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Relatos Ardientes

Llegué despechada a su casa y no estaba solo

Esa tarde de viernes andaba con el ánimo por el piso. Había discutido con mi novio por una tontería y todavía me ardía el orgullo. No pensaba ser yo la que llamara primero.

No le quería hablar porque ya me sabía el sermón de memoria, palabra por palabra, y la verdad no tenía ninguna gana de escuchar sus reproches. Prefería quedarme rabiando sola antes que darle el gusto.

El problema era otro: estaba caliente. Esa mezcla de enojo y ganas que se te mete en el cuerpo y no te deja pensar en otra cosa. Pero ni loca iba a rogarle a él para que me las quitara.

Anduve un rato dando vueltas por la casa como una leona enjaulada. Hasta le tiré un par de miraditas a mi padrastro, sin disimular demasiado, pero mi madre andaba metida en la cocina y no me quedó otra que encerrarme en mi cuarto a ver si me calmaba sola.

Agarré el celular buscando algún video para entretenerme. Sin querer entré a la galería y me topé con las fotos que me habían mandado un par de amigos, esas que nunca había contestado. Vergas duras, paradas, fotos que me enviaban para calentarme y que yo siempre ignoraba porque nunca me faltaba con quién acostarme.

Esa tarde, en cambio, me llamaron la atención. Un poco por lo urgida que estaba y otro poco porque, mirándolas bien, se veían condenadamente apetecibles. Se me hizo agua la boca y me empecé a tocar, despacio, solo para agarrar ritmo.

Al rato decidí que tocarme sola no me alcanzaba. Pensé en Damián, uno que llevaba meses insistiéndome sin descanso. Me dije que tal vez era hora de darle una oportunidad.

Lo llamé con la voz quebrada, casi llorando, diciéndole que me sentía mal por la pelea con mi novio y que necesitaba un amigo para desahogarme. Por supuesto, el muy zorro aceptó al instante. Me dijo que fuera a su casa, que me escuchaba, y que de paso nos tomábamos unas cervezas bien frías.

Me cambié enseguida. Me puse algo provocador, un vestido cortito que marcaba todo, porque una sabe cómo darle ánimos a un hombre para que se anime. Cosas de mujeres.

***

Llegué a su casa y Damián ya tenía las cervezas listas sobre la mesa. Lo que no esperaba era encontrar a otros dos tipos sentados en el living. Dos amigos suyos que no conocía de nada.

No supe si ya estaban ahí cuando lo llamé o si el muy vivo los citó a propósito, oliendo lo que se venía. La verdad, en ese momento me dio igual. Me presentó: Bruno y Esteban. Los dos me clavaron una mirada que no dejaba mucho a la imaginación.

—Siéntate, ponte cómoda —dijo Damián, pasándome una cerveza.

Así estuvimos un buen rato. Yo medio sollozando, contándoles mis penas, y ellos haciéndome compañía. Entre los tres me consolaban, me decían que ese novio no me merecía, mientras le dábamos duro a las latas.

Yo me hacía la distraída mirándoles el bulto. El de Damián ya lo conocía por las fotos y, la verdad, me gustaba bastante. A los otros dos no los conocía de nada, pero se notaba a leguas que tenían con qué.

Cada vez que me agachaba a dejar la lata en la mesa sentía las tres miradas clavadas en mi escote. Y yo, en lugar de incomodarme, me agachaba más despacio. Me gustaba el poder que tenía sobre ellos en ese momento, ese silencio cargado de ganas que ninguno se animaba a romper todavía. Cruzaba y descruzaba las piernas a propósito, dejando que el vestido se me subiera apenas un poco más de la cuenta.

En un momento me hice la digna.

—Bueno, mejor me voy —dije, amagando con levantarme.

—¿Cómo te vas a ir? —saltó Bruno—. ¿A quedarte sola en tu casa, amargada, dándole vueltas al asunto?

—Quédate un rato más —insistió Esteban—. Al rato te llevamos nosotros, tranquila.

—Está bien —cedí—, pero después me llevan, ¿eh?

Los tres dijeron que sí al mismo tiempo, demasiado rápido, y el caso es que me quedé. Seguimos tomando.

Al rato les dije que ya estaba mareada, que no quería más.

—No, no, ¡cómo crees! —protestaron a coro—. Échate una más, que la estamos pasando genial contigo.

—Una nada más y ya —cedí otra vez, riéndome.

Y me siguieron sirviendo. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y dejé que pasara.

***

Ya con varias encima, envalentonada, me puse a bailarles en medio del living. Ellos enloquecieron, golpeando la mesa, coreando mi nombre.

—¡Renata, Renata, sola, sola! —gritaban como en un estadio.

Y yo bailaba y bailaba, tropezándome con todo de lo borracha que estaba, pero disfrutando como hacía rato no disfrutaba. La rabia se me había transformado en otra cosa.

En una de esas levanté la lata y grité, eufórica:

—¡A la mierda mi novio!

—¡Eso, mándalo bien lejos! —respondieron entre risas.

—¡Que se joda! —seguí yo, sintiéndome libre.

—¿Cómo vas a sufrir por un imbécil así? —dijo Damián, acercándose—. Si acá estamos nosotros para consolarte.

