Acepté un trío en el ático y no me arrepiento
Carolina salió de la comisaría con la respiración entrecortada y Diego le pisaba los talones. Cruzó el vestíbulo sin mirar atrás y empujó las puertas de cristal que daban a la calle. Había sido un día de mierda, de los que dejan marca.
—¿Me estás diciendo que me tuviste una hora esperando ahí dentro porque querías pasar por tu casa a cambiarte de ropa? —le soltó, hundiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Diego arqueó una ceja y se las arregló para parecer al mismo tiempo digno y ofendido.
—Verás, corazón. Viendo cómo vas vestida, creo que hice bien en ponerme el traje. Tú te has pasado un poco. Cualquiera diría que vas de fiesta.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho para tapar el escote.
—Yo no voy de nada —masculló, pero al ver la sonrisa sincera de él comprendió que había conseguido lo que buscaba. Durante unos segundos había dejado de pensar en aquella sala con el cristal de espejo, en la mirada del inspector y en que Marina Solís estaba muerta. Una de sus pacientes. Y en que la policía la consideraba sospechosa de haberla empujado al borde. Soltó un suspiro de pura rabia.
—Lo que pasa es que te jode no haber podido acompañarme a casa a quitarme el vestido —añadió.
—Tienes razón. A lo mejor te apetece ir ahora.
—Ni de broma, Diego. No estoy de humor.
—¿Segura? Podríamos relajarnos un rato. Tengo el jacuzzi de la terraza listo y una botella de cava esperando.
Al imaginarse el agua caliente y las burbujas, Carolina sintió un hormigueo en el bajo vientre. Diego siempre había sido un seductor sutil, de los que conquistan con la mirada en lugar de con promesas. Llevaban meses coqueteando por mensajes, y aquella invitación olía a algo más que a un baño. Después de la semana que arrastraba, dejarse llevar parecía lo único sensato.
—Está bien —cedió—. Pero solo un rato.
***
El ático de Diego estaba en el corazón de la ciudad, un imán para noches como aquella. La terraza se abría sobre un mar de luces, y el aire de la primavera traía un olor tibio que se pegaba a la piel. Se sentaron en los sofás de mimbre con la ciudad a sus pies, y él descorchó la botella.
Carolina no era de beber mucho, pero esa noche el cava fluía sin freno. Una copa se convirtió en dos, luego en tres. El alcohol le teñía las mejillas de rosa y le soltaba la lengua, hacía que sus anécdotas se volvieran más atrevidas y sus roces más casuales. Diego la observaba fascinado, siguiendo con la mirada la forma en que la minifalda se le tensaba contra los muslos cada vez que cruzaba las piernas.
Ella se sentía ingrávida, como si el ático girara en una danza lenta. El calor de la noche se le adhería a la espalda, y una gota de sudor le resbalaba por el escote. Diego señaló el rincón de la terraza, donde el jacuzzi humeaba bajo unas luces azules.
—Deberías meterte —sugirió—. Aquí arriba no nos ve nadie.
Carolina parpadeó. El cava le había borrado las inhibiciones de un plumazo. Se levantó con un tambaleo juguetón, la copa todavía en la mano, y se llevó los dedos a la cremallera de la chaqueta. La prenda cayó a sus pies y la apartó de una patada entre risas. Después se bajó la minifalda, que a aquellas alturas apenas cubría nada, y se quedó con el conjunto de encaje negro y las medias hasta el muslo.
Diego contuvo el aliento, devorándola con los ojos sin disimulo. Pero ella no se detuvo. Con dedos torpes pero decididos se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Las bragas siguieron el mismo camino, deslizándose por sus muslos hasta el suelo. Desnuda del todo, se irguió con una confianza embriagadora, la piel del pubis perfectamente depilada brillando bajo las luces.
—El agua me llama —murmuró, girándose para mirarlo de frente sin cubrirse.
Caminó hasta el jacuzzi contoneándose, consciente de que él no podía apartar la vista. Metió un pie, luego el otro, y soltó un suspiro largo cuando el agua caliente la abrazó hasta la cintura. Se recostó contra el borde, los senos flotando en la superficie espumosa.
—Ven —le dijo, salpicando—. Está perfecta. Y yo también.
Diego empezó a desabrocharse la camisa con una lentitud deliberada, hipnotizado por las gotas que le resbalaban a ella por el cuello. Carolina estiró una mano húmeda hacia él, y sus dedos le rozaron el muslo en un toque fugaz.
