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Relatos Ardientes

Lo que empezó en la sauna terminó en otra cosa

Ilustración del relato erótico: Lo que empezó en la sauna terminó en otra cosa

Salí de la oficina a las seis de la tarde y el sol seguía pegando como si fuera pleno agosto. Era principios de octubre y el verano no quería irse. Me puse el casco y, en cuanto arranqué la moto, sentí que la cabeza se me cocía dentro. A mitad de camino se me cruzó la idea de pasar por la sauna. Hacía meses que no me dejaba caer por ahí, pero esa tarde tenía ganas de ver qué se movía por aquel rincón discreto del centro.

Dejé la moto en una placita cercana y bajé las escaleras de una vieja casa señorial restaurada. El lugar es antiguo pero está limpio y bien cuidado. Fue ahí, años atrás, donde empecé a darle forma a mi lado bisexual y descubrí todo un mundo que no sospechaba. Lo que más me sorprendió entonces fue que la mayoría no eran gays declarados, sino tipos casados, con hijos, hombres como yo, curiosos que solo querían darle salida a una fantasía que no se animaban a contar en voz alta.

Pero basta de recuerdos. Esa tarde la cafetería estaba animada y los vestuarios tenían el trajín de siempre. Me desnudé, guardé todo en la taquilla y me até la toalla a la cintura. Como acostumbro, la doblé y la acomodé hasta que quedó como una minifalda ceñida, con los muslos depilados a la vista. Pasé por la ducha y entré a la sauna. Solo había tres personas dentro.

Un hombre mayor y corpulento, un chico de unos treinta y cinco, y un tipo de mi edad, por los cincuenta y algo, que parecía latinoamericano: bajito, macizo, con ese cuerpo de quien se gana la vida con trabajo físico. Hubo alguna mirada, nada del otro mundo. Al rato nos quedamos solos él y yo.

Fue él quien empezó a hablar, tanteando el terreno con preguntas sueltas.

—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó.

—De vez en cuando. ¿Y tú?

—Menos de lo que querría. El trabajo no me deja. Estoy casado, así que solo me escapo cuando puedo —dijo, y enseguida me devolvió la pregunta—. ¿Tú también, con alguna mujer?

—También. Pero sin dramas. Somos liberales los dos, bisexuales, y disfrutamos como podemos, con otra gente.

Se quedó mirándome como si le hubiera contado un secreto enorme. No paraba de repetir la suerte que tenía y que hablar de todo aquello lo había puesto a mil. Me reí y le señalé el bulto que se le marcaba bajo la toalla. Él se rió también y la apartó, mostrándome una polla gruesa y depilada, de las que imponen. Le dije que lo mío era más discreto y me contestó que tampoco estaba nada mal.

—¿Tú qué eres, activo o pasivo? —soltó de pronto.

—Con los hombres, pasivo. Me gusta el sexo algo duro, y me vuelve loco un macho que sepa mandar.

Sonrió de lado.

—Entonces los dos hemos tenido suerte hoy. Acabamos de encontrar justo lo que buscábamos.

No hubo más palabras. Me agarró el paquete con fuerza y me besó ahí mismo, dentro de la sauna.

***

Nos fuimos directos a las duchas, a la vista de un par de clientes que no perdían detalle. Él se colocó detrás de mí, rozándome los muslos y las nalgas con la polla, y yo me empalmé en cuestión de segundos. Sus manos enjabonadas me recorrieron la espalda, se acomodaron entre las nalgas y me masajearon con una mezcla de suavidad y firmeza que me dejó temblando. Mientras caminábamos hacia las cabinas, no dejó de magrearme y de soltarme algún azote.

Las cabinas son estrechas: una repisa con una colchoneta, un monitor pequeño y poco más. No hubo preliminares ni rodeos. Me empujó de espaldas sobre la colchoneta, se colocó en un sesenta y nueve y me llevó las piernas hacia arriba. Mientras su lengua jugaba con mi entrada dilatándome poco a poco, yo me las arreglé, con esfuerzo, para tragar más de la mitad de su polla.

—Marco —me había dicho que se llamaba, antes, en la sauna. Y entonces Marco me ordenó que me quedara quieto.

Bajó de la repisa, me agarró de los muslos, me puso los tobillos sobre los hombros y tiró de mí hacia él. Untó lubricante, frotó la punta contra mi entrada y empezó a empujar despacio. Protesté, me retorcí, pero no se detuvo: fue entrando centímetro a centímetro hasta el fondo.

—Eres mía ahora —me susurró con una sonrisa pícara.

