Mi pareja quiso compartirme con él la noche que volví
El aire de la montaña, frío y limpio, me golpeó la cara apenas abrí la puerta del auto. Llevaba casi un día entero de viaje, dos escalas y una espera eterna en un aeropuerto medio vacío, con todos midiendo la distancia entre ellos como si fueran imanes que se repelen. Había estado seis meses afuera, atrapada por un contrato que se alargó más de lo previsto, y lo único que me sostuvo durante ese tiempo fue la idea de este momento.
Y ahí estaban los dos. Renata, con esa sonrisa suya que me desarmaba en un segundo, y Tomás, alto y callado, ocupando el espacio sin moverse, como siempre.
—Bienvenida, mi amor —susurró Renata, y me abrazó con una fuerza que mezclaba el alivio con algo más. Su cuerpo encajó en el mío como si nunca nos hubiéramos separado. El olor a jazmín y a su piel me inundó de golpe, y se me cerró la garganta. Tomás me tomó la cara entre las manos y me besó en los labios. Era su costumbre. Nunca me incomodó.
—Te ves agotada —dijo él—. Vamos, te llevamos adentro.
La casa era un refugio de piedra y madera incrustado contra la ladera. Dejé la maleta en el cuarto que era mío cada vez que venía a quedarme, un espacio lleno de libros que había ido dejando con los años. Me dejé caer sobre la cama y el colchón me recibió como una promesa de sueño profundo. Renata se tendió a mi lado y me acarició el pelo.
—Descansa. Mañana empezamos a disfrutar —dijo, y su voz fue un bálsamo.
Tomás se sentó en el borde de la cama. El colchón se hundió cerca de mis pies. Me miraba con una ternura que siempre me dejaba sin defensa. No era deseo, no todavía. Era la mirada de un cómplice, de alguien que formaba parte del centro mismo de mi vida. Pero el aire estaba cargado. Mi ausencia había abierto un hueco, y volver era la chispa que iba a encender algo que llevaba años latiendo entre los tres.
Renata fue la primera en romper la calma. Su mano bajó despacio por mi cuello hasta el escote de la blusa. Sus dedos trazaron círculos sobre la piel, y mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza alcanzara a pensar.
—Tomás, ¿la ves? Qué hermosa está —murmuró ella sin sacarme los ojos de encima—. La extrañamos demasiado.
Él sonrió.
—Demasiado.
Cerré los ojos y me rendí a la familiaridad de ese juego. El cansancio del viaje se disolvía y lo reemplazaba un calor que nacía en el vientre y se extendía por todo el cuerpo. El olor de Renata, la presencia de Tomás: era la fórmula exacta del hogar, eso que durante meses, lejos, había echado en falta.
La mano de Renata siguió bajando, desabrochando un botón tras otro, hasta liberar mis pechos del encaje del sostén.
—¿Puedo, mi amor? —preguntó, con la voz convertida en un roce.
Solo pude asentir con un gemido ahogado. Se inclinó y tomó un pezón en la boca, su lengua trazando espirales que me mandaban descargas directas entre las piernas. Arqueé la espalda y le busqué el pelo, aferrándome a ella como si fuera a caerme.
Renata levantó la vista, los ojos oscuros llenos de un brillo que conocía bien, y se giró hacia Tomás.
—Quiero que la veas. Quiero que la disfrutes conmigo. Tenemos que celebrar que volvió.
Abrí los ojos de par en par. La frase quedó flotando, densa, imposible de ignorar. Yo era lesbiana. Siempre lo había sido. Mi identidad entera se construía sobre esa certeza. Hacerlo con un hombre, incluso con Tomás, era cruzar una línea que me había negado a trazar durante toda mi vida. Pero era Renata quien lo pedía. La mujer que amaba. La única persona en el mundo con autoridad para pedirme algo así.
—Por mí, Catalina —insistió, casi en un susurro—. Por mí. Te prometo que va a estar bien.
Miré a Tomás. Él no dijo nada. Solo esperó, con una expresión que era paciencia y deseo y respeto al mismo tiempo. No era una orden. Era una invitación. Un regalo que Renata me ofrecía y que yo tenía que decidir si aceptaba. El amor que sentía por esa mujer, por esa familia rara y perfecta que habíamos armado entre los tres, fue más fuerte que cualquier idea fija que tuviera sobre mí misma.
Asentí, despacio, una sola vez.
