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Relatos Ardientes

Cuando el torneo dejó de ser lo único en juego

Pablo y Laura llevaban cuatro años jugando al tenis los fines de semana con Sergio y Natalia. Dos parejas de amigos en la treintena, con hipotecas y vidas organizadas, que habían encontrado en las pistas una válvula de escape a la rutina. Pero desde aquella noche tres meses atrás, cuando los cuatro habían terminado besándose en el vestuario del club sin que nadie lo hubiera planeado, algo había cambiado sin que ninguno se atreviera a ponerle nombre.

Las miradas duraban un segundo de más durante las cenas. Los roces en la pista parecían cargados de una intención diferente. Y cuando apareció el cartel del torneo amateur en Benicàssim, con villas compartidas incluidas, los cuatro se apuntaron esa misma tarde sin discutirlo demasiado.

«Solo deporte y descanso», escribió Sergio en el grupo de WhatsApp.

Nadie respondió. No hacía falta.

***

El resort estaba a doscientos metros del mar, entre palmeras y pistas de tierra batida. La villa que les asignaron tenía terraza amplia con vistas al Mediterráneo, piscina privada y cuatro habitaciones. Lo que no esperaban era que el sorteo de la organización añadiera dos parejas más al grupo: Diego y Sofía, de Zaragoza, y Roberto y Carmen, de Sevilla.

Diego tenía treinta y dos años y el cuerpo de alguien que no se salta un entreno. Sofía, veintinueve, rubia de ojos claros, con esa energía que llena las habitaciones antes de que uno entre en ellas. Llevaban poco más de un año casados y todavía tenían esa costumbre de tocarse sin motivo evidente, como reafirmando algo constantemente. Conservadores los dos, de familias tradicionales, y sin experiencias fuera de su matrimonio.

Roberto era otra cosa: cincuenta y cinco años, pelo casi blanco, presencia tranquila y segura. El tipo de hombre que no necesita hablar mucho para que lo escuchen cuando lo hace. Carmen tenía dos años menos que él, morena con el pelo recogido y curvas que no intentaba disimular. Cuando sonreía se le formaban arrugas en las comisuras de los ojos y eso la hacía parecer alguien en quien se podía confiar. Veintiocho años de matrimonio y dos hijos ya independizados.

Los seis se conocieron en la terraza de la villa el viernes por la tarde, con cervezas como mediadores.

***

Los partidos de calentamiento fueron bien. El sol caía sobre las pistas y el viento traía olor a mar y a crema solar. Después, en la piscina con las cervezas frías, la conversación fue superficial: de dónde eran, cuánto llevaban jugando, si conocían la zona. Pero por la noche, en la cena de la terraza con el vino corriendo y el rumor del mar de fondo, algo empezó a soltarse.

Carmen fue la primera en ir al fondo de las cosas. Lo dijo sin preámbulos, con la copa en la mano y la mirada puesta en el horizonte oscuro:

—Roberto y yo hemos hablado muchas veces de hacer algo distinto. Ya sabéis a qué me refiero. Pero siempre se queda en conversación.

—¿Y esta vez no? —preguntó Sofía, inclinándose hacia adelante.

—Esta vez estamos en un sitio donde nadie nos conoce —dijo Carmen—. Así que a ver qué pasa.

Hubo un silencio que no era incómodo. Laura miró a Pablo. Pablo miró a Sergio. Natalia se sirvió más vino.

—Podríamos jugar a algo —propuso Sergio—. Verdad o reto. Las copas como castigo si no cumples.

Diego arquéó una ceja.

—¿Qué tipo de retos estás pensando?

Sergio sonrió sin responder. Ya lo verían.

***

Empezaron sin malicia. Verdades sobre cómo se habían conocido, retos de imitar canciones o contar la anécdota más vergonzosa. Pero el vino seguía corriendo y las rondas subían de tono con cada turno.

—Beso de diez segundos entre parejas cruzadas —dijo Sofía, con una sonrisa que sabía exactamente lo que estaba proponiendo.

Diego la miró.

—¿Segura?

—Bebe si no quieres.

Diego no bebió.

