La caja escondida en el clóset de mis jefes
Empujé la puerta del dormitorio principal con el codo, sosteniendo el trapeador en una mano y la cubeta en la otra. El aroma a lavanda del ambientador que siempre usaba flotaba en el aire, mezclado con ese perfume tenue que llevaba la señora Renata y que yo ya reconocía a la perfección. Después de tanto tiempo, conocía esa casa mejor que la mía.
Llevaba casi ocho meses haciendo la limpieza tres veces por semana. Siempre la misma rutina: llegaba a las nueve, me ponía los auriculares y, para las tres de la tarde, ya estaba recogiendo mis cosas mientras el señor Aníbal me dejaba el sobre con el pago sobre la encimera de la cocina.
La paga era buena, aunque solo con ese sueldo no me alcanzaba para vivir y, encima, pagar la matrícula de la carrera que estudiaba. Tenía veinticuatro años y tres empleos distintos. Dormía poco y soñaba con el día en que pudiera quedarme con uno solo.
Durante esos meses, ambos me habían ofrecido un trabajo de tiempo completo. Incluso me proponían una habitación propia para que viviera con ellos, con un horario más cómodo. Yo siempre lo rechazaba.
Era muy cercana a mi madre y me daba pena dejarla sola. Además, la idea de vivir bajo el mismo techo que mis jefes era algo que no me cabía en la cabeza.
Un viernes por la tarde hacía mi rutina de siempre, y una de mis favoritas: limpiar el vestidor de la señora Renata. Siempre había soñado con tener uno así, y al menos ordenarlo de vez en cuando me cumplía la fantasía a medias.
Mientras acomodaba las repisas superiores, mis dedos rozaron una caja de madera oscura escondida detrás de una fila de zapatos. Era la primera vez que la veía. La curiosidad no me dejó ignorarla.
No estaba cerrada con llave, solo tenía un pasador pequeño que quité con facilidad. La abrí despacio y el contenido me tomó por sorpresa. Dentro había varias cosas que no deberían estar ahí.
Unas bragas negras que reconocí al instante: las había perdido tres meses atrás, justo después de una tarde en que me había cambiado en el baño de visitas porque derramé detergente sobre mi ropa. También había un par de calcetines míos, de esos deportivos blancos que usaba siempre, algunas ligas para el cabello e, increíblemente, un mechón de mi pelo.
Y debajo de todo, dentro de un sobre transparente, una fotografía impresa en papel mate. Era yo.
La habían tomado sin que me diera cuenta: yo de espaldas, inclinada sobre la mesa del comedor mientras quitaba una mancha, con la falda subida apenas lo suficiente para mostrar el borde de mis muslos. Llevaba el cabello recogido en una coleta desordenada. Al reverso, escrito a mano: «Valeria — 14 de octubre».
El corazón se me aceleró tan rápido que sentí que se me cerraba la garganta. No grité ni salí corriendo. Cerré la caja, la dejé exactamente donde estaba y terminé mi turno como si nada hubiera pasado.
Pero cuando llegaron esa tarde, yo los estaba esperando. De pie en la cocina, con el sobre del pago todavía sin abrir en la mano.
—Necesito hablar con ustedes —dije, con la voz más firme de lo que esperaba.
Los dos se miraron. Aníbal dejó las llaves sobre la mesa. Renata dejó su bolso en una de las sillas del comedor.
—¿Encontraste algo? —preguntó él, sin rodeos.
Asentí una sola vez, sorprendida de que lo dijera tan directo.
Renata suspiró, se acercó a la nevera, sacó una botella y nos invitó a sentarnos con ella en el sofá. Los tres tomamos asiento, conmigo en medio.
—Sé lo que parece —dijo ella—. Pero no es nada de lo que estás pensando…
—¿Ah, no? —respondí—. ¿Entonces qué es?
Aníbal se giró hacia mí, entrelazando los dedos de las manos.
