Lo que pasa en la casa de campo una vez al año
Esta vez fui yo la que abrió el día. Me llamo Mara y, una vez al año, mi marido y yo desaparecemos del mundo en una casa de campo perdida entre viñedos, con un grupo de amigos que conocemos desde hace demasiado tiempo como para guardarnos secretos.
Me desperté temprano, con la luz colándose entre las cortinas. Damián seguía profundamente dormido a mi lado, despatarrado y ajeno a todo, así que me levanté con cuidado y fui al baño sin hacer ruido.
Cuando salí, él no se había movido ni un centímetro. Supe que ya no volvería a dormirme, así que decidí bajar a comer algo —más bien un almuerzo tardío, por la hora que era— y después tumbarme un rato al sol en el jardín.
Bajando las escaleras oí voces y carcajadas que llegaban desde la cocina. Hacia allí me dirigí.
Al asomarme, me encontré con Bruno, Sofía, Vera y Tobías sentados alrededor de la mesa, picando lo que Sofía había traído del pueblo mientras les contaba cómo había pasado la noche. Todos estaban desnudos, como solíamos andar por la casa durante esos días, sin más pudor que el que cabía en una sonrisa.
Los miraba desde el último escalón cuando, sin darme cuenta, unas manos me agarraron de las caderas y un par de pechos cálidos se apretaron contra mi espalda. Las manos subieron despacio hasta cubrirme los míos.
Sobresaltada, me giré. Era Nadia, que también bajaba a la cocina.
—¡Será tonta! Me has asustado —protesté, aunque ya sonreía.
—Jajaja, ya lo he visto —contestó ella, mordiéndose el labio.
Saber que estábamos las dos desnudas, igual que el resto, y que el cuerpo de Nadia me fascinaba desde el primer día, bastó para que sintiera una corriente tibia entre las piernas. Tenía unos pechos perfectos, firmes, con dos pezones oscuros y duros, la cintura estrecha y un culo redondo que pedía a gritos un mordisco.
Entramos juntas, riéndonos, y saludamos al resto repartiendo besos a diestro y siniestro. Al pasar junto a Bruno no me resistí a deslizarle una caricia entre las piernas.
Tobías nos observaba con los ojos brillantes. A su lado, Vera tenía una mano escondida bajo la mesa mientras escuchaba a Sofía relatar las peripecias de la madrugada.
—Yo perdí la cuenta —dijo Sofía—, pero menos de diez no fueron, y eso sin contar a Aldo y a Hugo.
—Así estará Selene, entonces. Reventada —comentó Vera entre risas.
—Dormida como un tronco. Menos mal que esto lo hacemos solo una vez al año.
Mientras Nadia y yo nos preparábamos algo de desayunar, Bruno se acercó por detrás, se metió entre las dos y nos agarró una nalga a cada una.
—¿Y qué dicen mis chicas? —preguntó con esa voz ronca de quien acaba de despertarse con ganas.
Bajé la mirada. La tenía ya completamente erecta.
—Que primero nos dejes desayunar —le dije—, y después ya veremos qué hacemos con eso de ahí abajo.
Nadia miró hacia el mismo punto y soltó una carcajada.
—Joder, tío, ¿desde primera hora? Pues te toca esperar un poco.
Vera se levantó de la mesa y se acercó a nosotros con paso tranquilo.
—Si queréis, me ocupo yo. Tú no te preocupes —dijo.
Bruno la miró con los ojos como platos, pero no se negó, y eso le bastó a Vera para alargar la mano y tomarlo con firmeza.
—Mmm. Veo que ya está a tono. ¿Me dejas? —ronroneó.
Bruno no contestó. Solo miró de reojo a su mujer.
—Todo tuyo —concedió Nadia—. Pero su culo ni lo toques.
Vera se rió.
—¡Qué pena!
Nos sentamos a desayunar mientras ella tiraba de Bruno hacia el jardín. Desde la mesa veíamos perfectamente cómo lo guiaba hasta una de las hamacas y lo tumbaba, colocándose entre sus piernas. No tardó ni un segundo en agacharse y empezar a lamerlo.
—Veo que al final sucumbe a los encantos de Vera —comenté.
—No del todo —respondió Nadia, untando una tostada—. Pero ya caerá.
—Durará lo que Vera quiera que dure —apuntó Tobías—. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, lo consigue.
Seguimos comiendo sin prisa, mirando de reojo cómo Vera devoraba a Bruno mientras le acariciaba el pecho con la mano libre.
—Yo, con tu permiso, voy a despertar a tu marido —dijo Sofía, mirándome.
—Dame un minuto que termino y te acompaño —se ofreció Nadia—. Así le damos los buenos días entre las dos.
Cuando acabaron, las dos subieron a despertar a Damián, y yo me quedé recogiendo la cocina.
***
Era plenamente consciente de cómo me miraba Tobías cada vez que me agachaba para meter algo en el lavavajillas. Para qué negarlo: me estaba exhibiendo descaradamente delante de él, arqueando la espalda más de lo necesario.
Le estaba dando la espalda cuando lo noté acercarse. Sus manos me rodearon la cintura y sentí su erección colarse entre mis nalgas.
Empujé el culo hacia atrás, buscándola, y la hice deslizarse entre mis muslos hasta rozar los labios de mi sexo, que ya estaba húmedo.
Sus manos subieron despacio, acariciándome el vientre, hasta cubrirme los pechos. Me pellizcó los pezones, duros como piedras, con una suavidad que me hizo cerrar los ojos.
