El día que cumplí tres fantasías ajenas
No voy a fingir que todo pasó por accidente. La verdad es que durante mucho tiempo mi esposo, Tomás, y yo jugamos con una idea que nos calentaba más de lo que nos atrevíamos a admitir: abrir la puerta, aunque fuera un poco, a otras personas. Nunca habíamos concretado un trío ni un intercambio real, pero sí habíamos alimentado el fuego con mensajes, fantasías y conversaciones cada vez más descaradas.
Él disfrutaba viéndome coquetear. Yo disfrutaba sintiéndome deseada. Era un juego que empezó suave, con comentarios inocentes y chistes a media voz, y terminó con él leyendo mis chats subidos de tono mientras me abría de piernas en la cama.
En esos meses había hablado con tres hombres distintos. Uno era Bruno, un antiguo conocido de otra etapa de mi vida; otro, Esteban, con quien había compartido una oficina años atrás; y el tercero, Mauro, compañero de mi trabajo actual. Los tres sabían insinuarse. Los tres me escribían cosas que me mojaban. Y Tomás lo sabía todo.
La noche anterior a aquel día empezó como tantas otras: yo enseñándole a Tomás una conversación especialmente sucia con Mauro. Él había pasado de bromear a proponer algo real. Quería que fuera a su apartamento temprano, antes de entrar a trabajar, para «dejar de fantasear y comprobar si en persona yo mamaba tan bien como prometía por chat».
Leí esa frase en voz alta. Tomás estaba sentado en la cama, con las piernas abiertas, mirándome como si yo ya fuera de otro hombre.
—Respóndele —me dijo.
—¿Seguro? —pregunté, aunque por cómo me temblaba la voz yo ya sabía la respuesta.
—Respóndele que sí. Que vas a ir. Y que no vas a ir a hablar.
Ese tono me dobló por dentro. Me acerqué, le desabroché el pantalón y le saqué la polla mientras seguía mirando el chat en la pantalla. Ya estaba dura. La envolví con la mano y él me apartó el cabello.
—Dile que si te recibe, te la vas a comer de rodillas —ordenó.
Escribí exactamente eso. Mauro contestó casi de inmediato. «A las siete. Te quiero con falda.»
Tomás soltó una risa baja y me tiró del mentón hacia abajo. Le metí la polla en la boca y empecé a chupársela despacio, pasando la lengua por el glande y bajando hasta la base. Él me acariciaba la cabeza mientras leía la conversación encima de mí, cada tanto dándome pequeños empujones para hundirme más.
—Así —murmuró—. Así quiero que se la chupes mañana. Como una perra obediente.
Me tragué el gemido y seguí mamándosela. Él abrió mis piernas con la rodilla, me apartó la ropa interior y empezó a tocarme por encima del borde de mis labios mojados. Apenas metió dos dedos, sentí el calor subir hasta la cara.
—¿Vas a dejar que te folle? —preguntó.
Saqué la polla de mi boca solo un segundo.
—Sí.
—¿Te vas a dejar coger bien cogida?
—Sí.
—¿Y me lo vas a contar todo después?
—Todo.
Volví a metérmela en la boca y Tomás empezó a mover la cadera. No estaba suave conmigo; me usaba la boca mientras me metía los dedos cada vez más rápido, como si ya estuviera entrenándome para otro. Yo babeaba, respiraba por la nariz y sentía la garganta abrirse con cada empuje. Cuando por fin me dejó alzar la cabeza, tenía la polla brillante de saliva y mis muslos temblando.
Fue entonces cuando me entró otro mensaje, esta vez de Bruno. Quería invitarme a almorzar. Le mostré la pantalla a Tomás y vi en sus ojos el chispazo inmediato de una idea peor.
—Desayuno con uno. Almuerzo con otro —dijo, pasándose la lengua por el labio—. Joder, eso sí que me pone.
Yo también me calenté solo de oírlo. No tanto por ellos, sino por lo que esa versión de mí representaba. La mujer correcta que sale de casa y, en unas horas, se convierte en el desahogo de varios hombres con el permiso del suyo.
—Acepta el almuerzo —me dijo—. Ya veremos hasta dónde llegas.
***
A la mañana siguiente me arreglé antes de lo habitual. Elegí una falda negra corta, una blusa entallada y medias finas. Nada exagerado, pero sí lo bastante marcado para saber qué estaba haciendo. Tomás me observó en silencio mientras me ponía perfume y luego se acercó por detrás para ponerme las manos en la cintura.
—Última oportunidad para echarte atrás —me dijo junto al oído.
—No quiero echarme atrás.
