La última noche del crucero que oculté a mi marido
La cena de gala de la última noche fue un torbellino de emociones que nadie en aquella mesa supo leer del todo. Íbamos todos elegantes: Daniel con su traje oscuro, yo con un vestido rojo escotado que me había comprado esa misma tarde, Lars impecable de azul marino, Magnus con una americana beige que le daba ese aire de hombre que ya no necesita demostrar nada. Pablo y Nuria reían por todo. Tomás, como siempre, perdido en su teléfono.
Las conversaciones iban y venían. Recuerdos del viaje, planes para volver a vernos, intercambio de números. Yo sonreía, participaba, brindaba. Pero mi cabeza estaba en otra parte, y bajo el mantel el teléfono no dejaba de vibrar contra mi muslo.
Era el grupo que habíamos armado el primer día. Lars había escrito algo. Después Magnus. Después otra vez Lars.
—Última noche —leí en voz baja, casi para mí—. ¿Algún plan?
Levanté la vista del regazo. Magnus me miraba desde el otro extremo, con esa media sonrisa suya.
—Yo tengo uno —dijo en voz alta, dejando la copa—. Pero necesito permiso.
—¿Permiso de quién? —preguntó Daniel, divertido, sin sospechar nada.
—De Helena, claro —respondió Magnus—. Aquí manda ella.
Lars asintió desde mi izquierda.
—Tiene razón. Helena, ¿qué quieres hacer en tu última noche?
Todos me miraban. Daniel, confiado, con la mano apoyada en mi rodilla. Lars, cómplice. Magnus, expectante. Pablo, curioso sin entender. Nuria, ajena. Tomás, ausente.
—Bailar —dije—. Quiero bailar.
—Pues se baila —Daniel me besó el dorso de la mano, orgulloso de su mujer.
Si supiera lo que estoy pensando mientras me besa los nudillos.
***
No había empezado esa noche. Había empezado el tercer día, en una cala a la que solo se llegaba en una de las lanchas del crucero. Daniel se había quedado en el barco con dolor de cabeza, y yo bajé sola con el grupo. El agua estaba fría y transparente, y Lars nadó hasta mí cuando los demás se quedaron tostándose en la arena.
—Tu marido no sabe la suerte que tiene —me dijo, con el agua por la cintura y el pelo pegado a la frente.
No supe qué contestar. Su mano rozó la mía bajo el agua y ninguno de los dos la apartó. Nos besamos rápido, casi de prueba, escondidos detrás de una roca, mientras a unos metros Nuria reía de algo que decía Pablo. Cuando volvimos a la arena, Magnus me miraba desde su toalla con una calma que decía que lo había visto todo y que no pensaba decir nada. Esa mirada me persiguió el resto del viaje.
A partir de ahí, cada cena fue un juego. Una pierna que rozaba la mía bajo la mesa. Un mensaje en el grupo que solo tenía sentido para tres de nosotros. Daniel brindaba, contaba sus chistes de siempre, y yo le sonreía con la boca todavía caliente de lo que no le contaba. Me asustaba lo fácil que me resultaba. Me asustaba más cuánto me gustaba.
Por eso, cuando pedí bailar, los tres entendimos que estaba pidiendo otra cosa.
***
En la pista de la cubierta superior, las luces giraban en azul, rojo y violeta sobre los cuerpos. Daniel bailó conmigo los primeros temas, torpe y entusiasta, hasta que el calor lo venció y se fue a la barra con Pablo. Los vi alejarse entre risas, pedir dos copas, ponerse a hablar de fútbol o de coches, de cualquier cosa que no fuera yo.
Entonces apareció Lars.
—¿Bailas? —preguntó, tendiéndome la mano.
Bailamos. Y bailar fue un eufemismo casi de inmediato. Su mano se instaló en mi cintura, baja, firme, y me atrajo hasta que sentí su cuerpo contra el mío de arriba abajo. Su aliento me rozaba la oreja. La música cubría todo lo demás.
—Magnus nos espera en su camarote —me susurró—. Cuando termine esto.
Me aparté lo justo para mirarlo a los ojos.
—¿Los tres?
—Los tres.
Giré la cabeza hacia la barra. Daniel reía con Pablo, una mano sobre el hombro del otro, la otra sosteniendo la copa. Inocente. Ajeno. A salvo en su propia ignorancia.
—Voy —dije.
***
El camarote de Magnus estaba al fondo del pasillo, lejos del nuestro, y era el doble de grande: una cama enorme, un ventanal que daba a la terraza privada y una botella de espumante esperando en un cubo de hielo. Lo había planeado. Eso me gustó y me asustó a partes iguales.
Cuando entré, ellos ya estaban allí. Lars se sentó en el borde del sofá. Magnus seguía de pie junto al cristal, mirando el mar negro que se movía despacio bajo la luna.
Cerré la puerta a mi espalda. El clic del pestillo sonó más fuerte de lo que debía.
—Pasada final —dije, intentando sonar más tranquila de lo que estaba.
