Esa madrugada en el cuarto de Mila fuimos tres
Mila hacía aros de humo con su cigarro y las farolas de las tres de la madrugada los teñían de un naranja espeso. Ante ese color, ella sonreía con su boca pequeña y mecía los pies en el borde de la banca. Dio otra calada y volteó a ver a sus amigos. De madrugada todo tiene un tono distinto. El cuello de Nadia ganaba esbeltez entre las sombras y su piel morena parecía un metal antiguo; cuando sonreía, sus dientes brillaban con un blanco imposible de encontrar a esa hora en ningún otro sitio. Renata, a su lado, se veía sencillamente hermosa: el pelo se le había asentado con el correr del día, y el labio inferior, que de día tenía algo de fiero, de noche resultaba apenas sensual. Y después estaba Tristán; su pelo largo y suelto tenía algo de príncipe destronado, y la oscuridad marcaba el músculo de unos brazos que, con sol, parecían más delgados que fuertes.
No habían bebido. Bueno, no demasiado. Y bueno, Mila y Nadia habían fumado hierba a escondidas en el baño del bar, así que todo les llegaba un poco más lento que al resto. Pero no era eso lo que los volvía felices y hermosos. Quizá fuera lo que entre nosotros llamábamos «el momento»: ese punto exacto en el que uno se daba cuenta de que era joven y de que la vida verdadera, la que venía después, sería mucho más gris e ingrata que esa banca y ese humo naranja.
Y Mila no podía saberlo, pero buena parte del encanto de la noche era precisamente ella. Su cabello corto y negro le caía en un flequillo pequeño sobre unos ojitos que el maquillaje ligero terminaba de rasgar. Llevaba una chaqueta negra desgastada y medias de red sobre unos zapatos casi de hombre. Y, ¡ay, esa manera tan suya de fumar! Todo en ella parecía formar parte del ambiente. Las ráfagas de viento frío estremecían los árboles y algunas flores violetas caían sobre las cabezas de los amigos. Mila siempre guardaba las flores que le caían, y hasta se entusiasmaba acomodándolas en el pelo de Nadia y de Tristán, para que los tres parecieran ninfas juguetonas. Renata era más tosca, pero casi siempre los dedos cariñosos de Mila terminaban por calmarla y se dejaba hacer.
Lejos, la voz incorregiblemente borracha de un trovador de plaza, un tal Joaquín, cantaba sobre el rasgueo ronco de una guitarra algo sobre una leyenda que sopla entre las hojas y un violín que solloza en el alma. Entonces Tristán se apuraba a tomar su propia guitarra para ver si lograba sacar la canción del borracho solo de oído, y cantársela a Mila. Algo le decía a ella que ese esfuerzo de Tristán la estaba buscando, y concentraba en él la poca atención de sus ojos hiperactivos. Mientras tanto, Nadia y Renata aprovechaban la distracción de Mila para mirarla. Sí. Mucho del encanto de esa noche le pertenecía a ella. Y es que sus amigos la amaban perdidamente. Con más o con menos erotismo, según el momento y la apertura de cada uno, pero la amaban.
Tristán apenas estaba logrando sacar la melodía cuando Mila decidió que quería una foto con sus amigas.
—Porfa, Tris. Toma —le dijo, pasándole un teléfono que a esa hora ya no servía casi para nada.
Mila abrazó con un brazo a cada una de sus amigas. Tristán vio a través de la pantalla cómo las mejillas de las tres se juntaban y sacó la primera foto. Notó que Nadia y Renata se giraban apenas para besar las mejillas de Mila, y tomó la segunda.
—Ahora con Tris —dijo Mila.
Renata tomó el teléfono y Tristán ocupó su lugar. De nuevo, la presión del brazo de Mila lo acercó hacia su cara. Sintió cómo los labios de Nadia se posaban sobre la mejilla de su amiga.
—¿No tienes el mínimo interés por la simetría? ¡Bésame! —le dijo Mila a Tristán, despeinándolo.
Él soltó una risita, mientras intentaba disimular que se estaba derritiendo, y la besó en la mejilla.