Justo entonces, el timbre de la puerta rompió la quietud de la noche como un intruso. Un zumbido agudo, insistente. Diego frunció el ceño y echó un vistazo al reloj: pasada la medianoche.
—¿Quién cojones...? —masculló, abotonándose la camisa a medias.
—Ignóralo —pidió ella con una sonrisa lánguida, salpicando el agua para atraerlo de nuevo.
Pero el timbre volvió a sonar, más terco. Con un suspiro resignado, Diego se metió en el interior del ático y abrió la puerta. Carolina, sola en su edén acuático, oyó voces.
***
Era Hugo, un amigo de toda la vida, con una botella de ginebra en la mano y cara de disculpa. Alto, con una barba de tres días que le daba un aire de descuido estudiado, era de esos que aparecen sin avisar cuando menos te lo esperas.
—Perdona, tío, me dejé el móvil en casa y vi luz en tu terraza desde el aparcamiento. Pensé que estarías solo y te traje esto para compensar el asalto.
Diego soltó una risa baja, pero su mente ya volaba hacia lo que había dejado en el agua.
—No es la mejor noche para visitas sorpresa.
—¿No estás solo? —Antes de que Diego respondiera, una risa cristalina flotó desde la terraza, seguida de un chapoteo. A Hugo se le iluminaron los ojos.
Carolina, ajena a la escena o tal vez tentada por ella, decidió que la noche no admitía pausas. El alcohol la había convertido en una versión amplificada de sí misma: audaz, sin filtros, una mujer que no se cortaba ante nada. Salió del jacuzzi con una gracia felina, el agua cayendo de su cuerpo desnudo, y no se molestó en buscar una toalla. Caminó de vuelta al salón con pasos lentos, las caderas balanceándose en un ritmo hipnótico.
Entró como si desfilara en una pasarela privada, completamente desnuda, sin un ápice de vergüenza.
—Diego, ¿quién nos interrumpe la fiesta? —exclamó, deteniéndose en el umbral.
Sus ojos vidriosos barrieron la escena: Diego con la camisa a medio abrochar y Hugo congelado con la botella en la mano, la boca entreabierta en una mezcla de sorpresa y deseo.
—Joder... hola —balbuceó Hugo, incapaz de apartar la vista de los senos que se mecían con su respiración, de la curva de las caderas, del pubis liso que parecía una invitación.
Ella no se inmutó. Al contrario, se acercó con una sonrisa y le tendió la mano como en una recepción formal.
—Carolina. ¿Y tú eres...?
El agua le goteaba al suelo formando charcos diminutos, y el aire se espesó de golpe con una electricidad palpable. Hugo le tomó la mano, notó el calor húmedo de su palma y tartamudeó su nombre.
—Es Hugo, un amigo —apuntó Diego, recuperando el control con una carcajada nerviosa.
Carolina, sin soltar la mano de Hugo, giró sobre sí misma dejando que las luces iluminaran cada centímetro de su desnudez.
—Bueno, ¿os unís al jacuzzi o qué? La noche es joven, y yo estoy abierta a lo que se os ocurra.
Hugo tragó saliva con la ginebra olvidada en la mano. Diego, reclinado contra la barra con los brazos cruzados, observaba la escena con media sonrisa, mitad cómplice, mitad protector. Sabía que el alcohol había soltado del todo a Carolina, y captó en sus ojos un fuego genuino, un «sí» tácito a la locura de la noche.
—Parece que la visita sorpresa ha animado la cosa —comentó él, sirviéndose un trago de la ginebra que Hugo había traído. Pero ninguno de los dos hombres se movió. Estaban atrapados en su hechizo.
Carolina cogió la botella de cava y dio un sorbo largo directamente del cuello, dejando que un hilo se le escapara por la barbilla. Estaba en ese vértigo en el que todo se aclara: quería más. Mucho más. Se pasó una mano por el vientre y la bajó con descaro hasta rozarse entre los muslos, un gesto que hizo que Hugo se removiera.
—Antes de que nos lancemos a esto —murmuró con un ronroneo aterciopelado, pastoso por el alcohol—, dejad que os cuente un secreto. Algo que hice esta mañana pensando en ti, Diego. En esta noche.