Sentí su aliento en el cuello y, después, su lengua trazando el contorno de mi oreja.
—Mmm… eso te lo ha contado Damián —murmuré.
Tobías no dijo nada. Siguió pellizcándome los pezones mientras me lamía el lóbulo y mecía las caderas como si ya estuviera dentro de mí.
Notaba su polla dura entre las piernas, humedeciéndose con mi propio deseo. Me giré buscando su boca, y él me levantó sin esfuerzo y me sentó en el borde de la encimera.
Mientras nos besábamos, lo agarré con una mano y empecé a masturbarlo con calma, dirigiéndolo hacia mi entrada. Pero él tenía otros planes.
Separó su boca de la mía y fue bajando: primero a los pechos, donde se entretuvo lamiendo y mordisqueando hasta hacerme arquear la espalda; después, más abajo, hasta arrodillarse frente a mí.
Cada vez que su lengua pasaba por mis pezones sentía como pequeñas descargas. Cuando llegó a mi sexo, separó los labios con la punta de la lengua, sin prisa, antes de hundirla y buscar el clítoris.
En cuanto lo rodeó, me sacudió el primer orgasmo. Él no se apartó. Siguió jugando con la lengua mientras yo me retorcía e intentaba cerrarle las piernas, sin conseguirlo.
Cuando por fin se incorporó, se colocó entre mis muslos y pasó la punta por mi sexo sin llegar a entrar, provocándome. Alargué la mano, lo agarré y lo guie yo misma hasta la entrada.
Poco a poco fue llenándome, hasta el fondo, y empezó a moverse mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas.
Sentía cómo se deslizaba en mi interior, cómo me agarraba los pechos con las dos manos y aceleraba el ritmo. Yo acompañaba cada embestida, clavándole los talones en las nalgas para sentirlo más adentro.
Mi sexo se contraía a cada golpe. Él ahogaba mis gemidos con su boca, sin dejar de moverse. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero cuando llegué de nuevo lo obligué a parar.
Me arrodillé frente a él y me lo metí en la boca. Tenía un sabor entre dulce y salado, el sabor de los dos mezclado, y me deleité recorriendo el glande con la lengua antes de envolverlo con los labios.
Con una mano le acariciaba los testículos mientras deslizaba la lengua a lo largo de toda su extensión, una y otra vez. Noté que se le tensaba el cuerpo, que estaba a punto.
Lejos de apartarme, moví la lengua más rápido contra el glande hasta que se vació por completo en mi boca. Fue tan intenso que se me escapaba por la comisura mientras yo seguía lamiendo, dejándolo limpio.
Me incorporé hasta su boca y lo besé para que se saboreara a sí mismo. Después lo empujé hacia una silla, lo hice sentarse y me acomodé sobre su regazo.
Aún estaba duro. Sin darle tregua, me dejé caer sobre él, clavándomelo hasta el fondo, y empecé a cabalgarlo. Tobías me lamía los pechos y me apretaba las nalgas, ayudándome con el vaivén, hasta que se levantó de golpe, salió de mí y, tomándome de la mano, me llevó al jardín.
***
Allí fuera, el sol pegaba fuerte. Vi cómo Vera cabalgaba a Bruno, que seguía tumbado en la hamaca, y cómo se mecía con cada movimiento de sus caderas.
Nos acercamos a ellos. Me arrodillé delante, tomé a Vera con una mano y acerqué la boca para empezar a lamerla mientras seguía montando a Bruno.
Tobías se colocó detrás de mí, me separó las nalgas y guio su polla hasta mi sexo para entrar de nuevo y bombear con ganas.
Me agarraba de las caderas con fuerza, taladrándome sin descanso, mientras yo no dejaba de atender a Vera y ella cabalgaba a Bruno. Éramos una cadena de cuerpos sudados bajo el sol, cada uno dándole placer al de delante.
Tobías aguantó poco. Salió de mí y terminó corriéndose sobre mi espalda, dejándome un rastro caliente que el aire enseguida enfrió.
Yo no me quedé quieta. Me incorporé, le di la espalda a Vera y me senté sobre ella, acompañándola en la cabalgada mientras ella me sujetaba los pechos desde atrás.
Bruno fue el siguiente en rendirse, vaciándose dentro de Vera. Pero no paramos: seguimos hasta que sentí cómo ella terminaba en mi interior y, casi al instante, llegué yo también, con un grito que se perdió entre los viñedos.
Nos quedamos los cuatro desmadejados sobre la hierba, recuperando el aliento durante un buen rato. Yo estaba dolorida de tanto ajetreo y me costó volver a sentir las piernas.
Tobías se había tumbado a mi lado, con la cabeza apoyada en mi vientre. Vera se acurrucaba contra Bruno, ambos con los ojos cerrados.
Pasado un rato me levanté, me metí bajo la ducha exterior del jardín y, después, en el agua fresca de la piscina, para refrescar el cuerpo agotado. Dejé a los tres allí, derretidos al sol.
Me acordé entonces de que Sofía y Nadia habían subido a despertar a Damián. Miré hacia las ventanas del piso de arriba, pero no alcancé a ver nada, así que me quedé flotando boca arriba, dejando que el agua me devolviera a la vida.
No hay forma más dulce de empezar el día que esta, pensé, sabiendo que la casa entera seguiría ardiendo hasta el anochecer.