Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en el reservado VIP no estaba planeado

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó en el reservado VIP no estaba planeado

Me llamo Carla y, si llegaste hasta acá, ya sabés más o menos cómo es mi situación. Me mudé sola a otra ciudad para estudiar y desde que empezó el verano vivo lejos de mi novio, que se quedó en mi pueblo. Casi sin darme cuenta empecé a acostarme con otros a sus espaldas. No quiero repetirme contando siempre lo mismo, así que esta vez voy con algo distinto.

No soy alta, no llego al metro sesenta, pero me gusta cómo me veo. Tengo el pecho grande sin ser exagerado y un culo firme que llama más la atención de lo que aparenta. Lo aclaro porque después va a importar.

Esto pasó unos días después de que se volvieran a su país unos chicos extranjeros que había conocido. Con ellos terminé entrando en un grupo nuevo, casi todos de afuera, con plata de sobra y unas ganas de fiesta que no se les acababan nunca. Con un par me había liado un poco, nada serio, y fue justamente eso lo que me arrastró a la noche que voy a contar.

Tres de ellos me invitaron a una discoteca enorme donde, según decían, tenían reservada una zona VIP. Mientras me arreglaba, hablaba por teléfono con Diego, mi novio. A él le dije que estaba ordenando el departamento antes de meterme en la cama. Nunca había salido tanto de noche hasta ese verano, así que la verdad le habría sonado rarísima.

Mientras charlábamos de cómo nos había ido el día, me puse uno de los tops que me había comprado: negro, con un escote profundo que no solo mostraba por arriba, sino también por el medio, porque la tela se abría en el centro y quedaba sujeta por unas anillas metálicas. Abajo, unos calzas cortas y ajustadas, blancas y negras, que de deportivas no tenían nada. Debajo, una bombacha de encaje negro, sin corpiño, que con ese top sobraba.

—¿Segura que no querés que pase a buscarte por videollamada antes de dormir? —preguntó Diego, ajeno a todo.

—No hace falta, estoy muerta de sueño —mentí, mientras me guardaba dos preservativos en la cartera por las dudas.

Iba preparada para algo, aunque todavía no sabía para cuánto.

Cuando llegué, dos de los chicos me esperaban en la puerta. Me acompañaron adentro repitiendo lo linda que estaba, aunque las miradas nunca apuntaban a mi cara. Me dio un placer un poco perverso sentir cómo la gente de la fila me seguía con los ojos al pasar: muchas miradas al escote y, espero, unas cuantas al trasero.

Arriba comprobé que no exageraban. El reservado era una sala gigante llena de sillones y mesas bajas, con un balcón desde donde se veían la cabina del DJ y la pista entera. Sobre las mesas ya había botellas de alcohol caro alineadas. El lugar nos daba una privacidad y una sensación de exclusividad que, lo admito, me encantó.

Me presentaron al resto. Me olvidé de casi todos los nombres menos el de la otra chica, Brenda. Éramos dos mujeres y diez hombres. Todos más altos que yo, varios bastante fuertes y ninguno feo: algunos del montón y otros realmente lindos. Brenda también era preciosa, de pelo castaño brillante y bajita como yo. Para felicidad de ellos, llevaba tanto escote como yo, aunque sus tetas eran mucho más grandes y se asomaban por arriba sin disimulo.

La cosa empezó tranquila, para mi sorpresa. Brenda y yo enganchamos conversación enseguida, y los chicos, aunque no se cortaban un pelo en piropearnos, estaban relajados. Eso sí, los roces «accidentales» contra nuestros cuerpos se multiplicaban a cada rato.

Reconozco que cuando acepté la invitación ya imaginaba que iba a terminar habiendo sexo. Pero a medida que avanzaba la noche y veía que no llegaban más chicas, me empecé a inquietar. Había pensado en acostarme con alguno que me gustara, no en ser una de dos para diez. Me dije que me iría si la situación se descontrolaba, aunque la verdad es que ninguno parecía agresivo, y la idea, en el fondo, me ponía.

El alcohol y el morbo fueron haciendo lo suyo, con ellos y con nosotras. La charla se fue calentando. Los piropos subieron de tono hasta volverse directísimos, y no me molestaba: estaban excitados y pendientes de cada gesto nuestro. Cada vez que nos llenaban la copa se arrimaban un poco más, y ya ninguno hacía el esfuerzo de disimular hacia dónde miraba.

