Espié a mi madre en una fiesta secreta
Habían pasado varias semanas desde que descubrí que mi madre no iba tan seguido al salón de belleza solo para arreglarse el cabello. Al principio fue una sospecha, luego una certeza, y después una obsesión. Yo mismo la había visto salir de aquel local con una sonrisa distinta, del brazo de un hombre al que conocía de vista, el dueño del negocio, un tipo seguro de sí mismo que tenía esa manera de mirar a las mujeres como si ya supiera cómo iban a gemir.
Lo raro fue que lejos de venirse abajo, mi madre cambió para bien. Se la veía más viva, más coqueta, menos sola. Caminaba con otra energía, se cuidaba más, se reía por cualquier cosa y a veces hasta cantaba mientras cocinaba. Como hijo, una parte de mí debía alegrarse. La otra parte, la que se me endurecía cada vez que imaginaba lo que hacía con ese hombre, no sabía dónde meterse.
El asunto se volvió más turbio cuando empezó a venir mi tía Clara a la casa. No era hermana de mi madre, sino hermana de mi padre, pero entre ellas había una confianza obscena. Hablaban de todo a carcajadas, sobre todo cuando creían que yo estaba encerrado en mi cuarto y no escuchaba. Yo sí escuchaba. Siempre.
Una tarde oí a mi tía contar que el peluquero, al que llamaré Damián, le había presentado a un amigo llamado Bruno. Según ella, el tipo era alto, moreno, ancho de hombros y sabía usar el cuerpo y la boca con una brutalidad que la dejaba temblando. Lo contó sin vergüenza, como si describiera una cena. Dijo también que ya se había acostado con los dos juntos y que no pensaba morirse sin repetirlo.
Mi madre se reía y decía que estaba loca. Pero no era una risa de rechazo, sino de curiosidad. Mi tía insistía, provocándola sin pausa.
—No sabés lo que es tener dos hombres encima al mismo tiempo —le dijo—. Uno te abre las piernas y el otro te obliga a mirar. Te sentís una puta deliciosa.
Yo estaba al otro lado de la pared, apretándome la polla por encima del pantalón. Mi respiración ya iba torcida. Oír a mi tía hablar así, y oír a mi madre guardar silencio en vez de indignarse, me calentó de una forma enferma y directa.
Días después, mi madre salió una noche diciendo que iba a una reunión con amigas. Volvió de madrugada. Entró descalza, con una bata apenas cerrada, el cabello deshecho y ese andar lento de quien ha follado hasta quedar sin fuerzas. La seguí con la mirada desde la penumbra del pasillo. Cuando se inclinó para dejar el bolso, vi marcas rojas en las nalgas y en los muslos, huellas de dedos abiertos, de azotes o palmadas. También vi una mancha espesa secándose en la cara interna de una pierna.
Me encerré en mi cuarto y me masturbé pensando en eso. En quién la había abierto, en cómo la habían puesto, en lo fuerte que la habrían agarrado para dejarle el culo ardiendo.
Mi obsesión terminó de encenderse dos días después, cuando ella salió temprano a comprar pan y dejé de fingir que tenía límites. Revisé su teléfono. Encontré mensajes. Damián le preguntaba si le había gustado sentir dos pollas alternándose entre su coño y su culo mientras Clara la besaba. Mi madre respondió con pocas palabras, pero suficientes: que sí, que le había encantado, que todavía le dolía y que quería repetir.
Leí aquello con la polla dura hasta dolerme. Ya no se trataba solo de imaginar. Mi madre estaba viviendo una vida sexual secreta, desatada, sucia y completamente real. Y yo me había convertido en el espectador oculto de esa vida, aunque ella no lo supiera.
El plan se presentó solo una semana más tarde. Yo tenía una supuesta salida de fin de semana con compañeros, algo que me obligaría a pasar una noche fuera. Se lo comenté durante el desayuno y noté un brillo instantáneo en sus ojos. No preguntó demasiado. Aceptó enseguida, casi con alivio. Eso me bastó para saber que ya tenía otros planes.
