Mientras mi marido dormía bajé al jacuzzi del crucero
Desperté con la luz colándose entre las cortinas y un ardor agradable en las nalgas. Parpadeé, desorientada. El techo no era el mío. Las sábanas olían a hombre, a sexo, a algo que nunca había olido en mi propia cama.
Los recuerdos llegaron a pedazos: la discoteca del barco, unas manos anónimas en la oscuridad, el rincón contra la pared, Mathias apartando a aquel tipo de un empujón… y después, Anders. Su peso sobre mí. Su mirada. Su forma de no pedir permiso.
Me incorporé despacio y el camarote dio una vuelta entera. Había bebido demasiado. La boca me sabía a champán pasado y a algo más. A piel. A dos hombres distintos mezclados en mi memoria como vinos en una cata que no había decidido empezar.
Me llevé la mano a la nuca y el pelo me respondió con un tirón de dolor. Ahí seguía el recuerdo de Mathias agarrándolo, esa frontera exacta entre el dolor y el placer que me había hecho gritar. Sonreí sin querer. Mi cuerpo era un mapa de la noche anterior: las nalgas todavía ardían con cada movimiento, el sexo latía con una humedad que no era solo mía.
Bajé la mano entre las piernas. Mis dedos encontraron la entrada y la humedad espesa. Los saqué cubiertos de un rastro blanquecino que brillaba a la luz. Sin pensarlo, sin ese control que siempre me había definido, me los llevé a la boca.
El sabor estalló en la lengua. Salado, un poco amargo, con un fondo que no terminaba de reconocer. O quizá sí. Eran dos. El de Anders, más suave. El de Mathias, más rotundo. ¿O era al revés? Los chupé despacio, comparando, aprendiendo, mientras mi sexo se contraía vacío, pidiendo lo que ya no estaba.
A mi lado, Anders dormía boca arriba, completamente desnudo. La sábana le cubría apenas una pierna y dejaba el resto a la vista. Aproveché para mirarlo con calma, sin prisa, como quien estudia un cuadro en un museo vacío.
Tenía un cuerpo fibroso, marcado por años de viajar solo. El pecho con vello canoso bien repartido, el vientre plano. Y más abajo, dormido, su sexo parecía un animal pequeño escondido en su madriguera de piel.
Se me aceleró la respiración. Entre mis piernas empezaba a formarse un calor nuevo que no sabía gobernar. Mi cuerpo respondía antes que mi cabeza, como llevaba haciendo desde que había subido a aquel barco.
Sin pensarlo, sin la timidez de siempre, me incliné sobre él. Mis labios rozaron la punta de aquel miembro dormido. El sabor era el mismo que había probado en mis dedos. Una confirmación. Lo rodeé con la boca, apenas un beso, una caricia. Y entonces su carne, antes blanda, empezó a moverse, a crecer, a llenar el espacio entre mi lengua y mi paladar.
Anders despertó con un gemido. Abrió los ojos y, al verme, una sonrisa enorme le cruzó la cara. Sin decir nada, sus manos buscaron mis pechos y los amasaron, los pezones endureciéndose entre sus dedos.
—Buenos días —murmuró con la voz ronca de recién despierto.
Le respondí apretando los labios alrededor de su miembro, ya completamente erecto. Mathias había sido brusco, autoritario. Anders era otra cosa. Había algo casi tierno en su manera de tocarme, de mirarme, como si yo importara más allá de aquella mañana.
Pero yo quería más. Quería sentirlo dentro. Daniel, mi marido, siempre me negaba esa postura; decía que verme encima lo excitaba tanto que acababa antes de tiempo. Con Anders quise arriesgarme.
Me separé de él y, antes de que pudiera preguntar nada, me coloqué sobre su cuerpo. Me alcé sobre las rodillas, una a cada lado de sus caderas, tomé su sexo con la mano y lo guié hacia mi entrada. Descendí despacio, sintiendo cada centímetro abrirse paso dentro de mí.
Desde esa altura me pareció todavía más hermoso. Empecé a mover las caderas, lento al principio, contrayendo los músculos internos, buscando ese punto exacto que me hace temblar. Hice círculos, y entonces lo noté: las primeras contracciones de su cuerpo. Sus gemidos llegaron después, pero su carne ya había hablado. Cada espasmo venía acompañado de un calor que me inundaba por dentro y se mezclaba con los rastros de la noche anterior.
Apoyé las manos en su pecho y sentí su corazón disparado. Poco a poco me dejé caer sobre él, escuchando cómo su pulso volvía a la calma, mientras su sexo, ya saciado, se retiraba dejando una estela tibia que escurría por mis muslos.
