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Relatos Ardientes

La escapada en la que terminé entre los tres

Han pasado dos años desde aquella tarde en la que convertí la convalecencia de mi cuñado en mi propio experimento. Dos años en los que Adrián mantuvo las distancias, parapetado tras la excusa del trabajo, la rutina y unas visitas cada vez más espaciadas. Hasta que, hace un par de semanas, la bomba estalló: Nuria y él se divorcian.

Bruno, en su papel de hermano protector, se volcó de inmediato para sacarlo del pozo, ajeno por completo a que el verdadero motivo de aquel naufragio matrimonial llevaba mi nombre, mis apellidos y el recuerdo de mi boca grabado a fuego en la memoria de su hermano.

Desde que la noticia se hizo oficial, nuestra casa se convirtió en su refugio forzoso. Mi marido prácticamente lo había adoptado: cenas improvisadas, tardes de fútbol, fines de semana de partidas para que no se hundiera en la soledad de su nueva realidad. Para Adrián, cada una de esas visitas debía de ser una tortura exquisita, tener que tragar saliva y fingir normalidad mientras compartía el sofá con la mujer que le había puesto la vida patas arriba.

Aquella tarde organizamos cartas y cervezas en casa. El ambiente era denso, no solo por la incomodidad evidente del invitado al evitar cruzar la mirada conmigo, sino por el cielo plomizo que amenazaba con desplomarse sobre la ciudad desde el mediodía. Jugábamos al póker en la mesa del comedor y Adrián perdía sin remedio, incapaz de concentrarse en su mano cada vez que yo me inclinaba sobre el tapete para recoger las fichas, dejando que mi escote y mi perfume hicieran el resto del trabajo.

—Estás empanado, tío —le recriminó Bruno—. Como sigas así, te desplumo antes de cenar.

—Perdona, tengo la cabeza en otra parte —se excusó él, frotándose los ojos con esas manos largas y firmes que tanto me gustaban.

—Es normal, Adrián. Estás pasando por un momento complicado —intervine con mi tono más dulce, saboreando en secreto la ironía de mis propias palabras.

Justo cuando iba a repartir la siguiente ronda, un pitido estridente nos sobresaltó a los tres. Los teléfonos, apoyados sobre la mesa, empezaron a vibrar y a emitir una alarma casi ensordecedora, iluminando las pantallas con un aviso de emergencia.

—Alerta roja —leí en voz alta—. Lluvias torrenciales y riesgo extremo de inundaciones. Piden no salir de casa ni coger el coche bajo ningún concepto.

Bruno miró por la ventana. Como si la alerta hubiera sido una orden directa a las nubes, las primeras gotas empezaron a golpear los cristales con una violencia inusitada, convirtiendo la calle en un borrón gris casi opaco. Se giró hacia su hermano con expresión resolutiva.

—De aquí no te mueves —sentenció—. Te preparo ahora mismo la cama en la habitación de invitados. Hasta mañana no sales de esta casa.

La habitación de invitados. El mismo cuarto donde, dos años atrás, lo llevé al borde con mi boca solo para dejarlo a medias. Adrián asintió despacio, tragando saliva, y yo me limité a apilar las cartas sobre el tapete verde, convencida de que su mayor problema esa madrugada iba a ser el insomnio.

***

Mientras recogía los vasos en la cocina, dejé que la mente se me fuera a la escapada que lo había empezado todo, la que ninguno de los dos hermanos conocía entera. La que Bruno guardaba en una carpeta oculta de su ordenador, creyéndola un secreto solo nuestro.

Había sido idea suya. Mi marido siempre había tenido esa vena, ese deseo apenas confesado de verme con otros, de mirar. Una noche, después de un par de copas, me lo soltó sin rodeos: tenía dos amigos del gimnasio, Iván y Marco, jóvenes, recién cumplidos los veinticinco, y quería organizar un fin de semana en una cabaña en mitad del monte. Solos los cuatro. Sin cobertura, sin vecinos, sin nadie que pudiera interrumpir.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer los cuatro encerrados? —le pregunté, aunque ya conocía la respuesta por el brillo de sus ojos.

—Lo que tú quieras —respondió, deslizando una mano por mi muslo—. Yo solo quiero verte disfrutar. Y tú quieres que mire.

No me hizo falta más. Dije que sí antes de terminar la frase.

***

La cabaña olía a leña y a humedad de bosque. Iván y Marco llegaron al atardecer, nerviosos, riéndose demasiado fuerte por cualquier cosa, lanzándome miradas furtivas cuando creían que no me daba cuenta. Bruno los presentó con una sonrisa cómplice y, antes de que terminara el primer vino, supe que esa noche no iba a salir de allí siendo la misma.

