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Relatos Ardientes

Mi socia sirvió el asado y todo se descontroló

Mariana llevaba varios meses trabajando conmigo cuando le propuse algo más que un sueldo. Yo ponía el capital, ella ponía el título de arquitecta y el talento, así que en lugar de tenerla como empleada le ofrecí una sociedad: sesenta para mí, cuarenta para ella. Aceptó antes de que terminara la frase.

Como toda sociedad, la nuestra tenía cláusulas que no figuraban en ningún contrato. Algunas eran muy específicas, y casi todas terminaban en la cama.

Ella me pidió una sola concesión a cambio: que Tomás, su novio, entrara como empleado de la pequeña constructora que íbamos a montar para levantar quintas y casas en barrios cerrados. Acepté sin pensarlo. Tener cerca a ese pobre tipo y verlo agachar la cabeza era un placer que Mariana y yo compartíamos sin culpa.

A Tomás lo calentaba que lo humillaran. Hay gente así, y con los años aprendí a no juzgarla, solo a aprovecharla. Yo además sospechaba que había algo más en él, algo que ni él mismo se animaba a nombrar todavía, y tenía la intención de demostrárselo.

***

La primera casa que terminamos fue una quinta a las afueras de Rosario. El dueño era un viejo conocido mío, Rubén, un hombre de gustos excéntricos y bolsillo generoso que nos había dado el trabajo casi como un favor, sabiendo que con esa obra arrancábamos. Para celebrar la entrega organizó un asado. Éramos seis: Mariana, Tomás y yo, más tres amigos en común, Hernán, Gastón y Damián.

Las ideas de Rubén nunca eran normales. Su propuesta para esa tarde fue que los hombres comiéramos desnudos, con un delantal de cocina como única prenda. Que el asador fuera Tomás, vestido igual. Y que Mariana sirviera la mesa disfrazada de mucama, con un uniforme negro de falda diminuta y un corpiño que apenas le cubría los pechos. Sin ropa interior. Si quieren imaginarla, piensen en cualquier escena exagerada de una película porno y se van a quedar cortos.

No hace falta que les describa a Mariana. Solo con saber cómo iba a estar vestida ya tenía que acomodarme dentro del pantalón.

Todos mis amigos conocían mi relación con ella. Tomás también la conocía, y lo aceptaba con una mezcla de vergüenza y excitación. Por eso, antes de salir, Mariana dio permiso para que cualquiera pudiera tocarla durante la tarde. Así ella gozaba de las manos ajenas y, de paso, humillaba a su novio. Lo que ninguno de los dos imaginaba era hasta dónde iba a llegar esa humillación. Ni cuánto iba a disfrutarla él.

***

Pasé a buscarlos cerca de las once. Mariana bajó con una pollera a media pierna y una musculosa ajustada, se sentó adelante y le dejó a Tomás el asiento de atrás. Se inclinó y me besó en los labios.

—Hola, socio —dijo.

Apoyé una mano entre sus piernas.

—Hola —respondí, deslizando los dedos hasta rozarle el sexo mientras le pasaba la lengua por los labios.

—Hola, Tomás. ¿Listo para el asado?

—Sí —contestó él en voz baja, mirando el piso.

Mariana me sostuvo la mirada y sonrió. El juego acababa de empezar.

El viaje duró más de una hora. Ella iba y venía: por momentos me acariciaba la nuca, por momentos me apretaba el bulto sobre la bermuda, o metía la mano entre mis piernas para tocarme directo. Cuando el tránsito me lo permitía yo le devolvía la atención, una mano bajo la falda, los dedos contra una tela que ya estaba empapada. Si hubiera querido habría entrado sin esfuerzo, pero tenía que mirar la ruta. Tomás, atrás, se puso los auriculares y miró por la ventanilla como si así pudiera no escucharnos.

***

Cuando llegamos, Hernán, Gastón y Damián ya estaban ahí, desnudos salvo por el delantal. Verlos así me arrancó una carcajada.

—¿A qué jugamos? —pregunté.

—Ni idea —dijo Damián—. Otra de las ocurrencias de Rubén.

Rubén salió del quincho vestido igual que los demás.

—Al fin llegan. ¿Se quedaron cogiendo en el camino, que tardaron tanto? Vayan a cambiarse los tres, hay que prender el fuego. Mientras, vamos abriendo un vino.

