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Relatos Ardientes

Trío en el vestuario y la oficina del guardia

Si alguien me hubiera dicho al inicio de aquel curso que Vera iba a convertirse en el centro de nuestras fantasías y de nuestras locuras, me habría reído en su cara. Empezó siendo una amiga cercana, una de esas mujeres que parecen tranquilas hasta que te sostienen la mirada dos segundos de más y te dejan claro que están pensando exactamente lo mismo que tú. Yo me sentaba a su lado casi todas las tardes, y Mauro al otro lado. Esa cercanía, al principio inocente, se fue pudriendo de deseo hasta que ya no pudimos fingir normalidad.

Éramos adultos, estábamos en un programa nocturno de formación técnica, y el ambiente tenía algo raro desde el principio: gente cansada por el trabajo, profesores que apenas controlaban el aula, y demasiadas horas encerrados para no empezar a fantasear con cualquiera que te rozara la pierna debajo de la mesa. Vera lo entendió antes que nosotros. Una noche me agarró la muñeca bajo el pupitre, me la llevó a su muslo y la apretó contra ella.

—No te hagas el santo —me susurró—. La tienes dura desde hace una hora.

La tenía. Y Mauro también. Ella se dio cuenta de ambos, y en lugar de apartarse, sonrió.

Durante semanas nos buscó con una provocación cada vez menos disimulada. Nos pajeaba a escondidas en clase con una calma que me volvía loco. Metía la mano por debajo de la mesa, desabrochaba lo justo, sacaba la polla entre la tela y la movía despacio, apretando con los dedos cuando sentía que uno de nosotros estaba a punto de correrse. Luego paraba, se chupaba los dedos con descaro y seguía tomando apuntes como si nada.

No era una mujer tímida. Era voraz. Lo descubrimos del todo la primera vez que nos dejó correrle la leche por la cara en una reunión improvisada con varios amigos del grupo. Después de eso ya no hubo vuelta atrás. Vera no quería discreción por pudor, sino por conveniencia. Le gustaba ser compartida, le gustaba la atención, y sobre todo le gustaba el semen. No lo disfrazaba con romanticismo. Lo pedía. Lo buscaba. Lo celebraba.

Con Mauro y conmigo tenía una confianza distinta. Éramos los más cercanos, los que la veíamos casi a diario, los que soportábamos sus miradas en clase y su pie subiéndonos por la pantorrilla cuando el profesor se daba la vuelta. Cuando la rutina de las pajas escondidas ya no nos alcanzó, ella misma propuso buscar un sitio mejor dentro del recinto del centro. Un lugar donde pudiera chuparnos con calma, sin el apuro ridículo de las mesas y los cuadernos.

Los viernes, antes de la última actividad física del turno, el complejo se volvía un caos. Varias clases coincidían en la zona deportiva, la vigilancia bajaba, y había un edificio lateral con vestuarios que casi nadie usaba a esa hora. Ahí empezamos a escapar los tres. Cerrábamos la última cabina o nos escondíamos en el cuarto de duchas del fondo, y Vera se arrodillaba sin necesidad de insistirle.

La primera vez que la vi de rodillas allí, con la camiseta deportiva subida hasta debajo de los pechos, entendí que ya no estábamos jugando. Mauro se apoyó en la pared, yo le sujeté el pelo, y ella abrió la boca mirando de abajo arriba con una expresión de hambre que me sacó un gemido antes de sentir su lengua. Nos mamó sin prisa, alternando una polla y otra, lamiendo el glande, chupando con fuerza, tragando saliva mientras nos pajeaba al mismo tiempo.

—Así, puta —murmuró Mauro, con la espalda pegada a los azulejos—. Sin dejar ninguna sola.