Otra vez el viento helado movió las ramas, pero ya no quedaban flores que cayeran. Mila metió los brazos en su chaqueta y se frotó las manos.
—¿Nos podemos quedar contigo? —preguntó Nadia, hablando por ella y por Renata.
—¡Sí, como siempre! —dijo Mila, fingiendo estar harta de que le hicieran esa pregunta. En el fondo le gustaba.
Nadia intentó besar la mejilla de su amiga, como un gesto de gratitud. Distraída, Mila se volteó a verla justo antes y Nadia, sin querer, la besó en los labios. Se separaron casi de forma automática. Después de un momento, las dos rieron, con una mezcla de incomodidad y complicidad. Después de un momento más, volvieron a besarse. Nadia era más alta, más decidida y de rasgos más fuertes, así que a Mila el beso le pareció que tenía algo de caballeresco. Puso el dorso de la mano sobre la mejilla de Nadia para sentir su piel firme y tersa, y no la retiró hasta que, un par de minutos más tarde, dejaron de besarse.
Cuando abrieron los ojos, notaron que Renata y Tristán desviaban la mirada, intentando ver cualquier otra cosa para darles algo así como privacidad. De no estar embrujados por lo hermoso del beso, quizá hasta habrían preferido adelantarse y dejarlas solas.
—Esto no se cuenta —dijo Nadia, cuando empezaron a caminar hacia la casa de Mila.
A esas horas, los últimos bares ya habían cerrado y los noctámbulos empezaban a desaparecer, dejando las calles vacías, salvo por las sombras de algún vagabundo inofensivo. Ya varias veces los amigos habían estado en el pequeño cuarto de Mila —no siempre todos, no siempre juntos—, pero las calles los engañaban: siempre parecía que faltaba un poco más que la vez anterior. El frío arreciaba y la humedad de la noche se había empezado a posar sobre los brazos velludos de Tristán.
Cuando Mila abrió la puerta, el cuarto los recibió con un calor de casa. Había olvidado apagar la luz antes de salir y el olor del desayuno todavía no terminaba de irse. El lugar estaba casi enteramente ocupado por un espejo enorme, frente al que ella ensayaba sus bailes, por una cama grande y por dos o tres aparadores llenos de recuerdos, como en la casa de una abuela. De una de las repisas colgaban un abanico viejo y una llave oxidada; pero eso venía de mucho antes, y por aquel entonces ni Tristán ni Renata sabían qué significaban.
Antes de llegar, Mila les había prometido un café para entrar en calor, pero nadie se acordó de eso. Cayeron en la cama apenas pudieron quitarse las más estorbosas de sus prendas. Tristán no se quitó nada. Durante un segundo, que a todos les pareció un siglo, Mila se sacó la chaqueta y quedó en una blusita color lila, de tirantes, que le resaltaba el pecho. Luego se puso un suéter rosa y pasó al baño a enjuagarse la boca y a quitarse el sostén. Cuando volvió para hablarles de salir a comer por la mañana, todos saborearon el olor a menta que traían sus palabras, y se apuraron, avergonzados, a tomar turnos para sacarse el olor a tabaco de la boca.
No pasó nada más: apagaron la luz y se acostaron. Había espacio suficiente para dormir sin tocarse, pero el frío era un buen pretexto. En el extremo izquierdo quedó Renata; acurrucándose contra ella se acostó Mila, y acurrucándose contra Mila, Nadia. Solo Tristán, en el extremo derecho, durmió dándoles la espalda. Era la primera vez que se quedaba con las chicas y no sabía exactamente cómo había sucedido.
Nadia escuchó a Renata roncar casi de inmediato.
—¿Tris? —preguntó, y no obtuvo respuesta—. ¿Mila?
—¿Qué pasó? —dijo la voz de su amiga y anfitriona.
—Nada. Hace frío —contestó Nadia, abrazándola con el brazo.
—Sí. Hace frío —dijo Mila, y Nadia sintió que sonreía.
Mila se acomodó, arqueando la espalda como si se estirara para empezar el día. Su trasero quedó, como por casualidad, sobre las piernas de Nadia. Ella dobló las rodillas para ajustarse al cuerpo de su amiga; también empezó a frotarle el antebrazo del suéter para darle calor.
