Mi primera orgía empezó con una llamada de Sofía
Era domingo por la tarde cuando me sonó el teléfono y vi el nombre de Sofía en la pantalla. Llevábamos años siendo amigas, de esas que se cuentan todo sin filtros, y por su tono supe enseguida que no me llamaba para hablar del clima.
—Marina, ¿tienes algo que hacer hoy? —preguntó, y la oí sonreír al otro lado—. Tengo la casa para mí sola. Invité a Darío y a Rubén, los chicos de la banda. No me saco de la cabeza lo de la otra vez.
«Lo de la otra vez» eran ellos dos, una noche de hacía un mes y un recuerdo que las dos guardábamos como un secreto. Me mordí el labio antes de contestar.
—Suena bien —dije, fingiendo más calma de la que tenía—. Dame un rato para arreglarme y voy para allá.
Colgué y me quedé mirando el armario. No sabía exactamente qué esperaba de la tarde, pero el cuerpo ya había empezado a responder por su cuenta. Elegí unos jeans ajustados, una tanga y un sujetador de encaje a juego, por si la ocasión lo pedía. Algo me decía que lo iba a pedir.
***
Sofía me abrió la puerta con una camiseta fina que dejaba adivinar el encaje debajo. Me hizo pasar al salón y nos sentamos en el sofá, una frente a la otra, mientras esperábamos a los chicos.
—Oye, estuve pensando en lo que comentamos el otro día —dijo, bajando la voz aunque estábamos solas—. ¿Y si en vez de un trío hacemos una orgía? Las dos, los dos, todos a la vez.
Sentí que el calor me subía por el cuello. Estaba apenada y excitada al mismo tiempo, una mezcla que me dejó sin palabras durante un segundo.
—Me encantaría —admití por fin—. ¿Pero crees que ellos vayan a querer?
—Claro que sí. Rubén me dijo que esa noche te vio guapísima, y a Darío también le gustaste, me lo confesó él mismo. —Me apretó la rodilla—. No te preocupes, yo me encargo de planteárselo.
Un rato después llegaron. Saludé a Darío y a Rubén con dos besos cada uno, y ellos trajeron una botella de vodka y refresco para acompañar. Nos sentamos los cuatro, servimos las copas y nos pusimos a charlar como si fuera una tarde cualquiera. Pero había algo eléctrico en el aire, miradas que duraban un segundo de más, risas un poco más nerviosas de lo normal.
Cuando llevábamos un par de copas, Sofía dejó su vaso sobre la mesa y los miró a los dos.
—Chicos, Marina y yo queremos proponerles algo —dijo, directa como siempre—. Queremos hacer una fantasía con ustedes. Aquí y ahora, los cuatro juntos. Espero que acepten.
Darío y Rubén se miraron, sonrieron y la respuesta fue casi simultánea.
—Claro que sí.
***
Sofía no perdió el tiempo. Se puso de pie frente a ellos y, despacio, se quitó la camiseta. Luego se desabrochó el sujetador y lo dejó caer sobre el respaldo del sofá. Los dos contuvieron el aliento.
—Qué barbaridad —murmuró Rubén.
—Gracias —respondió ella, divertida, sabiéndose el centro de todas las miradas.
Entonces me buscó con la mano.
—Marina, ven aquí conmigo.
Me levanté con las piernas un poco temblorosas. Sofía me desabrochó la blusa botón a botón, con una lentitud deliberada, y después me quitó el sujetador. Sentí el aire fresco en la piel y, al instante, las manos de los chicos. Darío se acercó a mí y Rubén a ella; nos acariciaron los pechos, los recorrieron con la boca, y entre besos las dos terminamos riéndonos del descaro con el que habíamos llegado hasta ahí.
Nos guiaron hasta la mesa baja de madera del salón y nos tumbaron encima, una al lado de la otra. Nos quitaron los jeans y nos separaron las piernas con una suavidad que contrastaba con la urgencia de sus respiraciones.
Darío se arrodilló entre las mías y empezó a recorrerme con la lengua, de abajo arriba, sin prisa, como si tuviera toda la tarde. Atrapó mi clítoris entre los labios y lo presionó con una precisión que me hizo arquear la espalda contra la madera. A mi lado, Sofía gemía cada vez más alto, y oírla a ella me encendía tanto como lo que me estaban haciendo a mí.
Escuché su orgasmo antes que el mío: un quejido largo, entrecortado, que pareció contagiar a Darío. Empezó a lamerme más rápido, más intenso, y yo dejé de pensar. Me agarré al borde de la mesa, contuve la respiración y me dejé caer en una ola que me dejó temblando.
***
Sofía se incorporó con las mejillas encendidas y una sonrisa traviesa.
—Ahora nos toca a nosotras —dijo—. Pero primero yo.
Se arrodilló sobre la alfombra y los dos se acercaron, desabrochándose los pantalones. Yo no le quitaba ojo, sobre todo a Darío, porque a Rubén ya lo conocía de la otra vez. Cuando se bajaron la ropa interior, no pude evitar comparar: Rubén la tenía de un tamaño promedio, gruesa; Darío, claramente más grande.