Tomás se movió entonces con una calma felina. Se arrodilló al otro lado de la cama y su mano encontró la de Renata. Los dedos se entrelazaron sobre mi estómago. Después, con una delicadeza que contrastaba con su tamaño, su otra mano bajó, rozó el interior de mi muslo y encontró el calor húmedo que lo esperaba.
Contuve la respiración. Era extraño. Una piel más áspera, otra fuerza en los dedos. Pero la forma en que me miraba, con la misma adoración que Renata, me tranquilizó. Él no era un intruso. Era parte de esto.
Renata, al verme ceder, se encendió todavía más. Se sacó la ropa y reveló ese cuerpo que yo adoraba de memoria. Se puso frente a mí y me besó con una pasión feroz, un beso que hablaba de años de amor compartido, de secretos y de promesas.
Mientras nuestras lenguas se buscaban, sentí a Tomás deslizarse entre mis piernas. Sentí el contacto de su piel contra la mía. Y después lo sentí a él, la presión firme e inconfundible en la entrada de mi sexo.
Tomás no se apuró. Esperó, me dio tiempo, hasta que fui yo quien, con un movimiento involuntario de caderas, le pedí que entrara.
La penetración fue lenta, profunda, demoledora. Solté un grito contra la boca de Renata. Nunca me había sentido así. Llena. Era algo completamente nuevo, abrumador. No era la caricia tierna de los dedos de Renata ni la precisión de un juguete. Era una fuerza bruta y controlada, un calor que se expandía por todo mi cuerpo.
Él empezó a moverse, con un ritmo lento y hondo, sacudiéndome desde los cimientos. Cada embestida era una ola que me arrastraba. Estaba disfrutando. Lo estaba disfrutando de verdad.
Renata se apartó un poco para mirar. Le encantaba verlo, esa potencia que él desataba. Pero verlo conmigo, decía con los ojos, era otro nivel. Se acariciaba despacio mientras contemplaba la escena.
Cuando el orgasmo me golpeó, sentí que el mundo se fracturaba. Fue violento, un espasmo que me recorrió entera. Grité sin pudor, sin pensar en nada más que en la sensación que me consumía, una descarga que necesitaba después de tantos meses sola.
Tomás se quedó dentro un momento, sintiendo las contracciones, y después se retiró, dejándome vacía y temblando. Fue Renata quien tomó el relevo.
Se acercó, me besó con suavidad y me susurró al oído:
—Ahora nosotras, mi amor. Solo nosotras.
***
Me ayudó a girarme sobre la cama. El sudor de nuestros cuerpos se mezclaba, el olor a sexo llenaba el cuarto. Renata se acostó de espaldas y abrió las piernas en una invitación clara. Nos miramos a los ojos. En esa mirada estaba todo el amor de nuestros años juntas, pero también una complicidad nueva, un secreto que recién acabábamos de compartir.
Bajé la vista hacia su sexo, húmedo y ansioso, y me incliné a besarlo. Mi lengua encontró su clítoris hinchado, su sabor, ese que conocía como el de mi propia piel.
Renata arqueó la espalda y un gemido largo se le escapó de la garganta.
—Sí, Catalina, así —pidió.
No necesitaba más indicaciones. Con la confianza que solo dan el amor y el tiempo, empecé a darle placer. Mi lengua bailaba, mis dedos se sumaban entrando y saliendo con un ritmo que sabía que la llevaría al límite. Mientras tanto acomodé mi propio cuerpo, moví las caderas hasta que mi sexo encontró el suyo.
Y entonces empezó la fricción. Nuestras vulvas se rozaron, se deslizaron una sobre la otra, una y otra vez, húmedas, calientes. Cada movimiento de cadera mandaba olas de placer a través de las dos. Nos mirábamos, nos sonreíamos, gemíamos juntas. Era un ritual de mujer a mujer que nos reafirmaba en lo que éramos.
Renata, perdida, me agarró las nalgas y tiró de mí para aumentar la presión.
—No pares, mi amor, no pares —jadeaba, con los ojos cerrados.
Cuando el orgasmo nos alcanzó, fue casi al mismo tiempo. Un grito ronco suyo se mezcló con mi llanto ahogado. Los cuerpos se nos tensaron, las espaldas se arquearon, y nos quedamos así, unidas, temblando, hasta que la ola se calmó.
Nos quedamos en silencio, acurrucadas. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón volver poco a poco a su ritmo. Y entonces me alcanzó el pensamiento que había estado esquivando.