Nadia no sabía hasta dónde podía —o quería— llegar. Los ronquidos de Renata le cortaban el pensamiento. ¿Y si solo se lo preguntaba a Mila? Con toda la sutileza que tenía, su brazo se fue posando sobre la cintura de su amiga.
—Oye… —empezó.
—Sh —la interrumpió Mila—. Vas a despertar a Tristán.
Nadia no supo cómo interpretar eso. ¿Estaban pensando lo mismo? Buscó el borde del suéter de Mila y se coló un instante debajo para sentir la piel de su cintura. La mano de Mila exploró a ciegas hasta encontrar la cara de Nadia e intentó acariciarla, justo como cuando se habían besado. Nadia sonrió y empezó a acariciar la cintura de su amiga, como si quisiera calentarla con pequeñas fricciones; solo con eso, la respiración de Mila empezó a cambiar.
Poco a poco, Nadia le fue ganando terreno al suéter, hasta llegar al ombligo tierno de Mila, y empezó a rodearlo con la yema de los dedos. Mientras tanto, besó sin ruido el hombro de su amiga, por encima del edredón. Mucho tiempo estuvieron así, porque Nadia necesitaba medir su atrevimiento. El diámetro de los círculos crecía cada vez más y ya pasaba por el diafragma. Cuando rozaba la zona intermedia de las costillas, sus yemas sentían cómo Mila contenía el aire. Y al fin sucedió. Las uñas rozaron la línea inferior de los pechos de Mila, que tragó aire y se estremeció. Nadia abandonó los círculos del ombligo y eligió el pecho derecho, el que le quedaba más a la mano. Dibujó con los dedos todo el contorno inferior, sintiendo la piel erizarse, pero ya no de frío.
Muy despacio, Nadia pasó al resto del pecho, jugando a apretarlo apenas y acariciando con delicadeza la areola. Allí Mila empezó a gemir. O no exactamente a gemir. ¿Alguna vez estuviste con alguien que, ante ese pequeño placer del roce, empieza a ronronear, a respirar como un globo que pierde aire sin que nadie lo note? Bueno, así empezó a gemir ella.
Pero Mila era hermosa, y las personas hermosas se sienten un poco vulnerables cuando otra persona, que también les gusta, las hace sentir un placer tranquilo y discreto. Por eso se burló:
—Ya te gustaron, ¿no?… Renata es la que tiene mejores pechos. ¿No quieres despertarla a ella?
—¡Qué tonta eres! —exclamó Nadia, en un suspiro tierno.
Finalmente Mila se volteó a verla y se besaron. Cruzaron las piernas y empezaron a friccionarse. El ruido y la incomodidad las detuvieron casi de inmediato. De la forma más discreta que pudieron, se desabrocharon los pantalones, los empujaron hacia abajo con las piernas y se quedaron en ropa interior. Ahora sí se abrazaron los muslos y, casi por intuición, las manos de una pasaron a la cintura de la otra. Después empezaron a hacer pequeños círculos cariñosos sobre los glúteos y las piernas.
Mila fue la que decidió pasar al siguiente nivel. Quiso ver cómo estaba Nadia. Primero detuvo lo que hacía y apoyó tres dedos sobre el pubis de su amiga, encima de la ropa interior. Así, sintiendo cómo bajo la tela se enmarañaba el vello, quería preguntarle si podía tocarla. Nadia entendió y asintió con desesperación.
Mila empezó acariciando ese vello, sintiendo su textura, enredándolo un poco entre los dedos. Luego notó que la humedad de Nadia había dejado un rocío delicado en la cara interna de sus muslos. Después fue reconociendo las diferencias de textura: la parte más externa del pubis, firme y fresca; los labios mayores, suaves, cargados de humedad como una esponja, y al fin el gran premio, la causa de todo, esa carne profunda, dúctil e impermeable, como un pez en la corriente de un río. Tres dedos sobre la vulva, despacio, con cariño. Así le habían enseñado sus amigas de la facultad un par de años atrás. Los ojos de Nadia se cerraban con fuerza.
