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Relatos Ardientes

Cerró la peluquería y nos quedamos los tres dentro

Desde la primera vez que crucé la puerta de su peluquería, una de esas de barrio con dos sillas y un cartel descolorido, supe que Carla tenía algo que no encajaba con el sitio. No era solo la precisión con la que movía las tijeras, casi sin mirar. Era cómo me sostenía la mirada en el espejo mientras cortaba, como si midiera algo más que el largo de mi pelo.

Yo nunca había sido de cortarme seguido. Pero empecé a aparecer cada dos semanas, después cada diez días, inventando excusas para sentarme media hora en esa silla con olor a eucalipto. Al principio hablábamos de cosas sin peso: el partido, una serie, el cliente raro que había pasado antes que yo. Poco a poco, las conversaciones se fueron metiendo en terreno más resbaladizo.

Una tarde, mientras me repasaba la nuca con la maquinilla, lo soltó casi en un susurro.

—¿Nunca has tenido ganas de probar algo que no probaste nunca?

La pregunta quedó flotando entre el zumbido del aparato y el roce del cepillo en mi cuello. Le contesté la verdad.

—Muchas veces. ¿Y tú?

Sonrió, pero no me miró de frente.

—A veces pienso que me gustaría saber qué se siente estar con otra mujer. Una sola vez. Saberlo de verdad.

No supe qué responder. Solo sentí un calor que me trepaba por el pecho. Desde ese día, cada corte se volvió una confesión a medias. Yo le contaba noches que se me habían ido de las manos; ella me confiaba cosas que jamás había dicho en voz alta. Y siempre terminábamos riéndonos, como si jugáramos a algo peligroso disfrazado de inocente.

Hasta que una tarde le propuse otra cosa.

—Esta vez no quiero que me cortes —le dije—. Quiero lavarte yo el pelo. Acá, cuando cierres. Solos.

Carla se quedó callada unos segundos. Después, con esa media sonrisa suya que nunca sabías si era burla o ganas, contestó.

—Vale. Pero solo si prometes portarte bien.

Mentí sin dudarlo.

—Te lo prometo.

***

Llegó el jueves. La persiana ya estaba a media altura cuando entró. Traía una falda negra corta, una remera ajustada de tiritas y unas sandalias que dejaban a la vista las uñas pintadas de granate. Se sentó sola en la silla del lavacabezas, sin que se lo pidiera, y me observó por el espejo mientras yo abría el grifo y tanteaba la temperatura del agua.

—Estás linda —dije, solo para romper el silencio.

—Tú también, con esa remera tan pegada —respondió, y la voz le salió con un matiz travieso.

Empecé a mojarle el pelo despacio. El chorro tibio le resbalaba por la frente, por las sienes, por el cuello. Le puse champú en las palmas y comencé a masajearle el cuero cabelludo con movimientos lentos y circulares, hundiendo los dedos como si quisiera borrarle cualquier pensamiento que no fuera ese contacto. Cerró los ojos y soltó un suspiro largo.

—Qué bien lo haces… —murmuró.

Saqué una venda negra del bolsillo de atrás.

—¿Confías en mí? —pregunté, acercándome a su oído.

Carla dudó apenas un instante.

—Sí.

Le até la venda con cuidado, ajustada pero sin apretar. Su respiración cambió, se volvió más atenta, como si de pronto escuchara el resto del local con otra piel.

—No te muevas —le susurré—. Solo siente.

Y entonces hice la señal que había arreglado con Nadia.

La puerta del fondo se abrió sin un ruido. Nadia entró descalza, con un vestido liviano de verano que apenas le tapaba los muslos. Le brillaban los ojos de anticipación. Se acercó sin hablar, se arrodilló frente a la silla y, con una lentitud casi de ceremonia, tomó el pie derecho de Carla entre las manos.

Carla pegó un respingo.

—¿Qué…? —empezó a decir.

—Shhh —la calmé, sin dejar de masajearle la cabeza—. Confía.

Nadia empezó besándole el empeine, rozando apenas con los labios. Subió por el tobillo, dibujando una línea húmeda con la lengua hasta la pantorrilla. Carla se tensó, pero no se apartó. La respiración se le aceleró de golpe.

