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Relatos Ardientes

Lo que pasó en los toboganes con las amigas de mi novia

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó en los toboganes con las amigas de mi novia

Me llamo Mateo y aquel verano todavía pensaba que el plan iba a ser un aburrimiento. Mi novia, Carolina, me había insistido durante semanas para ir al parque acuático con sus dos amigas y las parejas de ellas. Yo no tenía ningún interés en pasar el día haciendo cola entre gritos de niños y olor a cloro, pero ella me convenció con el argumento de que íbamos en grupo, que estaría todo el mundo y que no podía ser siempre el novio que se queda en casa.

—Va a ir todo el mundo —me dijo—. No me hagas quedar mal.

Acepté más por ella que por ganas. Lo que no sabíamos es que, al final, los novios de sus amigas se fueron cayendo del plan uno tras otro: que si el trabajo, que si una boda, que si simplemente no les apetecía. Así que terminé siendo el único hombre en una excursión con tres mujeres.

Carolina es morena, de un metro sesenta y ocho, con algo de carne donde hay que tenerla y un trasero que siempre me ha vuelto loco. Su amiga Lucía era la más menuda de las tres, delgadita, con una carita de niña buena que contrastaba con un culo respingón que parecía no pertenecer a ese cuerpo. Y luego estaba Daniela: ni delgada ni gruesa, con esas curvas justas, un trasero que hipnotizaba y unos pechos que me costaba no mirar cada vez que se agachaba.

Reconozco que siempre me ha calentado fantasear con las amigas de mi pareja. Es algo que nunca confesaría en voz alta, pero ahí estaba, caminando detrás de las tres, dejando que se adelantaran un poco para mirarles los culos en tanga sin que se notara. Quién me iba a decir que el día que pintaba más aburrido iba a convertirse en el mejor del verano.

Empezamos por los toboganes grandes, esos de colchoneta doble. Seguíamos siempre el mismo reparto: yo bajaba con Carolina en una y Lucía con Daniela en otra. Hasta que llegamos a una atracción donde cabíamos los cuatro en la misma colchoneta, y ahí ocurrió el primer momento del día.

A mitad del recorrido, con la inercia de una curva, a Daniela se le salió un pecho del bañador. Se lo tapó enseguida, pero yo me quedé embobado los segundos suficientes para que ella se diera cuenta. Se puso colorada, se rió, y al llegar abajo lo convertimos todos en una broma. Nadie le dio importancia. Nadie salvo yo, que no podía quitarme de la cabeza esa aureola morena recortada sobre su piel más clara.

Durante el resto de la mañana intenté disimular, pero cada vez que Daniela se inclinaba para ajustarse el bañador o se apartaba el pelo mojado de la cara, yo perdía el hilo de lo que estuviera diciendo Carolina. Me sentía culpable y excitado a partes iguales, esa mezcla incómoda que te hace mirar lo que no debes y desear que nadie te pille.

La siguiente atracción era de a dos. Carolina, sin pensarlo, decidió tirarse con Lucía, y a mí no me quedó otra que subir con Daniela. No es que fuera a quejarme.

Subimos los escalones en fila, y mientras esperábamos el turno noté que ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio. Pensé que eran imaginaciones mías. Nos lanzamos. La colchoneta era estrecha y nuestros cuerpos quedaron pegados, y entonces, en plena bajada, sentí su pie deslizarse entre mis piernas.

No fue un roce accidental. Era un movimiento lento, deliberado, masajeándome por encima del bañador. La miré buscando una explicación y me la encontré con los ojos entrecerrados y esa sonrisa que ya no tenía nada de inocente. Mi cuerpo respondió al instante, y por culpa de la presión la punta se me asomó por encima de la tela. Ella lo notó, abrió un poco los ojos, sorprendida, y en vez de retirarse pasó a acariciarme directamente la piel con la planta del pie.

El recorrido se acababa demasiado pronto. Apenas tuve tiempo de acomodarme antes de que la colchoneta frenara en el agua. Cuando nos levantábamos, ella se acercó a mi oído.

—Ya estamos en paz —me susurró—. Los dos nos hemos deleitado.

—Tú más que yo —le contesté en voz baja—. Yo no he podido tocar lo que vi antes.

Daniela soltó una risa por la nariz y, antes de volver con el grupo, dejó caer una frase que me tuvo en tensión el resto de la mañana.

—Tranquilo. El día es largo.

***

A partir de ahí no fui capaz de pensar en otra cosa. Repasaba mentalmente todas las maneras posibles de aprovechar lo caliente que parecía estar Daniela, mientras fingía interés por las toallas, el sol y la conversación de Carolina.

Cerca del mediodía decidimos ir a comer. Carolina se ofreció a coger sitio en las mesas de la piscina de olas, que estaban más alejadas pero tenían sombra y tranquilidad. Lucía, Daniela y yo nos encargaríamos de ir al restaurante a por la comida.

De camino, Lucía dijo que necesitaba pasar por el baño. La acompañamos y nos quedamos esperándola fuera. Fue entonces cuando Daniela, sin decir nada, se metió entre dos palmeras que la escondían del poco paso que había por allí y me llamó con un gesto del dedo.