Me dio una nalgada seca, sin fuerza suficiente para doler, pero sí para hacerme apretar los muslos.
—Entonces ve y compórtate como una puta de verdad.
Salí de casa con ese ardor en el culo y con las bragas ya húmedas.
El apartamento de Mauro quedaba cerca de la oficina. Cuando abrió, ni siquiera fingió sorpresa. Llevaba la camisa a medio abotonar, olía a colonia recién puesta y me recorrió de arriba abajo con una tranquilidad arrogante que me aflojó por dentro.
—Sabía que ibas a venir —dijo.
Entré sin responder. Cerró la puerta, me acorraló ahí mismo y me besó con hambre, metiéndome la lengua hasta hacerme soltar aire por la nariz. Sus manos no dudaban: primero mi cintura, luego mis tetas, después el culo, agarrándolo con fuerza a través de la falda como si ya le perteneciera.
—Llevas días provocándome en esa oficina —murmuró—. Quiero ver si en persona eres tan atrevida.
Le bajé la cremallera del pantalón antes de contestar. Saqué su polla y me agaché. La tenía gruesa, caliente, ya medio dura del todo, y la primera lamida desde los huevos hasta la punta me hizo sentir un golpe de excitación tan fuerte que tuve que apoyarme en sus muslos.
Lo miré desde abajo y me la metí en la boca. Entró pesada, llena, con ese sabor a piel y a deseo reciente que solo está en el primer minuto. Empecé chupando lento, disfrutando cómo se le escapaba el aire, cómo me agarraba del pelo y cómo su polla iba creciendo más entre mis labios.
—Joder... así —gruñó.
Le lamí el frenillo, me la saqué para escupir en la punta y volvérmela a meter. Mi mano trabajaba la base mientras mi boca se ocupaba del glande y de media verga, subiendo y bajando con un ritmo firme. Después fui más hondo. Noté el primer golpe en la garganta y me quedé ahí un segundo, tragándolo despacio, sintiendo cómo se estremecía.
—Mírame —me ordenó.
Le obedecí sin dejar de mamársela. Ver su cara al notar que yo no me apartaba me encendió más. Me saqué una teta de la blusa y la apreté junto a la polla para rozarla mientras seguía chupando. Él soltó una maldición y me levantó bruscamente del suelo.
—Sofá. Ahora.
Me empujó hasta la sala, me dobló sobre el respaldo y me subió la falda. Bajó mis bragas de un tirón y soltó una carcajada seca al encontrarme empapada.
—Mira cómo viniste.
Me metió dos dedos sin aviso. Entraron fácil, haciendo ese ruido húmedo tan vergonzoso como excitante. Los sacó y volvió a hundirlos más despacio, curvándolos por dentro mientras con la otra mano me abría el culo de forma obscena, solo para mirar.
—Estás chorreando.
Yo apenas podía articular. Movía las caderas buscando más, y él lo notó. Se arrodilló detrás de mí, me separó más las piernas y me pasó la lengua por todo el coño, de abajo arriba, larga y áspera. Casi se me doblaron las rodillas.
—Mauro... joder...
Me comió con ganas, sin delicadeza, alternando lamidas anchas con succiones duras en el clítoris. Cada vez que yo me quejaba, me sujetaba con más fuerza de las caderas y hundía más la cara. Después volvió a meterme los dedos mientras me chupaba, y el placer me subió tan de golpe que tuve que agarrarme al sofá para no caerme. Me corrí ahí, temblando, con las piernas abiertas y la boca entreabierta, sintiendo mi propio flujo resbalarle por los dedos.
Él se levantó, abrió un cajón bajo una mesa y sacó un preservativo. Se lo puso sin quitarme los ojos de encima.
—Ahora sí —dijo—. Quiero follarte antes de que te vayas a jugar a la oficinista normal.
Me tumbó boca arriba en el sofá, me apartó la blusa y me chupó un pezón apenas unos segundos, los justos para endurecerlo, antes de colocarse entre mis piernas. Me rozó la entrada con la punta de la polla y esperó. Yo fui quien empujó las caderas hacia arriba.
Entró de una embestida profunda. Solté un grito corto. Me llenó por completo, con esa sensación densa y caliente que solo llega cuando una polla entra de verdad, sin medias tintas. Él se quedó quieto un instante, disfrutando lo apretada que estaba, y luego empezó a follarme con un ritmo duro que me hacía rebotar contra el sofá.
—Así querías, ¿no? —me dijo entre jadeos—. Que te cogiera otro hombre antes de trabajar.
—Sí... sí...