Pablo besó a Sofía. Empezó con un roce de labios, cauteloso, y ella abrió la boca y la cosa cambió de naturaleza. Era más joven que Laura, los labios más suaves, pero la lengua igual de directa. Pablo notó el calor subiéndole por el pecho antes de que su cabeza pudiera procesar nada.

Sergio besó a Carmen. Ella lo recibió con una calma que no esperaba, manos en su nuca, lengua explorando sin apresurarse. Sergio notó que se le aceleraba la respiración.

Roberto besó a Laura. Fue un beso deliberado, sin urgencia, con la seguridad de quien lleva décadas haciéndolo bien. Laura tuvo que apoyar la mano en la mesa para no perder el equilibrio.

Diego besó a Natalia. Ella lo dejó acercarse, cerró los ojos, y cuando abrió la boca él no vaciló.

Cuando pasaron los diez segundos, nadie se separó de inmediato.

—Siguiente reto —dijo Carmen, con la voz ligeramente ronca—. Sin ropa. Por turnos.

***

Se desnudaron en la terraza. No fue lento ni provocador, sino directo: cada uno quitándose lo que llevaba hasta que los ocho estuvieron al aire bajo las luces indirectas del jardín. Carmen lo hizo primero, sin ceremonia, y eso marcó el tono para todos los demás.

Sofía se arrodilló frente a Pablo. Lo tomó con la mano, lo observó un momento con curiosidad genuina, y empezó con la lengua desde la base hasta la punta, despacio, aprendiendo. Pablo apoyó la mano en su cabeza, no para guiarla sino para tener algo donde aferrarse.

Natalia fue con Diego. Él tenía el cuerpo tenso de quien no sabe bien cómo responder al placer que llega de donde no lo espera. Ella fue metódica, atenta, y él acabó relajándose poco a poco.

Laura se puso de rodillas frente a Roberto. Era más grande que Pablo y tardó un momento en adaptarse, pero cuando lo hizo lo hizo bien. Roberto le puso una mano en la mejilla, suave, mirándola.

—Qué bien lo haces —dijo en voz baja.

Carmen fue con Sergio. Lo besó primero en la boca, luego en el cuello, luego fue bajando. Sergio cerró los ojos y apoyó la espalda en el respaldo del sofá de exterior.

Los hombres devolvieron el favor sin que nadie lo coordinara. Pablo tumbó a Sofía en los cojines de la terraza y le separó las rodillas. Ella tenía la piel bronceada y caliente. Él la abrió con los dedos y usó la lengua con paciencia, aprendiendo qué le hacía reaccionar, hasta que ella puso una mano en su pelo y presionó hacia abajo.

—Ahí —dijo simplemente.

Sergio tumbó a Carmen en la tumbona. Ella lo guió con indicaciones precisas y sin rodeos, lo cual Sergio agradeció más de lo que esperaba.

Diego tenía a Natalia con las piernas abiertas, los dedos dentro mientras la lengua trabajaba en el clítoris, leyendo sus reacciones. Natalia tenía los puños cerrados junto a los muslos y respiraba por la boca.

Roberto tomó a Laura. La tumbó en la hamaca, se arrodilló entre sus piernas y empezó con una calma que ella no esperaba. Sin apresurar nada, completamente presente. Laura tardó menos de lo habitual.

***

Las penetraciones llegaron de manera natural, sin que nadie anunciara nada. Pablo penetró a Sofía en el sofá exterior. Ella lo recibió con la espalda arqueada y las manos en sus hombros, marcando el ritmo al principio, luego dejándose llevar. Cada vez que él llegaba al fondo ella soltaba un sonido breve y concentrado.

—Más fuerte —dijo al rato.

Pablo obedeció.

Sergio y Carmen ocuparon la mesa de la terraza, que resultó estar a la altura perfecta. Ella de espaldas, apoyada en las manos, él de pie detrás. Encontraron un ritmo desde el principio, como si llevaran tiempo haciéndolo. Carmen miraba el mar y las luces de algún barco en el horizonte.

—Qué bien —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie en particular.

Roberto se tumbó en la tumbona y Laura se montó encima. Ella marcaba el ritmo, las manos en su pecho, moviéndose con una concentración que él siguió con los ojos sin perder detalle. Le puso las manos en las caderas para sentir cada movimiento, no para controlarlo.