—Lo que pasa es que nos gustas mucho —dijo—. Mi esposa y yo llevamos tiempo con la curiosidad de probar cosas nuevas.
—Y creemos que tú serías la persona ideal —interrumpió Renata—. Solo que no encontrábamos la forma de proponértelo.
—Ese deseo se volvió más fuerte con el tiempo —continuó él—. A tal punto que llegamos a hacer locuras… como ya pudiste ver.
Los miré a los dos. Renata tenía las mejillas sonrojadas. Aníbal mantenía la mirada fija en mí, sin parpadear. Los veía desesperados a pesar de doblarme la edad, y fue entonces cuando una idea descabellada me cruzó la mente.
—Y si digo que sí —solté tras un silencio largo—, pero solo si me pagan la matrícula completa del próximo semestre… ¿aceptarían?
Se miraron al mismo tiempo, con los ojos abiertos como si acabaran de ganarse la lotería.
—¿Cuánto es? —preguntó Aníbal, con tono ansioso.
Dije la cifra. No era pequeña, pero eso no pareció importarles. Al escucharla, Renata respondió enseguida.
—Hecho.
Miró a su marido, que también se veía conforme con el trato. Ambos rieron suave. Lo que tanto buscaban estaba a punto de cumplirse; solo quedaba organizarlo. Empezaron a hablar de los días que tenían libres, pero yo los interrumpí.
—¿Por qué no ahora mismo?
La pareja se quedó perpleja; no esperaba ese nivel de decisión. Pero yo pensaba que cuanto más rápido sucediera, más rápido tendría el dinero.
—¿Te refieres a este momento? —preguntó Renata.
Solo asentí, mientras me quitaba la liga que sujetaba mi pelo, dejándolo caer sobre los hombros.
***
La pareja se miró por última vez y acomodaron los cojines del sofá para estar más cómodos. Me dejé caer sobre el respaldo, lista para empezar. Renata y Aníbal se acercaron, temerosos pero con un objetivo claro.
La vida me había dado un busto generoso que destacaba sin importar qué tan holgada fuera la ropa. Ese día llevaba un vestido floral con un botón a la altura del pecho.
Las manos de los dos acariciaron mis pechos por encima de la tela, despacio, como si temieran romper algo. Aníbal se giró hacia mí y preguntó si podía besarme. Le dije que sí con un hilo de voz. Fue un contacto intenso, cargado de un deseo que llevaba meses conteniendo. Mientras me besaba, me tomó del cuello y me apretó contra él.
Después pasé a Renata, que también pidió permiso antes de besarme. Asentí y nuestros labios se encontraron; esta vez fue más suave, más cuidadoso. Ella me sostenía la mano para calmar los nervios que claramente sentía. Mientras nosotras nos atendíamos, Aníbal se concentraba en mis pechos, jugando con las manos y repartiendo besos cortos.
Llegó hasta el botón que cerraba el vestido y lo desabrochó, dejando a la vista mi sujetador azul cielo. Bajó una de las mangas y me besó el hombro. Con la otra mano recorrió la parte frontal de mi pecho, bajó por el abdomen y terminó entre mis piernas.
Me separé un momento de Renata, que enseguida se entregó a mis pechos. Lo que veía era surrealista y a la vez puro morbo: mis dos jefes disfrutando de mi cuerpo, Aníbal buscando mi centro con la mano y Renata pegada a mí, acariciándome como si le diera suerte.
—Eres perfecta —murmuró ella.
Soltó los tirantes de mi sujetador y lo retiró por completo. Apenas lo hizo, los dos se lanzaron sobre mis pezones como si la vida les fuera en ello, uno para cada uno, empapándolos con la lengua. Eché la cabeza hacia atrás; el placer empezaba a tomar el control de mi cuerpo.
Una de las manos de Aníbal descendió hasta mi entrepierna y abrí un poco las piernas sin pensarlo. Subió el vestido lo justo y comenzó a masajearme por encima de la ropa interior.