Me agarró de los muslos y me abrió más, penetrándome hasta el fondo. Cada empuje sonaba húmedo. Yo le arañaba los antebrazos, le pedía más, y él me lo daba sin aflojar. Cambió el ángulo, levantándome las piernas sobre sus hombros, y entonces su polla me golpeó en un punto que me hizo ver blanco.
—No pares —le dije, ya sin vergüenza—. Fóllame así, joder.
Su cara cambió al oírme hablar de ese modo. Se lanzó con más violencia, clavándomela una y otra vez. Mi coño se apretaba alrededor del condón, resbalando, tragándoselo. Yo no pensaba en nada más que en esa polla entrando y saliendo, en el sonido de mis propios gemidos y en el hecho brutal de que estaba siendo follada por un compañero de trabajo a primera hora de la mañana.
Sentí otro orgasmo crecer bajo el vientre, más espeso, más eléctrico. Él bajó una mano y me frotó el clítoris sin dejar de embestir. Duré segundos. Me corrí encima de su polla, apretándolo tanto que soltó un gruñido y tuvo que frenar medio instante para no venirse.
Se salió, se quitó el preservativo y me agarró del pelo.
—A la boca. Te la has ganado.
Me arrodillé frente a él. Volví a meterle la polla en la boca, ahora desnuda, caliente y todavía húmeda de mí. La chupé rápido, profundo, con una urgencia nueva, sabiendo lo que estaba por pasar. Él se acarició apenas dos veces y me avisó con la voz rota.
Saqué la lengua. Me corrió en la boca en chorros espesos, calientes, cayéndome sobre la lengua y parte de los labios. Cerré la boca y tragué, mirándolo. Sentí una mezcla de morbo y triunfo tan intensa que me mareó un segundo.
Cuando me incorporé, todavía tenía su sabor en la garganta. Y lo peor era que me había gustado mucho más de lo que imaginé.
***
Desde la oficina le conté todo a Tomás por mensajes. No lo resumí. Se lo describí con detalle: la puerta cerrándose, mi falda subida, mi boca llena, el sofá, la corrida. Mientras escribía, notaba cómo volvía a humedecerme en la silla.
Su respuesta llegó enseguida: «Ahora sí quiero saber si también vas a almorzar o si vas a dejar que el día se complete».
Yo seguía diciéndome que con Bruno solo iría a comer. Pero ya no me creía ni yo. Después de haber cruzado la línea por la mañana, todo el cuerpo me pedía más. No romanticismo. No conversación. Más carne, más riesgo, más esa sensación de estar comportándome exactamente como Tomás quería.
Bruno me esperaba cerca de la oficina. Empezamos hablando de tonterías y, como era inevitable, terminamos recordando los mensajes calientes que habíamos intercambiado durante semanas. Él mencionó las fotos que yo le había mandado de mis tetas. Yo le recordé la de su polla, dura dentro del pantalón, tomada en el baño de un bar.
—Siempre quise comprobar si era tan grande como parecía —le dije, y al decirlo supe que ya estaba perdida.
Él sonrió de lado.
—Hay un hotel a dos calles.
Le escribí a Tomás antes de contestar. «Bruno quiere llevarme a un hotel.» La respuesta tardó menos de un minuto: «Si ya empezaste, no vuelvas a medias.»
Eso fue todo. Nos levantamos y fuimos.
No habíamos cerrado bien la puerta de la habitación cuando Bruno me estampó contra la pared y me besó. Besaba distinto a Mauro: más lento, más sucio, como si quisiera saborear lo que yo acababa de hacer horas antes. Me metió una mano entre las piernas, por debajo de la falda, y soltó una risa al notar lo mojada que estaba de nuevo.
—Pensaba que ibas a venir nerviosa —murmuró.
—Estoy nerviosa.
—Entonces imagina cómo estás para mojarme los dedos así.
Me llevó a la cama, se sentó en el borde y me desabrochó la blusa lo justo para sacar mis tetas. Se inclinó y empezó a chuparme un pezón mientras me miraba desde abajo. Yo le abrí el pantalón y saqué su polla. Era diferente, sí: más larga, un poco más ancha en la base. La acaricié un par de veces y me arrodillé entre sus piernas.
Esta vez fui directa. Me la metí en la boca de golpe hasta donde me dejó, y él echó la cabeza atrás con un gemido ronco. Lo chupé con ambas manos agarrándole los muslos, jugando con la lengua por debajo y cerrando fuerte los labios en la subida. Él me guiaba con una mano en la nuca, sin forzar de más, dejando que yo marcara el ritmo.
