Encerré a nueve hombres durante noventa días por una noche
Lo tenía todo planeado hasta el último detalle. Sería un jueves por la tarde y esta vez iba a ser distinto: esta vez quería sentir cómo mis nalgas chocaban contra la pelvis de cada uno de ellos, ese golpe de piel contra piel, ese calor que le suma tanto a un buen polvo. Nada de barreras. Nada de prisa. Solo carne y confianza.
Durante años me persiguió el miedo a las infecciones, a algo peor incluso. Cada vez cuesta más encontrar gente sana, y aunque los recuerdos de cada fiesta terminaban siendo buenos, nunca me gustó ese escozor al mear después de haber cabalgado a media docena de desconocidos. Quien lee esto puede pensar que jamás se metería en algo así, pero hay que verse dentro: un salón oliendo a sexo, todos contra todos, sin un minuto de descanso. Llega un punto en que la confianza te hace dejar de preguntarte si esa polla que se acerca a tu boca lleva condón o si estuvo en otro cuerpo segundos antes.
Esta vez sería diferente. Llevaba tres meses limpia, controlando mis analíticas, todo perfecto. Hablé con Tomás, un amigo con derechos al que veía de vez en cuando, y le expliqué el plan. Las reglas eran fáciles de escribir y difíciles de cumplir: nueve hombres, vergas medianas o grandes, una analítica el primer día y otra cada quince días hasta el día noventa. Nunca me verían la cara. Solo Tomás sabría quién era yo.
Y lo más complicado de todo: noventa días enjaulados.
Sí, enjaulados. No me fío ni un pelo de un hombre, y si se le presenta la ocasión de meterla en otro agujero, lo hará. ¿De qué me sirven noventa días de seguimiento si el día ochenta y nueve uno se la clava a cualquiera? De nada. Así que compré nueve jaulas de silicona, de esas que abrazan los testículos por detrás y encierran el miembro dejando libre apenas el orificio para orinar. Cada una con su llave y su precinto numerado: si alguien intentaba manipularlo, quedaba fuera del juego. Las elegí flexibles y cómodas, con espacio para meter el agua de la ducha y mantener la zona limpia. No se trataba de hacerlos sufrir, sino de protegernos todos.
Noventa días sin que su piel rozara otra piel. Pero noventa días sin correrse habría sido una tortura, y yo no soy cruel. Por eso pactamos lo contrario de lo que pasaría el día final: las descargas semanales.
Cada domingo quedábamos en mi piso. Tenía un juego de cortinas que dividía la entrada del salón y de las habitaciones, y con la ayuda de Tomás —el único que entraba, salía y me veía la cara— sentábamos a los otros ocho en sillas, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. No estaban presos del todo: podían mover las piernas, ponerse de pie si querían, pero no debían quitarse el antifaz en toda la sesión.
Uno a uno les iba retirando la jaula y acariciando sus testículos hasta que la verga quedaba tiesa y palpitante. Con una funda de silicona y un poco de lubricante los masturbaba hasta que descargaban todo. Después de siete días de castidad, con la cabeza puesta en mi culo cada minuto, duraban apenas uno o dos en correrse. Apenas me cansaba. Es más, esa sesión me encantaba porque yo tenía el control absoluto. Por la mañana les enviaba un vídeo corto metiéndome los dedos o un consolador, enseñándoles los hilos de flujo, sin mostrar nada más. Llegaban como toros bravos y no fallaron ni un solo domingo. Tras cada eyaculación les volvía a poner el precinto, muchas veces con trabajo porque no se les bajaba, y hasta la semana siguiente.
Piénsalo tú, que estás leyendo: jaula siete días y la mejor paja de tu vida cada domingo, con un premio final esperando. O al revés, nueve machos elegidos por ti, en tu casa, para jugar un rato.
Cuando terminaban las descargas me quedaba a solas con Tomás. Aún salpicada de semen me revolcaba con él por todo el piso, follando en todas las posturas posibles. Se acostumbró a verme cubierta, al olor a sexo que dejaban, incluso al sabor. Si tenía que mamarme los pechos lo hacía, hubiera corridas en ellos o no. Terminaba con los huevos secos —él sí podía repetir— pero ni así se libraba de su jaula.