Acababa de tener sexo con un hombre. Con Tomás. Y me había gustado. Mucho. Toda mi vida me había definido por lo que ahora parecía contradecirse en mi propio cuerpo. Me sentía como una traidora.
Una lágrima me resbaló por la mejilla y cayó sobre la piel de Renata.
—¿Qué pasa, mi amor? —susurró ella, sintiendo el temblor—. ¿Estás bien?
Me incorporé un poco y me sequé la cara con el dorso de la mano.
—No lo sé, Renata. Es que me gustó. Con él. Me gustó mucho. Y me siento pésimo.
Ella me miró con una ternura enorme. Me acarició el pelo.
—¿Pésimo por qué, tonta? ¿Por haber sentido placer? No hay nada malo en eso. Lo que sos no es una jaula. Sos una mujer, algo complejo y maravilloso. Podés amar a las mujeres y aun así disfrutar de esto. No son cosas que se excluyan.
—Pero soy lesbiana —repetí, como si quisiera convencerme a mí misma.
—Y lo vas a ser siempre. Tu amor por mí no cambió ni un poco. Esto fue una experiencia. Una que compartimos los tres. No le des más vueltas. Te quiero por quién sos, no por las etiquetas que te ponés.
Las palabras de Renata me calmaron. Siempre sabía qué decir. La miré, y todo el amor que sentía por ella volvió con más fuerza que nunca. El pánico se disolvió y dejó en su lugar una gratitud inmensa y una nueva oleada de deseo.
Me incliné y la besé. No fue un beso tierno. Fue un beso de hambre, de necesidad. Un beso que decía «gracias» y «tómame de nuevo» al mismo tiempo. La volteé y me subí encima de ella, mis muslos apresando los suyos.
Volvimos a buscarnos, ahora con una furia distinta. Le mordí un pezón, no para hacerle daño, sino con la intensidad de la pasión. Renata gritó, mezclando el dolor y el placer, y me clavó las uñas en las nalgas, marcándome.
***
Desde un rincón del cuarto, Tomás nos miraba. Tenía el teléfono en la mano, grabando. La lente captaba cada detalle: la forma en que nuestros cuerpos se movían al unísono, la expresión de éxtasis, el brillo del sudor sobre la piel. No lo hacía con morbo, o no solo con morbo. Quería que tuviéramos ese recuerdo, que pudiéramos vernos desde afuera.
Cuando terminamos, exhaustas sobre las sábanas revueltas, se acercó y nos mostró la pantalla.
—Miren —dijo, con la voz ronca.
Nos amontonamos para ver. Éramos dos cuerpos perdidos en un frenesí de pura lujuria. Verlo desde fuera fue un afrodisíaco instantáneo. Saber que él había sido testigo silencioso de todo nos encendió de nuevo.
—Míranos, Catalina —dijo Renata con la voz cargada de deseo—. Somos increíbles juntas.
No podía apartar la vista. Me veía a mí misma, el rostro contorsionado por el placer, montándola con una ferocidad que no me reconocía. Era liberador. Era la afirmación de que, después de tantos meses lejos, seguíamos siendo dueñas de nuestros cuerpos.
Tomás se acercó otra vez a la cama, de nuevo excitado.
—Esto me tiene loco —dijo, y no exageraba.
Besó a Renata, su mano encontró el sexo de ella, todavía tembloroso. Sus dedos se deslizaron con facilidad.
—Tómame, Tomás. Tómame delante de ella —pidió Renata, mirándome con los ojos desorbitados.
Sentí una punzada de celos que se disolvió al instante en otra de excitación. Quería verlo. Quería ver cómo la poseía.
Él se colocó entre las piernas de Renata y la penetró de una sola vez. Ella lanzó un grito agudo. Empezó a moverse con fuerza, y la cama golpeaba la pared con un ritmo insistente.
Yo, hipnotizada, me acerqué. Besé a Renata, tragándome sus gemidos. Le pasé la lengua por el cuello, le apreté los pezones, aumentando el placer que la devoraba.
—Así, así —gritaba ella, los ojos perdidos—. Dámelo todo.
Tomás me miraba mientras la tomaba a ella, y en sus ojos había un desafío. Lo entendí. Me incorporé y me acerqué a él por detrás. Lo abracé, sentí el calor de su piel sudorosa, la tensión de sus músculos.
—Catalina —soltó Renata con la voz rota—. Vení. Te quiero sentir.