Ladeó la cabeza con una sonrisa, los labios entreabiertos. Sus dedos descendieron hasta rozar el bulto que crecía en los pantalones de Diego, un toque fugaz que lo hizo contener el aliento. Hugo se inclinó hacia delante, atraído por el relato.
—Esta mañana me metí en la bañera, con el espejo inclinado para verme entera. Me depilé despacio, cada pliegue, hasta dejarlo todo liso y sensible. Y cuando abrí el grifo y dejé que el agua me corriera entre las piernas, imaginé que era tu lengua. —Sus dedos imitaron el gesto, deslizándose por su sexo, y un gemido suave se le escapó—. Me quedé así, expuesta, pensando en este momento. En vosotros.
Diego, con la voz ronca de contención, la atrajo hacia sí. Su mano se posó por fin en esa suavidad depilada, un roce que la hizo gemir alto. Hugo se levantó del sofá y se acercó por detrás.
—Os lo digo en serio —prosiguió ella, los ojos desafiantes paseándose de uno a otro—. Estoy bebida, sí, pero eso solo significa que no hay barreras. Ninguna. ¿Por qué no os olvidáis de las copas y montamos un trío? Los tres, aquí mismo, sobre el sofá. Tocándome, follándome hasta que olvide mi nombre.
***
Hugo fue el primero en reaccionar. Dejó la copa sobre la mesa y sus manos, temblorosas, se posaron en las caderas desnudas de ella.
—Joder, tía... ¿estás segura? —Pero las palabras se le ahogaron cuando Carolina se apretó contra él.
Diego se acercó por detrás y le pellizcó los pezones con suavidad calculada.
—Si es lo que quieres... —le susurró al oído.
Ella giró la cabeza y capturó la boca de Diego en un beso hambriento, desordenado, el sabor del cava mezclándose con el de la ginebra de él. Luego, sin soltar a Hugo, lo miró fijamente mientras jugueteaba con el botón de su pantalón.
—Sí —exhaló—. Os quiero a los dos.
El beso fue un incendio: lenguas enredadas, dientes chocando con urgencia. Ella gimió contra su boca mientras le forcejeaba el cinturón a Hugo, desabrochándolo con torpeza ansiosa. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, la piel aún mojada del jacuzzi, le bajó los pantalones y se la llevó a la boca sin preámbulos, los labios estirados, la lengua girando alrededor del glande, succionando con avidez.
Diego se desvistió en segundos a su espalda. Se arrodilló, le separó las nalgas y le hundió dos dedos en el sexo empapado, follándola con ellos en un vaivén que la hizo arquearse y gemir con la boca llena.
—Mírate —le murmuró—. Te vamos a dejar agotada.
El salón olía a sexo, a sudor y a ese aroma dulzón de la excitación. Diego le enredó las manos en el pelo húmedo y empezó a empujarle la cabeza con embestidas profundas, el sonido húmedo resonando como un eco obsceno. Carolina se atragantaba, la saliva le resbalaba por la barbilla, pero no paraba; al contrario, empujaba hacia delante queriendo más. Hugo sacó los dedos chorreantes, alineó su miembro con la entrada de ella y la penetró de un solo golpe hasta el fondo. El sofá crujió bajo el peso de los tres.
Pero Carolina quería más, lo necesitaba con desesperación. Entre jadeos, soltó la verga de Diego el tiempo justo para suplicar:
—Los dos... a la vez. Quiero sentiros a los dos dentro al mismo tiempo.
Los hombres intercambiaron una mirada y se reorganizaron sin mediar palabra. La tumbaron sobre el sofá, Diego debajo guiando su miembro mientras ella se montaba a horcajadas, Hugo colocándose delante. Carolina sintió cómo se abría centímetro a centímetro, el anillo de músculo cediendo con un ardor exquisito hasta acogerlos a los dos. Los tres jadeaban, unidos en un nudo de carne sudorosa, las dos vergas rozándose separadas solo por una delgada pared interna.
—Dios... más fuerte —gimió ella, la cabeza echada hacia atrás.
El ritmo se volvió frenético, un movimiento coordinado que hacía temblar el sofá. Carolina gritaba entre gemidos, perdida del todo, hasta que el orgasmo la sacudió como un terremoto y los apretó a ambos al límite. Diego fue el primero en perder el control, deshaciéndose en un rugido. Hugo aguantó unos empujones más antes de seguirlo, y los tres se derrumbaron en un enredo de miembros temblorosos.