Después Mila hizo algo que nadie le había enseñado. Tomó la mano con la que estaba masturbando a Nadia y la llevó hasta su propio sexo. Nadia, confundida porque su amiga dejara de tocarla, de pronto se dio cuenta de que era a Mila a quien estaba masturbando. De inmediato, Mila devolvió esa misma mano al sexo de Nadia.
—Ahora estamos unidas —le dijo.
Nadia no pudo más y la besó en la boca, brutalmente. Se incorporaron de rodillas y empezaron a masturbarse la una a la otra. Cuando una se cansaba, la otra se ponía encima y lo hacía con más fuerza. Nadia perdió la blusa cuando Mila decidió que quería ver sus pechos, pequeños, oscuros y duros; a ella le daba vergüenza, pero su amiga la tranquilizó tocándolos lentamente y jugando a besarlos.
En algún momento, cuando Nadia estaba arriba, quiso saber cómo se sentía el sexo de Mila debajo del suyo. Le tomó una pierna y se la apoyó sobre el hombro, buscando que sus sexos se tocaran. La fricción no era tanta como habría querido, pero a Nadia le excitaba muchísimo sentir a Mila debajo, saber que estaba teniendo sexo con ella. Así, ya casi estaba por acabar cuando Mila le dijo:
—¡Ay, Nadia! ¡Ya despertaste a Tristán!
Asustadísima, Nadia se detuvo de golpe, se bajó de Mila y se acurrucó en el sitio donde se suponía que estaba durmiendo. Pero, tras unos segundos, pensó que no tenía la menor idea de por qué Mila había dicho eso. Tristán seguía siendo el bulto inanimado que había sido toda la noche, y ni un sonido salía de su quietud. Sin embargo, Mila cambió de lugar con Nadia y se acercó a él. Lo abrazó como Nadia la había abrazado a ella, y empezó a acariciarlo. De pronto, Nadia comprendió que lo estaba masturbando, y eso la llenó de morbo.
Si Tristán de verdad no estaba despierto, al menos ahora sí lo estaba. Mila le bajó los pantalones hasta que Nadia pudo ver, mal iluminado, su miembro. El glande palpitaba, oprimido por la mano de Mila.
—Ya está para estallar. Es que nos ha estado oyendo —le dijo Mila a Nadia.
—No es cierto —dijo Tristán. Por el tono de su voz, Nadia supo que mentía.
Mila parecía estarse divirtiendo. Daba pequeños toques en la punta del glande, jugando con la humedad que salía de él, y frotaba la banda más sensible que tenía por debajo. Después se recostó sobre una de las piernas de Tristán y, mientras lo masturbaba a pocos centímetros de su cara, le sonrió con una ternura casi inocente. ¿Quiere excitarlo, o de verdad estamos siendo amigos inocentes mientras tenemos sexo?, se preguntó Nadia. De pronto se dio cuenta de que Tristán le estaba mirando los pechos. Su primer instinto fue cubrirse, pero al ver mejor esos ojos tiernos se sintió halagada y le sonrió.
—¿Quieres besarme? —le preguntó.
Tristán dijo que sí, y Nadia lo besó, primero en la mejilla, luego en la comisura de la boca y al fin en los labios. Él estuvo a punto de acabar cuando Mila le besó el tronco del miembro. Pero no. En ese instante ella se detuvo y se puso a hablar.
—¿Ya chupaste uno? —le preguntó a Nadia.
—¡No! —exclamó ella con cierto asco.
—Entonces te lo vas a tener que meter —rió Mila.
—Eso sí. Mejor eso —aclaró Nadia.
Nadia estaba acostada de costado. Mila le alzó una pierna hacia arriba, abriendo un poco el camino hacia su vulva. Así, de ladito, Tristán fue entrando. Nadia estaba bastante lubricada y a él no le costó más que su propio tamaño. A la mitad, ella le puso la mano en el pecho, pidiéndole que se detuviera. Usando esa profundidad como punto máximo, Tristán salió y volvió a entrar, poco a poco. Nadia estaba pasmada: desde afuera no parecía que él superara tanto su profundidad. Seguro era la postura que Mila había elegido. Y sí: en la oscuridad alcanzó a ver que su amiga, que aún le sostenía la pierna, sonreía por el éxito de la posición que le había armado. Al darse cuenta de eso, Nadia se relajó muchísimo, y su pequeño dolor empezó a volverse un placer considerable. Con la respiración fue indicándole a Tristán que siguiera, que de a poco podía albergar más.