Ella soltó una risa breve, húmeda, y se metió mi polla hasta donde pudo. Le dio arcadas, pero no se apartó. Al contrario: respiró por la nariz, me miró con los ojos llorosos y volvió a bajar. Cada viernes mejoraba. Aprendía nuestros ritmos, sabía cuándo apretar, cuándo usar la lengua, cuándo metérsela a uno hasta el fondo mientras al otro le hacía una paja brutal con la muñeca girando rápido.

Pasábamos más de una hora escondidos. A veces nos corríamos dos veces cada uno. Otras, cuando ella venía especialmente caliente, nos dejaba manosearla entera mientras chupaba. Le abríamos el pantalón, le metíamos la mano, le sobábamos el culo, le pellizcábamos los pezones por encima del sostén deportivo. Nunca nos dejaba follarla. Nos dejaba meter dedos, lamerle el coño hasta dejarla temblando, incluso abrirle las nalgas y besarle el culo, pero cuando intentábamos sacar un preservativo o colocarla contra la pared, se reía y decía que todavía no.

Ese todavía se nos quedó clavado durante meses.

***

El día en que todo cambió empezó como cualquiera de esos viernes. Vera llegó con el pantalón ajustado del uniforme deportivo y una sonrisa de esas que ya anunciaban problemas. Mauro y yo estábamos excitados desde la segunda hora. Apenas entramos al vestuario lateral, ella misma echó el pestillo de la cabina grande y se bajó la cremallera de la chaqueta.

—Hoy quiero que me llenen la boca —dijo—. Nada de guardarse nada.

No tuvimos ni que responder. Yo le saqué la camiseta por la cabeza, Mauro le bajó el top, y sus pechos pequeños quedaron al aire, duros por el frío del lugar y por la excitación. Me agaché a morderle un pezón mientras Mauro le desabrochaba el pantalón. Ella jadeó, nos agarró de la nuca a los dos y luego se sentó en la banca estrecha de la cabina como si aquel fuera su trono.

Nos sacamos la polla casi al mismo tiempo. Vera las miró con un brillo sucio y satisfecho, se relamió y empezó por Mauro, chupándole la punta mientras me pajeaba a mí. Sus dedos se cerraban con firmeza, sin delicadezas, subiendo y bajando a buen ritmo. Yo le metí dos dedos en el coño por debajo de la ropa interior y casi se dobló.

—Joder... sí... así... —susurró.

Le aparté la tela empapada y empecé a follarle con los dedos de verdad, hundiéndolos hasta notar cómo se le apretaban las paredes. Vera gemía con la boca ocupada, dejando la polla de Mauro brillante de saliva. Luego se giró hacia mí, me la tomó entera, y Mauro aprovechó para agarrarle una teta y estrujarla mientras yo le empujaba la cara hacia mi pubis. Nos gustaba verla usada así, llena, obligada a atender dos cosas a la vez.

Estábamos en eso, mi polla entrando y saliendo de su boca, la mano de Mauro en su pecho y la mía entre sus piernas, cuando escuchamos la puerta principal del vestuario abrirse de golpe.

Nos quedamos congelados.

Pasos pesados. Luego silencio. Después, la sombra de alguien al otro lado de la cabina.

Yo todavía tenía la polla fuera. Mauro también. Vera estaba medio desnuda, con la boca hinchada de tanto chupar y el sostén enrollado en un brazo. La puerta de la cabina se abrió despacio.

Era Salcedo, uno de los encargados de seguridad del recinto. Alto, ancho de hombros, no especialmente viejo, pero sí con esa presencia de hombre acostumbrado a mandar. Nos observó un segundo largo, sin decir nada. Primero a Vera sentada y jadeando, luego nuestras pollas duras, luego las manos de ella todavía agarrándonos.

Pensé que iba a echarnos, a montar un escándalo, a llamar a alguien. En lugar de eso, dio media vuelta, caminó hasta la puerta principal del vestuario y cerró con llave. El clic metálico retumbó en mi cabeza mucho más que cualquier grito.

