Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El pacto que Marina guardó hasta los treinta

Era miércoles. Lo recuerdo porque los miércoles nunca pasaba nada entre nosotros, y por eso lo que ocurrió esa noche me dejó marcado para siempre. Llevábamos casi tres años juntos y nuestra rutina en la cama se había vuelto un guion repetido: los mismos pasos, el mismo orden, el mismo final tibio. La quería, eso no estaba en duda. Pero el deseo se había ido apagando como una vela que nadie se molesta en proteger del viento.

Marina lo había preparado todo sin avisarme. Cenamos en la mesita del jardín trasero, en el porche abierto que daba a la piscina, y noté que estaba distinta. Más callada, más atenta, con una sonrisa que iba y venía como si estuviera ensayando algo por dentro.

—Quiero hacer una cosa para ti —dijo, y apartó los platos hacia un lado antes de sacar su portátil.

Lo apoyó en la mesa y lo abrió. Ya tenía cargada una página, y cuando le dio al play entendí lo que era: una escena de una rubia tatuada moviéndose despacio frente a un hombre sentado en un sofá, con una música suave de fondo. Pero yo apenas miré la pantalla. Marina se había puesto de pie delante de mí y empezó a copiar cada gesto de la actriz, paso por paso. Era evidente que lo había estudiado.

Marina es morena, de cara bonita sin ser deslumbrante, con los ojos un punto caídos que le dan algo dulce. Lo que quita el aliento es el resto. A sus treinta años cuida su cuerpo con una disciplina que da envidia, y cuando va al gimnasio todas las miradas la siguen, sin importar la edad del que mira. Ella lo sabe, y juega con eso. Esa noche, mientras la tela iba cayendo al ritmo de la música, yo solo podía pensar en lo afortunado que era.

Sus pechos quedaron al aire y el pequeño aro plateado de uno de sus pezones atrapó la luz de la piscina. No paraba de mirarme a los ojos. Solo bajó la vista un segundo, hacia el bulto evidente bajo mi pantalón, y soltó una risa breve, satisfecha. Entonces me tomó de la mano, me hizo levantar y, sin dejar de mirarme, se arrodilló y me bajó el pantalón de un tirón.

Tiró otra vez de mi mano hasta sentarme en el borde de la piscina. Y de pronto, con un grito casi infantil, se lanzó al agua que seguro estaba helada y nadó hasta mis piernas. Se agarró del bordillo y empezó a recorrerme con la lengua desde abajo, mirándome todo el tiempo. La humedad de su boca y el frío del aire en la piel eran dos sensaciones opuestas tirando de mí a la vez.

Tengo que confesar algo que ella no sabe. Cada vez me cuesta más terminar, y hay una sola fantasía que me lleva al límite sin fallar: imaginarla a ella con otros. Mientras Marina subía y bajaba, mientras me llevaba hasta el fondo de su garganta y la oía contener una arcada, yo miraba el cielo y me la imaginaba en el vestuario del gimnasio, rodeada de tres chavales fibrosos de poco más de veinte, con una cara de deseo que jamás me había mostrado a mí.

Dios, cómo me pone pensarla así, perdida del todo.

Esa imagen fue suficiente. Quise apartarla con las manos cuando sentí que llegaba, pero ella se aferró con más fuerza y aceleró, decidida a no dejar escapar ni una gota. Era raro: nunca me lo permitía. Esa noche, en cambio, parecía que no quería otra cosa. Terminé con un grito que seguro oyeron los vecinos, y por un instante la idea de que alguien estuviera escuchando me encendió de nuevo.

***

Después quedamos tumbados en las hamacas del jardín, desnudos, recuperando el aire. Le ofrecí devolverle el favor, pero negó con la cabeza.

—Esta noche solo quería esto —dijo—. Aunque... la verdad es que sí tenía que pedirte algo. Me da vergüenza.