Mientras se la mamaba, me quité las bragas y las medias. Las dejé caer al suelo sin dejar de trabajar con la boca, cada vez más excitada por la urgencia de hacer todo deprisa y aun así disfrutarlo. Bruno se inclinó, me acarició entre las piernas y empezó a meterme dos dedos mientras yo seguía chupando.
Me follaba con la mano al mismo ritmo que mi boca subía y bajaba sobre su polla. La combinación me destrozó. Sentía los dedos entrar y salir, moverse dentro de mí, rozarme por delante, y mi garganta llena a la vez. Me corrí así, mamándosela, con un gemido ahogado alrededor de su verga.
—Joder, qué puta imagen —dijo, sacándomela para respirar—. Ven aquí.
Busqué en su cartera un preservativo cuando me lo pidió. Se lo puso rápido y me giró sobre la cama. Quedé a cuatro, con la falda todavía subida a la cintura y las tetas medio fuera de la blusa. Noté la punta empujar y luego entrar despacio, como si quisiera disfrutar de la apertura antes de clavármela entera.
Lo hizo en la segunda embestida. Me entró hasta el fondo, seco solo un segundo y luego resbalando en todo lo que ya estaba empapando entre mis piernas. Solté un jadeo fuerte y arqueé la espalda. Él me agarró de la cintura y empezó a follarme con un ritmo constante, duro, aprovechando cada sacudida de mis caderas.
—Te gusta mucho, ¿verdad? —me dijo—. Se nota.
—Sí... no pares...
Yo misma me abría más, echando el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Cada embestida me movía el cuerpo entero. Él bajó una mano, me apretó una teta por encima de la blusa y siguió follándome por detrás con una firmeza que me hacía sentir usada de la forma más obscena y deliciosa posible.
—Mírate —gruñó—. A cuatro en un hotel a mitad del día. Qué cabrona.
Esas palabras me hicieron arder más. No me ofendían; me excitaban. Porque describían exactamente lo que estaba siendo. Una mujer casada, en horario laboral, empinada para otro hombre y disfrutándolo sin arrepentirse.
Sentí que estaba a punto otra vez. Él me sacó de golpe, me dio la vuelta y me tumbó boca arriba. Me levantó una pierna y volvió a metérmela, ahora cara a cara, más hondo todavía. Yo me agarré a sus hombros mientras él embestía entre mis muslos abiertos, sudando ya, con la mandíbula tensa.
—Voy a correrme —dijo.
—Hazlo.
Se salió, se arrancó el preservativo y se la sujetó con la mano. Apenas me incorporé, me agarró del mentón y me echó la corrida por la cara, caliente y espesa, cayéndome por la mejilla, la barbilla y parte del cuello. Cerré los ojos un segundo, sintiendo el calor resbalar, y luego pasé la lengua por el labio superior para recoger algo del semen que había quedado cerca de mi boca.
La imagen me dejó temblando. Él respiraba agitado. Yo también. Miré el reloj y me entró una risa nerviosa: todavía tenía que volver a la oficina con la cara limpia y expresión normal, como si no me acabaran de follar y bañar en leche hacía apenas unos minutos.
***
Volví al trabajo un poco tarde, pero nadie dijo nada. En el baño me arreglé el maquillaje, me acomodé la ropa y me miré al espejo. La mujer de enfrente parecía la misma. Solo yo sabía que por dentro seguía sintiendo el eco de dos pollas distintas y el peso excitante de haber hecho exactamente lo prohibido.
A media tarde me escribió una excompañera para invitarme a tomar algo al salir. Iban varios antiguos conocidos, entre ellos Esteban, con quien también había calentado conversaciones meses atrás. Dudé dos minutos. Después pensé en el tono de Tomás, en cómo había disfrutado cada detalle, y acepté.
En el bar hubo risas, tragos y ese ambiente espeso que se forma cuando hay pasado compartido y deseo no resuelto. Esteban se sentó a mi lado más de una vez. Cuando me sacó a bailar, no tardó en recordarme cierto mensaje en el que yo le había confesado que quería tocarle la polla.
—Todavía estás a tiempo —me susurró junto al oído.
Pegó mi mano al bulto de su pantalón en la parte más oscura del local. Lo sentí duro de inmediato. Yo no la retiré. Él me agarró el culo, apretando fuerte, y el calor me subió otra vez desde el vientre.
Más tarde se ofreció a llevarme. Acepté porque sabía perfectamente lo que podía pasar. Y porque, a esa altura del día, una parte de mí ya no quería frenar nada.
En el coche hablamos poco. Su mano fue subiendo por mi muslo hasta rozarme por encima de la ropa. Yo abrí apenas las piernas. Él soltó el volante un segundo para desabrocharse y sacar la polla.