Uno propuso un juego de cartas y, apenas lo dijo, supe que iba a terminar en algo sexual. Sacó una baraja y nos puso en ronda. Cada uno levantaba una carta y la dejaba boca abajo; después se daban vuelta todas y se contaban pares e impares. El grupo que tuviera menos cartas debía votar a alguien de su propio bando para un reto con un cubito de hielo. Si siete sacaban par y tres impar, esos tres elegían quién pagaba prenda.

Como solo éramos dos chicas y había que votar, no hacía falta ser muy lista para ver hacia dónde iba todo. Cuando perdían entre ellos, votaban a alguno para que se aguantara el hielo en la nuca un par de rondas. Pero si una de nosotras caía en el bando perdedor, el voto era unánime.

***

A Brenda y a mí nos tocaron retos que arrancaron graciosos y se fueron poniendo cada vez más picantes. Primero sostener el hielo con la lengua durante una ronda; después ella tenía que quitármelo de la boca con la suya, y al rato al revés. Enseguida la prenda pasó a ser meternos hielos en el escote cada vez que perdíamos.

Me tocó a mí primero. Uno levantó un cubito y lo apoyó entre mis pechos, asegurándose de frotar bien la mano contra ellos. El frío metido ahí me erizó la piel entera, y cuando justo después llegó el segundo no protesté.

A Brenda le pasaba lo mismo. Las dos teníamos el canalillo lleno de cubitos derritiéndose, mojándonos las piernas y dejando el piso encharcado. Cuando ya no entraban más entre las tetas, empezaron a metérnoslos dentro del top, por delante. Corrían un poco la tela y colocaban el hielo, aprovechando para dejarnos los pezones al aire un segundo y rozarlos con los dedos.

En poco tiempo tenía el top repleto de cubitos y sentía el frío clavado en las areolas. Los pezones se me marcaban durísimos a través de la tela. Brenda estaba igual o peor. Propuse que nos los sacaran, con la excusa de que estábamos inundando media sala. Todos se ofrecieron de golpe, y tras una discusión y un par de piedra, papel o tijera, los dos ganadores nos retiraron lo que quedaba de los hielos con las manos, manoseando todo lo que podían en el camino. Sus dedos calientes sobre mi piel helada me prendieron fuego. A mi lado, Brenda se mordía el labio mientras el otro le hundía las manos en el top sin molestarse demasiado en buscar ningún hielo.

Fue ella la que propuso lo siguiente. Los chicos sacaban una carta cada uno y el de la más alta se acercaba, le juntaba las tetas una contra la otra y ella vertía alcohol en el medio, formando un charquito del que él podía beber.

La idea me caldeó muchísimo, y a ellos ni hablar, así que me sumé. Cada una se fue a un sillón con cinco hombres y armamos dos grupos. Me senté con dos a los costados y tres enfrente, y empezaron a tirar cartas.

El primer ganador, un rubio realmente lindo, se paró frente a mí y me apretó los pechos, todavía frescos del juego anterior, manoseándolos por encima del top. Uno de los de al lado se ofreció caballerosamente a echarme el alcohol en el escote en mi lugar, y lo dejé. El líquido formó el charquito entre mis tetas apretadas y el rubio bebió, encargándose de lamer hasta la última gota.

Pronto las cartas quedaron olvidadas y los cinco se turnaban para beber de mi escote. Los que tenía a los lados empezaron a deslizarme las manos por las caderas, hasta colarlas debajo de las calzas y la bombacha.

Sentía no solo sus caras hundidas entre mis pechos, sino también dedos de distintos dueños acariciándome entre las piernas y metiéndose cada vez más adentro. Miré hacia el otro grupo, caliente y un poco avergonzada a la vez, y vi que el top de Brenda ya estaba en el suelo. Tenía las tetas enormes al aire, los chicos le derramaban alcohol encima y se lo lamían mientras ella le devoraba la boca a otro.

El poco pudor que me quedaba se evaporó con esa imagen. Sin pensarlo me saqué el top, liberé las tetas y me bajé las calzas, quedándome solo con la bombacha de encaje, que en algún momento de los minutos siguientes terminó arrancada. Bebí un trago del vodka que habían estado usando y me lo derramé sobre los pechos desnudos. Enseguida tenía varias bocas agarrando, chupando y mordiéndome los pezones, mientras un montón de manos competían por amasarme las nalgas y por meterse entre mis piernas. Mi único trabajo era abrirme bien, sacar pecho y disfrutar.

***

No sé cuánto estuve así, dejando que hicieran lo que quisieran. En un momento me hicieron levantar y vi que, además de quedarme sin bombacha en algún tramo, ellos también habían perdido la ropa: cinco vergas erectas frente a mí. Tardé unos segundos en entender que ya no solo me metían dedos en la vagina y en el culo, sino que me estaban poniendo lubricante en los dos lados.

