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Relatos Ardientes

Mi marido quiso verme con un desconocido esa noche

El sábado por la noche ya había electricidad en el aire antes de cerrar la puerta de casa. Marcos me observó mientras terminaba de ajustarme el vestido negro frente al espejo, ese que se ciñe como una segunda piel, con el escote profundo sin sujetador y las medias sujetas al liguero. Se acercó por detrás, me apartó el pelo del cuello y me habló bajo, casi con la voz rota.

—Esta noche vas a volverlos locos a todos —dijo—. Y a mí me va a encantar verte perder el control.

No le respondí. Solo lo miré a través del reflejo y dejé que su mano bajara por mi cadera. Llevábamos semanas hablando de aquello en la cama, a oscuras, cuando las confesiones salen más fáciles. Esa noche los dos sabíamos que ya no era solo conversación.

Llegamos a la discoteca con el grupo de siempre, pero a los pocos minutos el mundo se redujo a la pista, a los graves que se metían en el pecho y a las miradas que se cruzaban en la penumbra. Fue entonces cuando lo vi.

Bailaba solo, en mitad de la gente, como si la música le perteneciera. Era alto y delgado, de piel oscura que atrapaba los reflejos azules de los focos, con una camiseta negra que se le pegaba al cuerpo sin alardear. Movía las caderas con una cadencia lenta, casi hipnótica. Nuestros ojos se encontraron y ninguno de los dos los apartó.

Marcos lo notó enseguida. Me apretó la cintura y se inclinó sobre mi oreja.

—Ese te está devorando con la mirada —murmuró—. ¿Quieres bailar con él?

—Mucho —admití, y noté el calor subiéndome por dentro de los muslos.

—Ve. Pégate a él. Quiero verte.

Fui. Él me abrió un hueco sin dejar de moverse, con una sonrisa ladeada que decía que ya lo sabía todo. Empezamos cerca, rozándonos apenas, midiéndonos. Sus manos eran grandes y encontraron mis caderas como si conocieran el camino. Me hizo girar despacio y me pegó a su pecho de espaldas a él.

—Te llamas… —dejó la frase en el aire, contra mi nuca.

—Esta noche no importa —contesté.

Sentí su aliento caliente en la piel y, más abajo, la dureza creciendo contra mi espalda. Bailamos así varias canciones, el sudor mezclándose, sus dedos subiendo por mis costados hasta rozar el lateral de mis pechos sin llegar nunca del todo. De reojo, en la mesa, distinguía la silueta de Marcos observándonos con los ojos brillantes de deseo y una copa olvidada en la mano.

—¿Vienes con alguien? —me preguntó él al oído, la voz grave vibrándome en la oreja.

—Con mi marido —dije, y arqueé la espalda para apretarme más contra su cuerpo—. Nos está mirando.

Se quedó quieto medio segundo. Luego soltó una risa baja y me sujetó con más fuerza.

—Entonces démosle algo que mirar.

***

Cuando volvimos a la mesa, Marcos nos esperaba con copas nuevas. Le tendió una al desconocido sin dudar.

—Buen espectáculo —dijo, sonriendo—. Llevo media noche cachondo solo de veros.

El otro bebió un trago largo, mirándonos a los dos por encima del vaso, intentando entender las reglas del juego.

—¿Siempre sois así de directos? —preguntó con una media sonrisa.

—Somos de mente abierta —contestó Marcos, y me buscó con la mirada para que yo confirmara—. Y esta noche nos gustaría llevarlo a casa. Los tres. Si te apetece.

Hubo un silencio que duró lo que tarda una canción en cambiar. Después él dejó el vaso en la mesa y asintió.

—Me llamo Darío —dijo, como si de pronto sí importara—. Y sí. Me apunto.

En el coche me senté detrás, con Darío. Marcos conducía y de vez en cuando buscaba mis ojos en el espejo retrovisor, sin perder detalle.

—Bésala —pidió desde delante—. Quiero ver cómo está ya.

Darío me besó profundo, la lengua caliente entrando despacio en mi boca, mientras su mano subía por mi muslo, apartaba la fina tela del tanga y dos dedos largos se hundían en mí. Gemí contra sus labios.

—Estás empapada —dijo, separándose apenas—. ¿Siempre te pones así?

—Solo cuando sé lo que viene —respondí, jadeando.

Desde el asiento delantero llegó la risa ronca de Marcos.

—Buena respuesta, amor.

***

La puerta de casa se cerró a nuestras espaldas y el aire se volvió denso. En el salón, con las luces bajas, Marcos me besó primero. Lento, hondo, reclamándome como hace cuando quiere recordarme de quién soy mientras me presta a otro. Sus manos apretaban mis pechos por encima del vestido.

—Quítaselo —le dijo a Darío sin soltarme la boca.

Darío se acercó por detrás y bajó la cremallera centímetro a centímetro, dejando que el vestido resbalara hasta el suelo. Me quedé en tanga, medias y liguero, los pezones ya duros bajo el aire de la habitación.

—Joder —murmuró él, bajando la cabeza para atrapar un pezón con la boca, tirando suave con los dientes.

Gemí alto. Marcos se arrodilló delante de mí, me separó las piernas y apartó la tela húmeda con un dedo.

—Mírala cómo brilla —dijo, recorriéndome el clítoris con la yema—. Está pidiendo lengua.

Empezó a lamerme despacio, la lengua plana recorriéndome entera antes de concentrarse en el punto exacto, primero con cuidado, luego con más hambre. Darío seguía arriba, alternando entre mis pechos, chupando y pellizcando, mientras yo me sostenía a duras penas con una mano en cada cabeza.

—¿Te gusta así? —preguntó Darío contra mi piel.

—No paréis —fue todo lo que pude decir.