Regresó con calma. Se plantó frente a nosotros. Vera no apartó la mirada. Al contrario, lo miró como mira una perra hambrienta cuando le ponen otro plato delante.

Salcedo se abrió el pantalón sin apuro.

—Si van a montar este espectáculo en mi zona —dijo al fin, con voz grave—, al menos inviten.

Vera soltó una exhalación entrecortada que era casi un gemido de pura excitación. Ni Mauro ni yo dijimos nada. No hizo falta. Ella se inclinó hacia adelante, le bajó la ropa interior al guardia y le sacó la polla todavía semidura. Era gruesa, más pesada que las nuestras. La sostuvo con ambas manos, le lamió las bolas primero, despacio, y luego subió con la lengua por todo el tronco hasta la punta.

Ver aquello me dejó clavado. No solo por lo inesperado, sino por la forma en que Vera cambiaba delante de alguien nuevo: más obediente, más hambrienta, más puta. Lo masturbó con ritmo corto, constante, y se la fue metiendo en la boca poco a poco, hasta que quedó dura del todo. Salcedo le agarró la barbilla, se la sacó y le dio un golpecito con la punta en los labios.

—Ábrela bien.

Ella obedeció al instante. Y entonces él empezó a follarle la boca.

No era como nosotros. Nosotros dejábamos que ella marcara el ritmo muchas veces. Él no. Le sujetó la cabeza con las dos manos y la embistió con una cadencia seca, profunda. Cada vez que le metía la polla hasta el fondo, Vera tragaba aire por la nariz y soltaba una arcada ahogada. La saliva empezó a chorrearle por la barbilla hasta el cuello. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y aun así seguía empinándose para recibir más.

Mauro me miró con la misma mezcla de sorpresa y calentura que yo debía tener en la cara. Mientras Salcedo usaba su boca, ella nos pajeaba a los dos otra vez, frenética, excitada por la escena. Yo me acerqué y le pellizqué un pezón. Mauro le abrió el pantalón del todo y le metió una mano entre las piernas. Estaba empapada. No húmeda: empapada, caliente, resbalosa, pidiendo dedos.

Le metió dos de golpe. Vera gimió alrededor de la polla del guardia. Salcedo no aflojó. Siguió clavándosela en la boca hasta que su respiración cambió y supimos que iba a correrse.

Se la sacó solo un instante para decirle:

—Saca la lengua.

Vera la sacó. Él se corrió primero sobre su cara y después parte dentro de su boca abierta. Chorros espesos, abundantes, que le salpicaron mejillas, nariz y labios. Ella cerró la boca para tragar lo que le había caído dentro y luego pasó la lengua por el labio superior con una expresión de felicidad tan descarada que me hizo temblar la polla.

—Mierda... —murmuró Mauro.

Salcedo se limpió con los dedos, la miró cubierta de semen y sonrió de lado.

—La próxima vez no se escondan aquí. Vengan a mi oficina. Pero terminen ahora, que ya me calentaron.

Se apartó, se acomodó la ropa y nos dejó cerrados dentro del vestuario.

Durante dos segundos nadie se movió. Luego Vera giró hacia nosotros con la cara manchada, brillante, y sin limpiarse volvió a tomar la polla de Mauro entre los labios. Yo la agarré del pelo y me puse a su lado. Ella me pajeaba con fuerza, todavía con el semen del guardia escurriéndole hasta la barbilla. Esa imagen me rompió el aguante.

—Mírame —le ordené.

Le saqué la polla a Mauro de la boca, la obligué a levantar la cara y me corrí sobre ella sin aviso. Mi leche cayó sobre la del otro hombre, mezclándose en su frente, en su boca, en una teta. Vera abrió los labios para recibir algo en la lengua, y entonces Mauro la sujetó de la nuca y también se corrió, soltándole varios chorros por la mejilla y el mentón.

Ella cerró los ojos y sonrió. Sonrió de verdad, como si esa máscara blanca y espesa fuera justo lo que había estado esperando toda la semana.