No tenía demasiada experiencia con el anal y me asusté un poco al sentir el lubricante ahí atrás, pero las ganas le ganaron al miedo. Cuando vi que uno se había puesto un preservativo, lo empujé contra un sillón sin respaldo, lo hice tumbarse y, sin perder un segundo, me senté encima y me lo fui clavando de a poco. Él me besaba y solo se separaba para agarrarme las tetas con fuerza. Enseguida unas manos me abrieron las nalgas con los pulgares y algo grueso y tibio empezó a entrar por atrás.

Estaba sobrepasada de estímulos, cabalgando como una loca mientras otro me cogía el culo. Los otros tres se me pusieron delante, meneándome las vergas frente a la cara. De anal sabía poco, pero de esto sabía bastante, así que me dediqué a chupárselas turnándome y usando las manos con las que no tenía en la boca. En un momento intentaron meterme dos a la vez, pero eran demasiado gruesas y, para mi fastidio, fue imposible.

El que cabalgaba me apretó las tetas hasta hacerme un poco de daño que en ese instante ni registré, embistió hacia arriba como pudo y se vino dentro del condón. Justo después el de atrás me tiró del pelo, obligándome a soltar la que estaba tragando, y solté un gemido largo al darme cuenta de que ese no había usado nada: lo sentí derramarse dentro mío.

Los demás lo apartaron rápido para ocupar el lugar. Mientras yo intentaba recuperar el aliento, en vez de repetir la postura, dos me levantaron en el aire entre los dos, sosteniéndome con las piernas bien abiertas, apretada entre sus cuerpos y con las dos vergas hundidas hasta el fondo, una adelante y otra atrás.

Me usaron un buen rato como su juguete. Sentía azotes en las nalgas, apretones en las tetas, chupetones en los pezones. Lo único que podía hacer era moverme a su ritmo, tratando de clavármelos lo más profundo posible. Tenía la lengua afuera y la saliva me caía sobre los pechos, que rebotaban con cada embestida, y nada de eso me importaba. Pronto los sentí venirse, ardiendo, dentro de mí.

Siguieron turnándose con pausas cortas en el medio. Uno me puso de rodillas, me echó la cabeza hacia atrás y se acomodó para metérmela hasta la garganta desde arriba, casi en vertical. Yo no sabía si respirar o tragar, y terminó vaciándose directo en la garganta, sin dejarme opción.

En algún momento me tiraron sobre algo blando y me di cuenta de que era Brenda: quedé con la cara entre sus tetas enormes. Me aferré a ellas y le chupé un pezón con fuerza; ella, en vez de decir nada, soltó un gemido ahogado. Levanté la vista y vi que uno la estaba cogiendo hasta la garganta. Me incorporé un poco, todavía agarrada a sus pechos, y pedí más. En segundos me concedieron el deseo: uno me hizo tragar la suya sin contemplaciones y, poco después, otro me penetró el culo.

De ahí en adelante no recuerdo la noche con claridad. Solo vergas y manos turnándose para usarme, y de a ratos las tetas de mi nueva compañera de aventura saltando en mi campo de visión.

***

En algún punto me desmayé o me dormí, porque lo siguiente que recuerdo bien fue despertarme con algunos chicos yéndose de la sala y otros hablando con un par de los de seguridad de la discoteca. Tenía la piel un poco pegajosa, aunque se notaba que me habían limpiado con algo húmedo. Brenda ya no estaba. Me levanté a buscar mi ropa.

Uno de seguridad me la alcanzó y, aun muerta de cansancio, la forma en que me miraba mientras me tendía la ropa interior me volvió a calentar. Le propuse que se pusiera un preservativo y la pasara bien conmigo. Me dijo que no, que estaba trabajando.

Un par de tetas apretadas contra él y una mano metida entre sus piernas le hicieron cambiar de idea. Cuando un rato más tarde los dos de seguridad terminaron conmigo, me vestí, y uno de los chicos me llevó a casa en auto, agotada pero feliz.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

NocheDeVinos

que relato!! me quede pegado desde la primera linea, bien ahi

TobiasVC

Segunda parte porfavor... quede con ganas de saber como siguio todo ahi adentro jaja

CarlaQ_Mdq

Lo lei dos veces, tiene algo que engancha. El ambiente del reservado VIP lo sentí muy real, como si estuviera ahi

MauroSFC

tremendo, me recordo a una noche que vivi algo parecido aunque mucho mas tranquilo jajaja. Buenísimo el relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.