Nadia siguió subiendo. Besos lentos, abiertos, por la cara interna de la rodilla. Después más arriba, bajo la falda. Carla dejó escapar un gemido bajito cuando sintió la lengua rozándole el interior del muslo, ya muy cerca del borde de la ropa interior.

Yo seguí lavándole el pelo, pero ahora mis manos también bajaban por su cuello, por los hombros, rozando el nacimiento de los pechos por encima de la tela. Carla arqueó un poco la espalda.

Nadia corrió la falda a un costado con delicadeza y apoyó la boca sobre la bombacha de encaje. Primero solo el aliento caliente; después la lengua plana presionando contra el tejido, buscando el relieve del clítoris. Carla jadeó con fuerza.

—Mierda… —susurró.

Nadia enganchó los dedos en el elástico y bajó la prenda despacio, dejándola caer alrededor de un tobillo. Volvió a arrodillarse y esta vez lamió directo, la lengua ancha desde abajo hacia arriba, separando los labios con suavidad. Carla abrió un poco más las piernas, casi por instinto.

Me agaché a su lado y le saqué la venda con cuidado. Abrió los ojos, vidriosos, y vio a Nadia entre sus muslos, la cara hundida, lamiendo con movimientos largos y profundos, succionando el clítoris cada pocos segundos.

Carla me miró, entre el susto y una excitación que no podía esconder.

—¿Esto es lo que querías? —le pregunté al oído.

Solo pudo asentir, mordiéndose el labio.

Nadia le metió dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba mientras seguía con la boca. El sonido húmedo llenó el local. Carla empezó a mover las caderas en círculos cortos, buscando más presión. Le subí la remera, le liberé un pecho y me prendí del pezón, chupando fuerte al mismo ritmo que Nadia.

Ahora jadeaba sin control.

—Me voy a venir… no pares… por favor…

Nadia aceleró la lengua, los dedos entrando y saliendo más rápido, el pulgar trazando círculos sobre el clítoris. Carla se tensó entera, me agarró el pelo con una mano y el borde de la silla con la otra. Un gemido largo y quebrado le salió de la garganta mientras el cuerpo se le sacudía. La vimos venirse, las piernas temblando, el abdomen contrayéndose una y otra vez.

Nadia no se apartó hasta que los espasmos cesaron. Subió despacio, besándole el vientre, los pechos, el cuello. Cuando llegó a la boca de Carla, se besaron hondo, compartiendo el sabor.

Yo las miraba, todavía con la respiración pesada.

Carla me buscó por fin, los ojos nublados de placer.

—Sos un hijo de puta —dijo entre risas entrecortadas.

—¿Te gustó? —pregunté.

Miró a Nadia, después a mí, y sonrió de esa manera suya que siempre promete más.

—Mucho. Pero ahora… ahora les toca a ustedes.

***

Sin agregar nada, se bajó de la silla, se arrodilló entre los dos y empezó a desabrocharme el pantalón mientras Nadia se sacaba el vestido por la cabeza. La persiana seguía baja. La tarde recién empezaba.

Carla se acomodó entre nosotros con una seguridad que antes no había mostrado. La luz tenue de la lámpara de pie le dibujaba sombras suaves en la piel todavía rosada. Me miró primero a mí, terminó de bajarme el cierre y mi verga saltó libre, dura desde hacía rato. La rodeó con la mano derecha mientras con la izquierda buscaba a Nadia.

Nadia ya estaba sin el vestido, con unas bombachas blancas de algodón que resaltaban contra su piel morena. Dio un paso y dejó que Carla se las bajara despacio, rozándole los muslos con las uñas. Cuando la prenda cayó, abrió un poco las piernas y Carla no dudó: le metió dos dedos directo, lentos al principio, entrando y saliendo.

Yo sentía la boca de Carla cerrándose sobre la punta. Caliente, húmeda, sin apuro. Lamía en círculos chicos, la lengua plana recorriéndome la cabeza cada vez que subía, y después bajaba hasta que la mitad desaparecía entre sus labios. Soltó un gemido vibrante que me recorrió entero cuando Nadia le pellizcó un pezón con fuerza.

—Carajo, qué bien chupás… —murmuré sin poder evitarlo.

Carla se apartó un segundo, la saliva brillándole en el mentón, y levantó la vista.