***

Yo quise tomar aquello como una advertencia. Mauro también. Demasiado riesgo. Demasiado cerca del desastre. Pero Vera no lo vivió así. Lo sintió como una puerta abierta. Durante toda la semana siguiente habló del guardia, de su polla, de la forma en que le había follado la boca, y de la invitación a la oficina como si fuera una promesa pendiente.

—No me van a dejar ir sola —nos dijo el viernes, sentada entre ambos en el aula vacía—. Ustedes me metieron en esto. Ahora me acompañan.

—Estás loca —le dije.

—Sí —respondió sin ofenderse—. Y por eso me quieres ver arrodillada.

No pude discutirle. Mauro soltó una risa nerviosa, pero al final fue el primero en levantarse cuando terminó la clase. La seguimos por el pasillo lateral hasta la oficina de seguridad del pabellón viejo. Ella llamó dos veces. Desde dentro respondió una voz de hombre.

Nos abrió no solo Salcedo, sino también otro guardia, Ferrán, más moreno, más corpulento, con cara de haber recibido ya demasiados detalles sobre Vera y estar dispuesto a comprobarlos. La oficina era pequeña: un sofá gastado, un escritorio, un ventilador ruidoso y una puerta que Salcedo cerró con llave apenas entramos.

—Así que sí vinieron —dijo—. Y trajeron a la tragona.

Vera ni se molestó en hacerse la ofendida. Se acercó a Ferrán, le puso una mano en el muslo y sonrió.

—Si él te contó, mejor. Así ahorramos tiempo.

Ferrán se sentó en el sofá, abrió las piernas y la hizo colocarse entre ellas con una simple seña. Ella obedeció enseguida. Yo seguía de pie, tenso, excitado, con la polla ya pidiendo salir. Mauro estaba igual. Salcedo nos señaló una esquina.

—Relájense. Si ella vino, es porque quiere. Y si ustedes vinieron, también.

Vera ya le había bajado el pantalón a Ferrán. Empezó a mamársela con una concentración feroz, lamiendo desde la base, chupando la punta y escupiendo un poco en su mano para masturbarlo mejor. Ferrán le acarició el pelo, luego le agarró la nuca y empezó a marcar un ritmo suave. Salcedo, detrás de ella, le subió la camiseta, le desabrochó el sostén y le dejó los pechos al aire.

—Mírala —le dijo a Mauro—. Parece que nació para esto.

No exageraba. Vera alternaba entre chupar y pajear como si necesitara más manos y más bocas para hacer todo lo que quería. Yo me saqué la polla. Mauro también. Ella nos vio por el rabillo del ojo y dejó escapar un gemido de aprobación antes de tragarse más del guardia. Salcedo le pellizcó los pezones, le bajó el pantalón deportivo hasta los tobillos y la dejó en ropa interior frente a los cuatro.

La prenda estaba empapada. Él la apartó con dos dedos y soltó una carcajada baja.

—Mírala. Chorreando y todavía no la han follado.

—Hoy sí —dijo Vera, apartándose un segundo la polla de Ferrán para hablar—. Hoy sí me la meten.

Escucharla decirlo me sacudió entero. Mauro dio un paso adelante. Yo también. Pero Salcedo levantó la mano, marcando el orden.

—Primero que acabe el trabajo con la boca.

Vera obedeció de nuevo. Se tragó a Ferrán hasta la garganta, dejó que la usara un rato y luego pasó a Mauro y a mí, uno tras otro, chupándonos con una urgencia sucia, babeando, tosiendo, riéndose entre jadeos. Salcedo se sacó la polla también y se la puso a la altura de la cara. Ella no dudó: se las arregló para atender a dos a la vez por turnos cortos, una en la boca y otra en la mano, mientras la tercera la esperaba rozándole los labios. Era un espectáculo obsceno y perfecto.