Esperé a que se duchara y volví a mirar su teléfono. Ahí estaba todo. Habían quedado para verse en la casa pequeña que teníamos a las afueras, un lugar aislado, con pocas casas alrededor y sin vecinos entrometidos. Mi tía iría también. Damián escribió que por fin iban a poder estar tranquilos, que esa noche las dos iban a acabar llenas de leche y con el culo rojo.
Yo no pensaba perderme aquello.
Salí de casa por la mañana con mi mochila, fingiendo que me iba a la actividad. En realidad tomé otro rumbo y llegué mucho antes a la casa del campo. Me escondí en un cobertizo lateral desde el que podía ver la sala por una rendija entre unas maderas viejas. Desde ahí tenía un ángulo casi perfecto. Solo me faltaba esperar.
Apenas oscureció, llegaron. Los reconocí por las voces antes de verlos. Mi madre bajó del auto con un vestido negro ajustado. Mi tía llevaba uno verde oscuro, más corto, con la espalda descubierta. Damián abrió el maletero y sacó bolsas con cerveza, una botella de licor y una caja que no alcancé a identificar. Bruno salió del asiento del copiloto. Era exactamente como me lo habían descrito: alto, musculoso, la barba corta, el pecho ancho bajo la camisa.
Entraron riéndose, pusieron música baja y cerraron las cortinas. La luz principal quedó apagada; solo dejaron encendida la de la cocina, que bañaba la sala con una claridad amarilla y tibia. Aquella semipenumbra hacía todo más íntimo, más sucio, más clandestino. Yo apenas respiraba.
Primero bebieron. Se sirvieron tragos, brindaron y se acomodaron cerca del sofá. Mi madre se sentó entre ambos hombres. Mi tía se quedó de pie, moviendo las caderas con la música. No tardó nada en empezar el juego. Se acercó a Bruno y le pasó la mano por el pecho. Él le agarró la cintura y la besó sin delicadeza. Damián aprovechó para inclinarse hacia mi madre y besarle el cuello, lento, húmedo, hasta hacerla cerrar los ojos.
La primera en gemir fue ella. Apenas un sonido, corto, pero lo oí claro. Damián le deslizó una mano por el muslo, subiéndole el vestido centímetro a centímetro. Mi madre abrió un poco las piernas en el asiento, como si ya supiera lo que venía. Bruno seguía tragándose la boca de mi tía, apretándole una nalga con ganas.
—No llevás nada más que esto, ¿no? —murmuró Damián, metiéndole los dedos bajo la falda.
—Solo tanga —contestó mi madre con voz baja.
—Así me gusta.
Yo apreté los dedos contra la madera. Verlo tocarla me encendió una mezcla de morbo y rabia que me hizo temblar. Él movió la mano entre sus piernas, tanteándola por encima de la tela. Mi madre inclinó la cabeza hacia atrás. Su boca se abrió apenas. Mi tía se separó de Bruno y soltó una risa ronca.
—Mirá cómo ya está —dijo—. Si apenas empezamos.
Damián sacó la mano y se llevó dos dedos brillantes a la boca, chupándolos despacio mientras miraba a mi madre. Ella sonrió, avergonzada y excitada a la vez. Luego se puso de pie y se dejó desabrochar el vestido. Cuando la tela cayó al suelo, se quedó solo en una tanga roja y tacos altos. Sentí una punzada brutal en la entrepierna. Era mi madre, sí, pero en ese momento también era una mujer madura, llena, deseada, exhibiéndose para tres personas.
Mi tía no tardó en imitarla. Se quitó el vestido y quedó con ropa interior negra. Los dos hombres las contemplaron con hambre abierta. Bruno le acarició el vientre a mi madre, luego le rodeó la cintura por detrás y le besó la nuca mientras Damián se arrodillaba frente a ella. Le apartó la tanga a un lado y metió la cara entre sus piernas.