—Tengo que volver —dije—. Daniel…
—Lo sé —respondió Anders—. Pero volverás.
***
Nos quedamos hablando, todavía desnudos, mientras el sol subía y el barco se mecía con pereza.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
—No lo sé —contesté con sinceridad—. Una parte de mí quiere contárselo todo a Daniel. Otra parte quiere seguir jugando.
—¿Y cuál de las dos pesa más?
Le miré a los ojos. Ese azul tan claro, tan limpio.
—La que quiere jugar.
Anders sonrió. Una sonrisa triste, comprensiva.
—Entonces jugaremos. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Yo elijo a los hombres que se acercan a ti. Yo decido quién merece verte, quién merece tocarte. Mathias ya está dentro, de él me fío. Pero los demás pasarán por mí.
Me incorporé, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque lo de anoche en la discoteca no puede repetirse. Ese tipo casi te hace daño. Y yo no lo voy a permitir.
Le temblaba un poco la voz. Por primera vez vi algo parecido al miedo en sus ojos. Miedo por mí.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunté.
Tardó en responder. Me acarició el brazo, el hombro, la mejilla.
—Porque eres distinta, Helena. No eres una aventura. No eres una fantasía de una noche. Eres… no sé cómo decirlo en español. Du är den jag har väntat på.
—¿Qué significa?
—Que llevo mucho tiempo esperando a alguien como tú.
El silencio se instaló entre los dos. Largo, denso, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—Tengo que irme —dije al fin.
—Lo sé.
Me vestí. Antes de salir, me volví.
—Anders… lo de anoche, con Mathias… ¿te molestó?
Negó con la cabeza.
—Fue hermoso. Verte así, tan libre, tan dueña de ti misma. Me gustó compartirte con él. Porque sé que vas a volver a mí.
Su seguridad me desarmó.
—¿Y si no vuelvo?
—Volverás.
Se levantó de la cama y se acercó. Desnudo, hermoso, vulnerable. Me besó con una lentitud que prometía mucho más que un crucero.
—Tienes mi número —dijo—. Y yo el tuyo. Cuando quieras, donde quieras, ahí estaré.
Salí al pasillo tambaleándome, y no era por el alcohol. Pasé junto a la puerta de Mathias. Dudé un instante. Llamar, no llamar. Al final seguí caminando.
***
Esa noche, Daniel y yo cenamos con todo el grupo en el restaurante principal. Mathias estaba allí, impecable con su americana azul marino. Bruno e Irene discutían sobre las excursiones del día siguiente. Anders llegó tarde, con una disculpa y una mirada hacia mí que duró una décima de segundo más de lo necesario.
La conversación fluía, pero yo estaba en otro sitio. Sentía el peso de la mirada de Anders, la elegancia contenida de Mathias y la normalidad absoluta de Daniel, ajeno por completo a lo que mi cuerpo había vivido esa misma mañana a unos metros de él.
En un momento dado saqué el teléfono bajo la mesa. El grupo de WhatsApp tenía actividad. Lo habían bautizado «Los amigos de Helena», y esa noche, sin saberlo Daniel, era literal.
Bruno escribía: «chicos, ¿alguien ha visto a Helena? llevaba rato sin aparecer por la cena». Daniel respondía, divertido: «está aquí a mi lado, cenando tranquila, jajaja». Bruno insistía: «pues yo no la veo». Y entonces, en la pantalla, apareció el nombre de Anders: «Yo sí. Está preciosa esta noche».
Sonreí contra la copa. El muy descarado, jugando también delante de todos.
Mathias escribió: «Daniel, tienes una joya. Cuídala». Y mi marido, sin levantar la vista del plato, tecleó: «lo sé, por eso la comparto». Lo escribió como un chiste de hombres entrados en vino. No tenía ni idea de cuánta verdad había en esas tres palabras.
Anders volvió a la carga: «Hablando de compartir, ¿cuándo podremos jugar con Helena? Llevo un rato esperando». Me quedé helada. Lo miré desde el otro lado de la mesa. Él me devolvió una sonrisa inocente mientras seguía escribiendo con el pulgar, como quien comenta el tiempo.
Daniel contestó: «pronto, si no es esta noche será mañana, el último día». Mathias añadió que estaba en su camarote leyendo, pero que si yo quería compañía bajaba enseguida. Anders descartó el plan del día siguiente: el último día todos estaríamos pensando en maletas, conexiones de vuelo y traslados.