Renata terminó de bajar el vestido hasta mi cintura, ahogando mis gemidos con besos. Aníbal dejó mis pechos y fue al cuello, sin detener la mano un solo segundo.
Empecé a humedecerme y a dejarme llevar. Mientras besaba a Renata, llevé una mano a su hombro y busqué bajarle el vestido negro de trabajo. Lo conseguí y descubrí que no llevaba sujetador.
Al ver sus pechos descubiertos, no dudé en llevarlos a mi boca, apretándolos y besándolos con un hambre que no sabía que tenía dentro. Esa imagen cautivó a Aníbal, que se acomodó detrás de mí, me desabrochó el sujetador y dejó un rastro de besos por toda mi espalda, mientras el ritmo de su mano aumentaba entre mis piernas.
Renata se dejaba hacer. Lo que tanto había planeado con su esposo estaba ocurriendo y sabía que tenía que aprovecharlo. Me recostó en el sofá y, entre los dos, me ayudaron a quitarme el vestido, dejándome solo en bragas.
Cada uno tomó una de mis piernas y las abrieron. Renata apartó la tela; Aníbal dejó caer una gota de saliva y empezó a masajearme ya sin barrera de por medio. Gemía cada vez más fuerte; tenía menos control sobre mi cuerpo con cada contracción de placer.
—¿Te gusta? —preguntó Renata.
No pude ni responder. La miré y asentí mientras sonreía. A ella le gustó esa respuesta y volvió a atender mis pechos.
Aníbal comenzó a hundir los dedos en mi interior, cada vez más resbalosos según entraban y salían. De vez en cuando los acercaba a la boca de su esposa para que probara.
Entre los dos me quitaron la última prenda y me pidieron que me pusiera a cuatro patas, apoyando las manos en el respaldo del sofá.
Ya en posición, la pareja se acercó a mis glúteos y los besó. Aníbal fue directo a mi centro con la lengua, mientras Renata me daba pequeñas nalgadas y me acariciaba el pelo.
Presa del placer, hundí la cara entre los pechos de Renata, que me tomaba de la cabeza y me apretaba contra ella, todo mientras Aníbal usaba la lengua y una mano a la vez. Era una mezcla de saliva y deseo, con una banda sonora de gemidos y respiraciones agitadas.
***
Decidimos cambiar de posición. Aníbal se sentó en el sofá y yo le di la espalda a Renata, que empezó a atenderme con la lengua mientras él y yo nos enredábamos en una serie de besos descontrolados.
Lo quería desnudo ya. Le desabroché la camisa botón por botón, dejando su torso al aire. Después fui al pantalón, abrí el cinturón y él mismo se encargó de bajárselo junto con la ropa interior hasta las rodillas, liberando su erección.
Paramos un momento. Me acomodé y empecé a darle sexo oral. Renata me guiaba tomándome del pelo, mientras con la otra mano me estimulaba el centro. A ratos empujaba para que él llegara hasta el fondo de mi garganta, lo que me provocaba una pequeña arcada y soltaba más saliva, empapándolo todo.
Renata soltó el mando y bajó a comerme, hundiendo la cabeza entre mis glúteos para llegar más profundo, sin dejar de mirar cómo atendía a su esposo. Aníbal dejaba que yo hiciera el trabajo, y no lo hacía nada mal. Era una escena sucia, pero real y cargada de ganas.
De golpe, Renata se detuvo y me llamó. Levanté la vista hacia ella, dejando un hilo de saliva que conectaba mi boca con el miembro de Aníbal. Me hizo una seña con el dedo para que me acercara. Me levanté con dificultad y fui hacia ella.
Se quitó lo que le quedaba del vestido, dejando ver una tanga de hilo negra.
—De rodillas —pidió.