Sofía los tomó a los dos, uno en cada mano, y empezó a atender primero a Rubén, despacio, mirándolo a los ojos. Después cambió a Darío, alternando entre ellos, disfrutándolo tanto como ellos.
—Déjame a mí —dije al cabo de unos minutos, arrodillándome a su lado.
Me concentré en Darío mientras con la otra mano acariciaba a Rubén. Lo tomé hasta el fondo, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo. Rubén soltó una risa ronca.
—Cómo me gustaban a mí esas cosas —le dijo a su amigo.
Sonreí y cambié de uno a otro, dejándome llevar por la respiración entrecortada de ambos. Sofía me observaba con los ojos muy abiertos.
—No tenía idea de que supieras hacer eso —me dijo—. Quiero aprender.
—Es solo práctica —contesté—. Relajas la garganta y ya está. Ven, te enseño.
La levanté y volvimos a tumbarnos en la mesa, esta vez con la cabeza colgando en el borde. Les hice una seña a los chicos. Rubén se acercó a ella y Darío a mí, y poco a poco, con cuidado, fueron marcando un ritmo que nos cortaba el aliento. Veía la cara de Sofía iluminada de placer, sorprendida de sí misma, y eso me gustaba casi tanto como lo demás.
***
Sofía sacó un par de preservativos de un cajón y me pasó uno. Se lo puse a Darío con los dientes apretados de pura impaciencia; ella se encargó de Rubén. Los chicos se sentaron en el sofá y nosotras nos montamos encima, cada una sobre el suyo.
Bajé despacio sobre Darío y lo sentí entrar sin esfuerzo, porque estaba completamente mojada. Me sujetó de las caderas y empecé a moverme, arriba y abajo, marcando yo el ritmo. A mi lado, Sofía cabalgaba a Rubén mientras él le sostenía los pechos y le susurraba cosas que no alcanzaba a oír. Las dos gemíamos a la vez, mirándonos de reojo, cómplices.
—Cambiemos —propuso ella después de un rato.
Nos pusimos de pie y nos intercambiamos: yo con Rubén, ella con Darío. Me senté sobre Rubén y lo recibí de inmediato, cabalgándolo mientras él me besaba el pecho. Sofía hacía lo mismo al otro lado, sin parar, las dos respirando al mismo compás.
—Ahora vamos a por más —dijo ella, alcanzando un bote de lubricante de la mesa.
Nos lo repartimos. Me coloqué de espaldas a Rubén y me dejé caer poco a poco, dándole tiempo a mi cuerpo de adaptarse. Él me acariciaba mientras me sostenía, y el placer fue creciendo despacio, parejo, hasta volverse delicioso. Sofía, junto a mí, hacía lo propio con Darío, y de tanto en tanto nos buscábamos con la mirada, incrédulas de lo lejos que habíamos llegado.
***
Los chicos también quisieron probar cosas nuevas. En un momento Rubén se apartó de mí para acercarse a Sofía, y entre los dos la atendieron a la vez, uno por delante y otro por detrás. Yo los miraba desde un lado, y reconozco que verlos me excitaba tanto como participar. Sofía gemía sin contenerse, perdida del todo.
—Ahora me toca a mí —dije, incapaz de seguir mirando sin más.
Rubén se sentó y volví a montarlo de frente. Darío se colocó detrás. Cuando los sentí a los dos a la vez, se me escapó un gemido largo que no supe ni de dónde salió. Besaba a Rubén mientras Darío me sujetaba de las caderas, y todo el cuerpo se me tensó hasta que llegó mi segundo orgasmo, tan fuerte que me dejó sin fuerzas, apoyada sobre el pecho de Rubén.
—Pongámonos las dos a cuatro patas —jadeó Sofía, casi sin voz—. ¿Aceptan, chicos?
—Por supuesto —contestaron, y la prisa de sus voces lo decía todo.
Se quitaron los preservativos. Nos colocamos una al lado de la otra y los sentí detrás de nosotras. Rubén marcaba un ritmo firme contra mí mientras yo apretaba para que lo sintiera todo. A mi lado, Sofía gemía cada vez más rápido, hasta que escuché a Darío llegar al final sobre su espalda.
Ver cómo se corría sobre mi amiga me calentó de un modo difícil de explicar. Él se apartó, con la respiración rota, y Rubén siguió empujando con más intensidad, hasta que lo noté tensarse y rendirse del todo, vaciándose con un quejido grave que me arrancó el último escalofrío de la tarde.
***
Nos quedamos los cuatro tirados, riéndonos, recuperando el aliento entre cojines y ropa desperdigada por el suelo.
—No me imaginaba que fueran tan lanzadas —dijo Rubén, todavía agitado—. Nos encantó.
—Ustedes tampoco se quedan atrás —respondió Sofía, pasándome una copa de las que habían quedado a medias.
La miré y las dos nos echamos a reír, sabiendo, sin decirlo, que aquella tarde no iba a ser la última. Brindamos en silencio por la idea que se le había ocurrido a ella un domingo cualquiera, con una llamada y una sonrisa al otro lado del teléfono.