—No terminé con vos —dijo, y volvió a metérsela, esta vez más profundo, hasta que sentí la garganta apretarse alrededor. Subía y bajaba con ritmo parejo, la mano libre acariciándome los testículos.

Nadia se agachó al lado. Le besó el cuello a Carla mientras esta seguía mamándome, después bajó hasta el pecho y se prendió del otro pezón, succionando fuerte al mismo tiempo que los dedos seguían moviéndose dentro de ella. Se oía el sonido húmedo y rítmico de esos dedos entrando y saliendo, cada vez más rápido.

Carla empezó a jadear con mi verga en la boca. Tuve que agarrarme al respaldo de la silla para no perder el equilibrio. Nadia aprovechó: se puso detrás, le levantó las caderas para dejarla en cuatro patas y, sin aviso, hundió la cara entre sus nalgas. La lengua le recorrió de abajo hacia arriba, deteniéndose en el ano para hacer círculos lentos. Carla me soltó con un gemido ahogado y apoyó la frente contra mi muslo, temblando.

—No pares… —suplicó, la voz rota.

Nadia obedeció. Metió la lengua más adentro mientras con una mano seguía masturbándola por delante, los dedos curvados buscando ese punto que la hacía arquearse. Con la otra mano se tocaba a sí misma, frenética.

No aguanté más. Me arrodillé frente a Carla, le levanté el mentón y la besé fuerte, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras mi mano bajaba a reemplazar la de Nadia. La penetré con tres dedos de golpe, bombeando rápido, el pulgar apretando el clítoris en círculos duros. Carla se vino casi al instante, un grito ahogado contra mi boca, el cuerpo convulsionándose, apretándome los dedos con espasmos violentos.

Nadia se enderezó, la cara brillante de humedad, y se sentó en el borde de la silla del lavado con las piernas bien abiertas.

—Ahora yo —dijo, casi como una orden.

Carla se arrastró hasta ella, le separó más los muslos y hundió la boca directo. Lamía con avidez, la lengua plana recorriendo todo el largo, después succionando el clítoris con tironcitos. Nadia echó la cabeza hacia atrás, la agarró del pelo y empujó las caderas contra su cara.

Yo me puse detrás de Carla otra vez. Le acaricié el culo, le separé las nalgas y la preparé despacio con el dedo, entrando y saliendo, cada vez más adentro. Cuando estuvo lista, alineé la verga y empujé de a poco. Carla gimió contra el sexo de Nadia, pero no se apartó; al contrario, empujó hacia atrás para recibirme entera.

Empecé a cogerla por detrás con embestidas lentas pero profundas, sintiendo cómo se apretaba cada vez que Nadia le chupaba el clítoris con más fuerza. El sonido era obsceno: carne contra carne, lenguas, gemidos, respiraciones cortadas.

Nadia fue la siguiente en venirse. Tomó la cabeza de Carla con las dos manos, se tensó entera y soltó un grito largo mientras el cuerpo se le sacudía. Carla no dejó de lamer hasta que la apartó con suavidad, temblando todavía.

Entonces Carla se giró hacia mí, se puso de rodillas otra vez y abrió la boca.

—Dámelo todo —me pidió.

Aceleré contra su boca, sujetándole la nuca. Me miraba a los ojos, las lágrimas del esfuerzo corriéndole por las mejillas, sin apartarse. Cuando sentí que ya no podía más, salí y me vine fuerte sobre su lengua y su mentón, chorros calientes que ella recogió con avidez, tragando lo que podía y dejando que el resto le resbalara por el cuello.

Nadia se acercó, besó a Carla hondo, repartiendo el resto entre las dos, y después las tres quedamos ahí, jadeando, transpirados, enredados en el piso del local.

***

La persiana seguía baja. Afuera empezaba a oscurecer. Pero ninguna de las dos tenía apuro.

Carla se levantó del suelo con las piernas todavía flojas, pero con una decisión nueva en la mirada. Estiró la mano hacia Nadia, que seguía sentada en el borde de la silla, el pecho subiendo y bajando rápido.

—Vení —dijo en voz baja, casi como una orden suave.

