El glory hole donde no supe quién me follaba
Me desperté una mañana con una idea clavada entre las piernas que no se me iba con nada. Llevaba semanas fantaseando con lo mismo: juntar a varios de los hombres que ya me habían follado y montar un glory hole con ellos. La parte que más me prendía no era el sexo en sí, sino el morbo de no saber a quién le estaba haciendo qué. Una pared, unos agujeros y mi boca a ciegas.
El problema era el dónde. No tenía la menor idea de en qué lugar se podía armar algo así sin terminar en un sitio sórdido y mugriento. Así que pensé en Mauricio, que siempre presumía de conocer media ciudad, y le escribí.
—Hola, Mauricio, ¿cómo andas? Quería proponerte algo distinto. Tengo una fantasía que me gustaría cumplir y necesito tu ayuda, pero no sé ni dónde se hace esto ni si vas a querer.
Le solté de golpe lo del glory hole. Tardó menos de un minuto en contestar.
—Hola, Renata. Por supuesto que quiero. Conozco un lugar perfecto, unas cabinas privadas en el centro. ¿Cómo lo imaginás?
—Quiero invitar a un par de amigos más, contándote a vos. La condición es que yo no sepa quién está de cada lado de la pared. Nada de voces, nada de pistas. Solo ellos y yo.
—Me encanta la idea —respondió—. Yo me encargo de reservar. Vos elegí a los otros.
Me pasó la dirección. Era un local discreto, de esos a los que uno entra sin que nadie te mire dos veces. Con eso resuelto, escribí a los otros tres: Damián, Iván y Tobías. No los elegí al azar. Los tres tenían vergas grandes, cada una distinta a su manera, y eso era justo lo que necesitaba para que el juego funcionara. Les expliqué la fantasía sin demasiados rodeos y los tres aceptaron casi de inmediato. Cerramos para el viernes, que era el único día en que todos coincidían.
***
Llegó el viernes y me arreglé como si fuera a la cita más importante de mi vida. Me puse una tanga negra de encaje, un sostén a juego y un vestido corto que se ajustaba en los lugares correctos. Me miré al espejo y sonreí. Estaba mojada antes siquiera de salir de casa, solo de pensar en lo que iba a pasar.
Tomé un taxi hasta el centro. En el camino me llegó un mensaje de Mauricio: «Ya estamos todos. Cabina tres». Respondí con un simple «voy» y guardé el teléfono.
El lugar era más limpio de lo que esperaba. Una recepción tenue, pasillos angostos, puertas numeradas. Encontré la cabina tres, respiré hondo y entré. Por dentro era pequeña pero cómoda: un sillón bajo contra una pared, luz cálida y, a cada lado, una pared divisoria con un agujero a la altura justa. Dos agujeros, cuatro hombres del otro lado, repartidos sin que yo pudiera saber cómo.
Me senté en el sillón un momento, solo para disfrutar la espera. El corazón me latía rápido. Entonces, por uno de los agujeros, asomó una verga.
Era grande, gruesa, pero como todos la tenían grande no logré identificar de quién era, y eso fue exactamente lo que me hizo apretar los muslos. La tomé con la mano y empecé a masturbarla despacio, de arriba abajo, sintiéndola endurecerse contra mi palma. Casi al instante, por el agujero de enfrente, salió otra. La sujeté con la otra mano y les di el mismo trato a las dos a la vez.
Me acerqué y empecé a chupárselas. Una y otra, alternándolas en mi boca, combinando lametones lentos con gargantas profundas que me hacían lagrimear. Pasaba de una a la otra sin descanso, escuchando del otro lado de la pared alguna respiración contenida que tampoco me decía nada. Me ardía la mandíbula y no quería parar. Después de un rato, las dos se retiraron de los agujeros, una detrás de la otra, dejándome con la respiración entrecortada y los labios hinchados.
Las reemplazaron las otras dos. Vergas distintas, formas distintas, y otra vez ese juego de adivinar sin saber. Hice lo mismo, me las metí en la boca por turnos, las masturbé, las dejé brillantes de saliva. Estaba empapada. Saber que mi lengua estaba sobre alguien sin tener idea de quién me volvía loca; me hacía una imagen vaga solo por la forma de cada una, y esa incertidumbre me prendía más que cualquier cosa que hubiera hecho antes.
Me pasé la mano entre las piernas mientras los chupaba y me encontré completamente mojada, lista, impaciente. Cada verga tenía su carácter: una más curva, otra más recta, otra que latía contra mi paladar a la menor caricia. Iba memorizando esas diferencias casi sin darme cuenta, archivándolas para el final, aunque en ese momento lo único que quería era más.
***
Había metido un par de condones en el bolso, por precaución y por ganas. Saqué uno y se lo puse a la verga de la izquierda. Me quité el vestido, después la tanga, y me dejé el sostén puesto. Me empiné contra la pared, apoyando el culo en el frío del tabique, buscando el agujero con las caderas.