Al final Daniel zanjó la conversación: «estoy cansado y creo que Helena también, la noto rara; dejadme ver si mañana hay opciones». El juego se había vuelto lento, y ninguno de ellos sabía que otros jugadores ya habían tomado ventaja y se habían repartido el premio a sus espaldas.
***
Cuando Daniel se durmió, cogí el teléfono. Había un mensaje de Anders.
«¿Duermes?», preguntaba. «No», respondí. «Cubierta 7, a proa. En una hora. Trae un traje de baño.»
Me quedé mirando la pantalla con el corazón acelerado. Un traje de baño. La imagen de Anders desnudo todavía fresca, el acuerdo de la mañana, sus manos eligiendo por mí.
Me levanté sin hacer ruido. Daniel ni se movió. Abrí el cajón donde había escondido el bikini azul marino que apenas había estrenado. Un regalo de una amiga, demasiado atrevido para las piscinas familiares del barco. Ahora entendía por qué lo había metido en la maleta.
Salí al pasillo y, por primera vez, fui yo la que buscaba a Anders.
La cubierta estaba desierta. El viento me agitaba el pelo y la luna dibujaba un camino de plata sobre el mar. Allí estaba él, apoyado en la barandilla, mirando las estrellas. Al verme, se le iluminaron los ojos. Me envolvió en un abrazo cálido y firme, y su boca encontró la mía en un beso largo que me hizo olvidar por un momento dónde estaba.
Me tomó de la mano y me guió hacia un rincón que no había explorado. Allí, medio oculto por mamparas de vidrio esmerilado y apenas iluminado por un farol de luz cálida, humeaba un pequeño jacuzzi. El agua burbujeaba en silencio y, en el borde, dos copas de espumante esperaban sobre una bandeja de plata.
Entendí la idea sin necesidad de palabras. Sonreí y, entre los nervios y el deseo, me metí en el baño más cercano a cambiarme.
Me miré al espejo mientras me desabrochaba el vestido. Mi reflejo me devolvía la imagen de una mujer distinta a la que había embarcado cuatro días atrás. Algo en la mirada había cambiado. Una chispa nueva, una seguridad recién estrenada. Me puse el bikini despacio: primero la parte de abajo, ajustando los lazos a las caderas; luego el triángulo de arriba, atándolo tras el cuello y a la espalda con dedos que temblaban un poco. La tela me empujaba el pecho hacia arriba, ofreciéndolo. Respiré hondo y salí.
Caminé descalza sobre la madera de la cubierta, el aire de la noche acariciándome la piel. Anders me esperaba ya sumergido hasta el pecho, observándome con una intensidad que me atravesaba. Metí un pie, luego el otro, y me dejé caer despacio en el agua tibia. El calor, las burbujas, la caricia líquida: todo mi cuerpo soltó un suspiro a la vez.
Me senté junto a él. El jacuzzi era pequeño, íntimo; nuestros cuerpos casi se rozaban bajo el agua. Me tendió una copa.
—Por las noches que merecen recordarse —dijo, con esa sonrisa que me desarmaba.
Brindamos. El espumante estalló en mi lengua, burbujas diminutas que se sumaban a las del agua. Cerré los ojos. Las del jacuzzi me masajeaban la espalda, subían juguetonas y encontraban el camino hacia mis zonas más íntimas, acariciándome a través de la tela.
Y entonces sentí sus manos. Anders empezó a recorrerme los hombros con una lentitud deliberada, los dedos resbalando sobre la piel mojada, trazando círculos que bajaban poco a poco. La tensión se disolvía bajo su tacto.
Sus manos siguieron descendiendo hasta el inicio de mis senos. Allí se detuvieron, como preguntando. Mi silencio fue la respuesta. Una mano envolvió mi pecho izquierdo y, con una delicadeza exquisita, lo liberó del triángulo de tela. Luego repitió la operación con el derecho. La sensación de libertad fue inmediata, casi embriagadora. Acabé desatando del todo los lazos; el top flotó un instante antes de que él lo apartara.
Anders se inclinó y me besó. Abrí la boca y su lengua encontró la mía. Sus dedos buscaron mis pezones, apretándolos con suavidad. Gemí contra su boca, un sonido que nacía muy hondo. Abrí los ojos, llenos de deseo, buscando los suyos.
Y me quedé helada.
Frente a nosotros, sumergido hasta el cuello en el mismo jacuzzi, había otro hombre.
El grito se me murió en la garganta. Abrí la boca, pero la mano de Anders me cubrió los labios antes de que escapara ningún sonido. El pánico me recorrió entera, helándome a pesar del agua tibia. Miré a Anders con los ojos desorbitados. Él se llevó el índice a los labios. Tranquila, decía su mirada. Confía en mí.