El gemido que soltó ella fue largo, áspero, sin vergüenza. Se apoyó con una mano en el hombro de Bruno y con la otra en la pared. Damián la lamía de abajo arriba, abriéndola con los dedos, metiéndole la lengua con ruido, sin prisa al principio y luego con más hambre. Mi madre movía las caderas buscando más, frotándose contra su boca.
Al lado, mi tía empujó a Bruno al sofá y se arrodilló entre sus piernas. Le abrió la camisa, bajó la cremallera y le sacó la polla. Incluso desde donde yo estaba pude notar el tamaño. Gruesa, oscura, tiesa por completo. Ella la agarró con una mano y empezó a mamársela con la seguridad de quien conoce el trabajo. Bruno le sujetó el pelo y se la fue metiendo más adentro, despacio, hasta que mi tía tuvo que relajar la garganta para tragársela.
Mi madre apenas podía mantenerse recta. Damián le metió dos dedos en el coño mientras seguía comiéndoselo. Ella lanzó un quejido agudo y dijo, sin contenerse:
—Ay, sí... así... no pares.
Bruno se apartó de mi tía y fue hacia ella. La besó en la boca, haciéndola saborear su propio flujo mezclado con saliva. Después se arrodilló detrás y le bajó por completo la tanga. Se la dejó colgando de un tobillo y le abrió las nalgas con ambas manos. Vi cómo inclinaba la cabeza y le pasaba la lengua por el culo, lento, insistente.
Mi madre dio un salto de placer y sorpresa.
—Mierda... —jadeó—. No me hagas eso así o me corro.
—Te vas a correr cuando yo quiera —le dijo Bruno, volviéndole a lamer el ano mientras Damián seguía clavándole los dedos delante.
Aquello fue demasiado para mí. Saqué la polla y empecé a masturbarme en silencio, con movimientos cortos, sin despegar los ojos de la escena.
***
Los cuatro se desnudaron por completo poco después. Los hombres empujaron el sofá a un lado y arrastraron dos colchones al centro de la sala. Se notaba que no improvisaban. Ya habían hecho eso antes. Mi madre y mi tía se acostaron boca arriba, una junto a la otra, abiertas de piernas, ofreciéndose sin pudor. Verlas así, desnudas bajo esa luz tibia, me dejó la garganta seca.
Damián se tumbó sobre mi madre y volvió a besarle los pechos, chupándole los pezones hasta ponerlos duros. Ella le hundía los dedos en la espalda. Bruno, mientras tanto, metió la cabeza entre las piernas de mi tía y empezó a comerle el coño con una brutalidad que la hizo arquearse en el colchón.
Luego cambiaron. Mi tía se giró hacia mi madre y empezó a besarla en la boca, con lengua, hambrienta. Damián le separó las piernas a mi madre y le frotó la punta de la polla por la entrada del coño, empapándola más.
—Quiero oírte pedirlo —dijo.
—Métemela —contestó ella, casi sin aliento—. Métemela toda.
Él la penetró de una sola embestida. Mi madre gritó. No un gemido discreto, sino un grito claro, abierto, de pura carne sorprendida y encantada. Damián empezó a follársela con golpes duros, secos, hundiéndose hasta el fondo y saliendo casi por completo antes de volver a entrar. El ruido de las embestidas se mezcló con su respiración y con las chupadas húmedas de Bruno al coño de mi tía.
Mi madre se agarró a los hombros de Damián, pero Bruno subió enseguida y le metió dos dedos en la boca para que los chupara. Ella obedeció como si ya supiera su papel. Los lamió, se los tragó hasta los nudillos, mientras Damián seguía reventándole el coño a polla limpia.
—Así, buena puta —dijo Damián—. Mirame mientras te follo.
Ella lo miró. Vi en su cara algo que no le conocía. No era ternura ni necesidad de compañía. Era puro vicio. Quería que la usaran. Quería más.
