Fui el regalo de cumpleaños de su mejor amigo
Para los que no me conocen, me llamo Lorena y tengo veintinueve años. Soy de piel clara con un tono apenas tostado, cabello negro, espeso, que me llega más abajo de los hombros. Estoy un poco rellenita, lo admito, pero con curvas en su sitio: pechos grandes, cintura estrecha y un trasero que siempre me ha dado más de una alegría. Esta vez quiero contarles una tarde que terminó en una doble penetración con dos amigos, hace ya un tiempo, y que todavía recuerdo con la respiración entrecortada.
Había quedado con uno de ellos para vernos, como otras veces. Cuando pasó a buscarme me subí a su carro sin pensar demasiado, pero al cerrar la puerta noté que en el asiento de atrás había alguien más. Un chico al que yo no conocía. Me reí sola, mirando por la ventanilla, porque sabía perfectamente por dónde venía el asunto.
—Es mi cumpleaños —me dijo Sebastián con una sonrisa de medio lado—. Y quiero ofrecerte como mi regalo.
Solté una carcajada y le pedí que parara un momento para pasarme atrás. Él frenó en la cuneta, yo me arrastré entre los asientos y caí junto al desconocido. Me dijo que se llamaba Damián. Le deseé un feliz cumpleaños muy cerca de la boca, y empecé a besarlo antes de que terminara de contestarme.
Nos besamos lento al principio, tanteándonos. Sus manos subieron por mi cintura y las mías se metieron bajo su camiseta. El beso se fue volviendo más sucio, más húmedo, hasta que me bajó el escote de la blusa y me sacó los pechos. Se los llevó a la boca uno detrás de otro mientras el carro avanzaba por la carretera. Sebastián nos miraba de reojo por el retrovisor y aceleraba.
El hotel quedaba lejos, a unos treinta minutos. Para cuando llegamos yo ya estaba desnuda en el asiento trasero, y Damián tenía la mano entre mis piernas, acariciándome despacio. Estaba empapada. Sebastián apagó el motor, se giró y al verme se rió.
—Sabía que no me ibas a decepcionar —dijo.
Había que cruzar un trecho de estacionamiento para llegar a la habitación, así que empecé a buscar mi ropa entre los asientos. Los dos se rieron a la vez.
—Bájate así —me soltó Damián, sujetándome la blusa antes de que la alcanzara—. No te voy a dejar vestirte de nuevo.
Miré a un lado y a otro. Les dije que no, que estaban locos, que cómo se les ocurría, pero ellos insistieron entre risas y, no sé por qué, terminé obedeciendo. Abrí la puerta y bajé un pie, después el otro. Me incorporé completamente desnuda en mitad del estacionamiento, solo con mis zapatillas puestas, y empecé a caminar hacia la habitación. El aire fresco me golpeó la piel, los pezones se me pusieron duros, y el riesgo de que alguien apareciera en cualquier momento me aceleró el corazón. Lejos de cortarme, todo eso me calentó muchísimo más. Sentía cómo me escurría por dentro de los muslos a cada paso, y tuve que apretar las piernas para que no se notara tanto.
***
Al entrar a la habitación, Sebastián le dio una palmada en el hombro a su amigo.
—Feliz cumpleaños, hermano. Es toda tuya primero.
Damián no se hizo de rogar. Me empujó con suavidad sobre la cama, me abrió las piernas y bajó la cabeza sin decir nada. Empezó a comerme con la lengua muy despacio, dibujando círculos, presionando justo donde yo necesitaba. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa sensación, agarrada a las sábanas. Estaba tan concentrada en el placer que no oí a Sebastián desnudarse.
Cuando abrí los ojos lo tenía de pie junto a la cama, y me metió la verga en la boca de un movimiento. La tiene enorme, larga y gruesa, con unos testículos grandes que me rozaban la barbilla. Sin pensarlo me lancé a mamársela con ganas, ahogándome un poco, mientras Damián seguía abajo trabajándome con la lengua.
Estaba en éxtasis. Uno comiéndome por abajo, el otro llenándome la boca, y de fondo las manos de Sebastián apretándome los pechos. No aguanté mucho. Me corrí por primera vez con un temblor que me recorrió de los pies a la cabeza, y todo le cayó a Damián en la cara. Sebastián y yo nos reímos al verlo. Entonces Damián, sin perder la sonrisa, me subió a la cama y me hizo limpiarle la cara con la lengua. Lo hice con gusto, lamiéndole cada gota.
—Métesela ya —le dijo Sebastián—. Mírala, no aguanta más.
Y era verdad, no aguantaba. Quería sentir algo dentro. Damián se terminó de quitar la ropa y dejó libre una verga de tamaño normal pero muy gruesa, con la cabeza ancha. Me puso en cuatro patas para que siguiera mamándole a Sebastián, y por detrás me la metió de una sola embestida. Grité contra la verga que tenía en la boca.
