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Relatos Ardientes

Lo que pasó esa semana de hogueras en Alicante

Me llamo Tomás, tengo 32 años y vivo en Murcia. Aquel junio decidí regalarme algo distinto: bajar a Alicante a vivir las Hogueras de San Juan de cabo a rabo. Llegué el viernes 19 con una maleta liviana y la cabeza despejada, dispuesto a perderme en esa fiesta de fuego, ruido y noches sin reloj. Tenía habitación reservada hasta el viernes 26, una semana entera para dejarme arrastrar por lo que viniera.

El sábado 20 me metí en plena mascletà de la plaza. La gente apretaba hombro contra hombro y olía a pólvora, a sudor y a esa mezcla de cerveza tibia y crema solar que solo huele en estas fiestas. Delante de mí, casi pegada, había una mujer que me sacó del ruido y me metió en otro completamente distinto.

Tendría cerca de cincuenta años. Pelo castaño con mechas claras recogido en una coleta alta, labios pintados de un rojo seco y un escote que no pedía permiso. La falda vaquera apenas le tapaba la mitad del muslo y la blusa parecía tallada sobre el cuerpo. Cada vez que la multitud nos empujaba, su espalda se apretaba contra mi pecho y un mechón suelto me rozaba la barbilla.

Cuando estalló la primera tanda fuerte de truenos, su mano bajó sin disimulo y se posó sobre el bulto que ya empezaba a marcárseme bajo el vaquero. Primero un roce, después una caricia larga y descarada. Yo le devolví la jugada por debajo de la falda. El tanga de encaje estaba húmedo y caliente, y la tela cedió cuando aparté el borde con dos dedos.

La toqué con los dedos al ritmo de los petardos, presionando justo donde noté que se ponía dura. No habían pasado dos minutos cuando se mordió el labio inferior, clavó las uñas en mi antebrazo y se vino apretándose contra mi mano, sin un solo sonido que no se tragara la mascletà.

Cuando la plaza empezó a vaciarse se giró del todo, me miró de arriba abajo y me habló al oído.

—Me llamo Lucía. Mi marido está fuera hasta el miércoles y mi hija vive en Berlín. ¿Vienes y terminamos esto en mi piso?

—Estás casada, Lucía —dije, porque algo había que decir.

—Y mi marido lo sabe. Llevamos años con las reglas claras: respeto pleno y libertad pactada. Tranquilo.

Le creí, o quise creerle. Daba lo mismo. Subimos al primer taxi.

***

El piso estaba en un quinto con balcón a la rambla. Apenas cerró la puerta del recibidor me empujó contra la pared y me besó como si llevara meses esperando ese beso. Mis manos subieron por debajo de la blusa y liberaron unos pechos pesados, de pezones oscuros y ya tensos. Le pellizqué con suavidad y ella gimió contra mi boca sin separarse.

Bajó hasta el suelo arrastrándome la cremallera con los dientes. Me la chupó sin trámites, lengua marcando cada vena, una mano amasando los testículos y la otra firme en la base. Cuando empujé un poco más, la garganta cedió. Le agarré la coleta y me dejé hacer un rato más.

—Al sofá —pidió, levantándose.

Saqué un preservativo del bolsillo. Lucía me detuvo con la mano.

—No hace falta. Estoy menopáusica y me hago controles cada seis meses. Métela sin nada, Tomás.

Le abrí las piernas en el sofá. Se separó los labios con los dedos y entré de una sola embestida lenta hasta el fondo. Estaba empapada y sus paredes me apretaron como si supieran exactamente cuánta presión soportaba antes de venirme. Empecé a moverme fuerte, profundo, escuchando cómo respiraba entre los dientes.

—Más duro, joder, así —jadeaba—. Hazme sentirte hasta mañana.

Aceleré. Mis caderas chocaban contra las suyas y cada golpe le sacudía los pechos. Cuando la sentí cerca otra vez, mojé un dedo en su propio flujo y se lo metí despacio por detrás. Se arqueó del sofá como si la hubiera tocado un cable.