Me había vestido para la ocasión: un vestido negro corto, sin nada debajo. Lo supieron en cuanto me crucé de piernas frente a la chimenea y los dos jóvenes se quedaron mudos a media frase. Bruno se sentó aparte, en el sillón, con una copa en la mano y la expresión de quien ha preparado el escenario y solo espera que empiece la función.

Fui yo quien dio el primer paso. Me levanté, me acerqué a Marco, el más tímido de los dos, y le aparté la copa de las manos. Le pasé un dedo por la mandíbula, despacio, sintiendo cómo tragaba saliva.

—No muerdo —le susurré al oído—. Salvo que me lo pidas.

Lo besé delante de todos. Marco respondió con un hambre torpe, contenida durante horas, mientras Iván se acercaba por detrás y posaba las manos en mis caderas con una seguridad que el primero no tenía. Cerré los ojos y me dejé hacer, atrapada entre dos cuerpos jóvenes que olían a deseo, sintiendo cómo el vestido se me subía por los muslos.

Desde el sillón, Bruno no decía nada. Solo miraba. Y saber que miraba lo encendía todo el doble.

Me arrodillé sobre la alfombra, frente a la chimenea, y los hice colocarse a ambos lados. Tenerlos así, los dos para mí, fue una sensación de poder que pocas veces había experimentado. Iván enredó los dedos en mi pelo, marcando un ritmo lento; Marco, en cambio, me dejaba llevar a mí, temblando cada vez que mi lengua lo recorría. Iba de uno a otro sin prisa, alternando, prolongando la tensión, escuchando cómo la respiración de ambos se volvía más densa.

—Joder —murmuró Iván, con la voz quebrada—. No puedo más.

—Sí que puedes —le contesté, deteniéndome a propósito—. Vas a aguantar lo que yo diga.

Levanté la vista hacia Bruno. Mi marido se había inclinado hacia delante en el sillón, con la copa olvidada en la mesa y los nudillos blancos sobre el reposabrazos. Le sostuve la mirada mientras seguía con la boca ocupada, y entendí que aquello, más que cualquier otra cosa, era para él. Para los dos.

Marco fue el primero en rendirse, con un gemido ronco que intentó ahogar y no pudo. Iván aguantó un poco más, hasta que dejó de tener sentido seguir resistiéndose. Yo me quedé arrodillada entre los dos, recuperando el aliento, con el corazón desbocado y una sonrisa que no me molesté en disimular.

Esa noche Bruno hizo decenas de fotos. Yo se lo permití. Sabía exactamente para qué las quería, y sabía que algún día esas imágenes valdrían mucho más de lo que cualquiera de los tres imaginaba.

***

De madrugada me despertó el sonido del agua golpeando con fuerza contra el cristal de la ventana, o al menos eso creí en los primeros segundos de consciencia. Tardé un par de parpadeos en darme cuenta de que el verdadero motivo de mi desvelo no venía de la calle, sino del pasillo.

Eran voces. Susurros cargados de una hostilidad eléctrica.

Me quedé inmóvil bajo el edredón, aguzando el oído en la penumbra. Reconocí al instante el timbre de Bruno, grave y tajante, rebajado a un siseo furibundo para no hacer ruido. Le respondía Adrián, con un balbuceo atropellado, casi defensivo. Traté de aislar una sola frase que diera sentido a la discusión, pero el temporal ahogaba las consonantes y ellos se cuidaban mucho de no elevar el tono.

Escuché pasos rápidos, el roce de algo moviéndose de forma brusca y, un par de minutos después, el suave clic del picaporte de nuestro dormitorio.

Mi marido entró a oscuras. No encendió la luz, pero la escasa claridad que se colaba por las rendijas de la persiana me bastó para distinguir su silueta. Se metió en la cama despacio, aunque la forma en que se dejó caer sobre el colchón delataba su estado. Estaba rígido como una tabla, irradiando un enfado que casi podía palparse.

—Oye… —susurré, buscando su brazo bajo las sábanas—. ¿Qué pasa? ¿Qué eran esas voces?

Suspiró de forma entrecortada, pasándose las manos por la cara con pura frustración.

—Nada. Duérmete, anda.

—Pero lo he oído a él. ¿Estáis discutiendo? ¿Ha pasado algo?

—Mañana hablamos —me cortó en seco, con un tono inflexible que no dejaba margen a la réplica—. Ahora trata de descansar, por favor.

Se dio la vuelta, dándome la espalda, y se hizo el silencio. Un mutismo pesado, solo interrumpido por el redoble incesante de la lluvia. Me quedé mirando al techo, con el pulso ligeramente acelerado, preguntándome qué demonios podía haber ocurrido en la habitación de invitados para desatar semejante tormenta entre los dos hermanos.