Me embestía lento pero hasta el fondo, llenándome entera. Mi sexo sonaba con cada golpe de lo mojada que estaba, un ruido húmedo que llenaba la habitación. Eso calentó todavía más a Sebastián. Antes de que me diera cuenta me estaba llenando la cara, y yo abrí la boca para recibir lo que pudiera, saboreándolo, tragándome casi todo.
Damián tampoco aguantó mucho más. Con una última embestida que sentí hasta el vientre se vació dentro de mí, caliente, tanto que pensé que iba a reventar. Salió despacio, y noté cómo todo escurría por mis muslos hasta manchar las sábanas.
***
Nos tiramos un rato en la cama, los tres desnudos, recuperando el aliento. Fumamos un cigarrillo y hablamos de cualquier cosa, riéndonos, como si no acabáramos de hacer lo que hicimos. Después, casi sin avisar, me incliné y empecé a mamárselas otra vez a los dos, alternando, pasando de una verga a la otra hasta ponerlas bien duras.
Ellos seguían recostados, comentando entre risas lo bien que se las chupaba, hablando de sus cosas mientras yo solo me concentraba en eso: saborearlas, metérmelas enteras, sentir cómo se endurecían en mi boca. En esas estaba cuando uno de ellos propuso una doble penetración.
Yo seguía escurriendo y caliente otra vez, así que no lo dudé ni un segundo. Dije que sí.
Sebastián se quedó acostado boca arriba y yo me monté sobre él, guiando esa verga enorme hasta metérmela toda. Entró fácil, de lo empapada que estaba, y me arranqué un gemido largo. Me incliné hacia adelante sobre su pecho y levanté el trasero, ofreciéndoselo a Damián.
Él me separó las nalgas y me escupió en el ano. Yo estaba tan caliente que ni había pensado en lo gruesa que era su verga. Empezó a empujarla despacio, con paciencia, y sentí cómo me ardía con cada intento, cómo mi cuerpo se resistía y cedía a la vez. Fue entrando poco a poco, milímetro a milímetro, hasta que estuvo dentro del todo.
Cuando los tuve a los dos dentro me quedé jadeando, con la frente apoyada en el hombro de Sebastián. Sentía que me iban a partir en dos. Y entonces empezaron a moverse. Damián me embestía por detrás, y cada uno de sus envites me empujaba contra la verga de Sebastián, que mientras tanto me manoseaba los pechos y me los apretaba sin compasión.
Me sentía como una diosa, abierta entre esos dos hombres, llena por todas partes al mismo tiempo. Gimiendo fuerte, sin filtro, me corrí en un orgasmo brutal que los dos sintieron palpitar a su alrededor. Se rieron, dijeron alguna grosería sobre lo mucho que me gustaba, y eso, en lugar de molestarme, me calentó todavía más. Empezaron a darme más duro, sin tregua, y yo gritaba del placer y del ardor que esas dos vergas me provocaban a la vez.
No tardaron mucho en acabar. Primero Damián, vaciándose por detrás con un gruñido, caliente. Después Sebastián, debajo de mí, agarrándome de las caderas para clavarse hasta el fondo.
***
Cuando me liberaron de los dos, me dejé caer de lado en la cama, deshecha. Lo de Damián escurría por todas partes y, al moverse, parte le cayó a Sebastián sobre los testículos. Puso cara de asco y se quejó entre risas. Así que me deslicé hacia abajo y se los lamí, limpiándoselos despacio, saboreando esa mezcla todavía tibia hasta dejarle la verga reluciente. Después Damián también acercó la suya para que se la limpiara. Sabía distinto, más fuerte, pero me la comí igual de a gusto hasta dejarla como nueva.
Descansamos un poco más y fumamos otro cigarrillo. Ellos me chupaban los pechos sin prisa, nos manoseábamos perezosos, hasta que llegó el momento de volver al carro. Solo entonces recordé que mi ropa había quedado en el asiento trasero. Les pedí, al menos, que me dejaran limpiarme un poco para no salir así, con todo escurriéndome y pegado por el cuerpo. Obviamente no me dejaron.
Al abrir la puerta de la habitación había una pareja llegando justo en ese momento. Se quedaron de piedra al verme salir desnuda, cruzando el estacionamiento hacia el carro, mientras mis amigos se reían a mis espaldas. Me dio una vergüenza tremenda, las mejillas me ardían, pero caminé con la cabeza alta, orgullosa de haber sido follada por esos dos hombres a la vez.
En el camino de regreso paramos a comer. Me senté en medio de los dos, en el mismo lado de la mesa, y los besaba a uno y a otro, acariciándolos por debajo del mantel mientras ellos hacían lo mismo conmigo. La gente nos miraba raro, intuyendo algo. A mí no me importó en absoluto. Estaba feliz, agotada y satisfecha de haberle regalado a Damián el mejor cumpleaños de su vida.