—Quítate la vergüenza —le contesté—. Hay confianza. Tú pides, y ya luego veo si digo que sí.

—Ya, claro, como si eso ayudara —murmuró, frunciendo el ceño con ese gesto de niña caprichosa que sabe hacer y que me derrite.

—Dímelo ya, o me voy a imaginar cosas peores.

Y era verdad. Mi cabeza ya estaba llena de imágenes, y esta vez no eran excitantes. Eran celos.

—¿Te acuerdas de Adrián, mi amigo del instituto? —empezó, sin atreverse a mirarme—. El de la foto de la graduación, junto a la fuente.

Lo recordaba. Marina me había contado que, de jóvenes, Adrián dudaba mucho de lo que le gustaba, y que al final había decidido que prefería a los hombres.

—¿Qué hiciste, Marina? —solté, dando por hecho una infidelidad.

—Nada, tonto —se rió con dulzura—. Hace diez años que no lo veo. Pero cuando teníamos veinte hicimos un pacto. Si yo llegaba a los treinta sin haberme acostado con un hombre, o él sin haberse acostado con una mujer, lo haríamos juntos. Una especie de promesa para no quedarnos con la duda.

Callé. Imaginaba por dónde iba.

—Adrián cumplió los treinta anteayer. Y ayer me llamó. Solo ha estado con hombres. Quiere cumplir el pacto.

—Le habrás dicho que tienes pareja.

—Claro que sí. Y me dijo... que te lo preguntara a ti.

Me quedé sin palabras. Lo curioso es que la propuesta me tocó justo donde más arde mi fantasía. No había intentado saltarse nada ni convencerla a mis espaldas: en cuanto supo que estaba conmigo, pidió contar conmigo. Estaba celoso y excitado a partes iguales, una mezcla extraña que tiraba de mí en direcciones opuestas. Y entonces, más relajado de lo que jamás había estado, tomé una decisión.

—Vale. ¿Dónde y cuándo?

Marina sonrió de oreja a oreja y se lanzó sobre mí. Me besó con una felicidad que no le había visto en meses, y al notarme otra vez duro me miró con una especie de orgullo, como si acabara de descubrir que su novio era mucho más abierto de lo que creía.

***

Pusimos una sola condición, y se la transmitió a Adrián: yo dirigía. No iba a ser el hombre que mira desde un rincón mientras otro disfruta. Participaría, y se haría lo que yo dijera, como yo lo dijera. Ambos estuvieron de acuerdo.

Desde el miércoles hasta el sábado no pude pensar en otra cosa. Llegué a su casa con los nervios de un adolescente. Vivía en una urbanización de chalets con control de acceso en la entrada; había que cruzar una barrera solo para llegar al portón. Marina iba espectacular, con un vestido rojo y negro de cortes geométricos que dejaban a la vista justo las partes que la hacían imposible de ignorar: el ombligo plano, los hombros redondeados, la línea del escote bajando hasta perderse. Si hubiéramos salido a un bar con ese vestido, la habrían abordado hasta los hombres acompañados.

Adrián abrió la puerta vestido con un traje impecable. Era alto, de espaldas anchas y una barba cuidada que le daba un aire profundamente masculino. Por un segundo, los celos volvieron a apretarme el estómago. Pero él fue rápido: me puso una cerveza en la mano casi de inmediato y se colocó siempre en el lado opuesto a Marina, dejándome a mí en el centro, como si quisiera que yo nunca dudara de quién mandaba allí.

Recorrimos un pasillo entre risas y anécdotas de su juventud hasta llegar a un salón enorme con chimenea y barra de bar. Pero las risas se cortaron en seco. En uno de los sofás había un hombre, bien vestido, mirándonos con la mandíbula tensa.

—Él es Bruno, mi marido —dijo Adrián, incómodo—. No quiere quedarse. Solo quería ver quiénes erais.

—Quería ver las caras de los que se van a follar a mi marido sin ningún reparo —soltó Bruno, levantándose.