—Si tanto querías probarla, no te me quedes mirando.
Me incliné sobre él. La mamé mientras seguía conduciendo despacio por calles oscuras, con una mano suya en el volante y la otra hundida bajo mi falda, frotándome entre los labios. Tenía la polla más gruesa que las otras dos, y tuve que abrir más la boca para tragarla bien. Me gustó el esfuerzo, el peso, la manera en que me llenaba la lengua.
Chupé con ganas, alternando succiones profundas y lamidas por toda la punta. Él jadeaba, apretándome el muslo cada vez más fuerte. Su mano encontró por fin mi coño desnudo y empezó a acariciarme directamente, extendiendo mi humedad con los dedos mientras yo se la mamaba inclinada sobre su asiento.
No tardó mucho. Se corrió de golpe, sin mucho aviso, soltándome la polla dentro de la boca. Sentí la descarga caliente caerme en la lengua y el fondo de la garganta. Tragué por puro reflejo y seguí chupando un segundo más, sacándole hasta la última sacudida.
Cuando me enderecé, él me miró con una mezcla de culpa y fascinación.
—Perdón. No aguanté.
Me limpié la comisura de los labios con el pulgar y sonreí.
—No me molesta.
Y era verdad. En ese punto ya no me estaba sorprendiendo nada. Solo me estaba dejando llevar por un nivel de descaro que hasta esa mañana había sido pura fantasía.
***
Al llegar a casa, Tomás me esperaba despierto. No hizo preguntas al principio. Solo me miró. Yo entendí esa mirada y me acerqué despacio, dejándole el bolso en una silla, sabiendo que ya no era solo su esposa regresando tarde, sino el centro de la fantasía que llevaba todo el día alimentándolo.
—Siéntate —me dijo.
Le conté todo desde el principio mientras me iba arrodillando entre sus piernas. Le hablé de la boca de Mauro sobre mi coño, de cómo me folló en el sofá, de la corrida en mi lengua. Le conté el hotel con Bruno, los dedos, la postura a cuatro, el semen caliente en la cara. Y cuando llegué a Esteban, ya le tenía la polla fuera y dura, latiéndome casi contra los labios.
—¿Y en el coche? —preguntó con la voz ronca.
—En el coche se la chupé entera. Se corrió dentro de mi boca.
Le pasé la lengua por la punta al decirlo. Él soltó una maldición y me agarró del pelo. Empecé a mamársela despacio, mirándolo, disfrutando cómo cada detalle que yo narraba le tensaba más el cuerpo. Sus dedos buscaron mi coño y lo encontraron todavía sensible, hinchado, demasiado fácil de abrir.
—Mírate cómo sigues —dijo, metiéndome dos dedos—. Sigues mojada.
Gemí con la boca llena. Él me dejó un momento, me levantó y me tumbó en la cama. Me abrió las piernas, se puso entre ellas y me metió la polla de una sola vez. El golpe me arrancó un jadeo fuerte. A esas alturas del día mi coño estaba muy usado, sí, pero también muy sensible, y sentir la polla de mi marido entrando después de las otras tuvo algo especialmente intenso, casi posesivo.
Tomás me folló escuchando mi relato. Cada vez que yo detallaba una escena, él embestía más fuerte. Cuando le dije que me había gustado sentirme como una perra sucia obedeciendo su condición, me clavó hasta el fondo y se quedó ahí, respirando con dificultad.
—¿Eso eras hoy? —preguntó.
—Sí.
—Dímelo bien.
—Hoy fui tu puta.
Eso lo perdió. Empezó a follarme con una fuerza desesperada, agarrándome de los muslos, haciéndome rebotar sobre el colchón. Yo me corrí una vez más bajo él, agotada y encendida al mismo tiempo. Sentí el orgasmo romperme por dentro y aun así él siguió, persiguiendo el suyo.
Cuando lo noté a punto, lo empujé apenas por el pecho.
—En la boca —le pedí—. Quiero acabar el día así.
Se salió y me incorporé de inmediato. Se la chupé unas cuantas veces más, rápidas, cerrando bien los labios, hasta que se corrió. Me llenó la boca con un gemido corto y me obligué a tragar sin apartar la mirada.
Tomás me acarició la mejilla, satisfecho, creyendo que ese había sido el tercero del día. Yo no lo corregí. Me tumbé a su lado con las piernas todavía temblando y una sonrisa cansada.
Solo yo sabía que no había sido el tercero.
Y quizá lo más excitante de todo no fue lo que hice con aquellos hombres, sino lo fácil que resultó convertirme, por un día entero, en la fantasía más sucia que habíamos creado entre los dos.
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