La vecina me usó para espiar a una milf casada
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Cuando me abrió la puerta y me hizo pasar, supe que aquella fantasía vieja seguía viva y que esta vez no pensaba salir corriendo.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Llevábamos años desnudándonos sin cruzar la línea, hasta que una ducha borracha en la playa convirtió las miradas en algo mucho más sucio.
La humillé en el ascensor por algo que nunca debí saber, y al día siguiente supe que mi trabajo y mi cuerpo ya no me pertenecían del todo.
Al principio era un juego entre tres, hasta que una noche él dejó de irse y yo entendí que en mi propia casa ya no mandaba nada.
Cuando vi cómo él se le pegaba por detrás en el ascensor, supe que ese apartamento escondía algo que no iba a poder dejar de mirar.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.