Tristán era vigoroso y exacto. Cuando por fin se la metió hasta el fondo, fue ganando velocidad sin prisa. Miraba a Nadia a los ojos y a ella le parecía que su amigo se sentía honrado de estar con ella, o «en» ella. ¿Y Mila? Haciendo una especie de contorsión, porque aún sostenía la pierna, empezó a tocar con delicadeza el clítoris de Nadia. Las paredes de su sexo se estrecharon, pero Tristán no bajó el ritmo. No iba a dejar que esa estrechez lo rechazara. Un momento antes de entregarse al placer más irracional, Nadia se preguntó si ese sería el mejor sexo de su vida.
La parte más atlética duró apenas unos diez minutos. Tristán subió la velocidad y ya no volvió a bajarla. Arremetió con todo su peso sobre las piernas de Nadia. En algún punto, Mila soltó la pierna y la postura se deshizo. Tristán quedó como misionero sobre ella y al fin pudo ver sus pechos. Eran pequeños y firmes, y bajó a besarlos con cariño. Mientras, la tomó por las nalgas para no perder el ritmo. Sus manos grandes empezaron a gobernar las embestidas. Nadia había perdido el control sobre sus propios movimientos y eso, de un modo muy extraño, la hacía disfrutar, abandonándose a la fuerza de su amigo. Junto a ellos, Mila se masturbaba, y el olor frutal de su piel mojada, mezclado con la acidez de su sexo, iba inundando el cuarto.
En cierto punto, Mila, que seguía masturbándose, se irguió de rodillas, le puso una mano en el pecho a Tristán y lo besó. En ese instante la tensión se juntó en las piernas de Nadia, que sin querer le arañó las nalgas. Sentía que se derretía; las paredes de su sexo apretaron de golpe, tres veces, el miembro de Tristán. Sin proponérselo, los ojos se le desorbitaron —lo que después le daría mucha vergüenza— y su espalda se contrajo un momento para luego caer pesada y sonoramente sobre el colchón. Estaba acabada.
Pero Tristán no se detuvo. Mientras seguía besando a Mila, le daba con todavía más fuerza a Nadia… y no es que a ella le molestara, pero ya no estaban en el mismo plano.
—Déjala, déjala. Se va a quedar dormida. Ven conmigo —le dijo Mila a Tristán.
En efecto, Nadia se durmió casi de inmediato. Entre sueños, le parecía ver cómo Mila montaba a Tristán. Él se erguía, apoyando los puños hacia atrás contra el colchón para sostenerse sentado. Mientras, ella lo abrazaba con fuerza del cuello, lo besaba profundo y saltaba dentro y fuera de su miembro, haciendo rebotar toda la cama. Luego, telón. Negro total.
***
Al día siguiente, Mila por fin puso café. El olor tostado llenó el cuarto con un calor acogedor y despertó a los demás. Renata agarró su taza con las dos manos, le sopló muy de cerca para que el vapor caliente le volviera a la cara, y exclamó:
—¡Dios, qué cansada estaba! ¡Y qué bien se duerme en tu cama!
Adivinando un doble sentido en esa última frase, los tres amigos rieron. Renata puso esa cara de fastidio que siempre pone la gente a costa de la cual se hace una broma, y añadió con un quejido:
—¡No se burlen! Que justo acabo de soñar que los cuatro teníamos sexo.
Tristán y Nadia se quedaron paralizados sin saber qué decir. Por suerte para ellos, Renata estaba mirando la reacción de Mila, que se rió y dijo:
—Bueno, Renata, bonita, tú y yo ya nos acostamos una vez.
—¡Cállate! —la reconvino Renata—. Esas cosas no se dicen.
Afuera, las canastas de pan empezaban su recorrido mañanero y las palomas reconquistaban el techo de las iglesias.