La sorpresa que le devolví a mi marido con dos amigas
Después de aquella noche que conté en mi relato anterior —la primera vez que estuve con otro hombre que no era mi marido, mientras él observaba sin perderse un detalle—, me quedé con una idea fija en la cabeza: tenía que devolverle el regalo. Algo a su altura. Algo que lo dejara sin palabras, como me había dejado a mí.
Lo estuve hablando con Camila, una amiga con la que volví a frecuentarme en esos meses. Le conté todo lo que había pasado y se emocionó tanto que terminó confesándome, muerta de risa, que al llegar a su casa esa noche no había podido contenerse y se masturbó pensando en ello.
—Quiero sorprenderlo yo a él ahora —le dije—. ¿Se te ocurre algo?
Camila tenía la mente más abierta que nadie que yo conociera. Se quedó pensando un segundo, se mordió el labio y soltó:
—¿Qué le parecería a tu marido estar con tres mujeres? Y antes de eso, un show en vivo de las tres.
Wow. Quedé más picada por la idea que él conmigo aquella vez.
—¿Y de dónde sacamos a la tercera? —pregunté, con el corazón ya acelerado.
Sonrió como quien guarda un as bajo la manga. Me contó que tenía una amiga, una mujer casada que se veía con ella en privado, liberal y curiosa, a la que seguro le interesaría la propuesta. Se llamaba Selena.
Quedamos en reunirnos al día siguiente para conocerla y darle el visto bueno al plan.
***
Cuando me la presentaron, entendí por qué Camila la había elegido. Selena era de nuestra edad, con un cuerpo firme y trabajado, unos pechos que daban ganas de morder y unos labios carnosos que pedían lo mismo. Nos sentamos en un café del centro y hablamos del asunto con una naturalidad que me sorprendió.
—Con mi marido salimos a encuentros de intercambio hace años —me contó, removiendo el café sin apuro—. Es divertido, lo pasamos increíble. Si quieren, alguna vez los invitamos. Y si les da miedo, podemos hacerlo entre los cuatro: ustedes dos con nosotros.
Me gustó su seguridad. Selena tenía experiencia de sobra y conocía los lugares apropiados, esos sitios discretos pensados justo para esto. Lo planeamos hasta el último detalle: el sitio, la hora, quién llegaba primero.
En casa, mientras tanto, mi marido no sospechaba nada. Empecé a tirarle la idea de salir un fin de semana, de pasar un buen momento después de la sorpresa que me había dado. Sonrió con picardía.
—Me parece perfecto —dijo, sin imaginar lo que se le venía.
Le conté solo lo justo: que íbamos a un lugar nuevo que me habían recomendado, que invitaría a un par de amigas a pasar un rato con nosotros. Aceptó encantado y así quedamos.
***
Llegó el fin de semana. Me arreglé como sé que lo enloquece: ropa ajustada, mirada de las que no admiten dudas. Camila y Selena me pasaron la ubicación, se la reenvié a él y la siguió feliz al volante, sin sospechar nada. Todo iba según el plan.
Cuando llegamos, ellas ya estaban ahí. Mi marido conocía a Camila, pero al ver a Selena la saludó algo sorprendido, mirándola de reojo. El lugar era amplio: un sofá grande frente a una cama enorme, pensada para varias personas. Empezamos a beber. Los tragos fueron subiendo, la ropa fue cayendo y todos quedamos más sueltos, más livianos.
Lo tomé de la mano y lo llevé hasta el sofá, frente a la cama.
—Quédate aquí quieto —le dije al oído—. Esta vez la sorpresa es para ti.
Camila me tomó de la mano y empezó a besarme. Selena se acercó por detrás; sentí sus pechos contra mi espalda y un escalofrío me recorrió entera. A Camila ya la conocía, pero Selena me ponía nerviosa: era pura tensión, no sabía qué iba a hacer en cada momento, y eso me encendía como pocas cosas.
Las tres nos fuimos intercambiando, cambiando de posición sobre la cama, mientras mi marido miraba desde el sofá. Por su mirada y por cómo se acomodaba, supe enseguida que estaba disfrutando cada segundo. Saber que me observaba, igual que yo lo había observado a él aquella vez, multiplicaba todo.
Nos acostamos las tres. Camila ya sabía lo que me gustaba y había traído algunos juguetes. Me abrieron las piernas y Selena bajó entre ellas. Sabía exactamente dónde besar, con qué ritmo, cuándo detenerse un instante para hacerme rogar. Camila, mientras tanto, se montó sobre mi rostro y yo me perdí en ella. No las veía, pero las sentía a las dos a la vez, y eso era suficiente.
De reojo alcanzaba a ver a mi marido, devorándonos con la mirada, incapaz de quedarse quieto en el sofá.
***
Selena se incorporó y sacó un arnés con un consolador generoso. Se lo ajustó, lubricó sin prisa y, conmigo boca arriba, empezó a penetrarme. Primero lento, midiendo cada movimiento; después fue subiendo el ritmo hasta llegar al fondo. Cada embestida me hacía devorar a Camila con más ganas.
En un momento, las dos se inclinaron sobre mí y empezaron a besarse: Selena sin dejar de moverse dentro de mí, Camila aferrada a mi cuerpo. La escena de ellas dos besándose mientras me cogían fue demasiado para mi marido, que estaba a punto de salir corriendo del sofá.