Mi tía se incorporó y se colocó a horcajadas sobre la cara de Bruno, restregándole el coño en la boca, mientras con una mano agarraba la polla de Damián cuando salía del cuerpo de mi madre y la guiaba de nuevo hacia dentro. Entre las dos, entre los dos, todo era una coordinación obscena y ensayada.
Después hicieron que mi madre se pusiera a cuatro patas. Damián se colocó detrás y le abrió las nalgas de una palmada. Le dio otra, y otra más. El sonido rebotó en las paredes. La piel se le puso roja enseguida.
—Así te quería ver —murmuró él—. Con el culo levantado.
Le escupió en la entrada del ano y metió un dedo primero, luego dos. Mi madre gimió, apretando las manos en el colchón. Bruno, desde delante, le ofreció la polla a la boca. Ella la agarró y empezó a mamársela mientras sentía a Damián abriéndole el culo con los dedos.
—Relajate —le dijo Bruno, sujetándole el mentón—. Tragá y abríte.
Cuando Damián apoyó la punta en su culo, mi madre se tensó. Él no tuvo prisa. Empujó despacio, estirándola, dejándola adaptarse a cada centímetro. Ella soltó la polla de Bruno de la boca y gritó con la cara aplastada contra el colchón.
—Despacito... joder... despacito.
—Te entra porque lo querés —respondió Damián.
Le metió la mitad, se quedó quieto un segundo y después terminó de clavársela hasta el fondo. Mi madre se quedó inmóvil, jadeando fuerte, con la espalda arqueada y el culo entregado. Entonces él empezó a embestirla. Al principio lento. Luego más fuerte. Luego sin ninguna piedad. Cada golpe hacía temblar el colchón.
Yo me masturbaba ya con la mano mojada de preseminal, viendo cómo mi madre abría la boca para gemir mientras le daban por el culo. Bruno le sujetaba el pelo y la obligaba a volver a chuparle la polla entre embestida y embestida. Mi tía, a un lado, se estaba tocando el coño con dos dedos, mirando fascinada la escena.
—Eso, tragá y aguantá —le decía Bruno—. Qué bien te queda esta polla en la boca mientras te rompen el culo.
Mi madre ya no respondía con palabras, solo con sonidos rotos. Damián le dio una nalgada tan fuerte que ella soltó un alarido y se corrió. Lo vi en la sacudida de sus piernas, en cómo apretó las sábanas, en el chorro de flujo que le resbaló por los muslos. Él no paró. Siguió follándola por detrás mientras pasaba una mano por debajo de su vientre para frotarle el clítoris.
—Otra —le exigió—. Quiero otra.
***
Luego vino el cambio. Mi tía ocupó el lugar de mi madre y recibió la polla de Damián en el coño mientras Bruno se llevaba a mi madre de rodillas al otro colchón. La hizo sentarse sobre sus talones y le abrió las piernas. Le metió dos dedos en el coño todavía hinchado y húmedo, luego tres. Después se los sacó y se los pasó por los labios.
—Chupalos —ordenó.
Mi madre obedeció. Los chupó con una expresión perdida, como si ya estuviera dentro de una niebla de excitación de la que no quería salir. Bruno la acostó boca arriba y se colocó encima. Frotó su polla contra el coño de ella, lo abrió con la punta y la penetró de un solo empuje. El grito de mi madre se mezcló con el de mi tía, que al otro lado estaba siendo follada sin descanso.
Bruno tenía un ritmo distinto. Más pesado, más constante. Cada vez que entraba, el cuerpo de mi madre se movía varios centímetros hacia atrás. Ella le rodeó la cintura con las piernas y él la penetró aún más hondo. Damián, mientras seguía con mi tía, estiró una mano y le agarró a mi madre un pecho, apretándoselo con fuerza.
—Mirá cómo te la meten —se burló mi tía, entre gemidos—. Al final te gustó más de lo que decías.