Nadia se puso de pie y se dejó llevar hasta el espejo enorme que ocupaba toda una pared. Carla la ubicó de espaldas al cristal, frente a ella, y por un momento se quedaron mirándose en silencio. Carla recorrió con las yemas el contorno del cuerpo de Nadia: la curva ancha de las caderas, la cintura que se abría hacia arriba, los pechos llenos que se movían apenas con cada respiración. Tocó esa piel morena, tibia, como si quisiera grabarse cada centímetro.

—Sos tan… distinta a mí —murmuró, fascinada—. Tan suave.

Nadia sonrió, un poco tímida ahora que era el centro de todo. Carla se acercó, pegó su cuerpo al de ella y la besó despacio, con lengua profunda pero sin prisa. Las manos le bajaron por la espalda, acariciando la columna, deteniéndose en la curva de las nalgas para apretarlas con cuidado.

Se separaron solo para que Carla la guiara al suelo, sobre la alfombra que había bajo las sillas de corte. Nadia se tumbó boca arriba y Carla se acomodó encima, a horcajadas sobre sus caderas. Bajó la cabeza y empezó a besarle el cuello, justo donde latía el pulso, bajando por la clavícula hasta llegar a un pecho. Tomó el pezón entre los labios, lo succionó suave primero, después más fuerte, alternando con mordiscos chicos que hicieron que Nadia arqueara la espalda y soltara un gemido largo.

Carla siguió bajando. Besó el vientre, la línea que caía hacia el ombligo, y cuando llegó al pubis se detuvo un segundo a mirar. Separó los labios con dos dedos y simplemente lo contempló, fascinada.

—Quiero saborearte despacio —susurró.

Y lo hizo. Bajó la lengua plana de arriba abajo, una sola pasada lenta que hizo estremecer a Nadia entera. Después se centró en el clítoris: círculos chicos con la punta, succiones suaves, lamidas rápidas que alternaba con presión firme. Nadia abrió más las piernas, las manos enredadas en el pelo de Carla, empujándola contra sí.

Carla le metió dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que sabía que la volvería loca. Los movió a un ritmo parejo mientras la boca no dejaba de trabajar. Nadia jadeó más fuerte, las caderas subiendo y bajando en espasmos cortos.

—Carla… así… no pares…

Aceleró un poco, los dedos con más fuerza, la lengua sin descanso. Nadia se tensó de golpe, agarró el borde de la alfombra y soltó un grito ahogado mientras se venía, el cuerpo temblando bajo la boca de Carla, que no se apartó hasta el último espasmo.

Cuando Nadia recuperó el aliento, tiró de Carla hacia arriba y la besó con urgencia, saboreándose en sus labios. Después la giró con suavidad para dejarla boca arriba. Se colocó entre sus piernas y repitió el camino: besos en el cuello, en los pechos, en el vientre. Cuando llegó al sexo, lo abrió con los pulgares y hundió la lengua directa, lamiendo con avidez.

Carla gimió alto, las manos en los pechos de Nadia, apretándolos mientras sentía la lengua entrando y saliendo, los labios succionando su clítoris con tironcitos precisos. No tardó mucho. El placer acumulado de toda la tarde la llevó al borde rápido. Se vino con un grito roto, las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de Nadia, el cuerpo sacudido por olas que no terminaban.

Quedaron abrazadas en el piso, piel contra piel, las respiraciones mezcladas, el aroma a sexo y eucalipto llenando el aire.

Yo las miraba desde un rincón, en silencio, sonriendo.

La persiana seguía baja. Y ellas, por fin, se habían dado todo lo que se habían imaginado.

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Comentarios (6)

Rodri_BA

Tremendo relato, me dejó sin palabras. Esa ambientacion en la peluquería le da un morbo especial que pocas veces se ve.

NocheRosa22

Por favor que haya una segunda parte!!! Me quedé con ganas de mas

ElTucuman44

jajaja el giro de la cortina no me lo esperaba para nada. Muy bien pensado, chapeau

LucianaBA

Me encantó la tensión que fuiste construyendo de a poco. Se siente cómo crece la situación sin apuro, eso es lo que engancha.

Fabricio_mx

excelente relato!! sigue asi que tenes buena pluma

ClaraVidal22

Que buena la idea del lugar, nunca pensé que una peluquería podía ser tan... estimulante jaja. Bien contado!

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