Miré a un lado y a otro. El pasillo de palmeras estaba casi vacío, con el restaurante zumbando a unos metros y la gente demasiado ocupada con sus bandejas como para fijarse en dos cuerpos pegados a la sombra. El corazón me golpeaba el pecho con una mezcla de pánico y deseo que hacía años que no sentía.

No lo pensé dos veces. En cuanto llegué a su lado, le agarré el culo y la besé con una urgencia que no sentía desde hacía años. Ella me metió la mano dentro del bañador y, mientras me notaba endurecer, se arrodilló, me bajó la tela hasta los muslos y empezó a recorrerme con la lengua de abajo arriba, sin prisa, mirándome todo el rato con una cara que no tenía nada que ver con la chica tímida del desayuno.

—¿Crees que ya estamos en paz? —preguntó, separándose un momento.

—Por mí nunca lo estaremos —respondí—. Quiero seguir disfrutando de una mujer como tú.

Por toda respuesta volvió a metérsela hasta el fondo. Yo no aguantaba más sin tocarla, así que la levanté un segundo, le bajé el tirante del bañador y le saqué uno de esos pechos que llevaba toda la mañana imaginando. Me lancé sobre el pezón mientras ella me acariciaba.

—Ya veo que te gustó mucho verlo antes —murmuró.

***

Estábamos tan metidos en lo nuestro que ninguno de los dos se dio cuenta de que Lucía había salido del baño. Al no encontrarnos, había seguido el rastro: el bañador de Daniela era de un color chillón que se distinguía a la legua entre las palmeras.

Cuando la vi aparecer me quedé de piedra. Me esperaba un escándalo, una bronca, cualquier cosa menos lo que dijo.

—Otra vez, Daniela —soltó, con los brazos cruzados y media sonrisa—. ¿No tenías suficiente con mi novio que ahora también vas a por Mateo? Yo te di permiso, pero a Carolina no creo que le haga la misma gracia prestar al suyo.

Yo no me creía lo que estaba escuchando. Daniela, en cambio, ni se inmutó.

—Ella no tiene por qué enterarse de esto —dijo, tranquila—. Ya pensaremos cómo convencerla para la próxima. ¿No te quieres unir un momento y disfrutar de esto?

Y me cogió con la mano, ofreciéndome casi como un regalo. Di un respingo. No habían pasado ni cinco segundos cuando Lucía, esa misma Lucía de carita de niña buena que tanto morbo me había dado toda la mañana, se arrodilló a su lado y me recibió en su boca.

Mientras tanto se sacó los dos pechos pequeños, perfectos para su tamaño, con los pezones rosados y duros. Daniela se arrodilló también y se entretuvo más abajo, y entre las dos se turnaban con una coordinación que daba la sensación de no ser la primera vez que compartían algo así.

Yo apoyé la espalda contra el tronco rugoso de la palmera y cerré los ojos un segundo, incapaz de procesar dónde estaba ni cómo había llegado hasta ahí. El ruido del parque seguía sonando lejos, mezclado con la respiración de las dos y con mi propio pulso. Esto no puede estar pasando, pensé, y al abrir los ojos comprobé que sí, que estaba pasando, y que ninguno de los tres tenía la menor intención de parar.

—Vamos a dejarlo aquí —dijo Daniela al cabo de un rato, apartándose con la respiración agitada—. Que si tardamos más, Carolina va a sospechar. Pero la tarde va a ser mucho más interesante. Seguro que se nos ocurre cómo convencerla.

Nos acomodamos los bañadores como pudimos y salimos hacia el restaurante intentando aparentar normalidad. Lucía caminaba a mi lado, y a media distancia se acercó para hablarme bajito.

—No puedo esperar a sentirte de verdad —me dijo.

Me sorprendió que esas palabras salieran justo de ella, de la que parecía la más reservada de las tres.

—Yo tampoco —le contesté—. Y créeme que pienso tomarme mi tiempo contigo.

Ella se rió, y por primera vez la risa no tuvo nada de inocente.

***

Comimos los cuatro a la sombra, junto a la piscina de olas, mientras Carolina nos contaba no sé qué de un tobogán nuevo. Yo asentía, sonreía, le pasaba la mano por la espalda como cualquier novio atento, y al otro lado de la mesa Daniela y Lucía me lanzaban miradas que solo nosotros tres entendíamos.

Seguía sin creerme lo que había pasado en apenas unas horas. No tenía palabras para la suerte que había tenido, ni para la que estaba por venir si de verdad llegábamos a convencer a Carolina. Dos de las mujeres con las que tantas veces había fantaseado en secreto, ahora cómplices de un juego que recién empezaba.

Mientras recogíamos los platos, Daniela me rozó al pasar y me dejó una última frase al oído, lo bastante bajo para que nadie más la oyera.

—La tarde —dijo— acaba de empezar.

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Comentarios (4)

TomásV

buenisimo!!! uno de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo

Mateo_BA

Por favor sube la segunda parte, me quede con ganas de saber si tu novia se entero o no jajaja. Tremendo relato

Ricky_Rdz

Me gusto como fuiste construyendo la tension desde el principio. No se hace largo en ningun momento, muy bien narrado

Nocturnero_BA

Esto me recuerda a algo parecido que me paso en un viaje hace años... las vacaciones traen esas sorpresas. Muy bueno

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