Magnus se volvió. Sus ojos recorrieron el vestido rojo, mis piernas, los tacones que ya empezaban a hacerme daño y que no pensaba quitarme todavía.
—Eres preciosa, Helena —dijo, sin acercarse—. No quiero que esto se acabe.
—No tiene por qué acabarse del todo —respondí.
Lars se levantó y vino hacia mí. Me besó despacio, sin prisa, mientras sus manos buscaban la cremallera del vestido en mi espalda. La bajó centímetro a centímetro, y la tela cayó al suelo formando un charco rojo alrededor de mis pies.
Quedé en ropa interior. Un conjunto de encaje negro que había comprado esa misma tarde, en una de las tiendas del barco, sabiendo perfectamente para qué noche lo guardaba.
—Para ustedes —dije—. Para que se acuerden.
Magnus se acercó por fin. Sus manos, las de un hombre que ya no tiene nada que aprender, encontraron mis pechos por encima del encaje y los acariciaron con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Lars se colocó detrás. Su boca recorría mi nuca, mis hombros, el surco de mi columna, mientras sus dedos enganchaban el cierre del sujetador.
Me tumbaron en la cama entre los dos. No había prisa en ninguno de sus gestos. Cada caricia era una despedida; cada beso, una manera de no olvidarse de mí. Recorrieron mi cuerpo entero con la boca, como si quisieran memorizarlo: los pechos, el vientre, la cara interna de los muslos, el centro de mí hasta hacerme arquear la espalda y agarrar las sábanas con las dos manos.
—Despacio —pedí, sin saber muy bien por qué—. Que dure.
Cuando Lars entró en mí lo hizo mirándome a los ojos, con los dedos entrelazados en los míos contra el colchón. Susurraba algo en noruego que yo no entendía pero que sentía igual, una letanía baja contra mi oído mientras se movía dentro de mí.
—Helena… Helena…
Magnus esperaba a un lado, sin tocarse apenas, observándolo todo con una paciencia de hombre que sabe que su turno llega. Cuando Lars terminó y se apartó, fue él quien ocupó su lugar. Me penetró con una fuerza distinta, más medida, más honda, como si quisiera dejar una marca que durara más que el viaje.
—Me vas a hacer falta —dijo contra mi cuello—. No lo sabes, pero me vas a hacer falta.
Yo gemía, me reía, se me escapaba alguna lágrima sin saber de dónde salía. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, sin descanso, hasta que dejé de contarlos y dejé de pensar en Daniel, en el pasillo, en la habitación a la que tendría que volver con el pelo arreglado y una excusa preparada.
***
Después nos quedamos los tres tumbados, desnudos, agotados, sin hablar. El barco se mecía bajo nosotros con un ritmo lento, casi maternal, llevándonos de vuelta a la realidad sin pedirnos permiso.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lars, con un brazo cruzado sobre los ojos.
—Ahora —dije, mirando el techo— cada uno vuelve a su vida. Pero algo habrá cambiado.
—¿En ti? —preguntó Magnus.
Me giré para mirarlo.
—En todos.
Me vestí en silencio. El encaje negro, el vestido rojo, los tacones por fin en la mano. Magnus me acompañó hasta la puerta y me dio un último beso, sin urgencia, como quien firma algo.
Volví por el pasillo descalza, con los zapatos colgando de dos dedos y el corazón todavía golpeando. En nuestro camarote, Daniel dormía boca abajo, una pierna fuera de la sábana, ajeno a todo. No se movió cuando me deslicé a su lado.
***
Por la mañana, el teléfono volvió a vibrar. Era el grupo otra vez. Pablo había escrito que ya habíamos llegado a puerto, que qué pena que se acabara. Nuria contestó algo triste. Daniel, sentado en la cama, leyó en voz alta sin levantar la vista del móvil:
—Magnus dice que ha sido un placer compartir este viaje con todos. —Sonrió—. Mira tú, el serio resultó ser el más sentimental.
—Diles que ha sido el mejor crucero de mi vida —contesté desde el baño, peinándome frente al espejo.
Lo escribió tal cual, palabra por palabra, sin sospechar nada. Lars respondió un escueto «el mío también». Magnus, un «sin duda» que solo yo entendí del todo.
Guardé el teléfono y terminé de cerrar la maleta. Daniel hacía la suya canturreando, contento, hablando de la próxima vez que viajáramos. Yo miraba por el ventanal el puerto que se acercaba, las grúas, los coches diminutos, la rutina esperándome con los brazos abiertos.
En el neceser guardé tres cosas que él nunca encontraría: un papel con un número noruego, una tarjeta de visita de Magnus y una piedra lisa y gris de la cala donde Lars y yo nos habíamos besado por primera vez, tres días atrás, cuando todo esto era todavía solo una posibilidad.
No sabía si volvería a verlos. Algo me decía que sí. Que aquello no había sido un final, sino un principio.
Y mientras el barco atracaba y la vida real me reclamaba con su voz de siempre, sonreí frente al espejo. Porque sabía, con una certeza que me daba vértigo, que aquella no iba a ser mi última noche así.