Mi madre soltó una risa temblorosa que se convirtió enseguida en gemido cuando Bruno cambió el ángulo y le dio más profundo. Después la puso de lado, levantándole una pierna hasta casi el hombro, y siguió entrando. El sonido húmedo del coño recibiéndolo una y otra vez me volvía loco.
No tardaron en mezclarse todos otra vez. Hicieron que mi madre se sentara sobre la polla de Damián, montándolo despacio al principio, con las tetas rebotándole frente al pecho. Bruno se colocó delante y ella empezó a chuparle la punta, luego más y más, mientras subía y bajaba sobre la otra polla. Damián la agarró de las caderas y tomó el control, levantándola y dejándola caer con fuerza sobre su verga.
—Eso, sentate bien —gruñó—. Rebotá como la puta que sos aquí.
Mi madre ya no fingía nada. Lo hacía. Rebotaba. Se empalaba sola, jadeando con la boca ocupada, babeando la polla de Bruno mientras el otro se la clavaba desde abajo. Mi tía se arrodilló a su lado y le chupó un pezón, luego la besó con hambre cuando Bruno se apartó un instante. Ver a mi madre besando a otra mujer, desnuda, usada, jadeante, fue otro golpe brutal para mi morbo.
Cuando la cambiaron otra vez de posición, supe lo que venía. Damián se acostó boca arriba y la sentó sobre su polla, de espaldas a él. Bruno se colocó detrás, acariciándole el culo abierto con la punta mojada de saliva. Mi madre miró por encima del hombro, nerviosa y excitada.
—No puedo las dos a la vez —dijo, aunque no sonó a negativa, sino a miedo deseado.
—Sí podés —contestó Bruno—. Y te va a encantar.
Le empujó despacio la punta en el culo mientras Damián la mantenía bien abierta desde abajo. Mi madre gritó apenas sintió la presión doble. Se agarró las rodillas, temblando, y dejó que Bruno siguiera entrando milímetro a milímetro. Cuando por fin estuvo dentro, ambos se quedaron quietos unos segundos, llenándola. Ella respiraba como si fuera a desmayarse.
—Mierda... mierda... —repetía—. Qué bestialidad.
Entonces empezaron a moverse. Corto al principio, apenas unos centímetros, coordinándose para no salirse. Después con más confianza. Ver las dos pollas entrando en ella por agujeros distintos, ver su cuerpo sacudirse al ritmo de ambos hombres, fue una imagen tan obscena que sentí que iba a correrme ahí mismo. Mi madre gritaba sin parar. Mi tía le acariciaba la cara y le besaba la boca entre gemidos propios, masturbándose al verla.
—Así, así... no paren... —decía mi madre, ya vencida por el placer.
Le apretaron las caderas y aceleraron. El colchón golpeaba el piso. Los pechos de ella temblaban, el sudor le brillaba en el vientre y el maquillaje corrido le daba un aire todavía más depravado. Cuando se corrió, fue violento. Se fue hacia atrás, rígida, con un gemido ronco que terminó en un temblor completo. Aun así siguieron unos segundos más, aprovechando las contracciones de su cuerpo para rematarla.
***
El final no fue delicado. Nunca iba a serlo. Sacaron a mi madre de encima de Damián y la hicieron arrodillarse junto a mi tía. Las dos quedaron una al lado de la otra, jadeando, despeinadas, con el cuerpo marcado de saliva, dedos y nalgadas. Bruno se puso delante de ellas y empezó a masturbarse mirando sus caras. Damián hizo lo mismo a su lado.
—Boca abierta —ordenó Bruno.
Las dos obedecieron. Mi madre levantó la cara primero. Tenía los labios hinchados y los ojos medio cerrados. Bruno se corrió con un gruñido, lanzándole la leche sobre la boca, la mejilla y el cuello. Parte le entró entre los labios. Ella no apartó la cara. Trató de recoger con la lengua lo que le cayó cerca de la comisura.