Adrián intentó suavizarlo, pero no había nada que suavizar. Bruno cruzó el salón y salió de la casa sin mirar atrás. No volvería a aparecer.

Ya solos los tres, Adrián rompió la tensión con un buen whisky. Marina no bebe, así que se quedó con agua. Yo apenas mojé los labios, no quería perder la cabeza. Él, en cambio, vació su vaso de un trago y lo rellenó.

—Está bueno —dijo—, pero pega fuerte.

***

Nos mirábamos sin saber quién daba el primer paso, hasta que Adrián habló con una franqueza que cortó el aire.

—¿Sabéis qué? Llevo desde la llamada haciéndome dos o tres pajas al día pensando en hoy.

Me entró la risa. Iba a decir algo cuando Marina se me adelantó.

—Pues yo le he gastado las pilas al juguete de tanto restregarme.

Yo que llegaba hecho un manojo de nervios, y resulta que estábamos los tres igual de ansiosos.

—Entonces dejemos la conversación —dije, sorprendiéndome de mi propio aplomo—. Empezad por besaros.

Se pusieron de pie, frente a frente, y se besaron mientras yo los observaba desde un sillón hundido. Esperaba sentir celos. No sentí ninguno. Marina me había repetido toda la semana que esto era algo puntual, que a quien quería era a mí. Lo que no le dije es que yo sabía que también quería más, y que precisamente eso me encantaba.

Ella estiró el brazo hacia mí, buscando mi mano. Me levanté y me uní. Le besaba el hombro mientras Adrián le besaba el cuello, los dos con las manos en su cintura. Nuestros dedos se rozaron sin querer y, en lugar de apartarse, se quedaron un instante de más. Marina nos frotaba a ambos por encima de la ropa, una mano en cada uno, gimiendo cada vez que su lengua se encontraba con la de uno de los dos.

Con un movimiento ensayado dejó caer el vestido hasta la cintura. Sus pechos quedaron al descubierto, cubiertos de un brillo dorado que había aplicado a propósito. Me lancé a su pezón, el del aro, mientras Adrián atendía el otro. Ella nos sujetaba las cabezas, la vista clavada en el techo, los ojos cerrados.

Cuando el vestido cayó del todo, Marina se arrodilló sobre la alfombra y se centró en Adrián. Yo retrocedí un paso para mirar. Su miembro era más fino que el mío, quizá un poco más largo, recto, sin curva. Y mientras la veía tragarlo, con la barba de él rozándole la frente, una pregunta absurda me cruzó la mente: ¿tan distinto sería? La aparté enseguida. No había ido allí para eso. O eso creía.

Adrián la levantó por los hombros y la trajo de vuelta hacia mí. Marina me besó hundiéndome la lengua, y al instante él besaba la comisura de sus labios, de modo que los tres acabamos rozándonos. Ella tomó mi mano y la llevó entre sus piernas. Estaba empapada. Le metí dos dedos y, al mirar, vi que Adrián hacía lo mismo por detrás. Marina pasó del gemido al grito, de puntillas, incapaz de sostener tanto a la vez. Era la primera vez que la veía así de desbordada, y los tres terminamos besándonos sin orden ni reglas.

***

Entonces Adrián desapareció un momento y volvió cargando un sofá tántrico del que colgaban unas correas. Marina sonrió: la noche no dejaba de subir de nivel. Se tumbó boca arriba y yo volví a saborearla mientras ella atendía a Adrián con la boca, los gemidos entrecortados entre una bocanada de aire y otra.

Fuimos cambiando de postura según avanzaba la noche. La penetré mientras seguía con él en la boca. Luego me pidió cabalgarme, y me tumbé. La forma del sofá lo hacía todo más fácil; entró sin apenas roce de lo lubricada que estaba. Adrián se colocó detrás, con preservativo, y poco a poco se abrió paso por el otro lado. Marina apretó las uñas en mi pecho y dejó una marca.