Me costó horrores volver a dormir. Vi pasar cada maldita hora en los dígitos rojos del despertador: las tres, las cuatro, las cinco. Solo me rendí al cansancio cuando el reloj marcó las seis.

***

A las ocho, una inquietud punzante me obligó a abrir los ojos. Era nuestro día libre y no había necesidad de madrugar, pero la tensión flotaba en el ambiente de forma casi asfixiante. Bruno no estaba a mi lado.

Salí al pasillo. La puerta de la habitación de invitados estaba abierta de par en par; la cama, perfectamente hecha, sin rastro de mi cuñado. Fui hacia la cocina, guiada por el sonido de la cafetera italiana. Mi marido estaba de espaldas, apoyado en la encimera, con la mirada perdida en la placa. Tenía un aspecto terrible, ojeras oscuras y la mandíbula apretada.

—¿Se ha ido? —pregunté desde el umbral, cruzándome de brazos para protegerme del frío de la mañana.

Se giró despacio, pasándose una mano por la cara con puro agotamiento.

—Sí. Se largó a primera hora, en cuanto amainó un poco. Le dije que no quería verle la cara esta mañana.

—Pero ¿cómo que le dijiste que se fuera? ¡Si seguía la alerta roja! —exclamé, acercándome con el ceño fruncido—. ¿Qué pasó anoche para que os pusierais así?

—Lo pillé, Lorena —respondió con voz ronca, clavando sus ojos en los míos.

—¿Que lo pillaste haciendo qué?

—Eran casi las tres. Escuché un ruido raro que venía de su cuarto. Pensé que se había mareado o que necesitaba algo, así que entré sin llamar.

—Bruno, me estás asustando —mentí, sintiendo cómo una chispa de morbo absoluto se encendía en la boca de mi estómago.

—Estaba sentado frente al ordenador. A oscuras, iluminado solo por el brillo del monitor. Se estaba masturbando —escupió con una mezcla de asco e incredulidad—. Y lo peor no es eso. Lo peor es lo que estaba mirando.

El cerebro me iba a mil por hora.

—¿Qué estaba mirando?

—Había rebuscado en mis carpetas ocultas. Y dio con las fotos de la escapada a la cabaña.

Bruno tragó saliva, incapaz de sostenerme la mirada, con el rostro desencajado por la imagen que se le había quedado grabada en la retina.

—Tenía a pantalla completa las fotografías de aquel fin de semana. Las de los dos chavales que te llevé por sorpresa. Te estaba viendo de rodillas entre los tres.

El nivel de su obsesión era fascinante. Adrián ya conocía perfectamente el contenido de aquellas galerías, porque yo misma se las había enseñado un par de años atrás en ese mismo despacho, pero Bruno lo ignoraba. Y aquel era el momento exacto de interpretar mi papel.

Dejé caer los brazos, fingiendo que me faltaba el aire. Di un paso atrás y me apoyé en el borde de la encimera, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si estuviera procesando un golpe demoledor.

—Dime que no es verdad… —murmuré con la voz temblorosa, inyectando pura decepción y vulnerabilidad en cada palabra—. Ha invadido mi intimidad. Ha rebuscado en tus cosas para masturbarse viéndome así, en nuestra propia casa. ¿Cómo ha podido hacernos algo semejante?

—Lo sé, lo siento muchísimo. Perdóname… —se disculpó él de inmediato, acortando la distancia para envolverme en un abrazo protector, lleno de culpa por no haber asegurado mejor sus archivos.

—Me da mucha repulsión pensarlo. No quiero volver a verlo por aquí. Me siento sucia —susurré contra su pecho, escondiendo el rostro.

Y allí, apoyando la barbilla en el hombro de mi marido mientras él me acariciaba el pelo para consolarme, esbocé una sonrisa invisible. Qué previsible era Adrián. Y qué escandalosamente fácil iba a resultarme jugar esta nueva partida, ahora que tenía la excusa perfecta y a los dos hermanos justo donde quería.

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Comentarios (5)

Karlita_88

Dios mio qué relato!!! me dejo sin palabras literalmente

FabianRiv_

Necesito saber si hay segunda parte porque me quedé con ganas de mas. Muy bien escrito, enhorabuena.

GusGar77

Tremendo. Me recordo a una escapada que hicimos hace tiempo con un grupo de amigos, aunque la nuestra fue bastante mas tranquila jaja. Seguí escribiendo!

Curiosa_81

Se hizo cortísimo, queremos mas!!!

LectoraNight

Muy bien narrado, se siente real sin ser para nada burdo. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno cualquiera.

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