***
El domingo número siete me apeteció batir mi marca personal. No era muy alta: cinco mamadas seguidas, en fila, el récord que había hecho una vez de vacaciones, sola, en un pueblo costero llamado Puerto Sereno. Estaba en mis días de ovulación, caliente como una gata en celo. Conocí a tres chicos en una playa escondida, pasé la tarde con ellos, me emborraché y los llevé a mi apartamento.
Tras follar por turnos y por todos los agujeros, los senté en el sofá y empecé a tragar carne como si no hubiera mañana. Con la boca engullía una verga hasta quedarme sin aire mientras con las manos masturbaba a los otros dos. A los diez minutos empezaron a avisarme y, según lo decían, yo me lanzaba a la polla de turno para que soltara chorro tras chorro contra mi garganta. Cerraba los labios en la base, pegaba la boca a sus testículos y subía aspirando, exprimiendo con la lengua hasta la última gota.
El segundo ya estaba goteando antes de que terminara con el primero. Una vez seco fui a por el tercero, que tardó un poco más, pero se vino también en el fondo de mi garganta cuando le rocé el culo con la punta del dedo. Cuando creí que había acabado, vi que el primero seguía empalmado. Me arrastré de rodillas —que ya me dolían— y volví a tragármelo. Tardó un par de minutos más, pero soltó casi con la misma fuerza. Repetí con el segundo: esa fue la quinta descarga. Me había bebido un vaso entero de leche, tenían los huevos hinchadísimos. El tercero ya no podía correrse, así que me unté aceite de coco en el culo y se lo ofrecí. Me bombeó profundo hasta vaciarse dentro, dejándome bien dilatada y satisfecha.
***
Como decía, el domingo once, a una semana del día final, me apetecía repetir aquello del sofá. Los puse juntos y me clavé de rodillas a mamar uno tras otro, pero esta vez las recompensas llegaban mucho antes. La castidad hacía su efecto: con las reservas por las nubes, se venían en mi boca en un par de minutos, sin dejarme apenas tragar. Yo seguía con el siguiente hasta terminar con todo el grupo, incluido Tomás. Uno me pidió por favor que aguantara y siguiera; se corrió otra vez en tres o cuatro segundos, como si fuera multiorgásmico. Con algo de mareo volví a encerrar esos cinceles del placer hasta el gran momento.
Si has llegado hasta aquí, gracias, y espero no haberte dejado con demasiada ansiedad por saber en qué consistía el domingo final.
Preparé el escenario de otra forma. Me tumbé a la altura de una mesita baja, en el hueco de una puerta, con medio cuerpo a cada lado de una cortina. Como el número del mago que parte a la mujer en dos: mi mitad superior dentro del salón, la inferior en el pasillo, apoyada en el borde de la mesa. Bocarriba miraba el techo hasta que Tomás les dio paso. Entraron, cerraron, y sin darme tiempo a prepararme, uno me levantó las dos piernas hasta que mis pies tocaron la cortina. Yo no veía nada. Solo esa tela que separaba mi pelvis del resto, como en un quirófano, y al otro lado un toro recién liberado lamiéndome los tobillos, los dedos, el hueco de la rodilla.
Mi coño ya estaba empapado, aunque ni la centésima parte de lo que estaría después. Él hundió la lengua hasta quedarse sin aire, queriendo comerse mi flujo ahora que todo estaba limpio. A los pocos segundos apuntó y me la metió hasta el fondo, sin piedad. Solté un grito a medias entre la molestia y el placer, y me agarré a la mesa. Tras cuatro o cinco embestidas la sacó y noté un líquido caliente resbalando por mi culo.
Se había corrido en segundos. Quizá la castidad no fue tan buena idea, pensé.
Segundo toro. Escupió, la deslizó hasta que sus huevos chocaron con mis nalgas mojadas. Este aguantó algo más, acelerando el ritmo, hasta que soltó un gemido bruto y sentí su verga endurecerse contra mis paredes. Se corría una barbaridad: conté diez o doce espasmos, seis de ellos brutales.
Tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo. Todos siguieron el mismo camino. Yo estaba cómoda con cada descarga: aunque eran muchas seguidas, duraban poco. Me daba un morbo enorme imaginar cómo cada polla que entraba desplazaba la leche del anterior y depositaba la suya, adueñándose de mi cuerpo. Me poseían y me disfrutaban sin reglas. Noventa días guardando para mí, y ahora me lo entregaban. Solo el noveno decidió sacarla antes y correrse sobre mi vientre. También me gustó.
Repitieron la ronda, dejándome descansar las piernas entre tanda y tanda. Me habían convertido en su depósito; en realidad fui yo quien los convirtió en esto. La idea era mía. La tranquilidad de no contagiarnos nada hacía que todos disfrutáramos como nunca. Tomás pasaba de vez en cuando por la otra puerta a darme agua, a besarme, a acariciarme los pechos mientras el resto seguía. Yo, agradecida, le lamía los huevos y la verga hasta dejarla a punto de caramelo para que volviera al escenario. En medio de todo quise parar para orinar, pero no me dejaban; tuve que soltar mi pis mientras me penetraban. Lejos de cortarse, lo celebraron y se calentaron más.
Un charco de leche y flujo bajo la mesa después, mi espalda pidió un cambio de postura. Algunos habían repetido ya tres veces. Eran conejos. Y yo una zorra que aún así quería más. Con cuidado me dieron la vuelta y pusieron un cojín en el borde de la madera. Sentí caer una cantidad enorme de líquido de mi coño al suelo: ya no cabía ni una gota más. Entonces, aprovechando el semen como lubricante, uno me abrió el culo con los dedos hasta dilatarme un par de centímetros y se fue abriendo paso poco a poco. Sus huevos chocaban con mi coño empapado, haciendo sonar el charco con cada golpe. Duraban mucho más que al principio y se turnaban sin terminar algunos, supongo que por cansancio. Conté al menos otras nueve corridas en el culo, que me gustaban igual o más que por delante.
Me dejé a merced de esas vergas y lo único que tenía que hacer era disfrutar. Uno empezó a acariciarme el clítoris durante el anal —seguramente Tomás, al que menos le importaba verme cubierta de semen— y me corrí dos veces, tan fuerte que apreté el esfínter y expulsé la polla que tenía dentro. Al instante volvía a bombear y a derramarse.
Casi dos horas penetrada por los dos lados. El tiempo voló. Unas veinte descargas me hacían sentir la mujer más afortunada del mundo. Ellos habían gozado como locos y empezaron a vestirse e irse. Al rato solo quedaba Tomás. Levantó la cortina y me ayudó a incorporarme. Bañada en semen me puse de pie, pero las piernas me temblaban y tuvo que acompañarme al sofá, donde me desplomé despierta y agotada. Me sentía sucia, quizá porque estaba dejando el sofá perdido con todo lo que se derramaba de mí.
Tomás me acarició el pelo y los pechos hasta que recuperé un poco el sentido. Cuando volví en mí le di un beso y lo atraje hacia mi cuerpo. Empezó a besarme el cuello, las orejas; un cosquilleo brutal me recorría entera mientras sus labios bajaban poco a poco hasta mi abdomen. Mi abdomen, donde tantos se habían corrido. A él le daba igual. Acariciaba mis pezones y los pellizcaba apenas, lo justo para rozar el dolor y que después lo confundiera con placer.
Yo no me creía lo que veía. Siguió bajando por mi pubis, empapado de los demás, y lo besó con el mismo amor con que había besado mi boca. Sin pensarlo, atrapó mi clítoris y empezó a succionar y lamer, apartando el exceso de leche, centrándose en que yo disfrutara. Me encorvé porque lo tenía hipersensible de tanto follar, y con una mezcla de molestia y placer guié su cabeza con las manos, cambiando el ritmo, marcando la dirección. Poco a poco mi coño quedó limpio. Solo faltaba soltar mi orgasmo en esa boca maravillosa.
Apreté su cara contra mis muslos para que entendiera que ya quería correrme, y captó el mensaje. Aumentó el ritmo, metió dos dedos y los movió unas cuantas veces hasta que terminé gritando de placer, soltando un chorro en su boca. No dejó escapar nada y siguió lamiéndome con delicadeza hasta que me relajé del todo.
Así caí dormida, desfallecida, hasta la mañana siguiente. Desperté sin nadie en el piso, pero con todo aquel rastro confirmándome que nada había sido un sueño.