El desconocido esbozó una sonrisa leve, segura. Sin prisa, tomó la copa de espumante que aún esperaba en el borde y me la ofreció. Sus ojos recorrieron mis pechos desnudos, mis pezones erectos. Temblando, acepté la copa y bebí un sorbo. El espumante me supo a valor, a rendición, a algo que no sabía nombrar.
Anders se acercó a mi oído, su aliento caliente mezclado con el vapor del agua.
—No olvides el acuerdo de esta mañana —susurró—. Yo elijo a los hombres que disfrutan de ti.
No era una pregunta. Era una afirmación. Un recordatorio.
Entonces se colocó detrás de mí. Sentí su cuerpo pegado a mi espalda, su sexo duro presionando contra mis nalgas a través de la tela mojada. Sus manos encontraron mis senos bajo el agua y los levantaron, ofreciéndolos al desconocido como quien ofrece un regalo. Las burbujas jugueteaban alrededor, ocultando y revelando.
El hombre se acercó despacio, sin apartar los ojos de los míos. Cuando su boca encontró mi pezón izquierdo, cerré los ojos. Su forma de succionar era distinta a la de Anders: más urgente, más hambrienta. La lengua recorría el pezón una y otra vez, mientras su otra mano tomaba mi pecho con una propiedad que me hizo estremecer.
Y entonces ocurrió. Me rendí. Todo el miedo, toda la resistencia, todo el «no debería» se disolvió en el agua tibia. Mi cuerpo, ese traidor maravilloso, respondió antes que mi cabeza. Mis manos buscaron la nuca del desconocido y lo atraje hacia mí, pidiendo más. Anders, detrás, me besaba el hombro, el cuello, la oreja, sosteniendo mis pechos, ofreciéndolos, compartiéndolos. Y yo gemía, sin importarme ya quién pudiera oírme.
Sentí que Anders tiraba de la parte baja de mi bikini. El nudo lateral cedió y la tela se deslizó, liberando mi sexo al agua. Estaba completamente desnuda entre los dos, expuesta, ofrecida. El desconocido entendió la señal. Sus manos encontraron mis caderas, me giró un poco, acomodándome contra él, mientras Anders me sujetaba por detrás.
Sentí su miembro rozando mi entrada. Duro, caliente, ajeno. Anders susurró en mi oído:
—Tú decides, Helena. Pero si quieres, nosotros te sujetamos.
Y yo quise. Me alcé un poco, ayudada por las manos de ambos, y me dejé caer sobre él. Su sexo me llenó de golpe y un gemido ronco escapó de mis labios. Empecé a moverme, montándolo dentro del agua, sintiendo cómo las burbujas acariciaban nuestros cuerpos unidos, cómo el vaivén del barco añadía un ritmo imprevisible a mis caderas.
Anders me sostenía por la cintura desde atrás, guiando mis movimientos. Una de sus manos se deslizó entre mis piernas y encontró mi clítoris, acariciándolo al compás de las embestidas. El desconocido gemía, los dedos clavados en mi carne, la mirada perdida entre mis pechos que saltaban con cada movimiento. Y yo en medio, reina de aquel pequeño universo de agua y deseo, montando a un hombre cuyo nombre nunca sabría mientras mi amante me besaba la espalda.
El orgasmo llegó como una explosión bajo el agua. Grité, apretándome contra él, sintiendo cómo me contraía una y otra vez. Él siguió embistiendo hasta alcanzar el suyo, y cuando lo hizo, su calor me llenó por dentro y se mezcló con el agua, con todo. Anders me giró y me besó con una pasión que era pura posesión. Sus labios supieron a mí, a él, a la noche entera.
Después, los tres quedamos flotando en silencio, mecidos por el agua tibia. El desconocido susurró un «gracias» y desapareció entre las sombras tan callado como había llegado. Anders y yo nos quedamos solos, abrazados, el cuerpo todavía tembloroso.
—Mañana es el último día —dijo él, con voz grave.
Lo sabía. El crucero terminaba y, con él, este sueño.
—Lo sé —respondí.
—¿Qué vas a hacer?
Miré las estrellas. Pensé en Daniel, durmiendo ajeno en nuestro camarote. Pensé en Mathias, que me esperaba leyendo. Pensé en Anders, en sus manos, en su mirada.
—No lo sé —dije—. Pero pase lo que pase… gracias.
Anders sonrió. Esa sonrisa suya, triste y hermosa.
—No me des las gracias todavía —murmuró—. Quedan veinticuatro horas.