Tomé el miembro con la mano y lo guié hasta mi entrada. Cuando se deslizó dentro de mí solté un gemido que no pude contener. Estaba tan excitada que cada centímetro se sentía perfecto. Empecé a moverme hacia atrás y hacia adelante, golpeando la pared con las nalgas, marcando yo misma el ritmo, mientras seguía chupando la verga del otro agujero sin soltarla.
Después de unos minutos quise cambiar. Me separé, le puse un condón al de la derecha y repetí la maniobra: me empiné, lo guié dentro y volví a sentir esa plenitud que me hacía cerrar los ojos. El de la izquierda se retiró para darle el turno al siguiente. Mientras uno me follaba, tomé el miembro recién aparecido y se lo chupé, después me lo froté entre los pechos hasta hacerle una rusa lenta. Lo estaba disfrutando como pocas veces en mi vida.
Seguí así un buen rato, repartiéndome entre la verga que me llenaba por detrás y la que tenía en la boca. Hasta que, en medio de una garganta profunda, el de la boca no aguantó más. Sentí cómo palpitaba justo antes de vaciarse, y me llenó la boca con un calor espeso que tragué sin pensarlo. Lo dejé limpio con la lengua. Se retiró del agujero, todavía estremecido, mientras del otro lado me seguían embistiendo.
***
Apareció otro miembro por el hueco. El que me estaba follando frenó y se apartó. Yo ya quería más, ya quería sentirlos en otro lado. Me acerqué a la verga de la izquierda y empecé a chupársela, ensalivándola todo lo que pude, preparándome. Me empiné de nuevo, esta vez ofreciéndole el culo, y la guié despacio hasta ahí.
Entró firme, sin titubear, y yo me moví apenas para que mi cuerpo se fuera acostumbrando a la invasión. Dolía un poco y se sentía increíble al mismo tiempo. Por el otro agujero asomó otra, así que la atrapé con la mano y la masturbé rápido mientras me follaban por detrás. Del otro lado escuché un jadeo que se aceleraba.
El que tenía en la mano no resistió mucho más. Con un par de tirones eyaculó sobre mi cara, varias veces, salpicándome la frente, las mejillas, los labios. Tenía la cara empapada y no me importó en absoluto; al contrario, me encendió todavía más. Y mientras tanto el de atrás seguía clavándose en mí hasta que sentí ese calor familiar, ese latido contra mis paredes, y supe que también se había venido.
Iban tres. Uno en la boca, uno en la cara, uno en el culo. Faltaba uno solo. Por la izquierda volvió a salir la verga que aún conservaba el condón que yo le había puesto al principio. La tomé como un viejo conocido y me la metí en la vagina otra vez. Estaba tan al límite que bastaron unos minutos de embestidas duras para que el orgasmo me sacudiera entera, temblando contra la pared, mordiéndome el brazo para no gritar. Él me siguió de cerca: lo sentí palpitar dentro del condón y vaciarse con un último empujón.
No lo podía creer. Cuatro hombres me habían dejado marcada por todas partes, y yo ni siquiera sabía con certeza cuál había sido cuál.
***
Me dejé caer en el sillón, agitada, con las piernas todavía temblorosas. Al rato, la puerta de la cabina se abrió y entraron ellos cuatro, vestidos otra vez, con esa sonrisa de complicidad de quien acaba de compartir un secreto.
—Gracias, chicos —dije, recuperando el aliento—. Estuvo riquísimo. Ahora déjenme adivinar.
Los miré uno por uno, repasando lo que mi cuerpo había sentido del otro lado de la pared.
—¿Quién se vino en mi boca? —pregunté, y clavé los ojos en Tobías—. Fuiste vos, ¿no?
—Jaja, sí —admitió, sorprendido.
—¿Y quién terminó en mi cara? —Hice una pausa—. Ese fuiste vos, Iván.
Iván abrió grande los ojos.
—¿Cómo lo supiste? Sí, fui yo.
—¿Y quién me reventó el culo? —Sonreí—. Vos, Mauricio.
—Sii —contestó él, entre divertido y desconcertado, mientras los otros se reían.
—Entonces, por descarte —dije señalando al último—, fuiste vos, Damián, el que terminó en mi vagina.
Los cuatro se quedaron mirándome con una mezcla de asombro y admiración. Me encogí de hombros.
—Sé reconocer sus vergas. Aunque sean parecidas en tamaño, cada una se siente distinta, y me gustan todas.
—Cuando quieras repetimos —dijo Mauricio, y los demás asintieron.
Me vestí despacio, todavía con el cuerpo zumbando. Fue una de las mejores experiencias de mi vida, y mientras salía de aquella cabina ya estaba pensando en la próxima: una orgía de verdad, los cuatro a la vez, sin pared de por medio. Pero esa es otra historia, y se las contaré en otra ocasión.