En un cuarto de planta baja estaban los dos delantales y el uniforme de Mariana sobre la cama. Ella y yo nos desvestimos uno frente al otro, sin pudor. Tomás nos dio la espalda para sacarse la ropa. Pero entre la calentura del viaje y verla desnuda, no esperé a que él saliera: la tomé de la cintura, la doblé hacia adelante.

—¿Me vas a coger ahora? —preguntó.

—Sí. ¿No querés?

—Cogeme, estoy que ardo.

Después se giró apenas hacia Tomás.

—Andá, amor, deciles que ya vamos.

Tomás salió. Desde afuera lo escuché preguntar dónde estaba el asador, y a Rubén reírse.

—Esos dos están garchando como conejos.

La acabé adentro y no la dejé limpiarse.

—No te limpies. De eso se va a encargar Rubén.

***

Salimos y Rubén vio el reguero que le bajaba por los muslos.

—Mmm, con lo que me gusta —dijo, corriendo una silla—. Vení, sentate acá, preciosa.

Mariana abrió las piernas y él la limpió entera con la lengua, despacio, hasta que ella tuvo otro orgasmo. Nosotros cuatro mirábamos saboreando un tinto que valía cada peso.

Tomás, mientras tanto, buscaba los fósforos para encender el fuego.

—Bueno, nena —le dijo Rubén cuando terminó—, hoy sos nuestra mucama. Andá a la cocina y traé la picada. Hay una morcilla especial. Esa traela entera, por favor.

Ella fue feliz, todavía temblando. De paso pasó al lado de Tomás y le susurró algo al oído. Le tocó la entrepierna por debajo del delantal: la tenía durísima.

—Así me gusta —le dijo—. Capaz que esta noche te dejo cogerme a vos también.

Y siguió hacia la cocina.

Rubén aprovechó para acercarse a Tomás. Le apoyó una mano en la cola.

—Tu novia estaba rica con la leche de Sebastián. Pero a mí me gustan más los culitos vírgenes.

Tomás no supo cómo reaccionar. Sintió una cosquilla extraña subirle desde abajo hasta el estómago cuando el dedo de Rubén lo recorrió, y sin querer movió las caderas hacia atrás.

—Parece que algo te gustó más de lo que esperabas —se rió Rubén—. Ya veremos cuando lleguen los postres.

***

Mariana volvió con la tabla y la morcilla entera, tal cual se la habían pedido. Al agacharse para dejarla en la mesa quedó completamente expuesta. Hernán se acercó y la recorrió con la mano, desde el clítoris hasta atrás. Ella movió la cintura pidiendo más, pero se enderezó rápido para dejarlo con las ganas.

Íbamos por la segunda o tercera botella, ya habíamos perdido la cuenta. Mariana nos sirvió a cada uno y cada uno la tocó al pasar. Todos menos Rubén, que ya tenía otro objetivo. Cuando Damián quiso cortar la morcilla, lo frenó.

—No. Antes hay que aderezarla. Vení, chiquita. Date vuelta y mostrame.

Ella obedeció. Rubén tomó la morcilla y se la apoyó contra el sexo, deslizándola apenas hacia adentro. Cuando hizo el gesto de retirarla, Mariana lo detuvo.

—No… dejame disfrutarla un poco más mientras la entibio.

Se la trabajó ella misma un rato largo, con los ojos cerrados, hasta que un suspiro hondo le anunció el final. La sacó y se la devolvió a Rubén.

—Tomá. Ahora sí, bien tibia y condimentada.

Rubén la apoyó en la tabla.

—Disfrútenla, muchachos. Síentanle el gusto a esta arquitecta. Pero dejen un poco para el novio.

Le llevó una rodaja a Tomás, le tocó otra vez la cola.

—Abrí la boca, chiquito. Saboreá a tu mujer.

***

El asado siguió, y a cada plato que servía Mariana las manos eran más audaces. En algún momento perdió la parte de arriba del uniforme y siguió yendo y viniendo con los pechos al aire, como si nada.

Entre tanta comida y vino, un poco de ensalada se me volcó sobre las piernas. Mi delantal hacía rato que no estaba, así que quedé manchado de aceite.

—Mariana, ¿me limpiás? —pedí.

Vino presurosa con una servilleta.

—No, así no —le dije—. Con la boca.

Se arrodilló y empezó a lamerme, y no paró hasta tenerme entero adentro de su boca.

