmado —dijo, riendo—. Mi marido es de gatillo fácil. Al final va a resultar verdad que termina persiguiéndote como un sátiro.

—Tranquila, corro mucho —le siguió la broma Candela—. Pero no me parece que un hombre con la mujer que tiene vaya a arriesgar nada por una jovencita. Y eso que estoy de buen ver.

—En eso tienes razón. Adrián es un libro abierto para mí. Sé que jamás intentará nada contigo físicamente. Pero visualmente te perseguirá, y en su cabeza te hará todas las caricias del mundo.

—¿Y no te molesta? —preguntó la pelirroja, mirándola con curiosidad—. Que esté contigo pensando en otra.

—No es lo mismo quitarte las penas con un pene de látex que con uno de verdad —contestó Lorena, sosteniéndole la mirada—. Uno real es infinitamente mejor, porque está vivo. Pero para usarlo bien tiene que estar duro. Y si tu culo es la razón de esa dureza, bienvenido sea.

***

Terminaron de deshacer las maletas entre risas y dieron un largo paseo por la urbanización para que Candela conociera los comercios. De vuelta, Lorena recordó algo.

—No vi ningún bañador entre tus cosas. Si te apetece bañarte, te presto uno de los míos.

—No caí en eso —rio la joven—. Yo a la playa voy a zonas nudistas, hace años que no me pongo bañador. Pero claro, no es plan de bañarme en pelotas delante de Adrián.

—Anda, no seas rancia. Sube a mi dormitorio y elige uno —dijo Lorena, sacando su lado más travieso—. Y no le decimos nada a Adrián, para ver qué cara pone cuando te vea aparecer.

Candela aceptó encantada. Si Lorena pensaba bañarse, también tendría que desnudarse para ponerse el bañador, y eso significaba la posibilidad de verla. Subió corriendo a dejar las botas en su cuarto y entró en el dormitorio conyugal sin llamar.

Lo que vio la dejó clavada en el sitio. Lorena estaba agachada, rebuscando en un cajón del armario, completamente desnuda. Sus glúteos firmes se balanceaban suavemente con el movimiento de los brazos, hipnóticos. La joven se quedó boquiabierta, fascinada por una imagen que superaba con creces todo lo que había imaginado.

Lorena se incorporó con varias prendas en la mano y, al ver a Candela observándola extasiada, incapaz de mover un músculo, no pudo evitar sonreír, halagada hasta la médula. Se sintió poderosa. Y, ante aquella muchacha que la miraba como a una aparición, se propuso seducirla aún más, algo que jamás se habría atrevido a hacer con otra mujer.

Sin cubrirse, le mostró dos tangas minúsculos, casi obscenos, apenas un hilo y un triángulo.

—Anímate. Los dos están sin estrenar. Tú te pones el que más te guste y yo el otro. Quiero ver la cara de Adrián cuando nos vea a las dos así. Y no solo la cara. Hoy me siento particularmente traviesa.

—¿Y solo las braguitas? —preguntó Candela, empezando a desnudarse para comprobar la reacción de Lorena—. ¿Sin sujetador?

—Solo las braguitas —confirmó ella, poniéndose el blanco—. Y tranquila, Adrián no te hará nada. Jamás te pedirá nada, a menos que seas tú la que se lo ofrezca.

—Joder, es tan pequeño que se me ven los pelillos —rio la joven, mirándose la entrepierna.

—Te queda perfecto. Y así demuestras que eres pelirroja de verdad —contestó Lorena, comprobando que, en efecto, asomaban unos rizos tan rojos como su melena—. Estás preciosa. Anda, coge una bata y bajamos a la piscina. Tengo muchísimas ganas de ver qué cara pone mi marido.

Bajaron las escaleras entre risas, las dos casi desnudas bajo las batas entreabiertas, sabiendo perfectamente lo que estaban a punto de provocar. Y, aunque ninguna lo dijo en voz alta, las tres piezas de aquel juego empezaban por fin a encajar.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

Romina_bsas

De los mejores que leí en mucho tiempo. Bien narrado, con tension y un final que no esperaba para nada. Gracias por compartir!

DiegoNK_lector

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber cómo sigue esto entre los tres.

TequilaNoche

jajaja lo de los juguetes en la maleta me mató. Qué manera de arrancar un relato!

Karina_M

increible!!!

CuriosaLectora34

Se hace cortisimo... ¿habrá continuación? Por favor que sí.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.