Pararon. Tomé aire, me senté en el borde de la cama y lo miré.
—¿Te gusta tu sorpresa? —le pregunté—. Prepárate para lo que viene.
Me levanté, lo tomé de la mano y lo llevé a la cama. Camila y Selena se acomodaron a sus lados. Yo me ubiqué entre sus piernas y empecé a recorrerlo con la boca, mientras ellas dos lo besaban, una de cada lado. Camila se sumó a mí y juntas seguimos jugando con él, turnándonos, riéndonos, mirándolo a los ojos.
Selena se puso de pie sobre la cama. Lo tomó de la cabeza con firmeza.
—Hoy te toca a ti también —le dijo, y acercó su sexo a su boca.
Mi marido, que nunca se había visto en una así, obedeció sin chistar. Verlo entregado de ese modo, dejándose llevar por una mujer que apenas conocía, me prendió todavía más.
***
Cambiamos de posición un par de veces más. Camila se sentó sobre él, de espaldas, mirando hacia sus pies; yo me coloqué frente a ella y la besé mientras mi marido me sostenía de la cintura. Después Selena volvió a colocarse el arnés y me tomó del pelo para que la atendiera con la boca. Era impredecible, intensa, justo lo que me había imaginado de ella.
Hicimos una pausa para recuperar el aliento, con un par de tragos más, y volvimos enseguida. La cama era un enredo de cuerpos: Camila cabalgando a mi marido, él hundido entre mis piernas, Selena dirigiendo el ritmo de todas.
En un momento, Camila y yo nos buscamos. Enredamos las piernas, frotando nuestros sexos una contra el otro. Era la primera vez que lo hacía y la sensación me sorprendió: el roce, el calor compartido, la humedad mezclándose. Era delicioso de un modo distinto, más lento, más íntimo, aun en medio de todo aquel desorden.
Selena, mientras tanto, montaba a mi marido con una soltura que solo da la experiencia. Se elevaba sobre él para lograr una penetración más profunda y bajaba despacio, apretándolo, jugando con cada centímetro. Verlos así, con esa precisión, era hipnótico.
***
Llegó un punto en que ya nadie quería parar. Mi marido y yo estábamos tan encendidos que el final se volvió inevitable. Él terminó primero, fuera de sí, y Selena, Camila y yo nos acercamos a recibirlo entre las tres, riéndonos y besándonos después con complicidad.
Selena quedó tendida boca abajo en la cama, agotada. Nos levantamos a beber algo, todavía temblando, y conversamos un rato. Nos contó con detalle lo que se vivía en esa habitación cuando organizaban fiestas más grandes: orgías enteras, noches de puro desenfreno. Mientras hablaba, sin darnos cuenta, nos fue calentando otra vez.
Me acerqué a mi marido y volví a recorrerlo con la boca, despacio. Se sentó contra el respaldo y yo seguí, sin apuro. Camila y Selena se sumaron, una a una y a veces las dos juntas. Era, sin duda, una sorpresa que había superado con creces a la que él me había dado, aunque —siendo honesta— jamás esperé que me dejara estar con otro hombre, mucho menos delante de él.
Selena se incorporó y se ajustó otra vez el arnés. Me monté de frente sobre mi marido; Camila lo guio con la mano, en un gesto de ayuda que me pareció de lo más excitante. Selena se colocó detrás de mí, lubricó con cuidado y, de pronto, los dos me estaban penetrando a la vez: mi marido por delante, ella por detrás.
Sentir el roce a través de la fina barrera de piel, sus pechos contra mi espalda, su aliento en mi nuca, mientras él me sostenía de frente, fue una de las sensaciones más intensas de toda la noche. Camila se acercó de costado y nos besaba a los dos por turnos, pasando de su boca a la mía sin descanso.
Estar tomada por ambos a la vez me gustó tanto que supe, ahí mismo, que se me iba a hacer costumbre. A esas alturas ya había perdido la cuenta de los orgasmos; las piernas me temblaban solas.
***
Camila pidió su turno. Se sentó sobre mi marido de espaldas, y yo la besé mientras él se movía bajo ella. Selena, con el arnés todavía puesto, se acomodó frente a Camila y la penetró con una destreza que la hizo gemir fuerte; solo de verlas, mi marido estuvo a punto de terminar otra vez. Camila acabó en ese instante, con un grito que se mezcló con los de todas.
Selena lo notó, se detuvo, y las tres nos lanzamos a la vez sobre él hasta que terminó, dejándonos a las tres con esa sonrisa boba de quien ya no puede más. Nos levantamos y le dimos un beso cada una, en orden. La última fui yo.
—Gracias por la sorpresa —me susurró, todavía agitado.
Nos quedamos los cuatro tendidos en la cama, enredados, en silencio, escuchando nuestras respiraciones ir bajando de a poco. Había sido una noche de puro desenfreno, de las que no se planean dos veces igual.
Lo miré de reojo, ese hombre que esa noche fue, sin dudarlo, el más afortunado de todos. Y pensé que, si esto era devolver un favor, no me iba a costar nada quedar siempre en deuda.