—Qué bien que hace eso —dijo Rubén—. A ver, Tomás, vení a limpiarme a mí también.

Tomás dudó. Estaba pasado de copas, igual que todos. Miró a Mariana, que le hizo un gesto afirmativo sin dejar de chuparme. Y se agachó. Empezó a besar el sexo de Rubén con una torpeza que se le fue yendo a medida que volvía a sentir esa cosquilla en el vientre.

—¡A los postres! —gritó Rubén, triunfal.

***

Pasamos al living. Rubén fue a la cocina y volvió con manteca y crema. Le untó la crema a Tomás y empezó a chuparlo.

—Exquisito —dijo—. Agridulce.

Mientras lo tenía en la boca, tomó un poco de manteca entre los dedos y se la metió despacio por atrás. Tomás, incrédulo, se dio cuenta de que estaba disfrutando.

—Ponete en cuatro —le ordenó Rubén.

Y Tomás obedeció sin chistar.

Rubén se acomodó detrás, lo apoyó y entró de una. Tomás gritó al principio.

—¡Ay, la puta, me duele!

—Ya te vas a acostumbrar.

Le dio una palmada en la nalga que lo hizo arquearse y hundirse todavía más. Gastón se untó con crema y se acercó a su boca.

—¿Te gusta? Chupá esta, entonces.

Tomás se lo metió en la boca sin discutir y, casi sin darse cuenta, empezó a masturbarse. El dolor se le fue transformando en otra cosa. Miraba a Mariana con vergüenza, pero en los ojos le brillaba una historia distinta. Damián se sumó al rato.

En el otro sillón, Mariana se entretenía conmigo y con Hernán, pasando de uno al otro, a veces intentando que entráramos los dos juntos en su boca. Respiraba, volvía a empezar, hasta que no aguantó más.

—Cogeme, Sebastián. Estoy caliente, quiero gozar como Tomás. Mirá al desgraciado.

La puse en cuatro.

—¿Te cojo o te doy por atrás?

—¿Sabés qué? Hernán, acostate, te monto. Y vos, Sebastián, por atrás. Así la hacemos completa. Quiero la leche de los dos.

Se montó sobre Hernán y se lo fue metiendo de a poco. Cuando lo tuvo entero se inclinó hacia adelante.

—Ahora vos, manteca, y rompeme como siempre.

Le unté, le metí dos dedos.

—No, los dedos no. Directo.

Saqué los dedos y empujé con fuerza.

—Ahí… así, cójanme así.

No podía moverse, atrapada entre los dos, pero Hernán y yo sentíamos el roce de nuestros cuerpos a través de ella. Empezó a gritar y no paró más.

—¡Me voy, hijos de puta! Más… más.

Hernán fue el primero en vaciarse. Yo aguanté un poco más, hasta que también terminé adentro.

—Hermoso —dijo ella, agitada—. No salgan, dejen que lo disfrute un rato más así, llena.

Desde ahí miraba cómo Tomás se masturbaba mientras Rubén lo terminaba, y cómo segundos después Gastón y Damián le acababan en la cara. Él no dudó en limpiarlos a los dos.

***

Ese fue apenas el comienzo de un fin de semana largo.

Tomás descubrió que, aunque le seguían gustando las mujeres, los hombres ya no le resultaban indiferentes. Lo tuvimos todos, una y otra vez, mientras Mariana se relamía de verlo sumiso. Y a ella también la tuvimos todos, menos Rubén, que tenía otros planes. Disfrutó de ser la única mujer. Cuando le ofrecimos llamar a otras, negó con la cabeza.

—No. Yo quiero disfrutarlos a todos este fin de semana. Menos a Tomás. Que él disfrute de ustedes. Que sea la otra mujercita.

El lunes volvíamos al trabajo. Pero hasta entonces, la quinta era nuestra.

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Comentarios (6)

Romi_Cba22

tremendo relato, no lo pude soltar hasta el final!!!

ElVisitante_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguió todo despues del asado jajaja

Marcos_Cba

Me encantó el giro que tiene, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito.

gustavo_nocturno

Me recordó a una situacion rara que viví en el trabajo hace unos años. Jaja, no llegó tan lejos pero el ambiente era re parecido. Buen relato.

curiosa87

Y la socia se enteró de todo despues?? Eso quedó en el aire jajaja

Carlitos22

excelente, uno de los mejores que leí acá

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