—¿Paramos? —pregunté al verle la cara de esfuerzo.

—No, no... seguid —dijo, estirando la palabra.

Y entonces lo sentí. A través de ella, casi podía notar el ritmo del otro. No era algo que esperara que me gustara, pero me encendió de un modo nuevo, desconocido.

Lo que vino después no estaba en mis planes. Marina se acercó a besarme, me sujetó las manos, y entre los dos, sin que me diera cuenta, me ataron las muñecas y los tobillos a las correas del sofá.

—¿Qué hacéis? —protesté—. Yo no pienso quedarme atado mientras vosotros... ya lo dije, no voy a ser el sumiso de nadie.

—Tranquilo —susurró Marina, poniéndome el pezón con el aro justo en la cara—. Tú eres el protagonista.

Y entonces noté unos labios cerrándose alrededor de mí. Era Adrián. Lo habían pactado entre los dos: la noche era, en parte, para usarme a mí.

Su boca apretaba de una forma que ninguna chica había logrado antes. Me molestaba el roce de su barba contra el muslo, lo reconozco, pero el placer pesaba más que la incomodidad. Empezó a explorar con la lengua, con el pequeño aro que llevaba en ella, recorriéndome entero. Al principio me resistí. Después dejé de luchar. Cuando su lengua bajó más, hacia un lugar que yo mismo había ignorado durante casi cuarenta años, me solté del todo y empecé a gritar sin importarme nada.

Qué barbaridad. Tanto tiempo sin saber de esto.

A medida que él notaba lo que más me gustaba, me iba soltando una correa. Un gesto, una correa. Otro, otra más. Al final me desataron por completo, pero ya estaba atado a algo más fuerte que las riendas.

Adrián nos dijo que era pasivo, así que no me penetró. Pero me dejó probar. Marina y yo lo atendimos juntos, turnándonos, empujándonos casi en broma por ver quién terminaba la tarea. Acabó sobre los dos, y entre risas nos limpiamos el uno al otro como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Si me hubieran contado al empezar la noche cómo iba a terminar, no me lo habría creído.

La última postura nos unió a los tres en una sola línea: Marina apoyada en el sofá, Adrián en ella, yo en él. Encontramos un ritmo constante, ella se llevó la mano al clítoris y, para sorpresa de todos, en pocos minutos estábamos al borde a la vez. Llegamos casi al mismo tiempo, exhaustos, derrumbados sobre la alfombra, mirando arder la chimenea. No dijimos nada. No hacía falta.

***

Al día siguiente Adrián arregló las cosas con Bruno, y nunca volvimos a vernos. Lo respeto. Pero Marina y yo no volvimos a ser los mismos. Lo de los miércoles vacíos quedó atrás para siempre.

Compramos juguetes que antes ni me habría atrevido a mirar, y aprendimos a explorarnos sin reglas heredadas. Dos o tres veces al año invitamos a alguno de los chicos del gimnasio, de esos que siempre la miran a ella, y descubrí algo curioso: casi todos, una vez en confianza, también acaban mirándome a mí. Resulta que aquella noche no solo cumplimos el pacto de Marina. Sin saberlo, abrí una puerta que llevaba toda la vida cerrada, y ya no pienso volver a cerrarla.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

LectorFiel_88

increible, de los mejores que lei en este sitio. la tension desde el principio te engancha y no te suelta

ElenaDelMar

Por favor que haya continuacion!!! me quede con muchas ganas de saber que pasó despues de esa noche

confesor77

me hizo acordar a algo que me pasó hace años, ese tipo de promesas que uno no olvida nunca. muy bien contado, se siente autentico

PaolaHV

¿esto es real? porque lo narrás con un detalle que parece verídico. si es así te felicito doble jaja

RominaLec

Dios, que relato. eso de guardar algo tanto tiempo y que de repente suceda así... me llegó al alma. Sigue escribiendo por favor!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.