Diego y Natalia estaban en el suelo sobre la manta que alguien había sacado para la ocasión. Cara a cara, embestidas largas y constantes. Natalia le clavó las uñas en la espalda cuando llegó al orgasmo, y él aguantó el ritmo hasta que ella terminó.

***

Después hubo más mezclas, más combinaciones. Pablo con Carmen, cuya calma cotidiana se transformaba en algo completamente diferente cuando cerraba la puerta de lo habitual. Roberto con Sofía, la diferencia de veinticinco años reduciéndose a nada en cuanto ella se ponía encima. Sergio con Laura, que descubrió que hacerlo con su propio marido mirando desde tres metros tenía un componente que no había calculado. Diego y Natalia de nuevo, pero ahora más sueltos, con la comodidad que da la segunda vez.

Fue Carmen la que verbalizó lo siguiente. Lo dijo sin dramatismo, como si llevara tiempo pensándolo:

—Quiero dos al mismo tiempo.

No hizo falta aclarar qué dos ni qué al mismo tiempo.

Diego se tumbó en el sofá. Carmen se montó encima, tomándolo despacio, dejando que el cuerpo se ajustara. Roberto se colocó detrás con el lubricante que Laura había traído de la habitación. Carmen se tensó un momento y levantó una mano.

—Un segundo.

Le dieron el segundo. Luego otro. Luego exhaló lentamente y asintió.

Los dos hombres buscaron un ritmo que no se chocara, pendientes de sus reacciones más que de cualquier otra cosa. Carmen tenía los ojos cerrados y las manos de Sofía en los pechos, que se había arrodillado frente a ella y la besaba en el cuello.

—Así —dijo Carmen, la voz rota—. Exactamente así.

No tardó mucho. Cuando llegó al orgasmo fue con todo el cuerpo, incluyendo sonidos que no intentó reprimir. Si los vecinos de la villa de al lado los escucharon, no dieron señales de ello.

***

Sofía quiso lo mismo después. Pablo debajo, Diego detrás. Ella era más expresiva que Carmen, más vocal, con más necesidad de decirlo todo en voz alta. Natalia se sentó en la silla más cercana con la copa de vino en la mano y los ojos muy abiertos.

—¿No te unes? —preguntó Sergio desde el otro sofá.

—Ahora mismo estoy bien aquí —dijo Natalia.

Laura se arrodilló frente a Roberto, que estaba apoyado en la barandilla mirando el mar. Le puso la mano en el pecho para que se girara, lo tomó en la boca otra vez, y cuando notó que estaba cerca paró y esperó.

—Qué mala eres —dijo él.

—Lo sé.

Volvió a empezar.

***

Terminaron de distintas maneras y en distintos momentos. El suelo de la terraza estaba húmedo. Los cojines del sofá exterior habían acabado en el suelo. Dos copas de vino volcadas junto a la barandilla.

Se quedaron tumbados o sentados donde habían caído, con la brisa del Mediterráneo enfriando la piel sudada. Nadie habló durante un rato.

Roberto fue el primero.

—Mañana hay partidos a las nueve —dijo.

Carmen soltó una carcajada. Larga y real.

—¿Eso es lo primero que se te ocurre?

—Me lo estoy currando para parecer tranquilo.

—No te lo cree nadie.

Pablo miró a Laura, que estaba tumbada junto a Natalia con los ojos fijos en el cielo. La noche estaba despejada, llena de estrellas.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —dijo ella sin girarse.

Diego y Sofía se habían quedado dormidos entrelazados en la hamaca. Sergio les echó por encima una toalla de playa que alguien había dejado en la barandilla.

***

El sábado jugaron los partidos. Perdieron varios. Les dio exactamente igual.

Esa noche repitieron.

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Comentarios (4)

Santi_cba

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

LucianaC

Por favor seguí, quedé con ganas de saber como terminó la noche para todos jajaja

Viajera45

Me recordó un viaje con amigos que hicimos hace años, aunque en nuestro caso no llegamos tan lejos jaja. Muy bien escrito!

Rodri_mdp

tremendo!!!

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