—La mejor noche de mi puta vida —murmuró ella entre risas exhaustas, el cuerpo marcado de sudor y arañazos.
Allá abajo, la ciudad seguía brillando, ignorante de lo que acababa de consumarse en aquella azotea.
***
La luz del amanecer se filtraba entre las persianas como un veredicto. El sofá, testigo mudo de la noche, conservaba aún los rastros de la locura: un cojín torcido, una copa volcada, un olor a sexo que se pegaba al aire. Carolina se despertó con un gemido, la cabeza latiéndole como un tambor, el cuerpo dolorido en lugares que no recordaba haber usado tanto. Se incorporó despacio, se envolvió en una sábana y buscó su ropa arrugada por el suelo.
Diego ya estaba en la cocina, de espaldas, preparando café con movimientos mecánicos. Con la camiseta gris y el pantalón de chándal parecía otro hombre: la calidez seductora de la noche se había enfriado en algo distante. Cuando ella entró, él se giró despacio. Esos mismos ojos que la habían devorado horas antes la escrutaban ahora con una decepción sutil. La estaba juzgando.
—Buenos días —murmuró Carolina, con la voz ronca, evitando su mirada mientras se sentaba en un taburete.
Diego dejó la taza con un golpe seco y se apoyó en la isla, cruzando los brazos.
—Anoche llegamos demasiado lejos —dijo, cortante—. No esperaba que te comportaras así. Parecías otra persona.
Las palabras la golpearon como una bofetada. Bajó la vista a sus manos. La vergüenza era cruda, del tipo que te hace querer desaparecer.
—Lo sé —susurró—. El alcohol me transformó. No soy así, Diego. Llevaba unos días horribles, ¿sabes? Lo de Marina, que me consideren sospechosa de su muerte... Anoche solo quería olvidar. Vaciar la cabeza. Me dejé ir.
Él suspiró y se pasó una mano por el pelo. Por un instante el desprecio se suavizó en algo más humano: cansancio, quizá un arrepentimiento compartido. Dio un paso, pero no la tocó. El espacio entre ellos se había convertido en un abismo.
—Todos tenemos noches así —concedió, aunque en su voz seguía habiendo reproche.
—Por favor, no me juzgues. Fue un error. Solo te pido que no me mires como si fuera otra cosa.
El silencio se estiró, pesado como la resaca. Carolina solo quería que la noche anterior se evaporara como el humo del café. Se marchó sin mirar atrás; no había nada que recuperar en aquella mirada de desprecio velado. Que se fastidiara Diego con su moral de conveniencia. Ella se había dejado ir, sí, pero ellos no habían puesto demasiadas objeciones.
***
En el taxi camino de su apartamento ya tenía trazado el plan: una ducha rápida para lavar los rastros visibles, pero no para borrar los recuerdos. Esos se quedaban grabados en cada fibra de su cuerpo. Se miró en el espejo del baño mientras el agua caliente la limpiaba y sonrió con una ferocidad que le hizo brillar los ojos. Era psicóloga; se ganaba la vida desentrañando mentes ajenas, y anoche había desentrañado la suya. No sentía arrepentimiento, sino una plenitud salvaje, un «sí, lo hice, ¿y qué?».
Caminó hacia su consulta irradiando poder en cada paso. Había cambiado la ropa de la noche anterior por un traje sastre gris perla cortado a medida, la blusa de seda blanca asomando bajo la chaqueta, la falda lápiz ciñéndose a sus caderas, los tacones elevándola cinco centímetros. El pelo, aún húmedo, recogido en un moño bajo con algún mechón rebelde enmarcándole la cara.
Pero bajo esa fachada profesional, su cuerpo le susurraba verdades deliciosas. Con cada paso sentía el roce de la falda contra los muslos, un eco de la noche. Su sexo, todavía sensible, palpitaba con un ardor dulce, como si recordara el estiramiento de los dos cuerpos a la vez. No se arrepentía. Ni un ápice. Quería sentirse llena de placer, de vida, de algo que no fueran las acusaciones de un caso que no había cometido, y lo había conseguido.
Que se quedara Diego con su desprecio de macho herido. Al llegar a la puerta de su consulta, Carolina se ajustó el moño con un gesto preciso y empujó. El día empezaba, pero ella ya lo había conquistado.