Ferrán fue el primero en correrse. Le agarró la cabeza, la clavó hasta el fondo dos veces y explotó dentro de su boca. Vera tragó sin apartarse, apurando cada chorro. Cuando él terminó, abrió la boca para enseñársela vacía y enseguida buscó la de Mauro. Mauro no duró casi nada. Se corrió medio en su lengua, medio en su labio inferior. Ella lamió todo y me miró como retándome a aguantar más.

Yo aguanté solo unos segundos más. Mi corrida le cayó en la boca y la barbilla. Vera la recogió con los dedos y se los chupó con una devoción que me dejó mareado. Entonces Salcedo la agarró del brazo y la levantó de golpe.

—Ya tomaste leche. Ahora vas a ganártela.

La puso de espaldas sobre el escritorio, le arrancó la ropa interior de una pierna y le abrió las piernas. El coño de Vera brillaba. Yo estaba tan cerca que veía cómo le temblaban los muslos. Salcedo le pasó la punta de la polla por entre los labios y ella soltó un quejido largo.

—No juegues más —suplicó—. Métela.

Él se la metió de una sola embestida. Vera gritó, no de dolor puro, sino de esa mezcla brutal entre susto, alivio y placer cuando algo esperado durante demasiado tiempo por fin entra. Se aferró al borde del escritorio con las dos manos. Salcedo empezó lento, profundo, disfrutando cada centímetro. Su polla entraba y salía mojada, con un sonido pegajoso que llenó la oficina.

—Así querías, ¿no? —le dijo, agarrándola de la cadera—. Que te follaran de verdad.

—Sí... sí... joder, sí...

Ferrán se puso delante de ella para que lo chupara mientras la penetraban. Vera alzó la cabeza y volvió a abrir la boca. Era incapaz de elegir entre una cosa y otra; lo quería todo. Le mamó la polla mientras Salcedo le follaba el coño con embestidas cada vez más duras. Yo me acerqué por detrás, le aparté una nalga y vi el culo apretado, cerrándose y abriéndose un poco con cada golpe.

Mauro estaba igual de hipnotizado. Le acarició la cara, luego le sujetó una teta y empezó a pellizcarle el pezón mientras ella se atragantaba con Ferrán. La imagen era excesiva: una mujer abierta de piernas sobre una mesa, mamando una polla mientras otra la atravesaba, con dos amigos alrededor tocándola como si fuera nuestra y de nadie a la vez.

Cuando Salcedo se cansó del escritorio, la hizo bajar y la dobló sobre el sofá. Vera quedó a cuatro patas, con la cara hundida en el respaldo, el culo alto, brillante. Mauro tragó saliva. Yo también. Salcedo salió de su coño solo para volver a entrar con un golpe todavía más fuerte, y ella casi se derrumbó.

—Mírala cómo aprieta —gruñó él—. Está loca por que la llenen.

Ferrán se colocó delante del sofá y le ofreció la polla otra vez. Vera la chupó mientras la seguían taladrando por detrás. Yo le acaricié el vientre, bajé la mano y le froté el clítoris. Casi se corrió así, temblando, con la saliva cayéndole de la boca ocupada. Mauro me apartó la mano un momento y metió dos dedos en el coño junto a la polla de Salcedo apenas este salió un segundo. Vera se quejó fuerte, descontrolada.

—Uno de ustedes —dijo Salcedo, apartándose—. Vamos, a ver si no eran pura pose.

Mauro fue primero. Estaba nervioso, pero la calentura podía más. Se colocó detrás de ella, guio la punta y entró despacio. Vera empujó las caderas hacia atrás, buscándolo. Cuando lo sintió dentro entero, soltó un gemido casi tierno, como si por fin le dieran algo que llevaba meses negándose a sí misma. Mauro empezó a moverse cada vez más seguro, agarrándole las caderas, clavándosela con hambre acumulada.