—¡Ahí, sigue ahí! Me corro, Tomás, me corro… no pares hasta que te vacíes dentro.

Se vino apretándome con tanta fuerza que tuve que respirar despacio para aguantar. Llevo años con yoga y algo me había enseñado a controlar. Se vino dos veces más antes de que cediera y me derramara dentro con un gruñido. Cuando salí, ella se rió y se quedó mirando al techo, con la boca entreabierta y el pelo pegado a la frente.

El resto del sábado y todo el domingo lo pasamos así. En la ducha, en la cocina contra la encimera, en el sofá otra vez, en el balcón con las hogueras encendidas a lo lejos. Lucía era insaciable y sabía cómo mover las caderas para sacarme un orgasmo cada vez que pensaba que no me quedaba más.

***

El lunes 22 llegó Rocío. Una amiga de toda la vida, gaditana, gitana de raíz, 1,82 de pura presencia y 27 años. Pelo negro azabache hasta la cintura, ojos oscuros que parecían reírse antes que la boca, cintura estrecha, caderas anchas y unos pechos que rebotaban con cada paso. Salía del AVE con una maleta pequeña y esa sonrisa que ya conocía.

La recogí en la estación, le conté lo de Lucía por el camino y la llevé directa al piso. Las dos se saludaron con un par de besos largos en la mejilla y se miraron como quien reconoce a alguien. No hizo falta explicar nada.

Esa tarde abrimos una botella de blanco y nos quedamos en el salón hablando. Empezamos por el viaje, seguimos por los hombres y, cuando estuvimos a media botella, ya estábamos contando intimidades. Rocío fue la primera en moverse: se acercó y me besó con esa mezcla sureña de calor y prisa, una mano subiendo por dentro del muslo. Lucía se levantó del sillón, se colocó detrás de ella y empezó a desabrocharle la blusa por la espalda mientras le besaba el cuello.

Se desnudaron entre ellas, riéndose en voz baja, y la diferencia entre los dos cuerpos era preciosa: la madurez plena de Lucía y la fibra morena de Rocío encajaban sin chocar. Yo me dejé caer en el sofá con los pantalones por los tobillos. Se arrodillaron las dos delante. Una me la chupaba mientras la otra me lamía los testículos, después intercambiaban sin decir palabra.

Rocío se subió encima cuando ya no aguantaba más. Se empaló despacio y empezó a girar las caderas en círculos cortos. Lucía se colocó detrás, le lamió los pezones por encima del hombro y le metió dos dedos por detrás.

—Ay, miarma… qué bien me lo hacéis los dos a la vez —jadeaba Rocío—. Que llevo meses sin probar algo así.

Lucía se masturbaba con la otra mano, sin perder ritmo.

—Dale fuerte, Tomás, que quiero oírla.

Cambiamos. Puse a Rocío a cuatro patas sobre la alfombra y la penetré por detrás mientras Lucía se tumbaba delante con las piernas abiertas para que Rocío la comiera. El salón se llenó de palmadas, jadeos, palabras sucias y ese sonido húmedo que no se parece a ningún otro. Rocío se vino primero, gritando contra el muslo de Lucía. Yo me corrí dentro de ella un par de minutos después, sin sacarla. Lucía se vino la tercera, sentada sobre su cara, con las dos manos enredadas en el pelo de la gitana.

El martes y el miércoles fueron una continuación. Salíamos a ver las hogueras al caer la tarde, comíamos algo por ahí y volvíamos al piso a perdernos otra vez.

***

El miércoles 23 por la noche llegó Javier, el marido de Lucía. 51 años, alto, fuerte, pelo blanco corto y una sonrisa de las que llegan antes que la voz. Cuando entró y nos vio a los tres tirados en el salón, con copas a medias y poca ropa encima, se rió.