Yo ya estaba al rojo vivo, con la polla a punto de reventar. Empezó con un vaivén suave que fue subiendo de intensidad hasta volverse durísimo, sacándola y metiéndola de un golpe. Acompañaba cada embestida con algún azote en los muslos. En un momento me dio una bofetada que me dejó la mejilla ardiendo y me ordenó ponerme a cuatro patas.

Obedecí. Se subió a la repisa, se acuclilló sobre mí y me cabalgó con todo durante varios minutos. Después me tiró del pelo, me pasó el brazo por delante del cuello y empezó a apretar. Pensé que era parte del juego, que aflojaría, pero siguió. Me fui mareando, sentí cómo el cuerpo se me relajaba solo, y justo entonces me soltó. Volví en mí casi de inmediato, supongo que no había pasado más de un segundo, pero la cabeza me daba vueltas.

—Abre la boca —dijo, sacándola y dándome un azote tremendo.

Acerqué los labios a tiempo de recibir un chorro espeso y abundante que me llenó la boca y parte de la cara. Me embadurnó con su mano y me ordenó tragar. Lo hice. Después le limpié la polla con la lengua hasta dejarla sin una gota.

—¿Te gustó? —me preguntó mirándome la entrepierna.

Le dije que sí, y en ese momento caí en la cuenta de que no me había corrido. Pero al bajar la vista vi que la tenía flácida y goteando.

—Cuando te apreté el cuello y se te relajó el cuerpo, te corriste —me explicó—. Le pasa a mucha gente con este tipo de sexo.

Nunca me había ocurrido. Me quedé desconcertado mientras él se reía con calma.

***

Decidimos tomar algo en la cafetería para charlar. En el bar Marco se interesó mucho por nuestra vida en pareja abierta, y yo le hablé largo y tendido de Carla, mi mujer, y de Bianca, una vecina trans con la que habíamos armado un trío que funcionaba de maravilla. Le brillaron los ojos.

—Me encantaría compartir algo con vosotros —dijo—. Pero acabamos de conocernos, y entiendo que dudes.

—Por mí no hay problema —contesté—. Y estoy seguro de que ellas tampoco lo tendrían.

Se entusiasmó. Le propuse que organizara él algo, ya que conocía gente, y que sumara a quien quisiera además de nosotros. Quedó en darle un par de vueltas. Intercambiamos teléfonos y acordamos hablar en dos días.

No pasó ni uno. A las cuatro de la tarde del día siguiente, Marco me llamó: ya tenía algo cerrado con unos amigos que llevaban un bar de ambiente latino. Me dio la dirección para vernos esa misma tarde, tomar un café y afinar los detalles.

El local lo regentaba una mujer trans que, según las fotos de las paredes, había sido reina de belleza en su país años atrás. Pasados los cincuenta, seguía siendo tremendamente atractiva: cintura estrecha, una pequeña barriga que en lugar de afearla la hacía más sensual, y un trasero respingón que podía competir con el de Carla. Se llamaba Yamila y, en cuanto me vio, se puso a conversar conmigo como si me conociera de toda la vida.

Quedamos para el día en que el bar cerraba. Estaríamos Marco, Yamila, un par de amigos suyos y, por nuestra parte, Carla, Bianca y yo. Antes de irme, Yamila se colgó de mi cuello, me metió la lengua hasta el fondo y apretó un bulto considerable contra el mío, mientras Marco, que no desaprovechaba ocasión, nos acariciaba las nalgas a los dos y se despedía con una palmada para cada uno.

En casa lo conté todo. Carla y Bianca aceptaron encantadas. Bianca, además, ya había oído hablar de Yamila: que había llegado sin nada y se había abierto camino a fuerza de carácter, y que sus fiestas eran legendarias.

***

Llegamos al local pasadas las nueve. Bianca con un vestidito de cuero negro, botas altas de tacón imposible y medias oscuras; yo arreglado a juego con ella. Carla solo llevaba una gabardina roja, tacones del mismo color y, debajo, un conjunto de encaje pálido. Yamila nos recibió en un short vaquero diminuto y un sujetador de encaje rojo. Nos besó a los tres y enganchó del brazo a Carla para las presentaciones.

Primero nos presentó a Samira, una chica marroquí de unos treinta años, delgada, con una melena negra larguísima y un cuerpo de modelo, embutida en un vestido blanco ceñidísimo. Luego a Wílmer, un colombiano robusto, de espaldas anchas y brazos que parecían a punto de reventar la camisa. El último era español, un tal Rubén, fibroso, de unos sesenta, la pareja de Yamila, con cara de pocos amigos aunque saludó con amabilidad.