Damián soltó la corrida un segundo después. Le manchó la cara a mi tía y los pechos a mi madre. Los dos respiraban fuerte, vaciándose a sacudidas, mirando cómo ellas recibían el semen sin protestar.
Mi tía se giró hacia mi madre y, riéndose, le limpió con dos dedos una gota espesa del mentón. Luego se la metió en la boca y la besó. Mi madre le devolvió el beso con la misma naturalidad, compartiendo saliva y corrida entre las dos. Sentí un espasmo en el vientre al ver eso. Mi mano se aceleró sola.
Pero no habían terminado. Descansaron apenas unos minutos, bebieron cerveza desnudos sobre los colchones, se besaron otra vez y volvieron a tocarse. Damián se recostó mientras mi madre le hacía una mamada lenta, profunda, tragándose su polla casi hasta la base. Mi tía se sentó en la cara de Bruno y él la chupó con desesperación, agarrándole las nalgas con ambas manos.
Yo seguía ahí, hipnotizado, con la respiración cortada. Mi madre subía y bajaba la cabeza sobre aquella polla con una habilidad obscena. A veces se detenía para lamerle los huevos, para escupir en la punta y seguir. Damián le agarró el pelo y se la metió más adentro, haciéndola atragantarse. Ella no se apartó. Tosió apenas y volvió a engullirla.
Luego fue Bruno quien la hizo acostarse boca abajo para follársela otra vez por el coño, agarrándole las muñecas detrás de la espalda mientras Damián la besaba en la boca. Mi tía, al lado, se abría las piernas con dos dedos para que el otro la lamiera. Todo era exceso, hambre, repetición salvaje. Ya no había conversación. Solo carne chocando, órdenes sucias y gemidos.
Mi madre terminó con el culo al borde del colchón, recibiendo una nueva tanda de dedos, lengua y polla alternadas. Le dieron otra vez por detrás, esta vez menos cuidadosos porque ya estaba abierta y deseosa. Cada embestida le arrancaba un quejido grave. Cuando pidió que no pararan, supe que se había entregado por completo a esa versión de sí misma que de día no mostraba a nadie.
Yo ya no podía aguantar. Me corrí en silencio, apretando los dientes para no hacer ruido, con la vista clavada en ella mientras la follaban por el culo y le llenaban la boca de insultos y órdenes que ella aceptaba entre jadeos. Me quedé temblando, agotado, pegado a la madera, mientras dentro de la casa seguían entregados a su fiesta privada.
Un rato después, ya más entrada la noche, los cuatro acabaron rendidos sobre los colchones. Mi madre quedó dormida en brazos de Damián, con una pierna sobre la de él, desnuda y marcada. Mi tía roncaba de costado junto a Bruno. La sala olía a sexo, a sudor, a alcohol y a semen seco.
Esperé a que el silencio fuera completo. Luego me aparté del cobertizo, recuperé mi mochila y me fui de allí con las piernas flojas. Caminé hasta la carretera todavía con la imagen de mi madre abierta de piernas, dejándose usar, clavada detrás de mis ojos. Cuando subí al primer transporte de vuelta a la ciudad, seguía excitado.
A la mañana siguiente llegué a casa antes que ella. Me duché, me tumbé en la cama e intenté dormir un poco. Cerca del mediodía, escuché su llave en la puerta. Entró tranquila, ya arreglada, perfumada, con el rostro sereno de siempre. Se asomó a mi cuarto más tarde y me preguntó cómo me había ido fuera. Le mentí sin titubear. Ella me dio un beso en la frente y sonrió.
Yo le devolví la sonrisa, fingiendo normalidad, mientras por dentro solo podía pensar en cómo había gritado cuando le metieron la polla en el culo y en la cara que puso cuando se corrió entre dos hombres. Desde esa noche supe que no iba a poder dejar de espiarla. Y también supe algo peor: una vez que ves demasiado, ya no hay forma de mirar a tu propia casa con inocencia.