Me arrodillé en la cama, frente a ella. A pesar de la embestida de Tomás, tuvo la presencia para agarrarme las caderas y bajarme la cabeza hacia su sexo. Me dejé caer, sintiendo su boca caliente en mi clítoris.
Se armó la conexión entre los tres: Tomás tomando a Renata, Renata dándome placer a mí, y yo, perdida en un torbellino, recibiendo y dando a la vez. Tres cuerpos moviéndose en una sinfonía caótica y perfecta. Los gemidos de Renata ahogados contra mi sexo, los jadeos de Tomás cada vez más rápidos, mis propios gritos.
Renata fue la primera en ceder. El doble estímulo fue demasiado. Su cuerpo se tensó en un arco imposible, un grito gutural se le escapó atrapado contra mi piel mientras un orgasmo la sacudía entera.
Tomás se retiró de ella con un movimiento brusco, al borde. Se giró hacia mí.
—¿Dónde, Catalina? —preguntó, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse.
Renata, todavía temblando, respondió por mí.
—Con ella, Tomás. Quiero verlo.
Solo pude asentir. Me puse sobre las manos y las rodillas, ofreciéndome. Él se arrodilló a mi espalda y me penetró de nuevo. Esta vez no hubo ternura ni exploración. Me agarró fuerte de las caderas y empezó a moverse con una desesperación feroz, buscando su propia liberación. Cada embestida era tan profunda que la sentía en todo el cuerpo. Gritaba sin control, una mezcla de dolor y placer puro.
Renata se acostó frente a mí, me besó, me lamió los pechos, me susurró al oído, incitándome a entregarme del todo.
—Dejalo, mi amor. Sentilo todo. Sentí que estás viva.
Y lo sentí. Sentí el cuerpo de Tomás tensarse, sus embestidas volverse más cortas y violentas. Y entonces, con un rugido que pareció hacer temblar la casa, se vació dentro de mí. La sensación fue tan intensa, tan primitiva, que me provocó un último orgasmo que me dejó sin aliento.
Me derrumbé sobre la cama, con él todavía encima, los dos jadeando. Renata nos abrazó, uniéndonos en un montón de piel y satisfacción.
El silencio que siguió fue denso, pesado, hermoso. El único sonido eran nuestras respiraciones calmándose. Tomás se movió por fin y se retiró con un gemido de agotamiento. Renata se acurrucó contra mí enseguida, besándome la espalda, el cuello, los hombros.
—Estás bien, mi amor —murmuró, no como pregunta sino como afirmación—. Estás en casa.
Asentí, incapaz de armar palabras. Me giré despacio, el cuerpo dolorido y satisfecho, y miré a mis dos amantes. Tomás yacía de espaldas, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando. Renata me miraba con una ternura que me hizo llorar otra vez, pero ahora eran lágrimas de pura emoción.
—Los quiero —susurré, y la frase iba para los dos—. Gracias por traerme de vuelta.
—Nosotros también, Catalina. Siempre —respondió Renata, besándome con suavidad—. Siempre vamos a estar acá para vos.
Nos quedamos así, en un silencio que se sentía sagrado. La luz de la tarde empezaba a caer, tiñendo el cuarto de colores cálidos. El mundo de afuera, con sus reglas y sus expectativas, no existía. Acá, en este refugio contra la montaña, solo estábamos nosotros tres y lo que nos unía.
Reflexioné por última vez, pero esta vez sin tormento. Lo mío nunca había sido negar el placer, sino reclamar el derecho a elegirlo. Y yo había elegido. Había elegido a Renata, y a través de ella, a Tomás. Había elegido esta familia. Lo que acababa de pasar no era una contradicción, era una expansión. Una habitación nueva en la casa de mí misma.
Pasé una mano por el pecho de Renata. Con la otra busqué la de Tomás, que descansaba sobre la cama, y entrelacé mis dedos con los suyos. Él abrió los ojos y me sonrió, una sonrisa perezosa y feliz.
No hicieron falta más palabras. El cansancio del viaje me alcanzó por fin, pero era un cansancio dulce. Me acurruqué entre los dos, con la cabeza en el hombro de Renata y la mano todavía unida a la de Tomás. El olor de los tres, mezclado en las sábanas, era nuestro perfume, el del hogar.
Mientras me quedaba dormida, escuché a Renata susurrar:
—Bienvenida a casa, Catalina.
Y por primera vez en mucho tiempo, supe exactamente qué significaba estar en casa, a salvo, viva y amada.