—Veo que la fiesta empezó sin mí. Permiso para sumarme.

Se quitó la chaqueta y se acercó. Besó a Lucía despacio, sin prisa, mientras Rocío y yo lo mirábamos desde el sofá. Después Rocío se levantó, le buscó el cinturón y le bajó el pantalón. Le agarró la polla ya dura y empezó a chupársela con esas mismas ganas que conmigo. Javier le pasó la mano por la nuca y gruñó.

—Joder, qué boca tienes, morena.

Me puse detrás de Lucía y la penetré mientras ella se besaba con su marido. Follarla con él enfrente, mirándome de vez en cuando con esa media sonrisa cómplice, fue más excitante que la primera vez. Luego él se tumbó en el suelo y Rocío se sentó sobre su cara. La devoraba con una paciencia que se notaba aprendida.

Esa noche cambiamos de combinación tantas veces que perdí la cuenta. Rocío cabalgándome mientras Javier follaba a Lucía a un metro. Lucía a cuatro patas con su marido detrás y mi polla en la boca. Rocío metiéndole dedos a Lucía mientras le lamía los testículos a Javier. No hubo orden, hubo ritmo.

***

El clímax llegó el jueves 24, antes de la cremà. Los cuatro nos metimos en la cama grande del dormitorio a media tarde, con las persianas a medio bajar y el sol cortado en franjas sobre la sábana. Rocío encima de mí, despacio al principio, después rápido. Javier detrás de ella, lubricado con saliva, abriéndola con cuidado por detrás. Lucía sentada sobre mi cara, restregándose contra mi lengua, agarrada al cabecero.

—Me estáis follando los dos agujeros, joder —gritaba Rocío—. No paréis, corred dentro a la vez.

Javier empujaba marcando cada embestida con un gruñido. Lucía se balanceaba sobre mi boca y la sentía temblar antes de venirse. Yo notaba cómo a Rocío se le contraía todo cada vez que su marido entraba un poco más hondo, y eso me llevaba al límite.

Llegamos los cuatro casi a la vez. Rocío gritó cuando sintió que la llenábamos por los dos lados. Javier se vació dentro de ella con un rugido sordo. Lucía se vino sobre mi cara, sujetándose al cabecero para no caerse. Yo me derramé dentro de Rocío un segundo después, con la espalda arqueada y los ojos cerrados.

Nos quedamos en la cama un buen rato, en silencio, oyendo cómo en la calle empezaba a sonar la música de la cremà. Lucía se rió la primera. Después nos reímos los cuatro, sin motivo claro, como quien sale de un partido que ha jugado bien.

Esa noche bajamos a ver arder las hogueras los cuatro juntos, vestidos y peinados, mezclados con la gente que no sabía nada. Lucía me apretó la mano cuando cayó la última figura entre las llamas.

***

El viernes 26 a primera hora me despedí en el rellano. Besos largos, ningún drama, promesas suaves de repetir. Volví a Murcia con el cuerpo molido y la cabeza llena de cosas que no pensaba contarle a nadie.

Rocío regresó a Cádiz dos días después con una sonrisa que duró semanas.

Lucía y Javier siguieron con su vida, con esa chispa nueva que les dejó la semana en el balcón.

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Comentarios (6)

Dani_BCN

Increible, de los mejores relatos que lei en mucho tiempo. La tension del principio es perfecta.

MarioVlc

Segunda parte por favor!! Quede con ganas de saber como termino la semana entera

NocheDorada

Que bien escrito, se nota que tenes experiencia. Lo lei dos veces y la segunda vez todavia mejor. Segui publicando!

pasajero_curioso

La descripcion del ambiente con los truenos... tremendo detalle. Me meto en el relato facilmente con esas pinceladas.

LuisCba99

excelente!!!

Valeria_MX

Me encanto como arranca, sin rodeos. Alicante con las hogueras de fondo es un escenario unico, la verdad.

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