Obedecí. Me arrodillé frente a ella y le quité despacio la ropa interior. Me tomó del pelo y me apretó contra su pelvis. Empecé a comerla con furia, hasta arrancarle un gemido que resonó por toda la sala.
Aníbal se acercó a su esposa y le dio un beso lleno de cariño, mientras yo seguía abajo haciendo lo mío. Subí poco a poco una mano hasta su miembro y comencé a masturbarlo. Esa imagen los volvía locos: me tenían a su merced y, además, lo estaba disfrutando tanto como ellos.
Él fue a sentarse de nuevo en el sofá y nos llamó a las dos. Nos colocamos una a cada lado y comenzamos a hacerle sexo oral entre las dos. Nos turnábamos; a veces una iba a la punta y la otra a lo largo, dejándolo listo para el siguiente paso.
Aníbal me tomó de las caderas y me llevó sobre él, dejando su miembro en mi entrada. Bajé despacio. Un gemido inundó la sala; la espalda se me arqueó sobre su torso mientras él me guiaba de arriba abajo con un ritmo constante.
Renata nos miraba encantada; la forma en que mis pechos rebotaban parecía hipnotizarla. Se dedicaba a besarlos y jugar con ellos mientras él me embestía con fuerza.
Yo estaba completamente entregada. De vez en cuando tomaba el control y besaba a Renata con deseo, hasta que la invité a disfrutar de su marido aunque fuera un rato.
Me retiré y le di paso. Ella se puso sobre él, de frente, y empezó a montarlo con ganas. Yo me toqué; la escena me había encendido a tal punto que el pudor había abandonado mi cuerpo hacía rato.
Al cabo de un rato, Aníbal avisó que estaba por terminar, pero quería que fuera conmigo. A Renata le encantó la idea y a la vez buscaba lo suyo. Se recostó a lo largo del sofá; yo me tumbé boca abajo, con la boca a la altura de su centro y con él entre mis piernas, listo para entrar otra vez.
Empezamos la recta final. Aníbal me penetró tomándome de las piernas y flexionándolas hacia arriba. Yo lamía a Renata con hambre voraz, apretando sus pechos y hundiendo la cara cada vez más. Ella solo disfrutaba; lo que veía la acercaba al límite. Hasta que llegó.
Los tres, casi al mismo tiempo, nos dejamos ir. Renata me empapó la cara. Yo no pude contener nada y lo solté todo sobre el sofá. Aníbal salió de mí y dejó su calor sobre mi espalda baja.
Los espasmos de las dos se volvieron intensos. Él se dejó caer detrás de mí y Renata relajó el cuerpo sobre el reposabrazos, mientras yo quedaba en medio, exhausta.
Los tres terminamos tendidos en el sofá, tratando de recuperar el aliento. Yo rendida, con los ojos cerrados sobre el pecho de Renata, que me miraba con ternura; Aníbal jadeaba contra mi espalda, haciéndome cosquillas con la barba, una mano aún en mi pecho y la otra entre mis piernas.
Hasta que Renata rompió el silencio.
—El próximo pago de la matrícula es dentro de un mes, ¿verdad?
Abrí los ojos apenas y asentí, todavía con la piel brillante de sudor.
—Entonces nos vemos el mes que viene —dijo Aníbal, besándome el hombro—. ¿Qué te parece?
Solté una risa pequeña, que ellos acompañaron.
—Hecho —dije en voz baja.
Al rato, los tres nos vestimos. Me entregaron el sobre del pago y Aníbal me transfirió el resto. Me acompañaron a la puerta, donde ya esperaba un taxi que me llevó directo a casa.
Desde entonces viví mucho más tranquila: renuncié a los otros trabajos y me quedé solo con uno, el que me daba lo justo para mantenerme y ayudar en casa. La matrícula quedó cubierta después de esa tarde. Cada fin de mes, tras nuestra cita acordada, recibía el pago en mi cuenta. Siempre puntual. Como mis orgasmos.