La velada arrancó con cervezas, picoteo y música latina de fondo. Poco a poco las conversaciones se acercaron y empezaron las primeras caricias. Yamila y Rubén acaparaban a Carla, alabándole el cuerpo y metiéndole mano por todos lados, y ella, que disfruta de esto como nadie, se dejaba hacer y devolvía el juego. Samira y Marco charlaban con Bianca, mientras a mí me tocó Samira un rato: amable, culta, pero de sangre caliente, sin dejar de acariciarme entero.

Cuando la cosa empezó a subir de temperatura, Yamila cerró las cortinas con un mando, bajó las luces hasta dejar una penumbra cálida y suavizó la música. Sin darnos cuenta, la fiesta ya había empezado. Vi a Carla besándose con Yamila, que rozaba el vientre de mi mujer con una erección considerable. Rubén, igual de armado pero con la polla más marcada, se la frotaba a Carla sobre las nalgas. Al mirar hacia el otro grupo, vi a Bianca comiéndole la polla a Marco mientras Samira, recostada sobre unos almohadones, cabalgaba a Bianca con Marco tirándole del pelo.

Por mi parte, Wílmer no se andaba con rodeos. Me quitó el vestido de dos tirones, me tumbó de espaldas sobre una mesa y me levantó las piernas. Cuando apoyó la polla contra mi entrada, lo frené en seco.

—Sin lubricante, ni hablar —le dije. El tamaño daba respeto de verdad.

Entendió, buscó en un cajón y volvió con lubricante. Empujó despacio. Entró con relativa facilidad, pero la presión era enorme; el miedo me hacía temblar más que el dolor.

De pronto escuché los gritos de Carla. Me giré y la vi suspendida en el aire, con las piernas sobre los hombros de Rubén, empalada hasta el fondo, mientras Yamila le separaba las nalgas para sumarse a la embestida. Cada golpe le arrancaba un grito.

—Preocúpate por lo tuyo —me dijo Wílmer, con dos empellones que me sacaron de mi concentración—. Ella está bien. Pero a ti te voy a dejar sin saber por dónde te vino.

***

Alcancé a mirar a Bianca, que se ocupaba de Samira mientras Marco intentaba colocarse detrás de ella haciendo equilibrios, porque Bianca le sacaba una cabeza entera. La cara de mi amiga lo decía todo: los ojos en blanco, los gemidos sin freno.

Wílmer se cansó de que no le prestara atención. Me dio la vuelta de un giro brusco, dos palmadas que me dejaron las nalgas ardiendo, me agarró del pelo y me clavó la polla de un solo golpe, bombeando como un animal. La mesa, que pesaba lo suyo, se desplazaba con cada embestida. En ese momento vi a Carla convulsionar entre Yamila y Rubén, que se corrieron casi a la vez. Mi mujer me buscó con la mirada, me dedicó una sonrisa de pura satisfacción y caminó hacia mí. Se sentó en la mesa donde yo recibía el castigo de Wílmer, abrió las piernas frente a mi cara y no hizo falta decir nada: hundí la boca entre sus muslos mientras él aceleraba detrás de mí.

Cuando salió, lo hizo soltando un chorro que me cruzó la espalda. Yo necesitaba correrme, así que me solté, me planté frente a Carla y acabé sobre ella sin avisar. Apenas terminé, Marco aprovechó que mi mujer seguía medio arrodillada y la tomó por detrás, mientras Bianca se colocaba a mi espalda y me penetraba a mí. Bastaron unos empujones para que los dos terminaran a la vez.

El resto aplaudió y celebró que la fiesta había sido un éxito. Pero Samira protestó: dijo que a ella todavía le quedaba cuerda y quería más. Yamila, como dueña y maestra de ceremonias, le contestó que todos estaban agotados, pero que su capricho sería complacido: que eligiera ella con quién quería cerrar la noche.

La marroquí lo tuvo claro. Tomó a Carla de la mano y se la llevó a la ducha. Reaparecieron media hora después, limpias y perfumadas, para regalarnos un espectáculo. Empezaron besándose y recorriéndose el cuerpo, pasaron a un sesenta y nueve de costado y se buscaron mutuamente con las manos hasta arrancarse orgasmos largos y ruidosos que nos dejaron a todos sin palabras. Aplaudimos como locos.

La noche terminó con todos durmiendo sobre una especie de tatami en la trastienda, porque nadie se atrevió a marcharse sin recuperar antes algo de fuerzas. Mientras me quedaba dormido, pensé que aquel desvío camino a casa, por un simple golpe de calor, había abierto una puerta que no pensaba volver a cerrar.

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Comentarios (3)

NicoMdp

tremendo relato!! me dejó con ganas de mas

SantiagoUY

por favor que haya segunda parte, me quedé justo en lo mejor jaja

lector_cba

Que situacion la de la sauna, no esperaba ese giro para nada. Muy entretenido de leer

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