Me agarró de la cintura y me sentó casi sobre sus piernas. Empezó a besarme el cuello y a apretarme las nalgas, sin disimulo alguno, con sus dos amigos mirando.

—Espera —dije bajito—, están tus amigos acá.

—No te preocupes, ellos no dicen nada —murmuró contra mi piel.

—¿Pero qué van a pensar de mí? Si recién los conozco.

—No piensan nada malo —se rió—. Es más, que se sumen.

—Ay, no, qué vergüenza con ellos —dije, aunque la sola idea me prendió un fuego entre las piernas.

Para entonces yo ya estaba medio recostada sobre Damián, fajándonos sin pudor frente a los otros dos. Y de repente dejó de importarme que estuvieran ahí mirando. Al contrario: que miraran. Le manoseaba la verga por encima del pantalón mientras él me besaba y me apretaba las tetas.

De reojo veía cómo Bruno y Esteban se acariciaban el bulto, esperando una señal, cualquier excusa para acercarse. No los hice esperar mucho.

***

Cuando me incliné para bajarle el cierre a Damián y sacarle la verga, fue como dar el permiso que los otros dos necesitaban. En un segundo los tenía encima, uno de cada lado, las manos por todas partes.

Me besaban el cuello, me bajaban los tirantes del vestido, me toqueteaban las tetas y las nalgas mientras yo, agachada, me llevaba a Damián a la boca. Él me sostenía la nuca con una mano y soltaba unos suspiros graves que me ponían peor.

En cuestión de minutos estaba completamente desnuda entre los tres. Se turnaban para metérmela en la boca, uno tras otro, y yo iba pasando de una verga a la otra mientras cuatro manos me recorrían entera.

Bruno me chupaba los pezones con ganas. Esteban me había metido la mano entre las piernas y me acariciaba con los dedos, lento al principio y después más fuerte, hasta hacerme arquear la espalda. Damián, mientras tanto, me apretaba el pelo y marcaba el ritmo de mi boca.

Estaba tan caliente que apenas podía respirar. La cabeza me daba vueltas, mitad por el alcohol, mitad por el deseo, y lo único que quería era más.

Lo que más me prendía no era ningún detalle en particular, sino la sensación de estar en el centro de todo. Tres bocas, tres pares de manos, tres hombres pendientes de cada reacción mía. Cuando gemía, alguno apretaba más fuerte. Cuando arqueaba la espalda, otro bajaba la mano para acariciarme justo donde lo necesitaba. Era como si supieran leerme sin que yo dijera una palabra.

Me acomodaron en el sofá, abierta de piernas, y se fueron alternando. Uno me cogía mientras yo se la chupaba a otro y el tercero esperaba su turno, acariciándome donde alcanzara. No había un solo centímetro de mi cuerpo que no estuviera siendo tocado, lamido o besado.

En un momento me pusieron en cuatro. Le mamaba la verga a Esteban, que estaba acostado de espaldas debajo de mí, mientras Bruno me embestía por detrás, agarrándome de la cintura. Damián miraba de cerca, esperando su turno, y yo le acariciaba los huevos con una mano para que no se aburriera.

Cambiábamos de posición cada tanto, sin orden, dejándonos llevar. Me daban la vuelta, me levantaban, me acomodaban como querían, y yo me dejaba hacer, encantada de la vida. Cada vez que uno terminaba, otro ya estaba listo para seguir.

Así, borracha y caliente, me estuvieron cogiendo durante horas. Perdí la cuenta de los orgasmos en algún momento de la madrugada y dejé de contar. La pelea con mi novio era un recuerdo lejano, casi gracioso.

***

Recién cuando empezó a colarse la luz del amanecer por la ventana se dieron por satisfechos. Los tres quedaron tirados, agotados, y yo entre ellos, hecha un desastre y feliz como hacía mucho no me sentía.

Me vestí despacio, todavía mareada, recogiendo el vestido del piso. Damián cumplió su palabra y me llevó a casa, con Bruno y Esteban en el asiento de atrás, los tres con esa sonrisa de quien la pasó bien.

Quedamos en repetir pronto. Antes de bajar del auto me despedí dándole un beso en la boca a cada uno, con su respectivo apretón de despedida, solo para que se quedaran con ganas.

Esa noche aprendí que el despecho, bien aprovechado, puede llevarte a lugares que jamás imaginaste. Y que a veces la mejor manera de olvidar a un hombre es con tres a la vez.

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Comentarios (6)

Mariana_Cba

que buenisimo relato!!! me quede pegada leyendo hasta el final, no podia parar jaja

RosaFR

Necesito la continuacion por favor!!! quede con demasiadas ganas de saber que paso al dia siguiente

PatricioLector

Me gusto mucho como esta narrado. Se siente creible, no forzado. Muy buen trabajo

NovioDeNadie

jajaja el titulo ya lo dice todo y aun asi te sorprende como termina. Tremendo

Valentina_Sur

Me recordo un poco a una historia que me conto una amiga... tampoco salio como esperaba su noche jaja. Muy bueno el relato

MiguelF_cba

excelente!!!

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