Me corrí rápido, temblando, agarrándome al pelo de Marcos mientras la pierna me fallaba. Él se levantó y me besó para que me probara en su boca.

—Ahora te toca a ti —le dijo a Darío.

Se cambiaron el sitio. Darío se arrodilló, me abrió más las piernas y hundió la lengua con avidez, buscando dentro mientras el pulgar me frotaba en círculos. Marcos, de pie, se había bajado los pantalones y se acariciaba mirándonos.

—Abre la boca, amor —dijo.

Me la metió despacio, sujetándome la nuca, marcando un ritmo lento mientras Darío seguía abajo, devorándome. Estar atrapada entre los dos, una boca llena y otra entre las piernas, me hizo gemir de un modo que no me reconocía.

—Quiero follarla ya —dijo Darío, poniéndose de pie y quitándose el resto de la ropa.

***

Me pusieron a cuatro patas sobre el sofá. Darío se colocó detrás, me sujetó las caderas y entró despacio, abriéndose paso poco a poco hasta el fondo. Me arqueé, mordiéndome el labio.

—Qué apretada —gimió, sin moverse todavía, dejándome sentirlo entero.

—Despacio —pedí, aunque ya empujaba contra él.

Empezó a moverse hondo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con calma calculada, cada embestida una promesa. Marcos rodeó el sofá y se puso delante de mí.

—Chúpamela mientras te folla —dijo, agarrándome del pelo con suavidad.

Gemía con la boca llena, las vibraciones rodeando su miembro, mientras Darío aceleraba y mis pechos se balanceaban con cada golpe. Una de sus manos bajó a frotarme el clítoris sin dejar de embestir.

—Se va a correr otra vez —anunció Darío, notándome apretar alrededor de él.

Y me corrí, esta vez con la boca ocupada y el cuerpo entero sacudiéndose entre los dos. Marcos se apartó y me levantó de la barbilla, mirándome con una ternura extraña en medio de todo aquello.

—Al dormitorio —dijo—. Os quiero a los dos a la vez.

***

En la cama, Darío se tumbó boca arriba y yo me subí encima, guiándolo dentro de mí y bajando despacio hasta sentirme llena del todo. Empecé a moverme, las manos apoyadas en su pecho, mientras él me sostenía las caderas.

—Me encanta cómo me aprietas —murmuró.

Marcos se colocó detrás de mí. Lo sentí preparándome con paciencia, con saliva y con lo que mi propio cuerpo derramaba, hasta que empezó a entrar por detrás, milímetro a milímetro.

—Respira, amor —susurró pegado a mi espalda—. Relájate.

Lo hice. Y cuando los dos estuvieron completamente dentro, sentí una plenitud que me dejó sin aire, la fricción entre los dos a través de esa pared finísima que me hacía temblar las piernas. Me quedé quieta un instante, con la frente apoyada en el hombro de Darío, asimilándolo.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos, sin moverse.

—Más que bien —jadeé—. No paréis.

Empezaron a moverse coordinados, como si lo hubieran hablado: uno entraba cuando el otro salía, un vaivén lento al principio que fue subiendo de ritmo. Los gemidos de los tres se mezclaban en la habitación, mi espalda perlada de sudor, las manos de Marcos clavándose en mis caderas.

—¿Te gusta tenernos a los dos? —me preguntó al oído, mordiéndome el hombro.

—Me vuelve loca —contesté—. No paréis, por favor.

Aceleraron. Yo ya no controlaba mis propios sonidos. Me corrí una vez más, apretando alrededor de ambos en contracciones que parecían no terminar nunca, y los oí a los dos contener el aliento.

—Voy a correrme —avisó Darío con la voz tensa.

—Hazlo —supliqué.

Se dejó ir con un gruñido hondo, sujetándome con fuerza. Marcos aguantó un poco más, salió y terminó sobre mi espalda, dejándome la piel caliente y pegajosa. Nos derrumbamos los tres sobre la cama, enredados, jadeando, sin que nadie quisiera moverse todavía.

Marcos me besó la nuca, suave.

—Eres increíble —susurró.

Darío me acarició el pelo, todavía recuperando el aliento.

—Tengo que repetir —dijo, y los tres nos reímos bajito.

***

Nos duchamos juntos, sin prisa, el jabón resbalando entre manos que ya no buscaban nada urgente, solo el placer lento de tocarse. Darío se fue de madrugada, con un beso para cada uno en la puerta y la promesa de un mensaje que no sé si llegará.

A la mañana siguiente, Marcos me abrazó por detrás mientras yo preparaba el café, igual que la noche anterior frente al espejo, pero esta vez sin nada de teatro en la voz.

—Escríbelo todo —me pidió contra el cuello—. Quiero que me lo leas esta tarde, despacio, mientras lo revivimos los dos.

Y aquí estoy, el domingo por la tarde, con el cuerpo todavía sensible y el recuerdo demasiado vívido. Cuando Marcos vuelva del trabajo le voy a leer cada palabra. Y sé que, en cuanto llegue a la parte en que los dos me susurraban al mismo tiempo, me voy a correr solo de acordarme.

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Comentarios (5)

GatoNocturno88

Dios mio que historia... me quedé sin palabras jajaja. De lo mejor que leí este mes.

ValeriaRdP

Muy bien escrito, con mucho morbo en el buen sentido. Espero que quien lo escribió haya vivido algo así, porque sería una historia hermosa de verdad.

Nuria_Lec

fantasia que mas de uno tiene pero pocos se animan a vivir jajaja. Muy bueno

martin_rdl

Me recordó a una charla que tuve con mi pareja hace un tiempo sobre este tema... capaz que no somos tan diferentes. Excelente relato, ojalá haya mas.

BeatrizLec

por favor una segunda parte!!!! me quedé con ganas de saber cómo siguió todo

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