Yo me puse delante y le ofrecí mi polla. Vera la tomó con avidez, alternando chupadas profundas y rápidas, mirándome mientras Mauro la follaba. Ferrán le sobaba el culo y Salcedo le abría la boca con los dedos para ver mejor cómo me tragaba. Aquello ya no tenía nada de improvisado: era una mujer siendo usada por cuatro hombres adultos, y disfrutándolo sin una pizca de vergüenza.

Cuando Mauro estuvo a punto de correrse, salió con un jadeo y me cedió el lugar. Yo no fui más delicado. La agarré de la cintura y se la metí de golpe. Vera gritó mi nombre, empujó hacia atrás y me dejó claro que ya no había miedo, solo deseo bruto. La follé rápido, sintiendo cómo su coño se cerraba alrededor de mi polla mojada. Tenía el culo rojo de las palmadas que Salcedo le había dado, la espalda arqueada y la boca ocupada con Ferrán otra vez.

—Qué puta estás hoy —le dije, jadeando.

Ella sacó la polla de la boca apenas un segundo para contestar:

—Más... fóllame más fuerte.

Eso hice. Le di tan fuerte que el sofá se desplazó unos centímetros. Salcedo se colocó a mi lado, le metió un dedo en el culo cubierto de saliva y Vera se tensó.

—No, ahí no —dijo de inmediato, respirando agitada—. Ahí todavía no.

—Todavía —repitió Ferrán con una risa.

Nadie insistió. El dedo salió y yo seguí follándola hasta que empecé a notar la corrida subir. Me retiré a tiempo porque quería verle la cara. La giraron de rodillas en medio de la oficina. Quedó con el pelo desordenado, las tetas moviéndose con cada respiración, el coño abierto y húmedo, y la boca ya lista sin necesidad de orden.

Nos pusimos los cuatro delante de ella. Ferrán y Mauro a los lados, Salcedo y yo en el centro. Vera empezó a pajearnos con las dos manos, cambiando de uno a otro, lamiendo puntas, besando troncos, acelerando como si quisiera exprimirnos a todos de una vez.

Salcedo fue el primero en correrse, esta vez directo sobre su cara. Ferrán le soltó un chorro grueso en la boca. Mauro se corrió sobre su lengua y parte en un pecho. Yo terminé el último, cubriéndole la barbilla y el cuello mientras ella seguía de rodillas, tragando lo que podía y recogiendo con los dedos lo que se le escapaba.

Se quedó así unos segundos, bañada, jadeando, con una sonrisa de pura satisfacción.

Ferrán le agarró el mentón.

—Ya sabes cómo funciona. Cuando quieras usar el vestuario, úsalo. Pero pasas por aquí de vez en cuando.

Vera le dio un beso corto, sucio, sin limpiarse la boca.

—Si hay leche, vengo.

Salimos de aquella oficina con las piernas flojas y la cabeza hecha un desastre. Mauro y yo no sabíamos si acabábamos de cruzar una línea o de perderla para siempre. Vera sí lo sabía. Caminaba entre nosotros con la ropa medio arreglada, la cara ya limpia a medias, y esa expresión satisfecha de quien por fin había conseguido exactamente lo que quería.

Yo la miré y entendí algo simple: no habíamos convertido a Vera en nada. Ella ya era deseo, hambre y descaro desde antes. Lo único que hicimos fue dejar de ponerle freno.

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Comentarios(7)

Marito_BsAs

buenisimo!!! tremendo relato, me encanto

NachitoLP

Espero que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

PedroCba_84

Me encanto como lo narraste, se siente real y muy natural. Sigue publicando!

Gordo_Bilbao

Jaja no esperaba ese giro, excelente

Lector_GBA

de los mejores que lei en mucho tiempo aca, gracias

FernandoNqn

muy bueno aunque se hizo corto, quiero mas :)

PatriciaRo_Lit

la ambientacion le da mucho realismo, se siente que paso de verdad. Muy bien escrito

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